“Creed A Sus Profetas”

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“El Señor esta pendiente de esta obra. Este es Su reino. No somos como ovejas sin pastor. No somos como un ejército sin un líder.”

Mis queridos hermanos, esta ha sido una reunión inspiradora. Hemos oído muchas cosas, que si las ponemos en practica, bendecirán nuestra vida. Busco la guía del Santo Espíritu al agregar mi testimonio. Me gustaría hablar en el espíritu de testimonio. Para ello, hablaré en forma un tanto informal en cuanto a algunas de mis experiencias y observaciones concernientes al liderazgo de esta Iglesia. He seleccionado el texto del segundo libro de Crónicas, capitulo 20.

Quisiera que nos remontáramos a la época en que Josafat, hijo de Asa, era rey de Judá y Jerusalén.

Era una época de una angustia terrible. Los ammonitas y los moabitas le habían declarado la guerra al pueblo de Judá, cuyo numero de contingentes era mucho menor, y parecía que no había esperanzas.

Josafat congregó a su pueblo para suplicar la ayuda del Señor. En su oración rogó: “(Oh Dios nuestro! … no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos que hacer, y a ti volvemos nuestros ojos”.

Entonces Jahaziel, el profeta levita, le dijo a Josafat:

“… Jehová os dice así: No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios …

“No habrá necesidad para que peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis …”

Entonces el rey, confiando en las palabras del profeta, declaró al pueblo: “Oídme, Judá y moradores de Jerusalén. Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (2 Crónicas 20:12, 15, 17, 20; cursiva agregada).

Estas son las palabras de mi texto. Repito: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados”.

En esta Iglesia cantamos un himno que es particular de nosotros: “Te damos, Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir profetas … (Himnos de Sión, 178.)”.

No he hablado cara a cara con todos los profetas de esta dispensación. No conocí al profeta José Smith ni tampoco lo oí hablar. Mi abuelo, que siendo joven vivía en Nauvoo, si lo oyó y testificó de su llamamiento divino como el gran Profeta de esta dispensación. Sin embargo, siento como si hubiera llegado a conocer personalmente al profeta José Smith.

He leído su testimonio de su primera gran visión en la que conversó con el Padre y el Hijo, y he creído en El. He meditado sobre la maravilla de ese acontecimiento estando de pie en la arboleda donde el oró, y en ese mismo lugar, mediante el poder del Espíritu, he recibido una confirmación de que ocurrió tal como el dijo que había ocurrido.

He leído el Libro de Mormón, el cual tradujo mediante el don y el poder de Dios. Por el poder del Espíritu Santo he recibido un testimonio y una confirmación del origen divino de este registro sagrado. José Smith no lo escribió valiéndose de su propia capacidad.

He visto con mis propios ojos el poder del mismo sacerdocio que el recibió de las manos de los que lo poseyeron antiguamente. He estudiado su vida y considerado sus palabras; He meditado sobre las circunstancias de su muerte, y he llegado a conocerlo, hasta cierto grado, por lo menos lo suficiente como para poder testificar ante vosotros que fue un profeta, llamado y ordenado para actuar como instrumento de Dios en esta gran obra de la restauración.

Nunca vi a Brigham Young, a John Taylor, a Wilford Woodruff ni a Lorenzo Snow, pero se que fueron hombres de Dios porque he estudiado acerca de su vida, he leído sus palabras y he recibido en mi corazón un testimonio de su llamamiento como profetas de Dios.

Recuerdo que cuando era niño vi al presidente Joseph F. Smith. No recuerdo los detalles, pero tengo en la memoria la imagen de un hombre con una barba larga y una voz no muy sonora. Desde aquel entonces he leído mucho acerca de lo que enseñó; y se que habló como Profeta del Dios viviente.

He conocido personalmente a los presidentes Heber J. Grant, George Albert Smith, David O. McKay, Joseph Fielding Smith, Harold B.

Lee, Spencer W. Kimball y Ezra Taft Benson. He trabajado para cada uno de ellos; he servido bajo la dirección de cada uno de ellos; los he conocido, los he oído orar y puedo testificar que cada uno ha sido un hombre singular y extraordinario, que todos ellos han sido llamado por Dios, después de un largo período de experiencia y probación, de capacitación y disciplina, para actuar como instrumento del Todopoderoso dirigiéndose a Su pueblo para bendecirlo y guiarlo.

Antes de conocer al presidente Grant lo oí hablar en varias ocasiones. Cuando éramos jóvenes, mi hermano y yo veníamos al Tabernáculo a la conferencia, en los tiempos en que había lugar para todo el que deseara asistir. Como acostumbran hacerlo los jóvenes, nos sentábamos en el balcón en el extremo opuesto del edificio. A mi siempre me impresionaba cuando aquel hombre de elevada estatura se levantaba a discursar; sentía que me pasaba por el cuerpo una especie de corriente eléctrica. Su voz resonaba al testificar del Libro de Mormón; cuando el decía que era verdadero, yo sabia que lo era. Hablaba con gran poder sobre la Palabra de Sabiduría, y sin vacilar le prometía bendiciones a la gente que la cumpliera. Con frecuencia he pensado en la miseria humana, en el dolor que ha resultado de fumar cigarrillos, en la pobreza que ha caído sobre algunos como consecuencia de la bebida, cosas que podrían haberse evitado si se hubieran seguido sus consejos proféticos.

El habló sobre la ley del diezmo. Aun resuena en mis oídos su testimonio de este gran principio. Habló sobre las ofrendas de ayuno y dijo, según lo recuerdo de mis días de adolescencia, que si todos observaran este simple principio, recibido de Dios por revelación, se satisfarían las necesidades de los pobres de todo el mundo, sin necesidad de imponer impuestos para los propósitos de la beneficencia publica.

El amonestó sobre la esclavitud que causan las deudas. En ese tiempo el mundo estaba entregado a una

búsqueda desenfrenada de riquezas; entonces, en noviembre de 1929, empezó la Gran Depresión. Yo tenía diecinueve años y era estudiante de universidad. Vi el desmoronamiento de la economía; vi a personas conocidas perderlo todo cuando sus acreedores los presionaron para que pagaran; vi mucho del trauma y la tensión de la época. En aquel tiempo, pensé como lo he hecho desde entonces, en cuantas personas se hubieran podido librar del dolor y la miseria, el sufrimiento, la vergüenza y la tribulación si hubiesen escuchado el consejo del Profeta en cuanto a las deudas.

George Albert Smith sucedió a Heber J. Grant como Presidente y Profeta. La terrible Segunda Guerra mundial llegó a su fin durante su presidencia. Nuestros miembros, así como muchos otros en Europa, se morían de hambre después la guerra. El presidente Smith fue a hablar con el Presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, y le pidió medios de transporte para hacer llegar víveres y ropa a los necesitados. El presidente Truman le preguntó al presidente Smith de dónde sacaría esas provisiones. El presidente Smith le respondió que la Iglesia tenía proyectos de producción en un programa de bienestar y que las mujeres de la Sociedad de Socorro habían almacenado trigo; los estantes de nuestros almacenes estaban bien surtidos y los graneros llenos. Todo esto, como resultado de la visión profética de los lideres de la Iglesia.

El gobierno prometió el transporte, y el élder Ezra Taft Benson, del Consejo de los Doce, fue enviado a Europa a supervisar la distribución de los abastecimientos que se enviaron a Alemania.

Yo me encontraba entre aquellos que trabajaba durante las noches en la Manzana de Bienestar, en Salt Lake City, cargando los víveres en los vagones del ferrocarril que los transportarían al puerto desde donde se enviarían por barco. Durante la dedicación del Templo de Suiza, cuando muchos de los santos de Alemania asistieron al Templo, oí a algunos de ellos expresar, con las lágrimas rodándoles por las mejillas, su agradecimiento por esos alimentos que les habían salvado la vida.

El presidente Smith solía hablar de una línea divisoria que no debíamos cruzar; de un lado de la línea estaba el Señor, del otro, el adversario. El presidente Smith nos aconsejaba: “Permanezcan en el lado que es del Señor”. Frecuentemente nos recordaba: “Todos somos hijos de nuestro Padre. Por medio del amor, debemos persuadir a los demás a hacer lo correcto”. El era el ejemplo perfecto de ese amor.

David O. McKay sucedió a George Albert Smith. Era un hombre robusto y bien parecido, cuya apariencia tenía un magnetismo especial, pero poseía una sonrisa que era hermosa y tranquilizadora. Tenía el aspecto de un Profeta y hablaba como Profeta.

Recuerdo una ocasión en que fue a entrevistarlo un destacado periodista, un hombre que había entrevistado a muchas personas famosas del mundo. Era un profesional tenaz y persistente en el sondeo de sus interrogaciones e indagaciones.

Al salir de la oficina del presidente, le dijo a la secretaria del presidente McKay: “Hoy he visto y escuchado a un Profeta”.

Grandiosas fueron sus enseñanzas y persuasivas sus suplicas a los miembros de que vivieran rectamente y fortalecieran a la familia. Su famosa declaración sobre el hogar se ha convertido en un lema para todos nosotros: “Ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar”. Aquellos que siguieron su consejo han sido bendecidos; los que se mofaron de el han pagado un trágico precio.

Después de el, Joseph Fielding Smith ocupó el cargo de Presidente de la Iglesia y Profeta del Señor. Algunos pensaban que el hablaba ásperamente, como los profetas del Antiguo Testamento. Si, hablaba con franqueza y sin rodeos; esa es la misión de un Profeta. Pero por experiencia se que era un hombre de enorme bondad, que se afligía y sufría la porfía con que muchos se negaban a obedecer los mandamientos del Señor.

Solía usar estas palabras que nunca olvidaré: “Veraz y fiel”. En sus discursos, en sus conversaciones privadas, en sus oraciones al Señor, suplicaba que fuésemos veraces y fieles. Los que han seguido su consejo han saboreado el dulce fruto de la obediencia; los que se han burlado han probado algo de la amargura que causa el negar la verdad.

Harold B. Lee siguió al presidente Smith. Quise mucho a este hombre. Durante el corto tiempo en que fue Presidente, viaje a Europa con el en dos ocasiones. Aquellos fueron días maravillosos en los que podíamos conversar. En esos viajes yo era su “compañero menor”, y el me hablaba con su gran corazón sobre muchas cosas. El amonestó a la Iglesia sobre el descuido de la familia; nos dijo que la obra mas grande que cualquiera de nosotros podría llevar a cabo seria dentro de las paredes de nuestro propio hogar; nos dijo que examináramos los campos extensos y cultiváramos los pequeños; en otras palabras, quería que obtuviéramos una buena idea de esta obra tan grande, y que luego cumpliéramos fielmente nuestra responsabilidad en ella. El provenía de un hogar humilde y tenía el corazón lleno de gran compasión por los pobres. El fue el primer director del programa de bienestar, cuando fue establecido en 1936, y enseñó los principios de este programa por toda la Iglesia. El fue quien me extendió el llamamiento para ser presidente de estaca y me apartó para ese puesto; aun recuerdo algunas de las cosas que me dijo en esa bendición, entre ellas: “Se receptivo a la inspiración del Espíritu. Se lento para censurar y presto para alentar”. Ofrezco el mismo consejo a cada uno de vosotros, ya que viene de un Profeta de Dios.

También sentí un gran afecto por su sucesor, el presidente Spencer W. Kimball. Este hombre bondadoso, bajo de estatura, era tan diligente, tan lleno de energía, tan resuelto a vencer cualquier impedimento, que aun el sonido de su voz, resultado de las cuerdas vocales lesionadas, se convirtió en una de sus características. Cuando el se levantaba para hablar, todos escuchábamos atentamente. ¿Quien puede olvidar sus grandiosas y conmovedoras palabras?:

“Mucho depende de nuestra voluntad de llegar a la conclusión, colectiva e individualmente, de que los esfuerzos que estamos haciendo no son aceptables ni para nosotros mismos ni para el Señor … Al mencionar esto, no pido que haya una diferencia espectacular y temporaria en nuestros esfuerzos, sino la silenciosa resolución de tratar de hacer un mejor trabajo, de alargar nuestro paso” (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, pág. 174).

Ese llamado para alargar el paso se extendió por toda la Iglesia. Muchos lo aceptaron resueltamente y trabajaron con mayor entusiasmo y dedicación; al hacerlo, fueron bendecidos. Cuan grande es la deuda que todos tenemos hacia ese hombre bondadoso de conducta gentil y liderazgo profético.

El presidente Ezra Taft Benson fue ordenado y apartado para este sublime y santo llamamiento inmediatamente después del fallecimiento del presidente Kimball.

¿Puede alguien dudar de sus cualidades para el desempeño de esta responsabilidad? A través de los años, tanto en asuntos públicos como de la Iglesia, se ha relacionado con mucha naturalidad con personas importantes de todo el mundo. Desde su niñez, ha llevado en su corazón una profunda y firme convicción en cuanto a la divinidad de esta obra. Ha ejercido la autoridad del apostolado en su ministerio entre las naciones; se ha expresado en forma profética y maravillosa sobre muchos temas, pero el mensaje que ha repetido con mas frecuencia a la gente de la Iglesia ha sido: “Leed el Libro de Mormón”.

¿Por que? Porque sabe que la lectura de este sagrado testamento nos acercara mas a Dios y que no hay nada de mas importancia para nosotros.

¿Podría haber una exhortación de un profeta que fuese mas oportuna que esta? Sólo tenemos que ver la suciedad y la degeneración que se esta esparciendo por el mundo en literatura pornográfica, películas pornográficas, videos pornográficos, televisión pornográfica para darnos cuenta de que se necesita un fuerte y poderoso contraataque en favor de la rectitud.

Vuelvo a las palabras de Josafat: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados”.

Hay muchos elementos que ponen a prueba nuestra disposición a aceptar la palabra de los profetas. Jesus dijo: “¿Cuantas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37).

Así ha sido a través de la historia de la humanidad, y así es hoy día. En nuestras comunidades, incluso aquí en Utah, hemos experimentado esos problemas. El presidente Grant llevó consigo hasta la muerte un profundo sentimiento de aflicción, porque, contrariamente a sus consejos, la gente del estado de Utah dio el voto final que anuló la enmienda numero 18 de la Constitución en 1934.

Me complace decir que nosotros tuvimos una experiencia diferente hace algunos años, cuando nos unimos a otros ciudadanos en una campana para controlar la distribución de las bebidas alcohólicas. No tengo ninguna duda de que se han logrado grandes beneficios como resultado del tremendo apoyo que se prestó a la dirección de nuestro Profeta. Se obtuvieron resultados similares cuando se propuso la construcción del sitio para lanzar los misiles MX aquí en Utah. Bajo la dirección del presidente Kimball establecimos nuestra posición en cuanto a este asunto. Creo que no sólo los que vivimos en esta parte del país fuimos bendecidos por tomar esa determinación, sino también el país entero, y quizás el mundo.

Y otra vez, como siempre, hacemos frente a otros asuntos morales públicos, esta vez en lo que concierne a las loterías, el sistema de apuestas y otras formas de juegos de azar, los presidentes de la Iglesia se han expresado en forma clara y precisa en cuanto a estos temas.

Estas son cosas pequeñas pero importantes. Nos recuerdan la contienda que existió entre el profeta Elías y los profetas de Baal. En esa ocasión, Elías dijo: “¿Hasta cuando claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de el” (1 Reyes 18:21).

Para terminar, quisiera repetir que he trabajado con siete presidentes de esta Iglesia. He reconocido que todos han sido humanos, pero es algo que nunca me ha preocupado. Quizás hayan tenido algunas debilidades, pero eso nunca me ha molestado. Se que a través de la historia el Dios de los cielos se ha valido de seres mortales para llevar a cabo sus propósitos. Eran lo mejor que El tenía a Su disposición, y fueron maravillosos.

Estos hombres, a quienes he conocido y con quienes he trabajado, han sido totalmente abnegados en su ahínco por edificar el Reino de Dios y llevar la felicidad a la vida de las personas. Han sido constantes en dar de si mismos a la gran obra por la cual cada uno fue responsable en su época particular.

Me dirijo al sacerdocio de esta Iglesia, doquiera que se encuentren reunidos por el mundo, con gratitud porque tenemos un Profeta para guiarnos en estos últimos días; suplico lealtad hacia el, a quien el Señor ha llamado y ungido; suplico fidelidad en apoyarlo y en prestar atención a sus enseñanzas. En otra ocasión he dicho desde este púlpito que si tenemos un profeta, lo tenemos todo; si no tenemos un profeta, no tenemos nada y si, tenemos un Profeta; los hemos tenido desde la fundación de esta Iglesia; y nunca estaremos sin un Profeta, si vivimos en forma tal que seamos dignos de merecerlo.

El Señor vela por esta obra. Este es Su reino. No somos como ovejas sin pastor. No somos como un ejército sin un líder.

Repito esas palabras que con frecuencia solía decir el presidente Joseph Fielding Smith: “Veraz y fiel”. Dios nos ayude a ser veraces y fieles, a escuchar con oído atento ese consejo proveniente del que es nuestro Padre y nuestro Dios, y del que es nuestro Salvador y nuestro Redentor, transmitido a nosotros a través de aquellos a quienes sostenemos como profetas. Os testifico de estas cosas, y os dejo mis bendiciones y mi amor, en el nombre de Jesucristo. Amén.