“Mi Siervo José”

Neal A. Maxwell

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Neal A. Maxwell
“La vida del profeta José Smith fue de grandes realizaciones aun en medio de profundos desilusiones. Hermanos, ¿cómo sobrellevaremos nosotros nuestros altibajos?”

Concentraré mi mensaje, mencionando unos pocos puntos importantes, en el hombre al que el Señor llamó reiterada y afectuosamente “mi siervo José” (D. y C. 5:7). Lo que sucedió como consecuencia de la oración de José Smith en la primavera de 1820 indudablemente iluminó para siempre nuestro concepto de Dios, de nosotros mismos, de los demás, de la vida y ¡aun del universo! En una pequeña arboleda, ¡un jovencito comenzó a recibir respuesta a las mas antiguas y mas grandes preguntas del hombre! Pero el joven José ciertamente no fue a la Arboleda Sagrada con la intención de buscar la restauración del Santo Sacerdocio, de la sagrada investidura, del poder para sellar y de todas las llaves que les corresponden. ¡Si ni siquiera sabia que existían! Sólo deseaba saber a que iglesia debía unirse. En su oración se limitó a pedir orientación para saber que pensar y que hacer. Pero la respuesta, ¡fue de importancia eterna y universal!

¿Hubiera ido José Smith a la Arboleda, hermanos, si hubiese sabido de antemano la incesante persecución de que pronto seria víctima y que al fin le llevaría al martirio?

La valentía era una de las cualidades personales de José Smith; sin ella, habría procurado evitar llevar a cabo su extraordinaria responsabilidad. Alrededor de los siete años, padeció de una grave infección en una pierna; la amputación parecía inevitable. Pero el se negó a beber licor para menguar el dolor cuando iban a hacerle una operación en los huesos de la pierna empleando una dolorosa técnica nueva. Cabe decir, que aun a esa tierna edad, el pequeño muchachito tuvo la consideración de pedir a su madre que saliera de la habitación para que no presenciara su sufrimiento.

Aunque parezca extraño, la mejor atención médica que había en el país para la dolencia que el padecía se hallaba a sólo unos kilómetros de su casa en la persona del Dr. Nathan Smith, fundador de la Facultad de Medicina de Dartmouth y experto pionero de esa avanzada técnica. (Véase LeRoy S. Wirthlin, Brigham Young University Studies, “Joseph Smith’s Boyhood Operation: An 181.3 Surgical Success”. Tomo 21, primavera de 1981, Numero 2, págs. 131–154; véase también “Discovery”, Ensign, marzo de 1918, pág. 59.) El dirigió a los médicos que salvaron la pierna del Profeta, pierna que le sirvió para la agotadora marcha del Campo de Sión que tendría que realizar en el futuro.

José Smith demostraba con frecuencia su valentía, como lo contó alguien que recibió ayuda de el:

“La enfermedad y el miedo me habían quitado las fuerzas. José tenía que decidir si me dejaba allí para que me capturasen los de la turba o si el mismo se ponía en peligro para ayudarme. Después de decidirse por esto ultimo, me levantó cargándome sobre sus anchos hombros y me llevó, descansando a ratos, a través del pantano y de la obscuridad. Varias horas después, llegamos al desierto camino y poco mas tarde a un lugar seguro. La fortaleza de José… le permitió… salvarme la vida” (New Era, diciembre de 1973, pág. 19).

La valentía de José Smith se igualaba a su buena disposición para ser enseñado. La Restauración, que se verificó “con el transcurso del tiempo” (véase Moisés 7:21), así lo requería. A una gloriosa visitación seguía una laboriosa ejecución. Por ejemplo, a la entrega de las planchas de oro, el “hallazgo” mas asombroso de la historia en el campo de la religión, siguió la ardua traducción. Las llaves del santo apostolado fueron restauradas de un modo extraordinario, pero mucho antes de la marcha de prueba del Campo de Sión y el subsiguiente llamamiento de los Doce. La trascendental visita de Elías el profeta también tuvo lugar mucho antes de que las personas y los templos estuviesen preparados para el ejercicio del restaurado poder para sellar.

Si, José Smith recibió manifestaciones extraordinarias, pero acompañadas de constantes vejaciones. Por ejemplo, periódicamente se le presentaron mensajeros celestiales, pero entre estas visitas también se le presentaron periódicamente turbas terrenales.

Aun cuando el Profeta gozó de la confraternidad de seres celestiales, también fue traicionado por algunos de sus amigos terrenales. Si bien el recibir llaves y dones fue una realidad, también lo fue la perdida de seis de los once hijos que tuvo con su esposa Emma. Es cierto que se le revelaron en visiones vislumbres de horizontes remotos el primero y tercer estados; pero recibió esas gloriosas revelaciones por medio de los afanes de este arduo segundo estado, el terrenal.

El dedicado José Smith dio mucho y, no obstante, a menudo recibió muy poco. El presidente Brigham Young dijo con pesar:

“José no recibió de los hermanos de la Iglesia la lealtad que merecía. A su muerte, ellos aprendieron una buena lección; y después consideraron que si tan Sólo pudieran tenerlo nuevamente con ellos, obedecerían al pie de la letra sus consejos” (Journal of Discourses, 10:222).

Recuerdo haber leído hace unos años que, durante la gran apostasía que hubo en Kirtland, al saludar a alguien, el Profeta le retuvo la mano durante largo rato y, luego, con sereno discernimiento, le dijo que se alegraba de saber que fuese su amigo, porque tenía tan pocos en aquellos días.

José Smith fue un Vidente que poseyó el don de traducir escritos antiguos (History of the Church, 1:238), y un “vidente es mayor que un profeta” (véase Mosíah 8:13–17).

La tarea de la traducción fue en verdad “una obra maravillosa y un prodigio”, o, como se expresa en hebreo, “un milagroso milagro” (véase Isaías 29:14). Según el orden en que tradujo, los eruditos calculan que en la primavera de 1829 traducía rápidamente un equivalente diario de 8 a 13 páginas impresas de hoy. (Véase John W. Welch and Tim Rathbone, “The Translation of the Book of Mormon: Basic Historical Information”, Preliminary Report, F.A.R.M.S., Provo, Utah, 1986, págs. 38–39). Un traductor profesional me dijo hace poco que el considera productivo el poder traducir una página por día.

De José Smith, el traductor —que no tenía instrucción en teología—, hemos recibido mas páginas impresas de Escrituras que de cualquier otro mortal, según lo ha calculado el élder Jeffrey R. Holland.

José Smith, el Revelador, se convirtió también en un experto enunciador. El presidente Brigham Young comentó que el profeta José tenía la “afortunada facultad” de comunicar ideas “a veces en una sencilla frase … iluminando las tinieblas de las épocas … en un torrente de inteligencia celestial” (Journal of Discourses, 9:310).

José Smith iluminó el panorama de la vida para que podamos ver “las cosas como realmente son, y … como realmente serán” (Jacob 4:13). Las revelaciones sobre las dispensaciones de la historia de la salvación nos aclaran que Adán tenía la plenitud del Evangelio de Cristo, con todas sus ordenanzas (véase Moisés 5:58–59). Por lo tanto, el cristianismo no comenzó en Jerusalén, en el meridiano de los tiempos, con la mesiánica misión terrenal de Jesús. La difusión de ideas religiosas que empezó después de Adán naturalmente dio como resultado ciertas similitudes en diversas religiones. Por eso, como dijo el presidente Joseph F. Smith, hallamos en diversas culturas y religiones “vestigios del cristianismo”, que “datan de épocas … anteriores al Diluvio, independientes de la … Biblia” (Journal of Discourses, 15:325) De ahí que los Santos de los Últimos Días no nos sorprendamos, sino mas bien sintamos satisfacción, cuando se hacen descubrimientos que demuestran que el Señor “concede a todas las naciones” que se les enseñe una porción de “su palabra” (Alma 29:8).

En 1834, todos los poseedores del sacerdocio que había en Kirtland se reunieron, no en un tabernáculo, sino en una pequeña cabaña de troncos. Allí, José Smith profetizó que al fin la Iglesia crecería hasta llenar Norte y Sudamérica y aun todo el mundo. (Véase Wilford Woodruff, Millennial Star, sept. 19 de 1892, pág. 605; véase también “Conference Report” de abril de 1898, pág. 57.) ¡Pensemos, hermanos, en que hay mas de tres mil congregaciones que suman 162.000 hombres y hombres jóvenes que nos están escuchando ahora mismo! Y después, esta conferencia llegara en video a decenas de millares mas en cuarenta y siete países y en diecisiete idiomas.

Mas aun, los jóvenes varones que me escuchan esta noche, incluso varios de mis nietos, ayudaran en el cumplimiento ulterior de la osada profecía de José Smith, porque “los extremos de la tierra indagaran [el] nombre [de José Smith]” (D. y C. 122:1). Y los jóvenes que me escuchan hoy serán quienes responderán a esas indagaciones en años futuros y en lugares de nombres exóticos.

En otra notable profecía que hizo José Smith, casi treinta años antes de la guerra civil de los Estados Unidos, no sólo predijo el sitio donde comenzaría, sino, lo que es mas importante, que resultaría en “la muerte y miseria de muchas almas” (D. y C. 87:1). Hasta la fecha, esa guerra se clasifica como la mas sangrienta de los Estados Unidos.

Hizo además otras profecías: algunas siniestras, como la de que “una enfermedad desoladora cubrirá la tierra” (D. y C. 45:31). Cómo se cumplirá ese terrible presagio, no lo sabemos.

Cuando el Profeta y Brigham Young se conocieron, José Smith también profetizó que el hermano Young llegaría un día a presidir la Iglesia (véase Millennial Star, 25: 139).

Brigham Young no era persona que se dejaba impresionar fácilmente por la gente y, no obstante, dijo que sentía constantemente el deseo de alabar a Dios durante todos los años en que conoció a José Smith (véase

Journal of Discourses, 3:51). Las ultimas palabras de Brigham Young antes de morir fueron: “(José, José, José!”, lo que significaba que estaba a punto de ver otra vez a su querido José (Leonard J. Arrington, Brigham Young: American Moses, Nueva York: Alfred A. Knopf, 1985, pág. 399).

José Smith ciertamente cumplió la predicción de su abuelo Asael Smith: “Ha llegado a mi alma el presentimiento de que uno de mis descendientes promulgara una obra que sacudirá al mundo de la fe religiosa” (Joseph Fielding Smith, Church History and Modern Revelation, Salt Lake City: Council of the Twelve Apostles, 1947, pág. 4. véase también Elementos de la Historia de k Iglesia, pág. 30).

José Smith no podía haber llevado a cabo todo lo que hizo si no se hubiera consagrado a la obra y sido sumiso. El élder Erastus Snow nos advirtió que cuando nos inclinamos “a ser obstinados y recalcitrantes … el Espíritu del Señor se mantiene alejado de nosotros” porque estamos demasiado ocupados en satisfacer nuestra propia voluntad, “interponiendo así una barrera” entre nosotros y Dios (Journal of Discourses, 7:352).

Al acercarse su muerte, en varias reuniones, el Profeta transfirió las llaves, la autoridad y las ordenanzas a los Doce. El presidente Wilford Woodruff dijo que, en una de esas ocasiones, “el rostro de José se puso resplandeciente como el ámbar y le cubrió un poder que jamas he visto en ser humano alguno” (Journal History, 12 de marzo de 1897). El presidente Young dijo que los que conocían a José Smith sabían cuando “el Espíritu de revelación estaba sobre el … porque en esas ocasiones había un resplandor y una transparencia especiales en su rostro” (Journal of Discourses, 9:89).

Pero con todo lo que dio a conocer, el profeta José Smith sabia muchísimo mas de lo que podía decir. El presidente John Taylor dijo que José Smith … “se sentía restringido y atado …” (Journal of Discourses, 10:147–148).Heber C.

Kimball confirmó que a veces el Profeta se sentía “como si estuviera cercado … que no había lugar para que el se extendiera … ni lugar en el corazón de la gente para recibir …” (Journal of Discourses, 10:233).

El profeta José Smith era un hombre muy bueno. No debemos imaginar que haya sido “culpable de cometer pecados graves”, porque, como el lo dijo: “jamas hubo en [su] naturaleza la disposición para hacer tal cosa” (José Smith-Historia 1:28). Cerca del fin de su vida, con mansedumbre, dijo: “Yo nunca os he declarado que soy perfecto; pero no hay errores en las revelaciones que he enseñado” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 457).

No es de sorprender que el Profeta haya estado estrechamente vinculado con profetas de otras épocas. Tal como en el Monte de la Transfiguración Pedro, Santiago y Juan recibieron las llaves del sacerdocio de manos de Elías, de igual modo, el profeta José Smith recibió las llaves del sacerdocio de manos de Elías y también de Pedro, Santiago y Juan, y de muchos otros. En una bendición que su padre le dio en diciembre de 1834, confirmó que el antiguo José en Egipto, “vio a sus descendientes en los últimos días … [y] anheló saber … quien sacaría a luz la palabra del Señor [para ellos] y sus ojos te contemplaron a ti, hijo mío [José Smith, hijo]: su corazón se regocijó y su alma quedó satisfecha … (Patriarchal Blessings, 1:3).

Con respecto a su padecimiento personal, se le prometió a José Smith que “se ensancha[ría su] corazón”. Y así fue que el escribió lo siguiente desde la cárcel de Liberty: “Pienso que después de esto mi corazón será para siempre mas compasivo que nunca … creo que jamas hubiera llegado a sentir lo que siento ahora si no hubiese sufrido …” (The Personal Writings of Joseph Smith, ed. por Dean C. Jessee, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1984, pág. 387). ¿Y no se le había dicho, acaso: “… todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien”

(D. y C. 122:7)?

Lo mas importante es que, por medio del profeta José Smith, hemos recibido traducciones y revelaciones que han confirmado la realidad de la gloriosa Expiación, en la cual, lamentablemente, tan pocos de nuestros contemporáneos creen. ¡Y pensar que es el hecho central de la historia humana! Muy pocas palabras ha pronunciado Jesús acerca de los sentimientos que experimentó durante la dolorosa pero emancipadora Expiación. ¡Y casi todas esas valiosísimas y pocas palabras las hemos recibido por medio del profeta José! Jesús efectivamente sangró por cada poro; tembló a causa del dolor; padeció tanto en el cuerpo como en el espíritu; suplicó las fuerzas para no librarse de llevar a cabo la Expiación. Finalmente, acabó sus preparativos para con los hijos de los hombres. El manso Jesús dejó que Su voluntad fuese absorbida en la voluntad del Padre (véase Mosíah 15:7). Aun en medio de Su asombroso triunfo personal, Jesús, fiel a Su promesa preterrenal, siguió atribuyendo toda la gloria al Padre. (Véase D. y C.

19: 18–19; Moisés 4:2.)

La vida del profeta José Smith fue de grandes realizaciones aun en medio de profundas desilusiones. Hermanos, ¿cómo sobrellevaremos nosotros nuestros altibajos? ¿Seremos sumisos o seremos “obstinados y recalcitrantes”?

José Smith se consagró por completo y experimentó un “constante progreso espiritual” (History of the Church, 6:317). ¿Haremos lo mismo, hermanos, manifestando a nuestra familia, amigos y congregaciones no sólo nuestro testimonio verbal sino también el del ejemplo de nuestro progreso espiritual? Lo lograremos siendo de un modo cada vez mas visible “hombres de Cristo”.

¿O seremos como los que eran decentes pero que no tuvieron el valor de declarar públicamente que creían en Jesús porque tenían miedo de perder su puesto en la sinagoga? (véase Juan 12:42–43). Hay muchas situaciones equivalentes a esa en la actualidad, y algunos miembros de la Iglesia no desean arriesgarse a perder su puesto. Cada día decidimos hasta que punto seremos discípulos de Cristo. Cada día respondemos a la pregunta: “¿Quién sigue al Señor?”

Mis hermanos, estos son vuestros días (véase Helamán 7:9) en la historia de la Iglesia. Fijaos bien en la clase de días que serán, días en que visiblemente el Señor “desnudara su santo brazo ante los ojos de todas las naciones” (D. y C. 133:3). Dios también “apresurara” Su obra (D. y C. 88:73). El hará que sean “acortados” incluso los penosos últimos días “por causa de los escogidos”, por lo que mas acontecimientos se verificaran sucesivamente en menos tiempo (Mateo 24:22; José Smith-Mateo 1:20). Además, “todas las cosas estarán en conmoción” (D. y C. 88:91). Únicamente los que estén esforzándose por ser hombres y mujeres de Cristo podrán conservar su equilibrio espiritual. Ruego que “andemos por fe” y, si es preciso, ¡hasta de rodillas! En el nombre de Jesucristo. Amén.