Apacentemos El Rebaño De Cristo

Alexander B. Morrison


“Los siervos fieles nutren concentrando sus esfuerzos en los personas, individualmente. Dios ama a cada uno de nosotros, en forma individual.”

Una de las tragedias continuas de la sociedad nefita fue su incapacidad de mantener la fortaleza espiritual por medio de un constante cultivo del espíritu. A medida que la fortaleza empezó a disminuir, rápidamente comenzaron a sentirse los efectos de la falta de alimento espiritual. En el libro de Mosíah leemos que durante un período en que hubo relativa fortaleza espiritual, “otra vez empezó a haber mucha paz en el país … Y el Señor los visitó y los hizo prosperar (Mosíah 27:6–7).

Sin embargo, sólo unos pocos años mas tarde la Iglesia estaba llena de iniquidad. En el capitulo 4 de Alma leemos:

“Y así, en este octavo año del gobierno de los jueces, empezó a haber grandes contenciones entre los de la iglesia; si, había envidias y contiendas, malicia, persecución y orgullo, aun en exceso del orgullo de aquellos que no pertenecían a la iglesia de Dios.

“… y la iniquidad de los de la iglesia fue un gran tropiezo para los que no pertenecían a ella; y así la iglesia empezó a disminuir en su progreso” (Alma 4:9–10).

La lección que aprendemos con esto es clara: si no recibimos en forma constante el alimento espiritual que necesitamos a diario, pronto, tanto la sociedad como sus miembros individualmente, estaremos en terribles dificultades, privados de la protección de Dios y apartados de las influencias sanadoras del Espíritu. Al igual que aquellos que, con el cuerpo debilitado por la falta de nutrición, pueden contaminarse rápidamente con enfermedades infecciosas, si nos debilitamos espiritualmente seremos presa fácil del adversario y de sus legiones de embaucadores y demonios.

¿Cuál es, entonces, la fuente de la nutrición espiritual que necesitamos? ¿Dónde la encontraremos? Como siempre, Jesús nos da la respuesta. A la mujer samaritana le dijo en el pozo de Jacob: “… el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamas; sino que el agua que yo le daré será en el una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4: 14).

La mujer, sorprendida y sin entender el significado de las palabras

del Maestro, y no sabiendo quien era El, exclamó: “Se que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando cl venga nos. declarara todas las cosas” (Juan 4:25). Entonces Jesús le dijo, con palabras tan serenamente seguras y potentes que todavía resuenan en nuestros oídos dos mil años mas tarde: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26; cursiva agregada).

Jesús es, por lo tanto, el agua viva que necesitamos para nutrir constantemente nuestro espíritu.

La condición del Señor como fuente del sustento espiritual que es esencial para nosotros se ilustra mas adelante en Su glorioso sermón ante la multitud reunida en Capernaum, según se describe en el sexto capitulo de Juan: “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mi cree, no tendrá sed jamas” (Juan 6:35).

El es, entonces, tanto el pan de vida como el agua viva que necesitamos para nutrir nuestro espíritu y mantenernos espiritualmente fuertes.

A las fieles almas que trabajan en Su servicio, cualquiera sea el llamamiento que tengan, Jesús les da la bendición de actuar como Sus siervos con el encargo de nutrir a las ovejas y a los corderos de Su rebaño. ¿Cómo cumplen los siervos sabios esa sagrada responsabilidad con honor y energía, tratando de ser siempre verídicos y fieles a la confianza depositada en ellos? Las Escrituras proporcionan las pautas por las que se guían los siervos fieles para llevar a cabo sus tareas sagradas.

Los leales siervos del Señor nutren con la buena palabra de Dios, como sucedió en la etapa en que hubo una “sociedad de Sión” en la historia nefita. Moroni escribió:

“Y después que habían sido recibidos por el bautismo … eran contados entre los miembros de la Iglesia de Cristo; y se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios …” (Moroni 6:4).

Los siervos fieles del Maestro utilizan las Escrituras para aprender y enseñar los grandes y gloriosos principios de la salvación y la exaltación. Pablo escribió a Timoteo:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia,

“a fin de que el hombre de Dios sea perfecto …” (2 Timoteo 3:16–11).

El don de las Escrituras, que testifican de Cristo, es un don gratuito para todos.

“Si, vemos que todo aquel que quiera, puede asirse a la palabra de Dios, que es viva y poderosa, que partirá por medio toda la astucia, los lazos y las artimañas del diablo, y guiara al hombre de Cristo por un camino recto y estrecho, a través de esa eterna sima de miseria que se ha dispuesto para hundir a los inicuos,

“y depositar su alma … a la diestra de Dios en el reino de los cielos …” (Helamán 3:29–30).

Cristo es el tema central de las Escrituras. Y El dijo de estas: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi” (Juan 5:39).

Ciertamente, toda verdad, ya sea espiritual o temporal, testifica de El. Cuando aprendamos a leer apropiadamente “las señales, y maravillas, y símbolos, y figuras” (Mosíah 3:15), con los ojos de la fe, nos daremos cuenta de que toda la historia, toda la ciencia, toda la naturaleza, todo conocimiento divinamente revelado, de cualquier tipo, testifica de El. El es la personificación pura de la verdad y la luz, de la vida y el amor, de la belleza y la bondad. Todo lo que hizo, lo hizo por amor. Según las palabras de Nefi: “El no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo; porque el ama al mundo, al grado de dar su propia vida para que pueda traer a todos los hombres a el …” (2 Nefi 26:24).

Los fieles siervos del Señor nutren por medio de su devoción a los sagrados convenios que unen a los hijos de Dios con el Padre y con Su glorioso Hijo. En una importante revelación que recibió el profeta José Smith en abril de 1832, Jesús se refirió al excelso poder de los acuerdos solemnes y sagrados que hace el hombre con Dios: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Los fieles siervos del Señor no son nunca displicentes en sus compromisos con Cristo y Su causa, y hacen todo lo que este a su alcance por alentar a los demás para que honren los acuerdos sagrados hechos solemnemente en la Casa del Señor.

Los siervos fieles nutren concentrando sus esfuerzos en las personas, individualmente. Dios ama a cada uno de nosotros, en forma individual. Cuan elocuentemente el Salvador nos enseñó esa lección en su magistral parábola de la oveja perdida, que se encuentra en Lucas 15. La parábola nos cuenta de un pastor que se prepara para dejar el rebaño -las noventa y nueve ovejas- y salir al desierto en busca de la que se había extraviado.

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;

“y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido” (Lucas 15:5–6).

Notad la importancia que se da al ser individual. Tendría que haber sido algo incómodo y con seguridad peligroso para el pastor dejar las noventa y nueve ovejas e internarse en el desierto a buscar a la perdida. En primer lugar, los desiertos tienden a ser lugares peligrosos y solitarios, donde los viajeros desprevenidos pueden encontrarse con grandes problemas. ¿Y cuan grande no seria la preocupación del pastor al pensar en el rebaño que había dejado atrás, sin nadie que cuidara las ovejas para protegerlas de los animales de presa, de los accidentes, de los fenómenos naturales y de otros peligros? Después de todo, cualquiera que sepa algo sobre ovejas se da cuenta de lo fácil que les es meterse en dificultades espontáneamente cuando no tienen quien las cuide. Desde que era niño, hace ya varios años, aprendí en la granja que las ovejas y las dificultades marchan juntas. Ahora que lo pienso, ¡muchas veces también la gente y las dificultades marchan juntas!

Siempre que reflexiono sobre el amor y el cuidado del pastor por aquella oveja perdida, recuerdo el amor profundo y continuo que tiene el Salvador por cada uno de nosotros. ¡Cuanto se regocija El cuando uno de Sus fieles siervos encuentra a un alma perdida y amorosamente la trae de regreso al hogar! “El valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C.18:10).

Aun cuando el mejor de nosotros no puede amar a los demás tan perfectamente como lo hizo Cristo, Alma expreso sentimientos que se asemejan mucho a esa clase de amor. Al abandonar la tierra de Zarahemla al frente de una misión para rescatar a los zoramitas apóstatas, Alma expresó de la siguiente forma su amor por ellos y su esperanza de que volvieran al rebaño de Cristo:

“¡Oh Señor, concédenos que podamos lograr el éxito en traerlos nuevamente a ti en Cristo!

“¡He aquí, sus almas son preciosas, oh Señor, y muchos de ellos son nuestros hermanos; por tanto, danos, oh Señor, poder y sabiduría para que podamos traer a estos, nuestros hermanos, nuevamente a ti!” (Alma 31:34–35.)

Los verdaderos siervos del Señor ayudan a otras personas a ser participes del pan de vida y del agua viviente por medio del servicio desinteresado. Saben que el servicio es la respuesta a lo que en las Escrituras parece una contradicción: debemos perder nuestra vida para hallarla. El servicio, como lo entienden los siervos sabios, es la llave dorada que abre las puertas a los recintos celestiales. Muchos hay que encuentran a Cristo por estar en Su servicio. Junto con el rey Benjamín, los siervos inspirados proclaman: “… cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). Motivados por ese entendimiento, están “dispuestos a llorar con los que lloran … y a consolar a los que necesitan de consuelo y a ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (Mosíah 18:9).

Los siervos sabios del Señor, al ayudar a otros a ser participes del pan de vida y del agua viva, no buscan ser aclamados ni homenajeados; los honores de los hombres no tienen importancia para ellos. Buscan “solamente hacer justicia, y amar misericordia, y [humillarse] ante [su] Dios” (Miqueas 6:8). Llegan a ser como un niño pequeño: “… sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre el, tal como un niño se sujeta a su padre” (Mosíah 3:19).

Que todos nos amemos, nos cuidemos y nos sirvamos el uno al otro para que todos podamos recibir el pan de vida y el agua viva, y ser perfeccionados en Cristo, es mi oración en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.