Saliva, Lodo Y Kigatsuku

Chieko N. Okazaki


“Podemos hacer mucho bien al actuar como grupo organizado; al prestar servicio en grupos pequeños; y por nuestra propia cuenta si amamos a nuestros semejantes.”

Mis queridas hermanas, ¡aloha! [Aloha es el tradicional saludo hawaiano]. (Cuan agradecida me siento de estar con ustedes para celebrar el pasado en los umbrales del futuro! Celebramos 150 años de servicio, de hermandad y de esfuerzo por alcanzar la perfección. Dentro de 150 años, cuando las hermanas nos recuerden al celebrar esta fecha, espero que puedan decir: “El año 1992 fue un año en que no se pudo impedir que los ángeles acompañaran a las hermanas”.

Hermanas, (esas somos nosotras! Como sabrán, José Smith hizo esa profecía acerca de los ángeles. (Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 276.) Quisiera que todas nosotras hiciéramos realidad esa profecía aumentando nuestra espiritualidad, uniéndonos en una gran hermandad y sirviendo al prójimo con amor cristiano.

Al hablar del servicio en esta ocasión, quisiera enseñarles una palabra japonesa muy importante para mi; es la palabra kigatsuku. Kigatsuku quiere decir “tener la iniciativa de actuar sin esperar a que alguien nos lo pida”. Primero, podemos hacer mucho bien al actuar como grupo organizado. Los ciento cincuenta años de la Sociedad de Socorro lo han demostrado. En una estaca de Denver, Colorado (Estados Unidos), se están haciendo acolchados: docenas de gruesos acolchados que se donaran a los desamparados y a los pobres. Segundo, podemos hacer mucho bien al prestar servicio en grupos pequeños. Las hermanas de la mesa general se ofrecieron de voluntarias para limpiar los costados de un tramo de una carretera, se pusieron a trabajar y descubrieron que no lleva mucho tiempo cambiar el aspecto de las cosas. Y tercero, podemos hacer mucho bien cada una por nuestra propia cuenta si amamos a nuestros semejantes. Tenemos como ejemplo a la hermana Julia Mavimbela, de Africa del Sur, que enseña a niños que nunca han tenido un hogar a cultivar la tierra, cuidando de huertos. Es nuestro deseo de hacer el bien lo que nos capacita para prestar servicio no sólo en forma individual, sino también para que unidas emprendamos la tarea de realizar grandes obras de beneficencia. Todas tenemos esa capacidad.

¿Están escuchándome sentadas en una alfombra o en un banco barnizado? ¿Están vestidas de sari, de kimono o de traje? ¿Están escuchando mis palabras en español o en tagalo? No tiene importancia. Escuchen las palabras de mi corazón. Sientan cómo las capacita el deseo que tienen de hacer el bien.

Cuando yo era niña, mi madre me enseñó a ser kigatsuku. Por ejemplo, mientras ella barría el piso, me decía: “Chieko, ¿que haría una niña kigatsuku ahora?” Entonces yo corría a buscar la pala para recoger la basura. Posteriormente, reconocí las enseñanzas de mi madre al leer el elocuente pasaje de las Escrituras que dice:

“De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente empeñados en una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia; “porque el poder esta en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes …” (D. y C. 58:27–28).

Ustedes constituyen un gran poder. ¿De dónde viene ese poder para “hacer muchas cosas de [nuestra] propia voluntad”? Viene del Salvador mismo. Sientan en su corazón ese deseo de servir al prójimo. Sientan dentro de ustedes mismas la fortaleza de escoger hacerlo por su propia voluntad.

Recordemos a Jesus cuando curó al ciego de nacimiento: escupió en la tierra e hizo lodo, y untó con el lodo los ojos del ciego y le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”. (Véase Juan 9:1–7.)

Mis hermanas, ese hecho nos enseña una lección acerca del servicio. Primero, recordemos que Jesus y el ciego de nacimiento no habían concertado una hora para encontrarse, que su encuentro fue prácticamente fortuito. Por tanto, busquemos oportunidades de ayudar en la vida cotidiana.

Segundo, Jesus vio lo que el hombre necesitaba. Pienso que a veces vemos los programas en lugar de ver a las personas.

Tercero, Jesus prestó ayuda al ciego inmediatamente valiéndose de lo que tenía a mano: saliva y lodo y

su deseo de ayudar No llevó al hombre a una clínico, ni organizó un equipo de transplante de córnea, ni llamó a periodistas para que lo publicaran. A veces pensamos que no podemos servir a nuestro prójimo porque no somos ricas, porque no tenemos la preparación académica adecuada o porque no tenemos la edad suficiente o porque ya no somos jóvenes. Recordemos que si tenemos el deseo de servir, nuestras propias manos, un poco de saliva y un poco de tierra son suficientes para hacer un milagro.

Cuarto, Jesus no se limitó a sanar de inmediato a aquel hombre sino que le dio la oportunidad de ejercer la fe que tenía y de fortalecerla al pedirle que participara en su propia curación. Le mando hacer algo sencillo: que se lavara en el estanque de Siloé, pero ¿que hubiera sucedido si el hombre no lo hubiera hecho? Jesus corrió el riesgo y dejó que el hombre tomara parte en su propio milagro.

El deseo de servir es de origen divino. La caridad es nuestro lema. Como mujeres, suplicamos junto con los profetas de la antigüedad:

“Y estas mis palabras con que he orado delante de Jehová, estén cerca de Jehová nuestro Dios de día y de noche, para que el proteja la causa de … su pueblo Israel, cada cosa en su tiempo”.

“… que [estemos llenas] de este amor que el ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; que [lleguemos] a ser [hijas] de Dios; que cuando el aparezca, seamos semejantes a el …” (1 Reyes 8:59; Moroni 7:48.) En el nombre de Jesucristo. Amén.