Las Bendiciones Que Vienen Del Sacrificio

M. Russell Ballard

Of the Quorum of the Twelve Apostles


M. Russell Ballard
“La intensidad de nuestro amor por el Señor, por el evangelio y por nuestros semejantes se puede calcular de acuerdo con nuestra disposición a sacrificarnos por ellos.”

En octubre pasado escuchamos muchos mensajes inspirados en la conferencia general. En su mensaje del domingo por la mañana, el presidente Gordon B. Hinckley nos llamó la atención con respecto a las conmovedoras experiencias de los pioneros, cuyos sacrificios les ayudaron a poner los cimientos de la Iglesia restaurada. Se nos ablando el corazón y nuestro espíritu se llenó de emoción al escucharle contar algunas de las experiencias de aquellos fuertes pioneros de los carros de mano.

Las imágenes que se grabaron en mi mente y en mi corazón todavía perduran, y una y otra vez mis pensamientos me transportan hacia las altas y nevadas planicies de Wyoming, barridas por el viento. Con la imaginación contemplo el sufrimiento de esos fieles santos, y se que en su extrema tribulación, en circunstancias que hoy día nos es difícil siquiera concebir, muchos de ellos llegaron a conocer a Dios en una forma en que muy pocas personas jamas entenderán.

Muchos de nosotros somos descendientes de los aguerridos pioneros y nos sentimos agradecidos e inspirados por su ejemplo de fe y de sacrificio. Mi bisabuela, Margaret McNeil Ballard, escribió en su diario sobre una experiencia pionera de sacrificio que ella tuvo cuando tenía entre nueve y once años de edad. Esto es lo que dice:

“Luego de llegar a América teníamos proyectado viajar al Oeste, a Utah, con las compañías de carros de mano de Martin y MVilley, pero el élder Franklin D. Richards le aconsejó a mi padre que no lo hiciera. Tiempo después, nos sentimos muy agradecidos de no haberlo hecho al saber del sufrimiento, las privaciones y las heladas temperaturas que ellos tuvieron que soportar. Muchos de los que fueron con esa compañía se congelaron durante la travesía …

“La compañía a la que nos habían asignado se había adelantado, y como mi madre estaba ansiosa de que yo fuera con ese grupo, me puso a la espalda a mi hermanito James, asegurándolo con un chal. El sólo tenía cuatro años y estaba muy enfermo de sarampión, pero yo lo lleve dado que mi madre estaba haciendo todo lo que podía para cuidar de los otros hijos. Apresure el paso y alcance a la compañía, viajando con ellos todo el día. Esa noche una buena mujer me ayudó a descargarme de la espalda a mi hermanito. Me senté y lo tuve en mi regazo, envuelto en el chal, solos toda la noche. Por la mañana el estaba un poco mejor. La gente de la compañía fue muy buena con nosotros; nos dieron un poco de tocino frito y pan para el desayuno.

“Así viajamos durante casi una semana, hasta que mi hermanito y yo nos encontramos nuevamente con nuestra familia”.

Este breve episodio de la vida de mi bisabuela me ha enseñado que nuestros antepasados pioneros lo dieron todo, incluso la vida, por su fe y por edificar el Reino de Dios cuando la Iglesia estaba en sus comienzos. También enseña que se ayudaron, se alentaron y fortalecieron mutuamente en su extrema tribulación y compartieron generosamente todo lo que tenían. Sus posesiones materiales como la comida, la ropa y el albergue eran ínfimos, pero su amor mutuo y su devoción hacia el Señor y el evangelio eran ilimitadas.

Nuestra dedicación al Reino debería ser como la de nuestros fieles antepasados, aun cuando nuestros sacrificios sean diferentes. Ellos fueron expulsados de sus cómodas casas y obligados a atravesar 1.700 kilómetros con carretones tirados por bueyes y con carros de mano para restablecer a sus familias, sus hogares y la Iglesia en forma segura. Nuestros sacrificios serán tal vez menos evidentes pero no menos exigentes. En vez de privaciones de sufrimiento físico nos enfrentamos al problema de permanecer fieles a los principios del evangelio en medio de fuerzas inicuas y destructivas como la deshonestidad, la corrupción, el abuso de las drogas y el alcohol, y las enfermedades causadas con frecuencia por la promiscuidad

sexual. Además, nos abocamos a la lucha diaria contra la inmoralidad en todas sus formas. La pornografía y la violencia, que se describen gráficamente en los insidiosos programas de televisión, las películas y los videos, están desenfrenadas. Nos rodean el odio y la envidia, la codicia y el egoísmo, y las familias se desintegran a una velocidad acelerada. En medio de todo esto, hermanos, jamas debemos olvidar la fuente de nuestras abundantes bendiciones.

Recuerdo mi propio ministerio entre los miembros del Barrio Holladay 7 en la primavera de 1956, cuando nos reunimos en las laderas del monte Olympus. Bajo la dirección del presidente de estaca, G. Carlos Smith, dimos la palada inicial para la construcción del nuevo edificio para el barrio. En el momento de crearse ese barrio, contábamos con 373 miembros y, según recuerdo, mas de la mitad eran menores de doce años. Yo servia como segundo consejero del obispo William Partridge, y bajo su liderazgo ese pequeño grupo empezó de inmediato la construcción de un centro de reuniones completo.

En 1958 se dividió el barrio, y yo fui nombrado obispo del Barrio Holladay 12. En ese tiempo, los miembros pagaban el cincuenta por ciento del costo de la construcción de un nuevo edificio. Una de las experiencias de liderazgo mas importantes de mi vida ocurrió varias semanas antes de la dedicación del edificio. Nuestro barrio de familias jóvenes, que tenían que luchar por satisfacer sus necesidades mínimas, debía reunir 30.000 dólares para pagar nuestra cuota del costo de la construcción. Oré y ayuné, preguntándole a mi Padre Celestial que les diría a los miembros con respecto a esa obligación. Ya los habíamos presionado bastante y con toda buena voluntad habían contribuido con dinero y con trabajo mas allá de lo que yo hubiera creído posible, pero todavía teníamos que reunir 30.000 dólares mas.

Al reunirse los hermanos para la reunión del sacerdocio, sentí la inspiración de leerles el testimonio que mi abuelo Ballard expresó a la Primera Presidencia y al Consejo de los Doce, el 7 de enero de 1919, cuando fue ordenado Apóstol. Cito ahora sólo una pequeña parte de su testimonio:

“Se, como se que vivo, que esta es la obra de Dios y que vosotros sois Sus siervos. Recuerdo un testimonio, que se destaca entre los muchos que he recibido. Hace dos años, por esta misma época, había estado varios días en la Reserva del Fuerte Peck con otros hermanos, resolviendo problemas relacionados con la obra entre los lamanitas. Había muchas dudas que resolver y no existían precedentes que nos guiaran, por lo que teníamos que dirigirnos al Señor y hablarle de nuestros problemas para recibir inspiración de El. En tales circunstancias, me había acercado al Señor, y esa noche recibí una manifestación y una impresión maravillosas que jamas olvide. Fui trasladado a este lugar, a este cuarto; me vi aquí, entre vosotros. Se me dijo que se me daría otro privilegio y se me condujo a una habitación donde se me dijo que conocería a alguien. Al entrar en el cuarto vi, sentado en una plataforma alta, al Ser mas glorioso que hubiera podido imaginar, y me llevaron para serle presentado. Al acercarme a El, sonrió, me llamó por mi nombre y extendió Sus manos hacia mi. Aunque viviera un millón de años, nunca olvidaría esa sonrisa Me rodeó con Sus brazos y me besó, me acercó hacia Su pecho y me bendijo hasta que todo mi ser se conmovió. Después, caí a Sus pies y vi las marcas de los clavos; y al besárselos, mi ser se hinchó de gozo y sentí que estaba en el cielo. Lo que sentí en mi corazón fue: ¡Oh, si pudiera ser digno, aun cuando tuviera que vivir ochenta años mas, para que al final, cuando hubiera terminado, pudiera llegar a Su presencia y captar el sentimiento que capte ahora, al estar ante El, daría todo lo que soy o pueda llegar a ser!” (Melvin J. Ballard Crusader for Righteousness, Salt Lake City: Bookcraft, 1966, págs. 65–66.)

El Espíritu del Señor nos conmovió el corazón. Se dijo muy poco mas, porque ese pequeño grupo de fieles también sabia que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que es nuestro Salvador y Redentor; todos sabíamos que si teníamos mas fe en El podríamos lograr nuestra meta. Durante ese día. familia tras familia llegó a mi oficina con dinero, haciendo sacrificios personales mas allá de lo que yo, siendo obispo, jamas me hubiera atrevido a pedir. A las ocho de la noche de ese domingo el secretario del barrio había extendido recibos por poco mas de 30.000 dólares.

El sacrificio verdaderamente trajo sobre los miembros del barrio las bendiciones de los cielos. Nunca he vivido entre gente mas unida, mas amorosa, mas interesada el uno por el otro que ellos, cuando hacían uno de sus mas grandes sacrificios. En medio de estos esfuerzos, los enfermos del barrio fueron sanados por medio de las bendiciones del sacerdocio; la juventud se comprometió a vivir rectamente; los jóvenes se impusieron la meta de ser dignos de salir en una misión y la mayoría de ellos lo hizo, y las jovencitas decidieron que no aceptarían nada menos que un matrimonio en el templo; las hermanas de la Sociedad de Socorro sentían gozo prestando servicio

compasivo a sus semejantes; y la orientación familiar y las visitas de las maestras visitantes se cumplían todos los meses con un espíritu de gozo y servicio. En medio de nuestro sacrificio mas grande, nuestros miembros se unieron en el verdadero espíritu del evangelio de amor y servicio.

El sacrificio es la demostración del amor puro. La intensidad de nuestro amor por el Señor, por el evangelio y por nuestros semejantes se puede calcular de acuerdo con nuestra disposición a sacrificarnos por ellos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo manifestó el ejemplo supremo de amor. Su vida y ministerio establecieron un modelo que debemos seguir. Su misión divina culminó en un acto supremo de amor al permitir que Su vida se sacrificara por nosotros. Teniendo poder sobre la vida y la muerte, estuvo dispuesto a someterse al dolor, al ridículo y al sufrimiento, ofreciendo Su vida como rescate por nuestros pecados. Debido a Su amor por nosotros, sufrió tanto en el cuerpo como en el espíritu con una intensidad que sobrepasa nuestra comprensión, y tomó sobre si nuestros pecados si nos arrepentimos. Con Su sacrificio personal, proveyó la promesa de que se nos perdonen los pecados, y de que, por medio de El, encontremos el camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

El sacrificio que El espera de nosotros es “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20) que nos lleve al arrepentimiento. Cuando consideramos Su ejemplo, las demandas que se nos hacen de tiempo y de medios son pequeñas en comparación. Por eso, deberíamos dar de buena voluntad y considerarlo como una bendición y una oportunidad.

Se que en la actualidad muchos fieles miembros de la Iglesia hacen grandes sacrificios para apoyar a sus hijos a fin de que cumplan una misión y rindan servicio de diferentes maneras. Al meditar sobre estos simples hechos de fe, me he preguntado: “¿Cuántos realmente estamos a la altura de nuestro potencial de vivir el espíritu de la ley del sacrificio?”

Los miembros de la Iglesia hoy día hemos sido bendecidos grandemente al eliminarse algunas cargas financieras que teníamos. El fiel pago del diezmo que se administra cuidadosamente provee ahora los fondos para construir nuestros edificios y pagar los servicios públicos y muchas otras obligaciones que anteriormente requerían nuestras contribuciones adicionales. Debemos darnos cuenta de que la disminución de las contribuciones financieras da lugar a grandes oportunidades de vivir una ley mas alta. Con esto quiero decir que, por iniciativa propia, podemos encontrar la forma de extendernos mas allá de lo que se espera para ayudar a otros y contribuir a la edificación del Reino del Señor. El Señor nos ha dicho que debemos estar “anhelosamente empeñados en una causa buena, y hacer muchas cosas de [nuestra] propia voluntad y efectuar mucha justicia; porque el poder esta en [nosotros], y en esto [venimos] a ser [nuestros] propios agentes” (D. y C. 58:27–28).

Mis hermanos, no debemos perder el espíritu de sacrificio que demostraron los pioneros de los carros de mano. Algunas de las bendiciones mas escogidas del Señor esperan a aquellos que practican este principio eterno de esforzarse abnegadamente en el servicio a Dios y a sus semejantes. El espíritu de sacrificio y la felicidad que se recibe del servicio a los demás pueden traer la paz y el gozo aun en medio de las tribulaciones.

El principio de sacrificio debe enseñarse en todos los hogares de los Santos de los Últimos Días y practicarse de muchas maneras sencillas pero importantes. Podemos hacerlo estableciendo un ejemplo de reverencia que inspire el verdadero espíritu de adoración en nuestras reuniones; evitando las murmuraciones y quejas por los inconvenientes que puedan causarnos el horario de las reuniones dominicales; contribuyendo con ofrendas de ayuno generosas; encontrando gozo en apoyar a los misioneros y en el pago de un diezmo integro. Podemos aceptar los llamamientos de la Iglesia y servir en ellos con el corazón feliz y agradecido; participar en la obra del templo con regularidad; ofrecer oraciones familiares e individuales y enseñarnos el uno al otro todas las semanas en noches de hogar bien planificadas. Tanto los miembros jóvenes como de edad mayor pueden prepararse con anticipación y ser dignos de aceptar llamamientos para salir de misioneros. Todos podemos ser buenos vecinos y cuidar de las viudas, de los pobres y de los desafortunados; podemos influir para el bien en los demás por medio de nuestro servicio en la orientación familiar y en el programa de maestras visitantes. Hermanos, debemos mantenernos limpios y dignos para bendecir a nuestros semejantes con el sacerdocio que poseemos.

Hoy día no se nos pide que tiremos de carros de mano a través de las planicies nevadas de Wyoming; sin embargo, se nos pide que vivamos, promovamos y enseñemos el Evangelio de Jesucristo. Tenemos el privilegio de invertir nuestros medios y tiempo para llevar bendiciones a otros. Cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible por preservar la forma de vivir de los Santos de los Últimos Días. Una parte vital de esa preservación es la voluntad de dejar a un lado los deseos personales y reemplazarlos con el sacrificio abnegado por nuestros semejantes.

Que Dios os bendiga, mis hermanos, para que sepáis, como yo lo se, que El vive, que Jesús es el Cristo, y que el ser miembros de Su Iglesia, la única Iglesia verdadera y viva, no es jamas un peso, sino una gran bendición. Que estemos agradecidos por esta bendición, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen.