La Sociedad De Socorro Y La Iglesia

Dallin H. Oaks

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Este año celebramos el 150 aniversario de la Sociedad de Socorro, que se organizó en Nauvoo, Illinois, el 17 de marzo de 1842. El programa de aniversario del mes pasado se transmitió vía satélite a la mayoría de los continentes del mundo. Se están publicando libros para contar la historia de la Sociedad de Socorro y honrar la hermandad mundial de esta organización, la cual en barrios y estacas traduce esta celebración en servicio a la comunidad. Una gran labor encaminada a mejorar la habilidad de leer y escribir se anunciara mas adelante este año.

Estamos agradecidos por la eficaz dirección de la presidenta Elaine L. Jack, de sus consejeras y de la mesa directiva en esta celebración, así como por las hermanas del pasado a quienes honramos.

La Sociedad de Socorro es muy importante para todos los miembros de la Iglesia. Todos hemos sido bendecidos gracias al ejemplo y al servicio de las hermanas.

Yo mismo he recibido ese beneficio de por lo menos cuatro generaciones: de mi abuela, mi madre, mi esposa y mis hijas.

Entre los recuerdos mas vividos de mi infancia tengo el de mi abuela cuando se arreglaba para ir al pueblo a prestar, con alegría y resolución, su servicio en la Sociedad de Socorro. El liderazgo de mi madre en la Sociedad de Socorro de una de las estacas de la Universidad Brigham Young ejerció su influencia en cientos de mujeres jóvenes que se preparaban para toda una vida de servicio a su familia, a la Iglesia y a la comunidad. He hablado con muchas de ellas en mis diversos viajes por toda la Iglesia.

En Chicago, mis hijos y yo aprendimos del amor cristiano y del servicio al ver el ejemplo de mi esposa cuando trabajaba en su llamamiento como presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio. Posteriormente, en la Universidad Brigham Young, tuvimos la alegría de ver a nuestras hijas trabajar también en esta organización en sus respectivas ramas. Toda la familia ha recibido bendiciones mediante el servicio de la Sociedad de Socorro.

Desde sus inicios, la Sociedad de Socorro se ha destacado por su obra caritativa. En la primera reunión, la presidenta Emma Smith dijo: “Todo miembro debe anhelar hacer el bien” (“Minutes of the Female Relief Society of Nauvoo” [Actas de la Sociedad de Socorro de damas de Nauvoo], 17 de marzo de 1842. Ensign, marzo de 1992, pág. 4. De aquí en adelante, las citas que se hayan sacado de los documentos originales se referirán como las “Actas”). Las actas de esas primeras reuniones están repletas de relatos de la forma en que las hermanas conseguían trabajo para los necesitados, acogían a los desamparados y hacían donaciones para ayudar a los que necesitaban alimento, techo e instrucción.

Una década después de la partida de Nauvoo, las hermanas, ya expertas en la aplicación de los principios de la Sociedad de Socorro, seguían ayudando a los necesitados. En una sesión de una conferencia, el presidente Brigham Young anunció que los santos de dos compañías de carros de mano habían quedado aislados y desamparados por tempranas nevadas en las montañas de Wyoming, y pidió ayuda inmediata para ir a rescatarles. Antes de salir del Tabernáculo en esa ocasión, muchas de las hermanas ya habían empezado a juntar ropa para enviar a aquellos hermanos (véase Kenneth W. Godfrey et al., Women’s Voices: An Untold History of the Latter-day Saints, 1830–1900, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982, pág. 269).

En las primeras reuniones de la Sociedad de Socorro, el profeta JOSÉ Smith enseñó que esta sociedad “existe no sólo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 293. History of the Church, tomo 5, pág. 25. “Actas”, 9 de junio de 1842, pág. 63). Muchos años después, la Primera Presidencia explicó:

“Uno de los fines de la organización de la Sociedad de Socorro fue dar comienzo a un plan de estudio de temas religiosos y de doctrina y gobierno de la Iglesia para las hermanas. El atender a los pobres y a los necesitados bajo la dirección del Obispado … había de ser parte de su labor; pero esta no tenía por objeto absorber todo el tiempo de ellas hasta el punto de impedirles aumentar su fe, aprender literatura y de las gentes y de los quehaceres domésticos” (James R. Clark, compilador, Messages of the First Presidency of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1965–1975, tomo 5, pág. 217).

“El deber de salvar almas abarca todos los aspectos del progreso humano”, dijo después el élder John A. Widtsoe. “Ayudar al necesitado, atender al enfermo; disipar las dudas, liberar de la ignorancia: aliviar de todo lo que obstaculice la alegría y el progreso de la mujer. ¡Que magnífica misión!” (John A. Widtsoe, Evidences and Reconciliations, Salt Lake City: Bookcraft, 1987, pág. 308).

Esa misión comprende el enseñar. En una revelación manifestada en 1830, el Señor dijo a Emma Smith que el Profeta la autorizaría “para exponer las escrituras y para exhortar a la iglesia, de acuerdo con lo que te indique mi Espíritu” (D. y C. 25:7). Cuando después fue escogida para dirigir la Sociedad de Socorro, su marido, el Profeta, mencionó esa revelación de que ella había de “exponer las escrituras a todos” y “enseñar a las mujeres de la comunidad”, y añadió que “no sólo ella, sino otras, recibirían las mismas bendiciones” (“Actas”, 17 de marzo de 1842, pág. 8).

Los demás Presidentes de la Iglesia han recalcado este importante deber de enseñar, y los líderes y las maestras de la Sociedad de Socorro han cumplido con ese deber con gran distinción.

La Sociedad de Socorro fue organizada por la iniciativa de las damas de Nauvoo. Deseosas de organizar una sociedad para fomentar la hermandad y realizar obras caritativas, un grupo de damas pidieron a Eliza R. Snow que pusiera por escrito los estatutos. Cuando el profeta José Smith se enteró de ello, hizo reunir a las hermanas para decirles que “había algo mejor para ellas que una constitución escrita”. Una hermana recordó sus palabras así: “Organizaré a las hermanas bajo la autoridad del sacerdocio y según el modelo del sacerdocio” (Sarah M. Kimball, “Auto-Biography”, Woman’s Exponent, 1° de septiembre de 1883, pág. 51).

Felizmente contamos con las actas precisas de las reuniones de los primeros dos años de la Sociedad de Socorro. Por esas actas conocemos la esencia de las instrucciones del profeta José Smith a la nueva organización y a sus miembros. Este aniversario es una ocasión adecuada para recordar y poner de relieve esas proféticas instrucciones.

En sus primeras instrucciones oficiales a la recién fundada organización, el Profeta dijo que estaba “sumamente interesado en que [la Sociedad de Socorro] fuera edificada para la gloria del Altísimo, de una manera aceptable”. Enseñó que “cuando recibimos instrucciones, debemos obedecer esa voz … a fin de que las bendiciones del cielo desciendan sobre nosotros. Todas deben actuar en armonía o no se podrá hacer nada; y la Sociedad debe proceder de acuerdo con el sacerdocio de la antigüedad” (“Actas”, 30 de marzo de 1842, pág. 22; véase también Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 243–244).

La exhortación del Profeta evidentemente buscaba dar a la nueva organización el beneficio de una revelación anterior en la que el Señor instruía a la recién formada Primera Presidencia “en cuanto a la manera de conduciros delante de mi, a fin de que se torne para vuestra salvación.

“Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:9–10). Las bendiciones prometidas a la Sociedad de Socorro dependían de que sus líderes y sus miembros funcionaran dentro de los limites que el Señor había establecido.

En su siguiente reunión con la Sociedad de Socorro, José Smith “exhortó a las hermanas a que siempre ejercieran su fe e hicieran sus oraciones a favor de aquellos a los que Dios les había mandado honrar, a los que Dios había puesto a la cabeza [de Su Iglesia] para dirigir [a Su pueblo] y que confiaran en ellos” (“Actas”, 28 de abril de 1842, pág. 37; véase también Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 275). Esa exhortación corroboraba las instrucciones recibidas en una revelación anterior sobre el sacerdocio, la cual decía que todas “las otras autoridades u oficios en la iglesia son dependencias” del Sacerdocio de Melquisedec y que este sacerdocio “posee el derecho de presidir, y tiene poder y autoridad sobre todos los oficios en la iglesia en todas las edades del mundo …” (II). y (2. 101:5, 8). Por consiguiente, tanto la Sociedad de Socorro como las organizaciones auxiliares que se instituyeron después siempre han funcionado y prosperado bajo la dirección de las autoridades presidentes del sacerdocio.

En esa misma reunión, el Profeta pronunció las palabras que el presidente Gordon B. Hinckley ha llamado “la carta constitucional … de la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (Ensign, marzo de 1992, pág. 4):

“Esta Sociedad debe recibir instrucciones mediante el orden que Dios ha establecido: por conducto de aquellos que han sido designados para dirigir …” (“Actas”, 28 de abril de 1842; véase además Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 279).

Allí, el Profeta dijo que la Sociedad de Socorro debía recibir instrucciones y dirección de los líderes del sacerdocio que presidieran sus actividades. Al igual que los quórumes de los poseedores del sacerdocio de la Iglesia, la Sociedad de Socorro debía gobernarse a si misma, pero no debía ser una organización independiente, ya que era parte integrante de la Iglesia y no una iglesia separada para las mujeres.

El Profeta prosiguió diciendo:

“… y ahora, en el nombre del Señor, doy vuelta a la llave y esta Sociedad se alegrara, y desde ahora en adelante descenderán sobre ella conocimiento e inteligencia. Este es el principio de mejores días para esta Sociedad” (“Actas”, 28 de abril de 1842, pág. 40; véase también Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 279).

Al dar “vuelta a la llave”, el profeta José Smith hizo a la Sociedad de Socorro parte oficial de la Iglesia y Reino de Dios, lo cual brindó a las hermanas nuevas oportunidades de recibir conocimiento e inteligencia de lo alto, como, por ejemplo, mediante las ordenanzas del templo que pronto habían de instituirse. Del mismo modo, en relación con su servicio caritativo, el Profeta les prometió: “Si cumplís con vuestros privilegios, no se podrá impedir que os asociéis con ángeles” (“Actas”, 28 de abril de 1842, pág. 38; véase también Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 276).

El presidente Joseph Fielding Smith enseñó que de ese modo el Profeta brindó a las hermanas la posibilidad de actuar con “cierto grado de autoridad divina, particularmente en lo que concernía al gobierno y a la instrucción en beneficio de las mujeres de la Iglesia” (Relief Society Magazine, enero de 1965, pág. 5). El presidente Smith explicó:

“El que no se haya dado el sacerdocio a las hermanas … no significa que el Señor no les haya dado autoridad. La autoridad y el sacerdocio son dos cosas diferentes. Se puede dar autoridad a una persona, a una hermana, para que realice ciertas cosas en la Iglesia que son validas y absolutamente indispensables para nuestra salvación, tal como la obra que efectúan nuestras hermanas en la Casa del Señor” (Relief Society Magazine, enero de 1959, pág. 4).

La enseñanza del presidente [Joseph Fielding] Smith sobre la autoridad explica lo que el profeta José Smith quiso decir cuando especificó que organizaba la Sociedad de Socorro “bajo la autoridad del sacerdocio y según el modelo del sacerdocio”. La autoridad que habían de ejercer los oficiales y las maestras de la Sociedad de Socorro, lo mismo que los de las demás organizaciones auxiliares, era la autoridad que recibirían por medio de la relación de su organización con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y mediante el apartamiento individual de ellas bajo las manos de los líderes del sacerdocio que las llamaran a sus cargos.

No se entregaron llaves del sacerdocio a la Sociedad de Socorro. Las llaves se confieren a las personas y no a las organizaciones. Lo mismo ocurre con la autoridad del sacerdocio y con la autoridad relacionada con este y que se ejerce bajo la dirección del sacerdocio. Aunque las organizaciones actúen mediante la autoridad que se da a sus líderes, no la poseen. Así, las llaves del sacerdocio se entregaron a los miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles y no a ninguna organización.

Bajo la autoridad del sacerdocio del obispo, la presidenta de la Sociedad de Socorro de un barrio preside y dirige las actividades de esta organización en el barrio. La presidenta de la Sociedad de Socorro de una estaca preside y ejerce autoridad sobre las funciones de su cargo. Lo mismo ocurre con las demás organizaciones auxiliares. De la misma manera, a las hermanas a las que se llama a la misión se les aparta para que salgan con autoridad a enseñar el evangelio sempiterno, y a las hermanas a las que se llama a trabajar en el templo se les da autoridad para efectuar las funciones sagradas de su llamamiento. Todo funciona bajo la dirección del líder del sacerdocio al que se hayan dado las llaves del sacerdocio para dirigir a los que trabajen en el terreno de su responsabilidad.

El profeta José Smith dijo a las hermanas en 1842 que había algo mejor para ellas que una constitución escrita. Tras haber sido organizadas bajo la autoridad del sacerdocio, debían rechazar los conceptos mundanos del poder y buscar el poder que desciende desde los cielos sobre los que usan su tiempo y sus talentos según la manera del Señor.

Al considerar las instrucciones que dio el Profeta a la primera Sociedad de Socorro, debemos recordar que en aquellos primeros días de la historia de la Iglesia habían de recibirse todavía mas revelaciones. Por eso, cuando habló a las hermanas de la conveniencia de que ellas impusieran las manos para bendecir, el Profeta advirtió “que en ningún tiempo han estado estas cosas en su debido orden, porque la Iglesia no esta todavía organizada en su debido orden y no lo estará mientras no se edifique el templo” (“Actas”, 28 de abril de 1842, pág. 36). Durante el siglo que siguió, al haber mas templos al alcance de la mayoría de los miembros, el “debido orden” ha impuesto que esas y otras practicas sagradas se efectúen sólo dentro de los templos.

Para terminar, deseo ofrecer unos consejos sobre las responsabilidades de padres y madres y de los líderes del sacerdocio, subrayando los asuntos de interés para la Sociedad de Socorro.

El presidente Harold B. Lee dijo reiteradamente a los hermanos: “La obra mas importante del Señor que harán jamas será la que realicen dentro de las paredes de su propio hogar” (Ensign, febrero de 1972, pág. 51). Esas instrucciones también se aplican a las hermanas de la Sociedad de Socorro, que deben dedicar sus mayores esfuerzos a enseñar a sus hijos. No se puede medir la enorme y trascendental importancia de la tarea que nuestro Padre Celestial ha depositado sobre los hombros de las madres de familia, las cuales enseñan, trabajan y establecen las normas en los hogares Santos de los Últimos Días; ellas orientan a los hijos y a las hijas de Dios, en los años en que estos son mas dóciles a la enseñanza, para su jornada terrenal hacia la vida eterna.

Hermanos, sabemos que el sacerdocio es el poder de Dios dado al hombre para bendecir y llevar a la salvación a todo el genero humano. Si bien a veces nos referimos a los poseedores del sacerdocio como “al sacerdocio”, nunca debemos olvidar que el sacerdocio no es propiedad de nadie y que no esta incorporado en los que lo poseen; es un encargo sagrado que debe utilizarse para el beneficio de hombres, mujeres y niños por igual. El élder John A. Widtsoe dijo: “El hombre no tiene mayor derecho que la mujer de recibir las bendiciones que provienen del sacerdocio y del poseer el sacerdocio” (Priesthood and Church Goverment, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1939, pág. 83). Por ejemplo, nuestras mujeres jóvenes deben tener tantas oportunidades de recibir bendiciones de los líderes del sacerdocio como nuestros hombres jóvenes.

Algunos líderes, en los diversos niveles de la Iglesia, han descuidado el aplicar esos principios básicos. Algunos no han consultado con regularidad a los líderes de las organizaciones auxiliares como se especifica en los manuales de instrucciones de la Iglesia. El presidente Spencer W. Kimball enseñó el principio gobernante a los líderes del sacerdocio de la Iglesia cuando dijo:

“Nuestras hermanas no desean que las consintamos ni que las tratemos con [aire de superioridad], sino que las respetemos y reverenciemos como a hermanas e iguales nuestras. Menciono todas estas cosas, mis hermanos, no porque haya ninguna duda en cuanto a la doctrina o las enseñanzas de la Iglesia con respecto a las mujeres, sino porque en algunos casos nuestra conducta deja mucho que desear” (“Nuestra mayordomía terrenal”, Liahona, enero de 1980, pág. 74).

Se dan instrucciones a los líderes del sacerdocio de trabajar en estrecha colaboración, armonía y compañerismo con los líderes de las organizaciones auxiliares. “Al trabajar los líderes del sacerdocio con los de las organizaciones auxiliares para cumplir la misión de la Iglesia, el Reino terrenal del Señor prosperara y muchas vidas se verán bendecidas” (Manual para Líderes del Sacerdocio de Melquisedec [31184 002] pág. 6)

Solo siendo unidos seguiremos la vía del Señor, que dijo: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27).

Una de las grandes funciones de la Sociedad de Socorro es proporcionar una hermandad para las mujeres, tal como los quórumes del sacerdocio proporcionan una hermandad para los hombres. Pero recordemos todos que ninguna hermandad es un fin en si misma, sino un medio para el progreso espiritual individual y para servir, unidos, al prójimo. La mas grande y fundamental expresión tanto de las cualidades femeninas como de las masculinas tiene lugar en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio entre un hombre y una mujer. Sólo esa relación culmina en la exaltación. Como lo enseñó el apóstol Pablo: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11). Así vemos que el objetivo común de la hermandad tanto en nuestros quórumes del sacerdocio como en la Sociedad de Socorro es unir a hombres y mujeres en el sagrado vínculo del matrimonio y las relaciones familiares que conducen hacia “la vida eterna, que es el máximo de todos los dones de Dios” (D y C. 14:7).

Damos gracias a nuestro Salvador por habernos posibilitado alcanzar esa meta, por Su autoridad del sacerdocio que administra las ordenanzas esenciales, y por los grandes hombres y mujeres que nos han dado el ejemplo del servicio a Dios. En el nombre de Jesucristo. Amen.