Un Dios amoroso y comunicativo

Marion D. Hanks


“Cristo se detiene ante la puerta y golpea; aquellos que deseen que El entre … deben … abrir la puerta.”

Cualquier persona a quien se le haya permitido prestar servicio como a nosotros se siente honrada mas allá de lo que merezca. Lo sabemos y estamos agradecidos por ello.

La Biblia declara que Dios es el Padre y el Dios de los espíritus de toda la humanidad (véase Números 16:22; Hebreos 12:9). El apóstol Pablo enseñó a los habitantes de Atenas que somos “linaje” de Dios y a los romanos que “el Espíritu … da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo … “ (Hechos 17:28-29; Romanos 8: 16-17) .

Debido al gran amor de nuestro Padre por Sus hijos, y debido a Su cometido de darles la libertad de elección, el genero humano ha tenido desde el principio la oportunidad de elegir por si mismo. Juan declara en los primeros versículos de su Evangelio que Cristo fue “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9) . Las Escrituras también registran que “a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que pueda distinguir el bien del mal” (Moroni 7: 16; véase también D. y C. 84:45-46). Existe otro pasaje de las Escrituras que explica por que no todas las personas siguen por la vía de la luz y por que algunas no eligen el bien en vez del mal:

“… y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu” (D. y C 84:46; cursiva agregada).

Nuestro Padre Celestial desea que todo el genero humano sea guiado por esa luz, pero dicha bendición no se impondrá a nadie. Cristo se detiene ante la puerta y golpea; aquellos que deseen que El entre y cene con ellos deben oír su voz y abrir la puerta (véase Apocalipsis 3:20). De este modo se enseñan sencillamente dos grandes principios en los cuales se centra el evangelio: el amor y el albedrío. Cada uno de nosotros esta aquí para aprender a amar y a dar y a escuchar la voz del Espíritu, y hacer su elección de obedecer la voluntad del Padre. Dios desea que Su linaje y Sus herederos lleguemos a ser todo lo que esta en nuestro potencial ser a fin de ser merecedores de recibir la herencia. Pero nosotros somos quienes debemos elegir, somos nosotros los que tomamos las decisiones, y El no nos relevara de esa responsabilidad. Desde los primeros tiempos, ya en la época del libro de Deuteronomio, esta escrito:

“Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal …

“… escoge, pues, la vida, para que vivas tu y tu descendencia;

“amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz” (Deuteronomio 30:15, 19-20).

Por medio de la luz del Señor, la verdad ha alcanzado hasta cierto punto muchos aspectos, elementos y niveles de la vida. Ha sido para mi una gran satisfacción encontrar tanto bien en tantos lugares y proveniente de tantos y tan diversos orígenes. El presidente Joseph F. Smith habló de los miembros unidos de la Trinidad diciendo que son la “fuente de la verdad”, y agregó:

“Todos los filósofos de la antigüedad han recibido su inspiración y sabiduría de esta fuente; de ella han recibido todo su conocimiento. Si a través de las épocas encontramos la verdad en pequeños fragmentos, se puede dar por sentado como hecho incontrovertible que ella se originó en la fuente, y que por inspiración de Dios se dio a los filósofos, inventores, patriotas, reformistas y profetas” (Improvement Era, junio de 1907, pág. 629).

Los antiguos lideres de la Iglesia, y los que les siguieron, han atestiguado de lo mismo. En todo tipo de actividades en que he podido participar, he tenido el privilegio de relacionarme con gente de carácter y calidad que me ha hecho participe de cosas de mucho valor. Consideremos este ejemplo especial de la sabiduría de un querido maestro y escritor quakero, de nombre Rufus Jones, que dijo:

“La religión activa no puede mantenerse y preservarse basándose en la teoría de que Dios trató con la raza humana sólo en las antiguas épocas pasadas y que la Biblia es la única evidencia que tenemos de que El es un Dios vivo, que se revela y que se comunica. Si alguna vez Dios habló, todavía sigue hablando. El es el gran ‘Yo Soy’, no el gran El Fue” (A Flash of Eternity).

Esa es una importante declaración de una verdad fundamental. Nuestra propia comprensión de este principio es que Dios se comunica con Sus hijos y que ha revelado, aun revela y seguirá revelando muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes a Su Reino.

I as tradiciones judías nos ayudan a apreciar mejor la naturaleza de nuestro Padre Celestial en la tierna recitación de los salmos del 113 al 118, a la que se llama “Hallel”, y que se ofrece durante la festividad de la Pascua en celebración del histórico éxodo de los hijos de Israel desde Egipto y de su cruce por el Mar Rojo. Cuando llegaron al Mar Rojo, los alcanzaron los ejércitos egipcios. Por medio de Moisés, Dios abrió las aguas y “los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco”. Los egipcios los siguieron. Moisés volvió a extender la mano sobre el mar “y volvieron las aguas” (Exodo 14:22, 2).

Los israelitas se salvaron y el ejercito egipcio se ahogó. Triunfante, la gente empezó a cantar himnos de alabanzas al Señor, pero el Todopoderoso los detuvo y dijo: “Cómo podéis cantar himnos de alabanzas y jubilo cuando tantos de mis hijos se han ahogado en el mar?”

Para recordar ese acontecimiento, el pueblo judío incluye en la ultima parte de las celebraciones de la Pascua una condensación de los mencionados Salmos de Alabanza como parte de la festividad.

Sin duda, la luz de la Fuente ha brillado a través de todo el mundo. Nos regocijamos por ello y deseamos expresar este humilde testimonio: Dios es un Padre real que vive, revela y se comunica con Sus hijos.

Cuando las verdades que se encuentran en las Escrituras de la Restauración se juntan con las ricas fuentes de conocimiento de los antiguos profetas y escritores de la Biblia, esos tesoros unidos derraman luz y conocimiento aclaratorios sobre las preguntas mas importantes que se ha hecho la humanidad a través de las épocas, y continua haciéndose, y se seguirá haciendo en el futuro con creciente interés a medida que la población y las interpretaciones se multipliquen. Esas revelaciones tratan sobre la verdad acerca de Dios, Cristo y el Espíritu Santo -la Trinidad-; sobre el hombre en si; sobre la vida terrenal, su significado y propósito; y sobre la eternidad y sus promesas

Se ha dado un ejemplo importante de esta luz mayor en respuesta a la creciente lista de problemas que enfrenta el genero humano, o sea, las personas, las instituciones, los países y la civilización en general. Miles de años hace que el Salmista clamó: “Ten misericordia de mi, oh Jehová, porque estoy en angustia” (Salmos 31:9); luego, nos habla de problemas que suenan extrañamente familiares a nuestros oídos modernos. Hoy en día. en nuestro mundo atribulado, las calamidades y la destrucción, el temor, el hambre y los conflictos afligen la tierra; las aflicciones y la adversidad pesan sobre sobre muchas personas. Se multiplican los libros que tratan de los problemas personales, familiares y sociales. Muchos de ellos tienden a estar de acuerdo en que no debemos preguntarnos por que la gente buena tiene pruebas, sino cómo debe responder la gente buena cuando enfrenta esas pruebas. Las Escrituras nos ayudan a contestar algunas preguntas importantes:

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    ¿Prometió Dios a Sus hijos inmunidad de los problemas y aflicciones?

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    ¿Es la tribulación una evidencia de Su disgusto con nosotros?

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    ¿Vivieron los profetas de la antigüedad, así como Cristo y Sus Apóstoles, libres de adversidades?

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    ¿Les prometió El a Sus seguidores que estarían exentos de problemas ?

Las Escrituras responden a todo eso. El Sermón del Monte habla a los que lloran, a los pobres en espíritu, a los que son vituperados y perseguidos, de los que se dice toda clase de mal de ellos, mintiendo (véase Mateo 5:3-4, 11).

El consejo que se nos da es volver la otra mejilla cuando nos hieran e ir una milla extra cuando se nos exija. Se menciona a los que ofenden, a los enemigos, a los que maldicen y odian, a los que aborrecen y ultrajan. Y se nos dice que el sol sale sobre malos y buenos y la lluvia cae sobre justos e injustos (véase Mateo 5:3945).

A los primeros lideres de la Iglesia se les dio la siguiente admonición: “Se paciente en las aflicciones, porque tendrás muchas … “ (D. y C. 24:8).

Dios no nos priva de las experiencias que vinimos a enfrentar aquí; no nos aísla de las tribulaciones ni nos garantiza inmunidad de los problemas.

Mucho del dolor que sufrimos, e inevitablemente imponemos sobre otros, lo generamos nosotros mismos por medio de nuestros propios juicios errados, por medio de nuestras malas decisiones. Cuando ese es el caso, contamos con ayuda: Al pecador arrepentido se le da la seguridad de que Dios perdonara, olvidara y jamas mencionara los pecados de los que nos hayamos arrepentido verdaderamente.

Pero, hay mucho de lo que nos sucede en esta vida que no esta en nuestro poder controlar, y a lo cual sólo podemos responder. El saber lo que Dios ha prometido puede darnos el valor y la fe que necesitamos. Se nos asegura en las Escrituras que podemos tener la certeza de que el Señor Dios visita a Su pueblo en las aflicciones (véase Mosíah 24:13-14). Y que “quienes pongan su confianza en Dios serían sostenidos en sus tribulaciones, y sus pesares y aflicciones, y serán exaltados en el postrer día” (Alma 36:3).

A los que lamentaban la perdida de un ser amado, Jesús les dijo:

“También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozara vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo” (Juan 16:22).

Al solitario y al abandonado y a aquellos que temen, El les dijo: “… No te desamparare, ni te dejare” (Hebreos 13:5).

Y así, la promesa que hemos recibido es que en tiempo de dolores y aflicciones, si resistimos y permanecemos fieles, si ponemos nuestra confianza en El y somos valientes, el Señor nos visitara en nuestras aflicciones, nos fortalecerá para sobrellevar y soportar nuestras pruebas, estará con nosotros hasta el fin de nuestros días, nos elevara en el ultimo día para recibir mayores oportunidades de servicio, nos exaltara al final con El y con nuestros seres queridos y consagrara nuestras aflicciones para que nos sean de beneficio.

Una de las experiencias que ha llegado a lo profundo de mi alma en años recientes fue el escuchar a un excelente obispo expresar a otras personas en una reunión sus conmovedores sentimientos con respecto a la perdida de su esposa. que tenia cáncer, una experiencia que muchos otros maridos, esposas y familiares conocen muy bien.

Veinte años antes había visto a su madre morir después de padecer grandes dolores y había llevado consigo durante años una especie de resentimiento por el dolor que ella había tenido que soportar. En el caso de su esposa, sin embargo, aun con lo difícil que fue para ella y en cierta forma para la familia, su enojo se convirtió en un sentimiento positivo, en una relación espiritual mas estrecha con el Señor, y así pudo ayudar a la esposa a sobrellevar mejor su carga.

Poco antes de morir, ella le pidió una bendición para que se le calmaran los intensos dolores. Ambos lloraron cuando el le puso las manos sobre la cabeza y habló con el Señor, “y”, dijo, “sentí la presencia espiritual de nuestro Padre Celestial. Nunca tuve una sensación mas fuerte de que alguien mas estaba allí, llorando con nosotros”. Casi al final, cuando ella estaba ya muy debilitada, le dijo: “¡Jamás me he sentido mejor!”

¿La fuerte sensación de que alguien mas estaba allí, “llorando con nosotros”? Por supuesto; ¿por que no? Jesús lloró ante la tumba de Lázaro; lloro por las aflicciones que vendrían sobre Jerusalén; y lloró cuando vino al continente americano y se arrodilló con Su pueblo, y especialmente cuando “tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y les bendijo, y rogó al Padre por ellos” (3 Nefi 17:21; véase también el vers. 22; Juan 11:35; Lucas 19:41).

Anoche, en nuestra casa, después de las reuniones de ayer, abrimos y leímos una nota de una encantadora mujer, Santo de los Ultimos Días, que hace dos años quedó viuda al morir su esposo en un accidente. Me decía que ella y su familia habían recibido consuelo al leer esta frase que he puesto en un marco y colgado en mi oficina:

“Creer en Dios significa saber que todas Sus leyes son justas y que al final nos esperan hermosas sorpresas” .

Agradezco a Dios Su amor y el amor de Su Hijo. Aquellos que han tomado Su nombre sobre si, como nosotros lo hemos hecho, debemos sobrellevar la carga del legado que El nos dejó de amor, misericordia y servicio, aceptando nuestro patrimonio de esperanza y abnegación, y uniendo creencia con acción al esforzarnos por aliviar las calamidades y los sufrimientos de la humanidad. Que Dios nos ayude a hacer honor a tal cometido, lo pido humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.