Un preciado patrimonio

James E. Faust


“A los que se hayan ofendido o hayan perdido el interés, o que se hayan apartado por cualquier motivo, les invitamos a volver a reunirse con nosotros en total hermandad.”

Al acercarse a su fin esta conferencia, deseo hablar de un preciado patrimonio. Rindo honor a todos los fieles pioneros de todos los países del mundo que han ayudado a establecer la Iglesia en su tierra. Los primeros que se convierten a la Iglesia en una familia son verdaderamente pioneros; son y han sido hombres y mujeres de profunda fe y devoción. Hoy quiero hablar principalmente del invalorable patrimonio de los descendientes de todos los pioneros, pero en particular de los que vinieron a este valle y se establecieron en Utah y en otras partes del Oeste de los Estados Unidos.

Para celebrar el 24 de julio este año, nos reunimos con los santos de la Estaca Riverton, del estado de Wyoming. Bajo la dirección del presidente Robert Lorimer y sus consejeros, los jóvenes de la estaca y sus lideres hicieron parte del recorrido de los pioneros con carros de mano, que tuvo lugar en 1856. Empezamos temprano, partiendo en una camioneta cerrada, de tracción en las cuatro ruedas, y nos dirigimos a Independence Rock, donde comenzamos a seguir la Trocha [senda] Mormona; vimos la Puerta del Diablo unas millas camino arriba. Nos sentimos emocionados al llegar al terreno sagrado de la Hondonada de Martin, el sitio donde los de la compañía de carros de mano de Martin, congelados y sin alimentos, esperaron que llegaran las carretas de Salt Lake City, que los iban a rescatar. Unos cincuenta y seis integrantes de esa compañía perecieron allí de hambre y de frío.

Fue muy emocionante ver el paso del río Sweetwater, donde tres valientes jóvenes cruzaron a la mayoría de los quinientos miembros de la compañía a través del río congelado. Mas adelante, los tres muchachos murieron a consecuencia del terrible esfuerzo y del frío intenso. Cuando el presidente Brigham Young se enteró de este acto de heroísmo, lloró como un niño y declaró públicamente: “Esa sola acción asegurara a C. Allen Huntington, George W. Grant y David F! Kimball la eterna salvación en el Reino Celestial de Dios, y mundos sin fin” (Solomon F. Kimball, “Belated Emigrants of 1856”, Improvement Era, feb. de 1914, pág. 288).

Seguimos el sendero mas adelante, hasta el sitio donde fueron rescatados los de la compañía de carros de mano de Willie. Otra vez nos pareció pisar tierra santa. En ese lugar, veintiún miembros de la compañía murieron de inanición y de frío. Continuamos viajando sobre la cresta Rocosa, que esta a mas de 2.200 metros de altura; es la parte mas alta de la Trocha Mormona. La caminata de casi tres kilómetros hasta la cresta va en un ascenso de mas de 200 metros de altura. Fue muy difícil para todos los pioneros atravesar esa cresta, pero particularmente penoso para los miembros de la compañía de Willie, que tuvieron que atravesarla en el otoño de 1856, luchando contra una ventisca. Muchos tenían los zapatos gastados, y las rocas afiladas les hacían sangrar los pies, que dejaron una huella sangrienta en la nieve.

Al atravesar la cresta, encontramos dos clavos cuadrados y un botón antiguo, sin duda objetos que habrán caído sobre las aguzadas rocas. Sentí gran reverencia en aquel sitio histórico. Varios antepasados míos cruzaron esa cresta, aunque ninguno en las compañías de carros de mano. No todos mis antecesores que se embarcaron en el gran éxodo hacia el Oeste llegaron siquiera hasta la cresta Rocosa; dos de ellos murieron en Winter Quarters.

Al caminar por la cresta, me pregunte si yo habré hecho suficientes sacrificios. En la época en que he vivido, no he visto tanto sacrificio hecho por tantas personas; y pienso cuanto mas tendría que haber hecho, y tendría que hacer, para adelantar esta obra.

Unos kilómetros mas adelante, en los manantiales Radium, alcanzamos a ciento ochenta y cinco jóvenes de la Estaca Riverton, con sus lideres, que habían ido tirando carros de mano, haciendo una reconstrucción de los recorridos de las compañías. Allí expresamos nuestro testimonio de la fe y el heroísmo de aquellos que se abrieron paso penosamente en aquel camino, hace ciento treinta y seis años.

Seguimos después hasta Rock Creek Hollow, donde acampó la compañía de carros de mano de Willie. Allí están enterrados, en una fosa común, trece miembros de esa compañía que murieron de frío, inanición y agotamiento; otros dos que murieron durante la noche están sepultados cerca. Dos de los que se encuentran enterrados en ese lugar eran heroicos niños de tierna edad: Bodil Mortinsen, de nueve años, de Dinamarca; y James Kirkwood, de once años, de Escocia.

Aparentemente, a Bodil le asignaron cuidar de algunos niños mas pequeños mientras atravesaban la cresta. Al llegar al campamento, deben de haberla mandado a buscar leña para el fuego. Encontraron su cuerpo congelado, recostado contra una de las ruedas de su carro, apretando todavía en la mano un puñado de artemisa que había juntado.

Quiero hablar de James Kirkwood, que era de Glasgow, Escocia. En el viaje al Oeste, James iba con su madre viuda y tres hermanos, uno de los cuales, de diecinueve años, eta lisiado y tenia que ir en el carro. La principal responsabilidad de James era cuidar del hermanito de cuatro años, Joseph, mientras la madre y Robert, el hermano mayor, tiraban del carro. Al trepar por la cuesta, estaba nevando y soplaba un viento helado. Le llevó veintisiete horas a la compañía atravesar veinticuatro kilómetros. Cuando el pequeño Joseph estaba demasiado cansado para caminar, James no tenia mas remedio que llevarlo a cuestas; rezagados con respecto al grupo, los dos niños se abrieron camino dolorosamente hacia el campamento. Al llegar finalmente junto a una hoguera, James, “que había llevado a cabo fielmente su tarea, cayó exhausto y murió a consecuencia del frío y el esfuerzo” (carta privada de Don H. Smith a Robert Lorimer, 20 de febrero de 1990, según relato de Don Chislett).

También fueron heroicos los que fueron en rescate de aquellos, respondiendo a un llamado que hizo el presidente Brigham Young durante la Conferencia General de octubre de 1856. El Presidente pidió cuarenta hombres jóvenes, sesenta o sesenta y cinco yuntas de mulas o caballos y carretas cargadas con mas de diez mil kilos de harina, para salir al cabo de uno o dos días “a fin de traer a la gente que esta todavía en las llanuras” (LeRoy R. Hafen, Handcarts to Zion, Glendale, Cal.: Arthur H. Clarke Co., 1960, págs. 120-121). Los voluntarios salieron inmediatamente para socorrer a los afligidos viajeros.

Cuando, habiendo sido ya rescatados, estos se acercaban al Valle del Lago Salado, Brigham Young convocó a una reunión en esta manzana. En ella, pidió a los santos que recibieran en su hogar a las sufridas víctimas, las hicieran sentirse cómodas y les suministraran alimentos y ropa. Y les dijo: “Encontrareis que algunos tienen los pies congelados hasta los tobillos, otros están congelados hasta las rodillas, y algunos tienen las manos congeladas … Os pedimos que los recibáis como si fueran vuestros propios hijos y que tengáis por ellos los mismos sentimientos” (Hafen, Handcarts to Zion, pág. 139).

El capitán Willie registró lo siguiente, después que los pioneros de su compañía habían sido rescatados y estaban ya en el valle:

“Al llegar aquí, los obispos de los barrios se llevaron consigo a las personas que todavía estaban sin hogar y las instalaron en lugares cómodos. Algunos tenían las manos y los pies terriblemente congelados; pero se hizo todo lo que se podía hacer por aliviar sus sufrimientos … Cientos de ciudadanos acudieron al paso de las carretas a la entrada de ]a ciudad, para dar a sus hermanos una cálida bienvenida a su nuevo hogar en las montañas” (James G. Willie, Journal History, 9 de noviembre de 1856, pág. 15).

Estas dolorosas experiencias hicieron desarrollar en los pioneros una fe inconmovible en Dios. Elizabeth Horrocks Jackson Kingsford dijo: “Creo que un ángel ha escrito en los libros de los cielos, y que mis sufrimientos por el evangelio me serán santificados para mi bien” (Leaves from the Life of Elizaheth Horrocks Jackson Kingsford, diciembre de 1908, Ogden, Utah).

Además del patrimonio de fe que nos legaron los que cruzaron las llanuras, también nos dejaron un gran patrimonio de amor: amor por Dios y por la humanidad. Es este un patrimonio de seriedad, independencia, dura labor, elevados valores morales y hermandad. Es una primogenitura de obediencia a los mandamientos de Dios y lealtad hacia aquellos a quienes Dios ha llamado para conducir a Su pueblo. Es un legado de separación del mal. La inmoralidad, la homosexualidad, los juegos de azar, el egoísmo, la deshonestidad, la malicia y la adicción al alcohol y a las drogas no son parte del Evangelio de Jesucristo.

Acá en Utah, dentro de unas semanas se llevara a votación el asunto de los juegos de azar. La Iglesia no se retracta de su posición en esto. Sin embargo, al intensificarse los debates en estos asuntos, aconsejamos a los miembros de la Iglesia que sean tolerantes y comprensivos. Todos tenemos el albedrío moral, pero si lo utilizamos de manera insensata, debemos pagar el precio. El presidente J. Reuben Clark, hijo, declaró: “Podemos emplear nuestro albedrío para decidir si obedecemos o desobedecemos; y si somos desobedientes, debemos sufrir las consecuencias” (Fundarnentals of the Church Welfare Plan, Discurso pronunciado en una reunión de obispos, 6 de octubre de 1944, pág. 3).

No puedo menos que preguntarme por que aquellos valientes pioneros tuvieron que pagar un precio tan terrible de aflicción y tormento por su fe. ¿Por que no se moderaron los elementos para evitarles el espantoso sufrimiento? Pero creo que, por sus pesares, ellos tuvieron su vida consagrada a un propósito mas alto. El amor que sentían por el Salvador ardía profundamente dentro de su alma y ardió después en sus hijos y en los hijos de sus hijos. La fuerza que los motivaba provenía de la verdadera conversión que se había efectuado en el centro mismo de su alma. Como dijo el presidente Gordon B. Hinckley: “Cuando en el corazón de un Santo de los Ultimos Días late un testimonio grandioso y vital de la veracidad de esta obra, esa persona cumplirá sus deberes en la Iglesia” (Ensign, mayo de 1984, pág. 99).

Además de los heroicos acontecimientos históricos en que participaron, los pioneros encontraron una guía personal para si; hallaron el propósito y el significado de su vida. En los difíciles días de su jornada, los miembros de las compañías de carros de mano de Martin y de Willie se encontraron con algunos apostatas de la Iglesia que regresaban del Oeste y que trataron de persuadirlos a volverse atrás. Hubo unos que volvieron. Pero la mayoría de los pioneros siguieron adelante para alcanzar un logro heroico y para ganar la vida eterna en el mas allá. Francis Webster, miembro de la Compañía de Martin, dijo: “Cada uno de nosotros salió del paso con el absoluto conocimiento de que Dios vive, porque lo conocimos en medio de nuestros sufrimientos” (David O. McKay, “Pioneer Women”, Relief Society Magazine, enero de 1948, pág. 8). Espero que este invalorable legado de fe que nos dejaron los pioneros nos inspire a todos a participar mas plenamente en la obra del Salvador de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39).

Los que descienden de estos nobles pioneros tienen un inapreciable patrimonio de fe y valor. Si hay alguno que no disfrute con nosotros de la hermandad en el Evangelio de Jesucristo, lo invitamos a tratar de averiguar cual fue el origen de tan extraordinaria fe en sus antepasados, que los motivo a pagar un precio tan terrible por el privilegio de ser miembros de esta Iglesia. A los que se hayan ofendido o hayan perdido el interés, o que se hayan apartado por cualquier

motivo, les invitamos a volver a reunirse con nosotros en total hermandad. Los miembros fieles de la Iglesia, con todas sus faltas y debilidades, están luchando humildemente por llevar a cabo la sagrada obra de Dios en todo el mundo. Necesitamos su ayuda en esta lucha que tenemos contra los poderes de las tinieblas, que tanto prevalecen en el mundo de hoy.

Al hacerse participes de esta obra, todos podrán satisfacer los anhelos mas profundos de su alma. Llegaran a conocer el intimo consuelo que se halla al buscar las cosas sagradas de Dios; podrán disfrutar de las bendiciones y los convenios que se reciben en el santo templo; encontraran significado y propósito para su vida, aun en medio del mundo profano en que vivimos; tendrán fortaleza de carácter para actuar por si mismos y no para que se actúe sobre ellos, para obligarlos (véase 2 Nefi 2:26).

Hace unos años, la Primera Presidencia de la Iglesia extendió a todos una invitación para que regresaran:

“Estamos al tanto de que algunos son inactivos, de que otros critican y se inclinan a encontrar faltas en los demás, y de que hay aquellos a quienes se les han suspendido los derechos o se les ha excomulgado por causa de serias transgresiones.

“Deseamos extender a todos nuestro amor. Estamos ansiosos por perdonar con el espíritu de Aquel que dijo: ‘Yo, el Señor, perdonare a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres’ (D. y C. 64:10).

“Exhortamos a los miembros de la Iglesia a perdonar a aquellos que los hayan ofendido. Y a los que no son activos o se inclinan a criticar, les decimos: ‘Regresad. Regresad a saciaros en la mesa del Señor, y a probar otra vez los dulces y satisfactorios frutos de la hermandad con los santos’.

“Esperamos que muchos tengan el deseo de regresar, aunque se sientan inseguros para hacerlo. Les aseguramos que los recibiremos con los brazos abiertos y que encontraran manos dispuestas a ayudarles” (Church News, 22 de diciembre de 1985, pág. 3).

Al terminar esta grandiosa conferencia, y en nombre de mis hermanos, sincera y humildemente reitero esa invitación. Y los esperamos con los brazos abiertos. Así lo afirmo en el nombre de Jesucristo. Amén.