Nacido de buenos padres

Dallas N. Archibald


“Cuando se tiene que corregir y disciplinar, es esencial continuar, al mismo tiempo, elevando y fortaleciendo al que se disciplina, asegurándose de que no pierda ese concepto de que es importante y capaz.”

Recientemente, tuve la oportunidad de estar sentado en la parte de atrás de una capilla durante una sesión del Tiempo para Compartir de la Primaria, y observar a un activo grupo de niños que tenía a la directora de música bastante ocupada. Como canción final, la directora les pidió que cantaran “Soy un hijo de Dios”. Los niños se apaciguaron y por primera vez en toda la sesión unieron las voces para cantar en forma armoniosa en vez de fuerte. Las palabras resonaron por toda la capilla como si fuera un coro angelical: “Guíenme; enséñenme la senda a seguir para que algún día. yo con El pueda vivir” (Himnos, núm. 196).

Esas palabras suplicantes se quedaron profundamente grabadas en mi corazón aquel día. Que gran responsabilidad ha depositado el Señor en nosotros, los padres: tomar a estos niños y llevarlos por los caminos de rectitud, guiarlos a través de los peligros de la vida y caminar a su lado por el sendero recto y angosto que conduce a la eternidad. Si, tenemos la responsabilidad de enseñarles todo lo que deben hacer para que algún día. cuando SU cuerpo mortal cambie y pasen a ser inmortales, estén preparados para regresar a la presencia del Padre y moren con El y con su Hermano Mayor, Jesucristo.

El Libro de Mormón enseña claramente el valor de la rectitud y la dedicación de los padres. Las primeras palabras de Nefi son un tributo a sus padres: “Yo, Nefi, nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre … “ (1 Nefi 1:1). Enós escribió: “… y las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente” (Enós 1:3). En cuanto a Nefi y Lehi, los dos hijos de Helamán, Mormón registró lo siguiente: “Porque se acordaban de las palabras que su padre Helamán les habló. Y estas son las palabras que habló” (Helamán 5:5). Aquí tenemos un tributo a un buen padre, así como las palabras que les habló a sus hijos. Les recordó los nombres que el les había dado para que siempre se acordaran de hacer buenas obras y desearan el precioso don de la vida eterna (véanse los versículos 6 y 7). Luego les dijo:

“¡Oh recordad, recordad, hijos míos, las palabras que el rey Benjamín habló a su pueblo! Si, recordad que no hay otra manera ni medios por los cuales el hombre puede ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo … “ (Helamán 5:9).

La referencia que hizo a las palabras del rey Benjamín demuestra que Helamán conocía las Escrituras y, como padre, enseñó a sus hijos que obedecieran las palabras de los profetas. Después, continuó diciendo:

“Y ahora recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, que debéis establecer vuestro fundamento … “ (Helamán 5:12).

¿Que mejor enseñanza podría proveer un padre para su hijo que la de seguir a los profetas y edificar sobre el firme fundamente? de Jesucristo? Jacob, un profeta del Libro de Mormón, enseñó que una vez que se les haya instruido y hayan “logrado una esperanza en Cristo”, entonces les podemos enseñar a obtener riquezas con el fin de que las utilicen “para vestir al desnudo” y “alimentar al hambriento” (-19). Debemos enseñarles todo lo que deben hacer a fin de morar con El, y el ejemplo es el mejor maestro.

Cuando estaba ese día sentado en aquella capilla, me pregunte en silencio: ¿Estoy yo haciendo todo lo que debo hacer? ¿Pueden mi esposa y mi hija caminar a mi lado con la confianza de que las conduciré al reino celestial? “Guíenme, enséñenme la senda a seguir”. Detengámonos ahí; reflexionemos un momento y hágase todo padre y madre esa misma pregunta: “¿Pueden mi cónyuge y mis hijos caminar a mi lado con la confianza de que los conduciré al reino celestial?” El Salvador dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios … “ (Mateo 6:33).

Las instrucciones son claras: debemos enseñar y ser un ejemplo de esas enseñanzas. Pero muchas veces, en nuestro afán por persuadir a otros a que hagan lo bueno, empezamos a usar la fuerza, lo cual da como resultado la rebelión. El tratar de obligar a otros a aceptar nuestra manera de pensar hará que resistan nuestras enseñanzas y que por ultimo rechacen nuestras palabras; ellos tienen su albedrío.

En la sección 121 de Doctrina y Convenios el Señor explica la manera correcta de enseñar, diciendo: “… por la persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma … “ (D. y C. 121:43). Cuanto me gustan esas palabras: “ennoblecerá el alma”. La buena enseñanza ennoblecerá el alma.

Por ejemplo, comparemos a un niño con un vaso vacío, y nuestro conocimiento y experiencia, que se ha acumulado a través de los años, con un balde lleno de agua. Tanto la lógica como la física nos indican que no es posible vaciar un balde lleno de agua en un vaso pequeño. No obstante, mediante el uso de principios correctos para trasmitir conocimiento, el vaso se puede ensanchar. Esos principios son la persuasión, la longanimidad, la benignidad, la mansedumbre, el amor sincero, la bondad y el conocimiento puro; estos ensancharan el vaso, que es el alma del niño, permitiéndole recibir mucho mas de lo que contenía el balde original.

Los psicólogos que se especializan en el comportamiento humano han escrito un sinfín de volúmenes sobre este tema. El Señor nos dio la misma información en tan sólo unos cuantos versículos de Escritura. Siempre debemos enseñar, dirigir y guiar de una manera que estimule la propia estimación en nuestros hijos y en los demás.

A fin de despertar y aumentar esa propia estimación, nuestras palabras y acciones siempre deben expresarle a la persona que es importante y capaz. Las palabras que se usan en las Escrituras con ese fin son “elevar, levantar, enaltecer”; los psicólogos dirían “recalcar lo positivo”. El secreto es sencillo: busquemos siempre lo bueno en las personas y elevémoslas, recalcando lo positivo que haya en ellas, tanto con la palabra como con los hechos.

Palabras degradantes tales como “estúpido”, “tonto” y otras, o frases como “¿Por que no haces nada bien?” destruyen la propia estimación y no deben formar parte de nuestro vocabulario. Es imposible recalcar lo bueno en los demás si tenemos en la punta de la lengua palabras o frases negativas o las manifestamos con nuestros gestos.

La suplica que expresan estas palabras “Guíenme, enséñenme la senda a seguir” es esta: “Elévame, levántame; fortalece mis rodillas débiles; hazme saber que soy importante y capaz”.

Cuando se tiene que corregir y disciplinar, es esencial continuar, al mismo tiempo, elevando y fortaleciendo al que se disciplina, asegurándose de que no pierda ese concepto de que es importante y capaz. Esto también lo explica el Señor en la sección 121 de Doctrina y Convenios, diciendo: “Reprendiendo en la ocasión con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que has reprendido … “ (D. y C. 121:43).

El élder Maxwell ha hecho la aclaración de que erróneamente se considera que las palabras “en la ocasión” significan de vez en cuando, cuando en realidad significan “temprano, oportunamente”. Por lo tanto, se debe disciplinar en el momento oportuno, bajo la dirección del Espíritu Santo, y no con ira. Hace ciento treinta y dos años, en un discurso que pronunció en este Tabernáculo, Brigham Young aconsejó: “No castiguéis nunca tan severamente que no podáis aliviar después el dolor que el castigo cause” (Journal of Discourses, 9: 124-125) . Y el Señor dijo: “… entonces demostrando mayor amor … “ (D. y C. 121 :43) .

Las instrucciones sobre la manera de disciplinar son claras y sencillas: en el momento oportuno, con la paz del Espíritu Santo, teniendo dentro de nosotros el poder sanador necesario para asegurarnos de que la propia estimación no quede herida y de que la persona siempre se sienta importante y capaz.

Buen padre, buena madre, escucha estas palabras y responde a la suplica en la debida forma: “Guíenme, enséñenme la senda a seguir para que algún día yo con El pueda vivir”.

En el santo nombre de Jesucristo. Amén.