Por vía de invitación

Jo N. Jepsen


“Como miembros de Su Iglesia verdadera, quizás no necesitemos tanto que se nos. enseñen nuevas cosas como que se nos recuerden aquellas que ya sabemos.”

Una amiga mía les decía a sus hijitos que se apresuraran a meterse en el auto para no llegar tarde a las reuniones dominicales. “Por favor, date prisa, Mateo”, dijo. “Ahora voy, ahora voy”, se oyó la voz del niño proveniente de alguna otra parte de la casa. La madre contestó: “Si, la Navidad también viene”. En ese momento se asomó por la puerta Mateo, que tenia tres años, y exclamó: “¿De veras? ¡Me gusta la Navidad!” Deseo afirmar ante todos que a mi también me encanta la Navidad. Y una de los aspectos maravillosos de ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es que nosotros hacemos parte de nuestro diario vivir los acontecimientos de esa época navideña.

Al leer el relato del nacimiento de mi Salvador, añoro tener la experiencia que tuvieron los magos de ser guiados por una estrella; o sentir lo que sintieron los pastores cuando un coro de ángeles les instó a que fueran a Belén; quisiera arrodillarme ante el pesebre y oler la limpia paja, ver a ese pequeño bebe con su madre terrenal y presenciar aquel milagro con mis propios ojos. Creo que todo ser lleva en su interior el deseo de venir a Cristo. Quizás por el hecho de que somos hijos de Dios tenemos la necesidad humana básica de hacerle esa promesa a la parte espiritual de nuestro ser. Cada uno de nosotros trata de llenar esta necesidad de acuerdo con su conocimiento.

Como miembros de Su Iglesia verdadera, quizás no necesitemos tanto que se nos enseñen nuevas cosas como que se nos recuerden aquellas que ya sabemos; eso es lo que logramos cuando meditamos sobre el nacimiento de nuestro Salvador; creo que el hacerlo le recuerda a nuestra mente terrenal aquellas cosas que nuestro espíritu ya sabe.

En estos, los últimos días, he llegado a presenciar sucesos maravillosos. Las invitaciones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, “Venid a Cristo”, y “Volved”, van dirigidas a cada uno de los hijos de Dios. Esta invitación ha sido genuina desde que Jesús les dijo a Sus discípulos: “Ven, sígueme” (véase Mateo 4:19). A través de todas las dispensaciones, los profetas han extendido la misma invitación a todos aquellos que deseen escuchar.

El profeta Alma, hijo de Alma, llevó este importante mensaje a los miembros de la Iglesia que vivían en Zarahemla y que necesitaban un recordatorio. El les dijo:

“He aquí, el invita a todos los hombres, pues a todos ellos se extienden los brazos de misericordia, y el dice: Arrepentíos, y os recibiré …

“si, venid a mi y presentad obras de justicia … “ (Alma 5:33, 35).

Como miembro bautizado de la Iglesia, oigo esa invitación y me pregunto: “¿Cómo puedo lograrlo?” Como se que el Señor nos incluye a todos en ella, mi sincera respuesta es la misma que la de mi amiguito Mateo: “Ahora voy”. Y bien, ¿cual es mi deber? Alma le recordó al pueblo de Zarahemla “sus deberes” (Alma 4:3), concluyendo con la importante frase: “… venid a mi y presentad obras de justicia” (Alma 5:35). Utilizando el consejo de Alma como nuestra guía, vayamos juntos en una jornada que nos recuerde lo que podemos hacer para responder a Su invitación.

Podemos escudriñar la palabra de dios

Mediante el estudio y la meditación de las Escrituras y las palabras de los profetas de los últimos días, podemos deleitarnos en las palabras de Cristo, y estas nos dirán lo que debemos hacer (véase 2 Nefi 32:3). Después, debemos nutrir la palabra y dejarla que eche raíz (véase Alma 32:41 43). Una vez que escuchemos la palabra y nos aferremos a ella, se nos hace la promesa de que las tentaciones y los ardientes dardos del adversario no nos destruirán (véase 1 Nefi 15:24). Seremos capaces de reconocer la verdad cuando la escuchemos de la misma manera que la reconocieron los pastores y los magos cuando recibieron la noticia del nacimiento del Salvador. Las Escrituras son la palabra de Dios y una luz para nosotros y el mundo, y podemos seguir esa luz como si fuera nuestra estrella guiadora.

Podemos orar

Podemos acudir a nuestro Padre Celestial en el nombre de nuestro Salvador. La oración nos provee la oportunidad de expresarle nuestra gratitud y el hacer un inventario de nuestras bendiciones nos llena de esperanza. “… pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor … “ (Moroni 7:48).

Podemos suplicar lo que necesitemos hora tras hora y minuto tras minuto. Es posible tener esta conversación personal con nuestro Padre Celestial, mediante Jesucristo, arrodillándonos en oración, tal como si pudiésemos arrodillarnos a un lado del pesebre y ver ahí al Salvador.

Podemos participar de las ordenanzas salvadoras

Al participar de la Santa Cena, recordamos nuestros convenios bautismales. La oración sacramental nos ayuda a recordar al Señor y a pensar en Su bondad. Podemos ser dignos de participar en las ordenanzas del templo; dichas ordenanzas son el acto culminante de la conversión de hombres y mujeres, el cual satisface el cometido terrenal de obtener conocimiento celestial. Podemos considerar nuestras visitas al templo como una jornada personal a un lugar sagrado, tal como los pastores han de haber considerado su jornada hasta aquel humilde pesebre.

Podemos aumentar el talento de que estemos dotados

Estos son los presentes que ofrecemos; las habilidades que poseemos provienen de nuestro Padre Celestial, y para rendirle tributo podemos desarrollarlas, magnificarlas y luego devolvérselas. Cada uno de nosotros posee alguna aptitud que puede practicar, desarrollar y ofrecer. ¿Practicamos las nuestras en forma regular? Quizás tengamos talento para demostrar bondad o para expresar gratitud; o tal vez seamos afables, serviciales y generosos. ¿Y por que no ofrecer a los demás una amable sonrisa? Los magos llevaron sus presentes de oro, incienso y mirra; nosotros podemos ofrendar nuestro talento y habilidades.

Podemos servir a los demas

El prestar servicio de cualquier manera manifiesta nuestro deseo de responder a la invitación de venir a Cristo. Hagamos una evaluación de nuestro servicio a los demás. Preguntémonos: “¿Visitaré a mi amiga que esta enferma?” “¿Abriré la boca para defender y testificar de la verdad?” “¿Compartiré mis bienes materiales con mi prójimo?” “¿Dedico a mis hijos el tiempo mejor y mas productivo?” “¿Sirvo con gozo en mi llamamiento de la Iglesia?”

A veces no me siento capaz de cumplir con el llamamiento que tengo, pero confío en que el Señor me de el valor y la ayuda para hacer Su voluntad. Lo mas probable es que la mayoría de las personas deseen sentirse seguras y a salvo, y vivir tranquilamente dentro de los limites que les son familiares y cómodos. No obstante, sin el riesgo de nuevas experiencias y llamamientos a servir que requieran trabajo arduo, no progresamos y no somos tan útiles en la edificación del Reino de Dios como deberíamos serlo. Así como los pastores dejaron su terreno conocido en la obscuridad de la noche por una nueva experiencia, a nosotros se nos requiere dejar ambientes seguros y cómodos para servir y obtener experiencia.

Creo que cada uno de nosotros puede emular con su vida esa escena familiar ocurrida en Belén. Podemos seguir una estrella al igual que los magos. “Lampara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105). Las Escrituras pueden alumbrar nuestro camino y nuestro testimonio puede ser una luz que emane de nuestro ser. Podríamos imaginar que las voces de nuestro amado Profeta y de sus siervos son como las voces de los ángeles que se escucharon entonces. Podemos arrodillarnos a los pies de nuestro Salvador tal como lo hicieron los pastores y los magos, con la diferencia de que nosotros lo hacemos al orar. Los presentes que ofrecemos son nuestro talento y nuestras habilidades. Podemos exclamar ¡Hosanna! como el coro angelical y difundir las buenas nuevas mediante nuestro testimonio. Cada nuevo día nos brinda la oportunidad de obrar de acuerdo con lo que sabemos (véase D. y C. 43:8). Mediante las obras justas (véase D. y C. 59:23), podemos venir a El cada día de nuestra vida tal como si, calzados con sandalias, hubiésemos recorrido el sendero rocoso hacia Belén, apoyándonos en un bastón o llevando presentes.

Ruego que nuestro Padre Celestial nos ayude y nos de la sabiduría que necesitamos para aceptar Su invitación, cultivar Su palabra y seguir “un curso directo a la felicidad eterna” (Alma 37:44). Que todos respondamos con gozo: “Ahora voy”.

Testifico que “si un hombre produce buenas obras, el escucha la voz del buen pastor y va en pos de el” (Alma 5:41). Esto lo digo en el nombre del Pastor que “os ha llamado, y os esta llamando aun” (Alma 5:37), Jesucristo. Amén.