La conversión trae confianza

Aileen H. Clyde


“Creo que es importante trotar de expandir la mente y comprender, como Moisés lo hizo, la paradoja de ser pequeños y grandes al mismo tiempo.”

Me siento agradecida de estar reunida con esta gran congregación de mujeres de la Sociedad de Socorro, de las Mujeres Jóvenes y lideres de la Primaria. Me alegro de que tengamos con nosotras a los presidentes Hinckley, Monson y Hunter, así como otros lideres del sacerdocio, como representantes de la asociación que tenemos con el sacerdocio y que tanto valoramos en la Iglesia y en nuestro hogar.

Creo que vivimos en una época maravillosa, y digo que es maravillosa porque cada una de nosotras tiene disponible el conocimiento que necesita para vivir con confianza, rectitud y felicidad. Vivimos, como siempre han vivido hombres y mujeres, en circunstancias complicadas, variables y a veces abusivas; pero gracias al evangelio restaurado, cada una de nosotras tiene un tipo de conocimiento que le asegura la supervivencia y aun la victoria sobre las condiciones inquietantes que puedan amenazar nuestro equilibrio y nuestro progreso.

Largo tiempo atrás, Moisés estuvo en una montaña y habló con Dios, que le mostró el mundo en el que vivimos. Aquella fue una visión extraña, diferente de cualquier otra cuya descripción yo haya leído: “… y vio Moisés el mundo y sus confines, y todos los hijos de los hombres que son y que fueron creados”. Las Escrituras nos dicen que “el se maravillo y se asombro” (Moisés 1:8). ¿Podemos concebir siquiera lo que seria ver a toda persona y cosa que ha sido o será creada para esta tierra? Esto hizo que Moisés se maravillara y quedara lleno de asombro. Y se dijo: “Ahora se que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (Moisés 1: 10).

Después, el Señor le enseñó una verdad importantísima y fundamental, diciéndole: “… esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Quisiera agregar: de todo hombre y de toda

mujer. Que motivo de asombro, para Moisés y para nosotros, que, aunque nos consideramos insignificantes al compararnos con la vastedad del universo, hayamos sido el motivo de su creación y de la creación de la tierra.

Creo que es importante tratar de expandir la mente y comprender, como Moisés lo hizo, la paradoja de ser pequeños y grandes al mismo tiempo. Las Escrituras nos ayudan a tener siempre presente nuestra identidad única y eterna. Existimos individualmente mucho antes de esta vida; y en esa vida preterrenal, gozamos del libre albedrío y escogimos venir a la tierra, aun cuando sabíamos que habría peligros y dificultades. Tuvimos entonces confianza para seguir el plan de Jesucristo. Sabíamos que El nos ayudaría mostrándonos la forma de vivir con rectitud, las maneras de amarnos y servirnos mutuamente, y las de rechazar el mal y buscar lo bueno.

Después ocurrió una transición y nos encontramos aquí -uno de los que Moisés vio-, formando parte de un gran panorama y al mismo tiempo luchando individualmente por hallar la identidad que un día conocimos, así como el sentido de propósito y de individualidad que una vez tuvimos. Al obtener el conocimiento del evangelio aquí, en la tierra, donde tenemos que volver a aprenderlo todo, es una preciada verdad el saber que en nuestra vida preterrenal ejercimos el albedrío y elegimos a Cristo como líder. El cumple Su responsabilidad y nosotras podemos cumplir la nuestra de hacer convenios y entrar en una especie de asociación con El. El rey Benjamin lo describe así en el Libro de Mormón:

“Ahora pues, a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de el, porque he aquí, hoy el os ha engendrado espiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por medio de la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de el y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas.

“Y bajo este titulo sois librados, y no hay otro titulo por medio del cual podéis ser librados. No hay otro nombre dado por el cual viene la salvación; por tanto, quisiera que tomaseis sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis hecho convenio con Dios de ser obedientes hasta el fin de vuestras vidas” (Mosíah 5:7-8) .

Mi esperanza, al hablar del conocimiento que el evangelio nos da de que somos importantes individualmente para nuestro Padre Celestial y nuestro Salvador, es que el saberlo nos de confianza en nuestra propia capacidad de tomar decisiones buenas que nos ayuden a progresar espiritualmente. Hay personas que quieren que una voz fuerte y autoritaria les diga: “Haz esto” o “Haz lo otro”; algunas desean que Dios les diga exactamente lo que deben hacer antes de estar dispuestas a arriesgarse en algo.

Hace poco, en una charla fogonera de las estacas de la Universidad Brigham Young, el élder Dallin Oaks dijo lo siguiente:

“El tomar decisiones es una de las fuentes de progreso que debemos experimentar en la vida terrenal. Las personas que tratan de poner sobre el Señor toda la carga de sus decisiones y suplican revelaciones para cada una de ellas se encontraran en circunstancias en las que pidan guía y no la reciban. Por ejemplo, eso ocurre en los muchos casos en que las decisiones no son importantes y cualquiera que tomemos estará bien. Debemos estudiarlo en nuestra mente, emplear el poder de razonamiento con que nuestro Creador nos ha dotado. Después debemos orar pidiendo guía, y hacer lo que se nos indica si la recibimos, y si no, actuar de acuerdo con nuestra prudencia y buen juicio” (“Our Strength Can Become Our Downfall”, 7 de junio de 1992, págs. 3a).

Al convertirnos al Evangelio de Jesucristo, nos volvemos a la vez humildes y valientes. La conversión nos fortalece en el proceso de tomar decisiones. Un buen ejemplo de la clase de circunstancias a las que las buenas personas tienen que enfrentarse en esta vida se encuentra en el Antiguo Testamento, en el breve Libro de Rut, de solo cuatro paginas. Cada vez que lo leo, encuentro algo nuevo. Ultimamente he estado pensando que se trata de la historia de una conversión, de valor y de decisiones. Aunque es sobre otra época y otras costumbres, es también sobre nosotras.

Noemí y su marido, Elimelec, y los dos hijos de ambos habían ido a la tierra enemiga de Moab, porque había una gran escasez en Israel, su tierra natal. Pasado cierto tiempo, los hijos se casaron con dos mujeres moabitas, llamadas Orfa y Rut. Después, en el transcurso de solo diez años, murieron el padre y los dos hijos. Noemí había oído decir que la escasez había terminado en Judá y quería regresar a su pueblo, por lo que aconsejó a sus dos nueras que volvieran a la casa de su madre. Luego las besó, las llamó sus hijas y ellas lloraron por el amor que sentían por su suegra. ¿No es interesante esto? No comprendo cómo es posible que este registro tan conocido y tan claro no haya tenido influencia para que desaparezcan todos los chistes de mal gusto sobre las suegras, que tanto abundan por todos lados.) Al fin, Orfa decidió quedarse en Moab; entonces Noemí le dijo a Rut: “He aquí tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses; vuélvete tu tras ella” (véase Rut 1:15).

En ese momento, en magnificas líneas de poesía hebrea, Rut manifiesta su decisión y confirma su conversión, contestándole:

“No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tu fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16).

Noemí, mujer criteriosa y prudente, vio la determinación de Rut y “no dijo mas” (véase Rut 1:18), lo que no significa que dejó de hablarle sino que dejó de tratar de convencerla de las dificultades que enfrentaría en Israel. Rut la moabita había de enfrentar prejuicios, pobreza y gran inseguridad, pero se había convertido y había tomado su decisión. Ella y Noemí hicieron una buena pareja, enfrentando juntas no sólo los problemas sino también las oportunidades que se les presentaron.

Con el tiempo, Rut se casó con Booz y ellos tuvieron un hijo (Rut 4: 13) .

“Y las mujeres decían a Noemí: Loado sea Jehová …

“… pues tu nuera, que te ama … ha dado a luz; y ella es de mas valor para ti que siete hijos.

“Y tomando Noemí el hijo … fue su aya.

“Y le dieron nombre las vecinas, diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí; y lo llamaron Obed. Este es padre de Isaí, padre de David” (Rut 4:14-17).

Esa es la clase de profecía que es muy importante para nosotras. En una cultura que se oponía a que las mujeres fueran lideres, estas dos, Noemí y Rut, cumplieron un propósito especial, según lo destaca el escritor del libro. Obed seria el padre de Isaí, y este el padre de David, de cuyo linaje, cuidadosamente delineado en el primer capitulo de Mateo, “nació Jesús, llamado el Cristo” (Mateo 1:16). ¿Quien diría que un libro tan pequeño profetizaría un acontecimiento tan grandioso?

Con confianza, Rut enfrentó dificultades que no son fuera de lo común en nuestra época: la muerte de un ser querido, la soledad en un lugar nuevo y la necesidad de trabajar duramente para ganarse el sustento. Sus pequeños esfuerzos, ligados significativamente con un gran acontecimiento posterior, nos aseguran que, al decidirnos a seguir a Dios, podemos tomar en serio la importancia de nuestra vida diaria como así también las decisiones que tomamos.

Lo que he dicho esta noche es mi propio testimonio. Estoy agradecida por lo que entiendo del libre albedrío, por la confianza que tengo en mi Padre Celestial y en Su guía, por la expiación de mi Salvador, que conocía a la perfección todos los riesgos que enfrentaba. Agradezco las bendiciones de fe y caridad que llenan mi alma de gozo y alegría, y me hacen decir: tuvimos en una época maravillosa. En el nombre de Jesucristo. Amen.