1990–1999
“Honra a tu padre y a tu madre”
Octubre 1992


“Honra a tu padre y a tu madre”

“Invito a todos, niños, jóvenes y adultos por igual, a honrar a sus padres, y a esforzarse por hacer cada día aquellas cosas que les honren.”

Mis queridos hermanos y hermanas, me siento muy humilde e incapaz al estar detrás de este púlpito, desde el cual tantos y tantos hombres de Dios nos han enseñado las verdades eternas del evangelio.

Oro para que el Espíritu del Señor este con todos nosotros, que por medio de el yo pueda expresarme en esta lengua que no es la mía, que aquellos a quienes lleguen mis palabras puedan comprender con la mente y el corazón lo que trataré de decir y que la promesa de que de ambas partes nos. edifiquemos y regocijemos juntamente se cumpla plenamente (véase D. y C. 50 22). Les pido que mantengan una oración en el corazón para que todo esto sea posible.

Primeramente, deseo expresar a mi Padre Celestial la gratitud que siento por Su amor, Su misericordia, Su paciencia y, sobre todo, por Su confianza en mi. Quiero agradecer a la Primera Presidencia, al Quórum de los Doce y a los Setenta todo lo que en el transcurso de muchos años me han enseñado sobre el Salvador y sobre la manera de servirle eficazmente. También quiero dar las gracias a mi presidente de misión que, en mi juventud, creyó en mi, me demostró confianza y nutrió mi testimonio de Cristo y de Su evangelio restaurado.

Acepto este llamado para servir con un sentimiento de incapacidad, pero también con un grande y solemne testimonio de que proviene de Dios; y estoy dispuesto a dar lo mejor de mi para servir al Señor y a Su pueblo. Recibí el llamamiento por intermedio del presidente Hinckley, que fue quien también me llamó como presidente de misión de estaca de la primera estaca organizada en Santiago de Chile, en 1912; y posteriormente, como presidente de la Misión México Sur, en 1982.

He meditado mucho sobre mi niñez, mi juventud y mi vida madura, y creo que el fundamento de mis creencias fue puesto por mis padres en los años de mi infancia y mi juventud. Deseo rendir un tributo a ellos, mi padre y mi madre, que sin haber tenido una educación formal supieron enseñarme los principios eternos del evangelio. Soy el décimo de una familia de doce hijos: diez varones y dos mujeres.

Por medio de Moisés, el Señor dio al pueblo de Israel los Diez Mandamientos en el monte Sinaí, y deseo llamar hoy la atención sobre el quinto de estos mandamientos, el cual dice así: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Éxodo 20:12).

Hay dos cosas que mis padres hicieron con mis hermanos y conmigo y que nos hace honrarles: Primero, nos enseñaron principios correctos, nos ayudaron a andar rectamente delante del Señor y a obedecer Sus mandamientos. Segundo, nos enseñaron el valor del trabajo, de la integridad personal y de la unidad familiar, y, aun cuando no todos somos miembros de la Iglesia, nos hemos esforzado por vivir de acuerdo con los principios que ellos nos enseñaron.

Todos los años, cuando tenemos la oportunidad de reunirnos con mi padre todos los hijos, nietos y bisnietos, el hace lo que hizo Lehi antes de morir al reunir a sus hijos, a quienes les dijo lo siguiente:

“Y ahora, para que mi alma pueda regocijarse en vosotros, y mi corazón pueda salir de este mundo con gozo por causa vuestra, a fin de que no sea yo llevado con pena y dolor a la tumba, levantaos del polvo, hijos míos, y sed hombres, y estad resueltos en un mismo parecer y con un solo corazón, unidos en todas las cosas, para que no descendáis al cautiverio” (2 Nefi 1:21).

Cuando yo estaba en edad de ir a la misión, me preocupaban las mismas cosas que hoy les preocupan a los jóvenes que también se aprestan a salir a una misión; cosas como el trabajo, la novia, los estudios y la familia. Cuando tuve la edad para ir a la misión, mi padre tenía casi sesenta y seis años, y mi preocupación era pensar: “Mi padre esta viejo y si me voy por dos años, tal vez muera y ya no lo veré. ¿Quien ayudara a mi madre sola, si el ya no esta a su lado?”

Quiero decir que serví en la misión dos años; trabaje cinco años en las escuelas de la Iglesia en Chile; serví como presidente de misión durante tres años y como Representante Regional seis años; y mi padre vive todavía y esta al frente de la familia. El nació un mes después que el presidente Benson, así es que el mes pasado cumplió noventa y tres años.

Testifico que cuando servimos al Señor con todo el corazón, alma mente y fuerza, El nos bendice.

También deseo rendir tributo a los padres de mi amada compañera, que hicieron con ella lo mismo que mis padres hicieron conmigo. Y les agradezco el que hayan aceptado el evangelio aun antes de que ella naciera.

Testifico que una manera · excelente de honrar a nuestros padres es guardar los mandamientos y servir al Señor. Después de ser apartado para servir en el Segundo Quórum de los Setenta, mi esposa, uno de mis hijos y yo visitamos a mi padre para pedirle que me diera una bendición; esto es algo que siempre he procurado hacer al recibir una nueva asignación del sacerdocio. El me puso las manos sobre la cabeza y me dio una breve pero grandiosa bendición. Me dijo: “Hijo, te bendigo para que el Espíritu Santo les acompañe a ti, a tu esposa y a tus hijos en todo lo que hagan”. ¿Que mas podría yo desear?

Quiero, antes de terminar, agradecer a mi dulce compañera y a mis queridos hijos, dos de los cuales sirven al Señor en una misión (el tercero espera su llamamiento misional); sin su amor y confianza yo no podría hacer nada. Les amo mucho y confío plenamente en ellos.

Invito a todos, niños, jóvenes y adultos por igual, a honrar a sus padres, y a esforzarse por hacer cada día aquellas cosas que les honren. Testifico desde lo mas profundo de mi ser que Dios vive, que su Hijo Jesucristo siempre le honró guardando Sus mandamientos y haciendo Su voluntad. El nos enseñó esto cuando dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

Testifico que Jesucristo es nuestro ejemplo y modelo de vida, y debemos esforzarnos cada día por seguir Su ejemplo y hacer las cosas que El hizo, ya que El sólo hizo lo que vio hacer a Su Padre (véase Juan 5:19).

Testifico que José Smith fue un Profeta de Dios, y que por medio de él el evangelio ha sido restaurado en su plenitud para bendición de todas las familias de la tierra. Testifico también que Ezra Taft Benson es el Profeta de Dios para nuestros días y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única Iglesia verdadera y viviente sobre toda la faz de la tierra. Y testifico todo esto en el nombre de Jesucristo. Amen.