Nadie nos dijo que seria fácil

John s. Dickson


“Invito a todos a que esta misma noche se pongan de rodillas y se comprometan con su Padre Celestial a no permitir que nada les prive … de cumplir una misión regular.”

Mis queridos hermanos del sacerdocio, sinceramente es un gran placer estar aquí esta noche y expresar mis sentimientos y mi gratitud, al saber que Dios vive y que nos. ama, que Jesucristo es nuestro Hermano mayor y nuestro Salvador, y que hay en la tierra un Profeta que puede decir con toda autoridad: “Así dice el Señor”. Contemplo con gran reverencia y humildad el hecho de que el Señor me haya llamado para ser uno de los Setenta y para dar testimonio al mundo de que Jesús es el Cristo; y dondequiera que se me de la asignación de trabajar, haré todo lo posible por hacer avanzar la obra.

Quisiera hablar de la trascendencia del servicio en el Reino de Dios y de la importancia de cumplir una misión regular, tanto para los jóvenes como para los matrimonios mayores.

No tengo el deseo de llamar la atención sobre mi persona, pero quiero hablar un poco a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico sobre el llamamiento que yo recibí para cumplir una misión regular. Fue en el año 1962, y recibí el llamamiento del presidente David 0. McKay para ser misionero en la Misión Mexicana. Poco después de recibirlo, supe que tenia cáncer de los huesos en el brazo derecho y que había muy pocas probabilidades de que viviera mas de unas pocas semanas. Recibí de mi maravilloso padre una bendición, en la que me bendijo con la vida y me prometió que cumpliría la misión, que tendría una familia y que podría servir al Señor todos mis días en la tierra. El doctor me felicitó por la fe que tenia, pero me aseguró que yo no me daba cuenta de lo serio de mi condición. Como muchos lo habrán notado, tengo sólo un brazo, como resultado de aquella enfermedad; pero a los diez meses de que me amputaran el brazo entre en la Misión Mexicana lleno de entusiasmo y listo para poner manos a la obra. Es que varios años antes me había comprometido con el Señor de que lo serviría en una misión regular y que no permitiría que nada me impidiera cumplir con ese llamamiento. Y bien, hermanos, el doctor que me atendía falleció hace ya veinte años, siempre asombrado de verme todavía respirando, y llegó a interesarse mucho en la Iglesia. Hermanos, el tener un solo brazo durante casi treinta años ha sido una de las mas grandes bendiciones de mi vida. No ha sido mi mayor dificultad, pero si una fuente de enseñanza; me ha enseñado a ser mas paciente y tolerante con otros, al mismo tiempo que aprendía a ser mas paciente conmigo mismo; me ha llevado a entender cuanto necesitamos las dificultades en la vida para que nos ayuden a desarrollar el carácter y la resistencia, y a llegar a ser lo que el Señor quiere que seamos. Nuestras dificultades pueden ser físicas, espirituales, económicas o emocionales, pero si las tratamos como oportunidades y como escalones hacia nuestro progreso, en lugar de tratarlas como barreras o como piedras de tropiezo, nuestra vida y nuestro desarrollo serán extraordinarios. He aprendido que el tiempo que transcurre entre uno y otro problema es muy pacifico, pero que cualquier progreso que haya tenido ha provenido siempre de una dificultad. Hay un poemita de autor anónimo en el que podemos pensar cuando enfrentemos problemas. Se titula “La ostra”:

Había una vez una ostra,
cuya historia he de contar,
que un granito de arena
en la valva hubo de hallar.
No era mas que un granito
mas causaba desazón,
pues las ostras también sienten
y padecen aflicción.
¿Acaso la pobre ostra
maldijo su mala estrella
que la había colocado
en la situación aquella?
¿Culpó acaso al gobierno,
llamando a votación
para que en la mar hubiera
una mejor protección?
¡No! Mas se puso a meditar
y tomó una decisión:
“Ya que no lo he de quitar
lo tornaré en bendición”.
Así, los años pasaron
como habían de pasar,
hasta que llegó su hora
y a la olla fue a parar.
Pero el grano de arena
que tanto la había irritado
en hermosísima perla
la ostra había transformado.
Y esta es la moraleja:
¿No es algo maravilloso
lo que obtiene una ostra
de un granito enfadoso?
¡Cuánto más haría el hombre
si pudiera aprovechar
toda pequeña cosa
que le empezara a irritar!

¿Que harán los jóvenes para resolver los problemas que tienen que enfrentar y que quizás pongan en peligro su oportunidad de servir al Señor? Para un joven, puede ser. la oportunidad de una carrera, un buen empleo, una novia, una diversidad de pecados e infinidad de otras razones. Para un hermano de mas edad, puede tratarse de un auto, de disfrutar de sus pasatiempos durante la jubilación o de no querer perderse ningún acontecimiento, como bodas y nacimientos, que pueda tener lugar entre sus familiares y amigos. Cualesquiera sean las dificultades que enfrenten, invito a todos a que esta misma noche se pongan de rodillas y se comprometan con su Padre Celestial a no permitir que nada les prive de la magnífica oportunidad de cumplir una misión regular. Los que no hayan recibido un llamamiento todavía pueden hablar con el obispo y hacerle saber que tienen deseos de servir en la misión.

Cuando el Señor dijo: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos mas pequeños, a mi lo hicisteis” (Mateo 25:40), se refería a la importancia de rendir servicio a nuestros semejantes si es que queremos ser dignos de estar en Su presencia. ¿Y que mejor manera de servir al Señor y de sacrificarse que aceptar un llamamiento misional? Por otra parte, debemos tener en cuenta que hay quienes tienen algunos impedimentos o limitaciones, y para estos es mas conveniente prestar servicio en su propia unidad que cumplir una misión regular.

En la sesión del sacerdocio de la Conferencia General de abril, el élder Neal A. Maxwell dijo lo siguiente: “Mis hermanos, estos son vuestros días … en la historia de la Iglesia” (“‘Mi siervo José’”, Liahona, julio de 1992, pág. 46). Si, mis jóvenes hermanos, estos días son vuestros para formar parte de los cincuenta, setenta y cinco, cien mil misioneros que sirven en el ejercito del Señor, armados con las armas de la paz, la rectitud y el poder.

A fines de la década de los 70, mientras yo presidía la Misión Norte de la Ciudad de México, decidimos iniciar la obra en una zona llamada “La Huasteca”, situada en una región que tiene muchas comunidades y ciudades pequeñas, donde sólo había una familia de miembros de la Iglesia. Después de dos años, el numero de miembros ascendía a quinientas personas y había cinco ramas y un distrito. Este progreso se logró con la labor de unos cuantos misioneros fieles, de diecinueve y veinte años, y de dos matrimonios maravillosos, todos los cuales se dedicaron a asegurarse de que otros hijos de nuestro Padre Celestial conocieran y comprendieran el evangelio.

Al cabo de unas tres semanas de encontrarse los misioneros en La Huasteca, recibimos una llamada telefónica de uno de ellos; se notaba que estaba un poco desalentado por no haber todavía recibido nada de correspondencia y por hallarse en una zona de mucho calor y humedad, aprendiendo costumbres que eran nuevas para todos nosotros. Después de conversar unos minutos, le recordé que habíamos hablado del hecho de que la obra no seria fácil. El me respondió: “Es cierto, presidente, es cierto; dijimos que no seria fácil, y yo sabia que no lo seria”. Luego, siguió adelante con gran entusiasmo, tuvo gran éxito en sus labores y fue relevado para regresar a su casa. Unos dos meses después, mientras se hallaba estudiando en la Universidad Brigham Young, el y otros ex misioneros nos llamaron a mi esposa y a mi a la casa de la misión en la Ciudad de México, a las 2:30 de la mañana, sacándonos de un sueno muy profundo. Luego de una breve conversación, les dije que me alegraba muchísimo hablar con ellos, pero que me parecía raro que nos hubieran llamado tan tarde. Entonces aquel misionero me contestó: “Ya lo sabemos, presidente, pero usted sabia que no seria fácil”.

Hermanos, nunca se nos ha dicho que la vida seria fácil, pero a los que trabajen fielmente en el servicio a sus semejantes, enfrentando toda dificultad con determinación y en la forma apropiada y resolviéndola con la influencia del Espíritu, les prometo que serán bendecidos con sentimientos de felicidad que les inundaran toda el alma; estas, mis hermanos, son las bendiciones que nos moldean y nos ennoblecen y que nunca se nos quitaran.

Quiero expresar mi testimonio de la veracidad del Evangelio del Señor Jesucristo y testificar de las bendiciones que trae consigo el servicio abnegado y la dura labor que se hace en Su santo nombre. Y lo digo en el nombre de Jesucristo. Amen.