A las mujeres de la Iglesia

Howard W. Hunter

President of the Quorum of the Tweleve Apostles


“Hay una gran necesidad de reunir a las mujeres de la Iglesia para que se unan a los hermanos y con ellos traten de oponerse a la corriente del mol que nos rodea.”

Mis queridas hermanas, saludo a todas con amor y con respeto, sabiendo que son hijas de nuestro Padre Celestial y conociendo el potencial de lo que pueden llegar a ser.

En nombre de los oficiales generales de la Iglesia, les agradezco el servicio que rinden a esta, a su propia familia y a los vecindarios y comunidades donde viven; reconozco que muchos de sus actos abnegados y compasivos pasan inadvertidos, sin que nadie los note y, a veces, sin que nadie les agradezca.

Como nos aconsejan las Escrituras, “no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra” (D. y C. 64:33). Y es preciso que recordemos la promesa del Salvador de que las buenas acciones que se lleven a cabo en secreto serán un día recompensadas “en publico” por nuestro Padre Celestial (véase Mateo 6:3-6, 16-18).

El Señor no las olvida. Nosotros oramos por su bienestar, y agradecemos a Dios la influencia refinadora que tienen en el mundo por medio de su servicio, su sacrificio y su compasión, y por sus esfuerzos en pro de todo lo que sea hermoso y ennoblecedor.

Les agradecemos el hecho de hacer nuestra vida mucho mejor por ser quienes son; su ejemplo constante de rectitud se destaca por el contraste que ofrece con las vías del mundo.

En el mundo que nos rodea hay muchos disturbios. Escuchamos diversas voces que auspician diferentes causas y tratan de hacer conversos a su manera de pensar. En este sentido, la situación actual no es muy distinta de la que prevalecía en los tiempos del profeta José Smith y que cl describió diciendo que algunas personas exclamaban: “‘He aquí!’; y otros ‘¡He allí!’” (José Smith-Historia 1:5).

En la actualidad, muchas personas se debaten con los problemas de la vida. Debido a la confusión, el tumulto y la maldad que nos rodean, es natural que extendamos la mano en procura de alguien que pueda ayudarnos. Hay mujeres que anhelan encontrar esa inspiración que da consuelo al corazón, bálsamo a las heridas e indica el camino cuando no parece haber ninguno seguro hacia el cual volverse.

Pero no se nos ha dejado sin nada que nos consuele. Tenemos las Escrituras que contienen las palabras eternas de nuestro amoroso Padre Celestial, que nos dice que para El nosotros ocupamos el lugar de prioridad. El dijo: “Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Por supuesto, al decir “hombre”, emplea el termino genérico con el que también se refiere a la mujer.

Además de esas palabras de un Padre Celestial amoroso, tenemos al Salvador, de quien Alma dijo lo siguiente:

“Y el saldrá, sufriendo dolores y aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomara sobre si los dolores y enfermedades de su pueblo.

“Y tomara sobre si la muerte, para poder soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomara el sobre si, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (-12).

Tiene que ser un consuelo queridas hermanas de la Iglesia, recordar que este mismo Jesús, nuestro Salvador, por medio de la Expiación, demostró el amor y el interés que tenia en el bienestar de las mujeres de Su época; El disfrutaba de estar en compañía de estas y tenia entre ellas buenas amigas. Una de las grandes parábolas que relató se refiere a diez vírgenes. El bendijo a los niños y honró a la viuda pobre que ofrendó dos blancas; enseñó a la mujer samaritana y le reveló que El era el Mesías; echó a siete demonios que se habían posesionado de María Magdalena y perdono a la mujer que había cometido adulterio; sanó a la hija de la mujer griega, encorvada durante dieciocho años, y curó de una fiebre a la suegra de Pedro.

El devolvió a la madre el hijo muerto, devolvió la hija de Jairo a sus padres y Lázaro a sus afligidas hermanas, a quienes el Señor consideraba entre sus mejores amigos. Cuando estaba colgado de la cruz, Su corazón se llenó de compasión hacia Su madre y la encargó al cuidado de Su amado discípulo Juan.

Fueron mujeres quienes prepararon Su cuerpo para el sepulcro; y María fue la primera persona a quien apareció el Señor después de la resurrección y a quien confió el encargo de llevar a los discípulos el glorioso mensaje de que El había resucitado.

¿Hay alguna razón para creer que El se ocupe menos de las mujeres de nuestros días? Antes de la Ascensión El hizo a los discípulos esta promesa: “Y yo rogare al Padre, y os dará otro Consolador” (Juan 14:16); “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18). Las mujeres, Sus discípulas, también tienen el privilegio de recibir ese otro Consolador, el don del Espíritu Santo

Como testigos especiales de nuestro Salvador, se nos ha dado la prodigiosa asignación de administrar los asuntos de Su Iglesia y Reino, y de ministrar a Sus hijos en cualquier parte que estos se encuentren sobre la faz de la tierra. A causa de que se nos ha llamado a testificar, gobernar y ministrar, se nos requiere que, a pesar de la edad, las enfermedades y el agotamiento físico, y de cualquier sentimiento de insuficiencia que podamos experimentar, hagamos la obra que se nos ha encomendado hasta el ultimo aliento de vida que nos quede.

De la misma manera que, durante Su ministerio, nuestro Señor y Salvador necesitó de las mujeres para que ofrecieran una mano de ayuda, un oído dispuesto, un corazón fiel, una mirada bondadosa, una palabra de aliento y su lealtad -aun en Su hora de humillación, de agonía y de muerte-, también nosotros, Sus siervos de toda la Iglesia, necesitamos a las mujeres de la Iglesia, para que se dispongan con nosotros y por nosotros a resistir a la corriente de maldad que amenaza arrastrarnos. Juntos, debemos mantenernos fieles y firmes en la fe, defendiéndonos de las mayorías que piensan de manera diferente. Me parece que hay una gran necesidad de reunir a las mujeres de la Iglesia para que se unan a los hermanos y con ellos traten de oponerse a la corriente del mal que nos rodea y de hacer avanzar la obra de nuestro

Salvador. Nefi dijo lo siguiente: “Debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres”; y yo agrego: y por las mujeres y los niños (2 Nefi 31:20). Si le somos obedientes, seremos mayoría. Pero solamente si nos unimos podremos llevar a cabo la obra que El nos ha encomendado y prepararnos para el día en que podamos verlo.

Al esforzarnos en todo lo posible por atender a las necesidades de nuestros semejantes de la misma manera dedicada con que nuestro Señor atendió a las de las mujeres de su época, las exhortamos a ministrar con su gran influencia para el bien a fin de fortalecer a nuestras familias, a la Iglesia y a la comunidad.

Reconocemos que hay personas y organizaciones que hacen mucho bien tratando de remediar los males del mundo. Les exhortamos a seguir la admonición de las Escrituras de estar anhelosamente consagradas a buenas causas tanto en la Iglesia como en su vecindario, su comunidad y aun, si es posible, en todo el mundo (véase D. y C. 58:27). Pero también afirmamos que, si las personas no hacen que Cristo forme parte de su vida y aceptan Su evangelio, con sus ordenanzas y convenios salvadores, no lograran alcanzar su verdadero potencial ni en esta tierra ni en el mas allá.

Los que siguen a Cristo procuran imitar Su ejemplo. Su sufrimiento por nuestros pecados, faltas, aflicciones y enfermedades debería motivarnos a hacer algo similar y extender una mano de caridad y compasión a aquellos que nos rodean. Resulta muy apropiado que el lema de la organización femenina de mayor duración en el mundo -la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días- sea “La caridad nunca deja de ser”.

Hermanas, continúen tratando de hallar oportunidades de servir al prójimo; no se preocupen si la posición que ocupan se destaca o no. Recuerden el consejo del Salvador en cuanto a los que buscan “los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas”. El aconsejó: “El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo” (Mateo 23:6, 11).

Aunque es importante para nosotros saber que se nos aprecia, debemos hacer destacar la rectitud, no el reconocimiento; el servicio y no la posición. La fiel maestra visitante, que sin ostentación lleva a cabo su tarea mes tras mes, es tan importante para la obra del Señor como los que ocupan posiciones que algunos consideran de mas prominencia en la Iglesia. El hacerse ver no es un equivalente del valor que se tenga.

Hace un tiempo, en una reunión general de las mujeres de la Iglesia, el presidente Spencer W. Kimball dio este consejo:

“Recordad siempre, queridas hermanas, que las bendiciones eternas que podéis obtener por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días son muchísimo mayores que cualquier otra que podáis recibir en el mundo. No podéis aspirar a un honor mas alto que el ser reconocidas como dignas hijas de Dios; no podéis anhelar nada mas grande que el ser hermanas, esposas, hijas y madres, e influir para el bien en la vida de los que os rodean”. (“Vuestro papel como mujeres justas”, Liahona, enero de 1980, Págs. 168-169).

Han sido elegidas para ser mujeres fieles de Dios en nuestros días, para elevarse por encima de la mezquindad, los chismes, el egoísmo, la lujuria y cualquier otra forma de iniquidad.

Reconozcan su primogenitura divina como hijas de nuestro Padre Celestial. Sanen con sus palabras al igual que con sus manos; procuren saber cual es la voluntad de Dios con respecto a ustedes, y luego digan, como la maravillosa y ejemplar María, la madre de Jesús: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38).

Para concluir, quisiera citar este verso de un poeta desconocido que considero significativo:

La esfera de la mujer se dice limitada.

Mas no hay lugar alguno en cielo o tierra,

no hay tarea al ser humano encomendada,

no hay una bendición ni un infortunio,

no hay palabra importante pronunciada,

no hay una vida, una muerte, un nacimiento

cuya importancia en la tierra sea apreciada,

sin que en ello haya una mujer abnegada.

Mis queridas hermanas, se que Dios vive, se que Jesús es Su Hijo Unigénito, el Salvador del mundo; se que esta es la Iglesia de Jesucristo y que El esta a la cabeza de ella. Testifico también de la veracidad y la naturaleza eterna del lugar de honor que la mujer ocupa por ser mujer.

Que el Señor las bendiga, hermanas, al continuar en Su servicio, por estar al servicio de sus semejantes y por tratar de ser todo lo que tienen el potencial de llegar a ser. En el nombre de Jesucristo. Amén.