La Paz Por Medio De La Oracion

Rex D. Pinegar


“A mi modo de ver, el milagro de la oración es que en los aposentos silenciosos y privados de nuestra mente y de nuestro corazón, Dios no solamente oye sino que también contesta nuestros oraciones “

Desde el púlpito de este Tabernáculo se han dado muchos discursos inspirados acerca de la oración; y hoy día. yo uno mi testimonio de las bendiciones de paz que se reciben por medio del poder milagroso de la oración.

Alejandro Dumas, en su clásica novela El Conde de Montecristo, escribió: “Para el hombre feliz, la oración es sólo una mezcolanza de palabras sin sentido, hasta el día en que el dolor llegue para enseñarle el lenguaje sublime por medio del cual se le habla a Dios” (Trans. Lowell Blair, Ney Work: Bantam Books, 1981, pág. 34).

Mi juventud fue una época feliz y sin preocupaciones hasta un día en que el dolor y la tragedia me acercaron a Dios en humilde y sincera oración. Durante el verano en que cumplí trece años, una noche de julio me uní con gran entusiasmo a unos amigos vecinos para encender fuegos artificiales. Cinco de nosotros nos turnábamos para prender pirámides, fuentes de colores y cohetes. Cada cohete que prendíamos era una nueva explosión de ruidos y figuras de colores contra el obscuro manto del cielo. Sin embargo, no todos los cohetes prendieron como se suponía; incluso, la mayoría de ellos estaban defectuosos y no estallaban. Por consiguiente, pusimos a un lado todos los que estaban malos, hasta que habíamos tratado de prenderlos todos. Nos habían quedado tantos defectuosos que nos preguntamos que podíamos hacer con ellos; no podíamos simplemente tirarlos. Pero, ¡que pasaría si los abríamos y volcábamos la pólvora de todos ellos en una caja de cartón? ¡Podíamos tirarle un fósforo y tendríamos una explosión enorme! Felizmente, en nuestro primer intento la idea falló. Tiramos el fósforo y nos alejamos corriendo y esperamos un rato; pero no pasó nada. Tentando la suerte, tratamos nuevamente utilizando esta vez una mecha que hicimos con un rollo de periódicos. Otra vez esperamos desde lejos con ansiedad para ver lo que pasaba, pero nuevamente, nada sucedió. Ese hubiera sido el momento de olvidarnos del asunto; pero tontamente decidimos tratar una vez mas. Esta vez, mi amigo Mark y yo nos. agachamos a cada lado de la caja para evitar que la brisa nocturna apagara la llama. ¡Y entonces sucedió! La “gigantesca explosión” que habíamos estado esperando nos. estalló con furia en la cara. La fuerza de la explosión nos tiró al suelo y las llamas de la pólvora encendida nos quemaron gravemente. Fue una escena trágica. Al sentir los gritos y alaridos de los muchachos lastimados, en el frente de su casa, la madre de nuestro amigo salió rápidamente a ver que pasaba y nos hizo entrar.

“Primero vamos a orar, y luego llamaremos al doctor”, nos dijo.

Esa fue una de las muchas oraciones, de las que me acuerdo, que se ofrecieron por nosotros. Poco después sentí como me vendaban la cara, las manos y los brazos. Luego, oí las voces de mi padre y de mi medico mientras me daban una bendición del sacerdocio; y escuche muchas veces la voz de mi madre rogando a nuestro Padre Celestial que le devolviera la vista a su hijo.

Desde muy pequeño me enseñaron a orar. Mi padre y mi madre hicieron que la oración fuera una parte muy importante de nuestra vida familiar. Sin embargo, no fue sino hasta ese día que la oración realmente tuvo significado para mi. En esos momentos aterradores, encontré paz y consuelo por medio de la comunicación con mi Padre Celestial.

Hace muy poco, el élder Clinton Cutler, mi amigo y compañero, hablándome de su dolor y su aflicción, me dijo:

“La paz del Señor no llega sin sufrimiento, sino en medio del sufrimiento”.

Nuestro Padre Celestial nos ha prometido paz en épocas de prueba y nos ha proporcionado la forma de acercarnos a El en los momentos de necesidad, nos ha dado el privilegio y el poder de la oración y nos ha dicho “ora siempre” y nos ha prometido derramar Su Espíritu sobre nosotros (véase D. y C. 19:38).

Felizmente, podemos comunicarnos con El en cualquier momento y en cualquier lugar. Podemos hablar con El por medio de los silenciosos pensamientos que embargan nuestra mente y desde los sentimientos mas profundos de nuestro corazón. Se ha dicho que la “oración se compone de los latidos del corazón y los justos anhelos del alma …”(James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 252). Nuestro Padre Celestial nos ha dicho que conoce nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón (D. y C. 6– 1ó).

El presidente Marion G. Romney enseñó:

“Muchas veces el Señor pone pensamientos en nuestra mente en contestación a nuestras oraciones … [El] da paz a nuestra mente” (Conferencia de Area de Taiwan, 1975, pág 7).

Por ejemplo, en respuesta a la oración que ofreció Oliver Cowdery para saber si la traducción que José Smith hizo de las planchas era verdadera, el Señor le dijo:

“¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Que mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:23).

La paz que Dios habla a nuestra mente nos hace saber si las decisiones que hemos tomado son correctas, si nuestro curso es verdadero. La podemos recibir como aspiración personal y gula para ayudarnos en nuestro diario vivir en el hogar y en el trabajo. Nos puede proporcionar la valentía y la esperanza necesarias para enfrentarnos a los problemas de la vida. A mi modo de ver, el milagro de la oración es que en los aposentos silenciosos y privados de nuestra mente y de nuestro corazón, Dios no solamente oye sino que también contesta nuestras oraciones.

Quizás la prueba mas grande de nuestra fe y la parte mas difícil de la oración sea el saber reconocer la respuesta que llega a nosotros en forma de pensamiento o de sentimiento, y después aceptarla y actuar de acuerdo con la respuesta que Dios haya decidido darnos.

El orar y escudriñar las Escrituras sin cesar y el seguir el consejo del profeta viviente nos mantiene en armonía con el Señor y podemos interpretar la inspiración que viene por medio de Su Espíritu con mucho mas facilidad. Porque El ha dicho: “Aprende de mi y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mi tendrás paz” (D. y C. 19:23).

Hace unos días, asistí al funeral de un amigo de toda la vida, Ralph Poulsen. El era un hombre recto, que había logrado la excelencia y poseía una gran integridad, a pesar de haber tenido que soportar mucho dolor y sufrimiento como consecuencia de la terrible enfermedad que lo aquejaba. Joyce, su querida esposa, sufrió también mucho, ya que estuvo a su lado durante su agonía y sus momentos de dolor. Al pasar los días y los años de sufrimiento, ella llegó a un punto en el cual sintió que no podía soportar un día mas. Había hecho por el todo lo que había estado a su alcance; ahora era necesaria una fortaleza superior. En lo mas profundo de su dolor, rogó con fervor a Dios, pidiéndole ayuda. Al llegar la mañana, recibió la bendición de una paz que rebosó su alma; una paz que ha continuado con ella hasta el día de hoy.

Actualmente, existe gran sufrimiento en el mundo. Hay acontecimientos trágicos que le suceden a la gente buena. Dios no es quien los causa, ni tampoco evita siempre que sucedan. Lo que El hace, sin embargo, es fortalecernos y bendecirnos con Su paz en contestación a nuestra ferviente oración.

“El propósito habitual de la oración no es que la utilicemos como si fuera la lámpara de Aladino con el fin de aliviar nuestra carga sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo”, escribió el élder Richard L. Evans. “El propósito de la oración no es el de pedir solamente; ni debe ser siempre como la mano extendida del mendigo. Muchas veces, el propósito de la oración es la de obtener la fortaleza necesaria para hacer lo que debemos, la sabiduría para encontrar la forma de resolver nuestros problemas y la habilidad para hacer nuestras tareas de la mejor forma posible. Debemos orar … pidiendo que podamos perseverar hasta el fin, pidiendo fe y entereza para enfrentar los problemas que se nos presenten” (The Man and the Message, Bookcraft, pág. 289).

Fue el Salvador mismo quien nos enseñó, por medio de Su ejemplo, la forma de encontrar la paz cuando las respuestas que recibimos no son las que pedimos. En la noche de Su crucifixión, con el “alma … muy triste, hasta la muerte”, Jesús se arrodilló en el huerto de Getsemaní y oró al Padre, diciendo: “Padre mío, si es posible [y El lo confirma al decir “todas las cosas son posibles para ti”] pase de mi esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:38–39; véase también Marcos 14:36).

Sólo podemos imaginarnos la angustia que habrá sentido el Salvador cuando leemos en los Evangelios que El “comenzó a entristecerse y a angustiarse” (Marcos 14:33); que “se postró sobre su rostro” (Mateo 26:39) y oró, no una vez, sino una segunda y luego una tercera (véase Mateo 26:42, 44). “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sin la tuya” (Lucas 22:42).

No podemos imaginarnos la angustia de un Padre amoroso que, sabiendo lo que debía llevarse a cabo, aceptó la buena disposición de Su Hijo a sufrir por toda la humanidad. En Su agonía, Cristo no estuvo desamparado. Como si el Padre le hubiera dicho: “No puedo evitarte el sufrimiento, pero puedo enviarte fortaleza y paz”, “se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lucas 22:43).

Si, al igual que el Salvador, nosotros tuviéramos la fe de confiar en nuestro Padre Celestial, de someternos a Su voluntad, recibiríamos el verdadero espíritu de paz como testimonio y fortaleza de que El ha escuchado y contestado nuestras oraciones.

Si nos resistimos a la inspiración de Dios y rechazamos las impresiones que llegan de El a nuestra mente, quedaremos solos para enfrentar nuestra propia confusión e intranquilidad.

A veces, cuando nuestras oraciones no se contestan en la forma deseada, pensamos que el Señor nos ha dejado a un lado, o que nuestra oración fue en vano. Comenzamos a dudar de nuestra dignidad delante del Señor e incluso de la veracidad y el poder de la oración. Ese es el momento en el cual debemos seguir orando con paciencia y fe, y tratando de escuchar para lograr esa paz.

Después del incidente en el que me queme gravemente, tuve la seguridad de que sanaría. Desde el momento en que se ofreció la primera oración en la casa de mi amigo, sentí dentro de mi una paz reconfortante. Mientras el medico me curaba las quemaduras, yo comencé a tararear un himno, y encontré consuelo en las siguientes palabras:

“¿Con fervor orar pensaste al entristecer?
“¡Que reposo alcanzado es la humilde oración!
“Trae consuelo al herido, paz al corazón”.

Todos los días, cuando el doctor me cambiaba los vendajes, mi madre preguntaba: ¿Puede ver? Por muchos días la respuesta fue siempre la misma: No, todavía no.

Finalmente, cuando definitivamente me quitaron todos los vendajes, comencé a recobrar la vista. Yo había esperado ese momento con gran expectativa. La paz y el consuelo que había sentido anteriormente me habían dado la seguridad de que todo saldría bien. Sin embargo, cuando tuve la visión lo bastante nítida como para verme las manos y la cara, recibí un gran impacto ya que no estaba preparado para lo que vi. Decepcionado terriblemente, me di cuenta de que no todo estaba bien. Al verme la piel desfigurada y llena de cicatrices, tuve mucho miedo y me asaltaron las dudas. Recuerdo haber pensado: Nada puede lograr que esta piel llegue a curar, ni siquiera el Señor.

Felizmente, a medida que tanto yo como otras personas seguíamos orando sentí restaurados en mi los dones de la fe y la paz, y luego, a su debido tiempo, recobre totalmente la vista y mi piel sanó por completo. Los amigos de mi infancia, que al igual que yo habían recibido quemaduras durante el accidente, fueron también bendecidos y se recobraron completamente.

Que siempre tratemos, por medio de la oración, de obtener del Señor el milagroso don de la paz. No nos olvidemos de orar.

Me uno a las palabras de Alma cuando dijo: “… repose sobre vosotros la paz de Dios … desde ahora en adelante y para siempre …” (Alma 7:27).

Con este testimonio de la paz que se recibe por medio de la oración, testifico de la veracidad de Jesucristo y de Su Padre y del Espíritu Santo que guían esta Iglesia por medio de la revelación y que guían nuestra vida de la misma forma milagrosa al contestar nuestras oraciones de fe. En el nombre de Jesucristo. Amén.