Recibir Asistencia Divina A Través De La Gracia Del Señor

Gene R. Cook

Of the First Quorum of the Seventy


Gene R. Cook
“Aun cuando seamos indignos o nos podemos sentir pecadores, si hacemos todo lo que podamos, El vendrá en nuestra ayuda y nos proveerá de aquello que nos falte.”

Mis queridos hermanos y hermanas, doy testimonio esta tarde sobre la divinidad del Señor Jesucristo, y en forma especial, sobre la doctrina de la gracia que El hace extensiva al genero humano (véase Jacob 4:6–7). Al hacerlo, reconozco humildemente el gran don que nos ha otorgado nuestro Padre Celestial debido a que “de tal manera amo … al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito …” (Juan 3: 16.)

En Busca Del Don

Quizás algunos de nosotros no hayamos recibido, o no sepamos cómo usar, el gran don de la gracia

que nos ha dado el Padre por medio de la expiación de Su Hijo, Jesucristo. “Porque, ¿en que se beneficia un hombre a quien se confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). Además, el profeta Zenós dijo: “Estas enojado, ¡oh Señor!, con los de este pueblo, porque no quieren comprender tus misericordias que les has concedido a causa de tu Hijo” (Alma 3}:16).

¿Cuantos de nosotros, a veces, tratamos de resolver los problemas por nosotros mismos, sin buscar la intervención del Señor en nuestra vida? Tratamos de llevar la carga por nosotros mismos.

Algunas personas aun se devanan con las dudas acerca de sus oraciones y de su dignidad personal, y dicen: “Quizás la oración no funciona”.

Otros que pueden haber sufrido enfermedades, desaliento, una crisis económica, el rechazo, desilusiones y aun la perdida de seres queridos, pueden decir: “¿Por que el Señor no me cura, o me ayuda a mi o a mi hijo? ¿Por que no previno esa muerte? ¿Tiene que ser tan infeliz esta vida?”

Si, hasta se podría clamar “Oh Dios, ¿en dónde estas? … ¿Hasta cuando se detendrá tu mano?” (D. y C. 121:1–2).

Jesús enseñó que pasamos por todos estos problemas para refinarnos “en el horno de la aflicción” (1 Nefi 20: 10) y que no debemos soportarlos sin ayuda, sino “en el nombre de su Redentor” (D. y C. 138: 13). A pesar de que a veces sentimos que nos ha olvidado, El testifica: “… yo nunca me olvidare de ti … pues he aquí, te tengo grabada en las palmas de mis manos” (1 Nefi 21:15–16).

Testifico que por medio de Su gracia, el Salvador puede ayudarnos continuamente en nuestra vida diaria, en nuestros malestares físicos y mentales, en nuestros dolores y transgresiones y aun en todas nuestras enfermedades (véase Mosíah 14:5; Alma 7:11–13; Alma 34:31).

Estar Centrados En Cristo

Sin embargo, para superar las pruebas que enfrentemos, debemos mantener nuestros ojos y nuestros corazones centrados en el Señor Jesucristo. Porque “en vista de que el hombre había caído, este no podía merecer nada de si mismo …” (Alma 22:14); por lo tanto, necesitamos un defensor, un intercesor, un mediador que nos ayude. “Y es a causa de tu Hijo que has sido tan misericordioso [con nosotros] “ (Alma 33:11).

Debemos tener una gran esperanza al saber que, aun cuando seamos indignos o nos podamos sentir pecadores, si hacemos todo lo que podamos, El vendrá en nuestra ayuda y nos proveerá de aquello que nos falte (véase Corintios 12:9). Esta declaración define la gracia, hasta cierto grado.

Entender La Gracia

La gracia es una “ayuda o fortaleza divina, [que] proviene de la misericordia y el amor de Dios” (Guía para el estudio de las Escrituras, pág. 85). Es el poder de Dios. La doctrina de la gracia del Padre y del Hijo, y la forma en que nos afecta, es de tanta importancia para nosotros, que se menciona mas de doscientas veces en los libros canónicos.

Si podemos obtener la gracia del Señor Jesucristo, ese divino poder que nos servirá de gran ayuda en todo lo que hagamos, triunfaremos en esta vida y seremos exaltados en la venidera.

Permítanme analizar con ustedes cinco principios que nos pueden servir para obtener esa divina intervención en nuestra vida, o quizás para ser una ayuda en forma vicaria en la vida de otra persona. Estos principios son fáciles de entender, pero mas difíciles de aplicar. Ustedes ya los conocen; sin embargo, puede que no hayan considerado cuan directamente relacionados están en lo que respecta a obtener la gracia.

El primer principio es la fe. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia” (Romanos 5: 1–2).

Es evidente que a la gracia, o sea a este poder, se llega por fe. Por algo la fe en el Señor Jesucristo es el primer principio del evangelio.

Cuan clara fue la pregunta de Cristo a Pedro cuando se hundía en las aguas, después de haber caminado sobre ellas: “¡Hombre de poca fe! ¿Por que dudaste?” (Mateo 14:31). En el momento en que Pedro dudo y quitó los ojos del Salvador, se aparto del poder de Jesucristo que lo había sostenido sobre las aguas.

De igual forma, ¿cuántas veces después de haber orado por ayuda para los problemas que enfrentamos, nos hemos separado a nosotros mismos del poder de Dios debido a las dudas y el temor, sin poder obtener ese poder de Dios que lo permite todo? (véase D. y C. 67:3; 6 36).

El arrepentimiento es el segundo principio. La gracia del Señor, a través de la Expiación, puede limpiar nuestros pecados y a la vez ayudarnos a perfeccionarnos por medio de las pruebas, las enfermedades y aun de los “defectos de carácter”. Somos tanto santificados como justificados por medio de la gracia del Señor (véase D. y C. 20:30–31). En verdad, “a medida que el hombre confiesa sus pecados, Cristo se manifiesta en misericordia” (de un himno no publicado, “Soy un hombre sano”, por Gene R. y Holly Cook; Alma 24: 10). Recuerden, Cristo puede enmendar nuestras imperfecciones y faltas, que de otra forma no se pueden corregir (véase Génesis 18: 14; Marcos 9:23–24).

Esta gran verdad nos debería llenar de esperanza, con tal de que estemos prestos en recordar que el efecto que la gracia tenga en nuestra vida depende del que nos arrepintamos de nuestros pecados.

“Por tanto, [por medio del] arrepentimiento y las buenas obras … les sea restaurada gracia por gracia, según sus obras” (Helamán 12:23–24).

Las condiciones que se requieren para que se nos. restaure la gracia son un corazón arrepentido y buenas obras. Cuando alguien pide fervientemente una respuesta en una oración, la respuesta puede estar mas condicionada al arrepentimiento de nuestros propios pecados personales que a ningún otro factor (véase D. y C. 101:7–8; Mosíah 11:23–24).

El tercer principio es la humildad. “ Pero el da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).

“Y si los hombres vienen a mi, les mostrare su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mi” (Eter 12:27).

La humildad es una condición esencial para obtener esta ayuda divina.

El hacer todo lo que este a nuestro alcance es el cuarto principio. Verdaderamente Pablo enseñó- “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8–9). Así es, las obras por si solas no pueden darnos ese don divino, pero son una clave principal por medio de la cual se recibe el don (véase 2 Nefi 10 24–25) “… pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).

Así, a menos que uno haya hecho todo lo que esta de su parte, no puede esperar que se manifieste la gracia de Dios. ¡Cuan bendecidos somos por haber entendido este glorioso principio! La ayuda del Señor-ya sea que tengamos una fe fuerte o débil, ya sea que se trate de un hombre, una mujer o un niño no se basa sólo en lo que sabemos, ni en nuestra fuerza física ni en lo que somos, sino mas bien en que demos todo lo que podamos y en que hagamos todo lo posible de acuerdo con nuestras circunstancias actuales. Una vez que uno ha dado todo lo que puede, recibirá la ayuda del Señor, mediante Su gracia (véase D. y C. 123:17).

En forma clara, la función del Señor y la nuestra para que recibamos la ayuda divina se aclaran con estas palabras inspiradas: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4: 13).

El quinto principio, el guardar los mandamientos, con toda seguridad es una condición para recibir la gracia del Señor. “Porque si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud … por lo tanto, … recibiréis gracia por gracia” (D. y C. 93:20).

Para obtener la gracia, uno no tiene que ser perfecto pero si tiene que estar tratando de guardar los mandamientos lo mejor que puede, y así el Señor le permitirá recibir ese poder.

Moroni resume en forma breve la doctrina de la gracia. “… si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo” (Moroni 10:32).

La Esperanza Por Medio De Jesucristo

¡Cuan glorioso es entender esta doctrina de la gracia, la cual nos persuade a centrar mas nuestra fe y esperanza en Jesucristo! Por medio de la gracia del Padre, sabremos mejor cómo llegar hasta Su Hijo (1 Nefi 15:14, 15).

Seamos sumisos a la voluntad del Padre, reconociendo que Su voluntad es la mayor. Cuan agradecidos debemos estar de poder someternos a Su voluntad, porque El y Su Hijo jamas harán nada “a menos que sea para el beneficio del mundo” (2 Nefi 26:24).

Al buscar con mayor deseo la intercesión del Señor:

Podemos “crecer en gracia y en conocimiento de la verdad” (D. y C. 50:40).

“Enseñaremos diligentemente y Su gracia nos acompañará” (véase D. y C. 88:78).

Por nuestro trabajo habremos de “recibir la gracia de Dios, a fin de fortalecernos en el Espíritu, … para enseñar con poder y autoridad de Dios” (Mosíah 18:26).

No caeremos de la gracia (véase D. y C. 20:32).

Recibiremos “gracia por gracia” (D. y C. 93:20).

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

Testifico de que si buscamos la gracia de Dios, El vendrá en nuestra ayuda y en la ayuda de nuestros seres queridos, en tiempos de necesidad. Obedezcamos al Señor en todas las cosas y ofrezcámosle el póstumo sacrificio de un “corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20; 12:19).

Ahora bien, como uno de los Setenta del Señor y testigo especial de Cristo, para dar testimonio de Su nombre en todo el mundo y “para preparar el camino delante de [Su] faz” (D. y C. 124:139), doy testimonio de la majestad del Padre y del Hijo.

Testifico que Jesucristo vive, que es capaz de intervenir en las vidas de los hombres hoy como lo hizo en los días antiguos cuando caminó entre los hombres.

Doy mi testimonio personal ante la Iglesia sobre la divina mano del Maestro en mi propia vida al sanarme de una enfermedad incurable. También doy testimonio de Su dirección personal en mi vida, por medio de una mano amorosa pero a la vez firme, para refinar mi alma, profundizar mis sentimientos, conceder la remisión de mis pecados y llenar mi alma con el amor de Dios.

No permitamos que ninguna prueba ni aflicción, mis hermanos y hermanas, jamas nos separe del amor de Dios ni del amor puro de Cristo (Romanos 8:31, 35–39).

Ruego que busquemos “a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles, a fin de que la gracia de Dios el Padre … permanezca en [nosotros] para siempre jamas” (Eter 12:41), en el nombre de Jesucristo. Amen.