Lecciones Que Aprendí En La Niñez.

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“La solución de nuestros problemas es obedecer el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien trajo al mundo el amor de Su Padre.”

Creo que les diré una palabras a los jóvenes. Los hombres pueden escuchar o tomar una siestita. ¡Que experiencia hermosa es ser joven en esta época de la historia de la Iglesia y de la historia del mundo! Bien se ha dicho que esta es la gran época del conocimiento, tanto secular como espiritual. Nunca ha habido tantos descubrimientos científicos. Nunca ha habido mejores oportunidades de educación. Nunca ha habido tantas oportunidades de servicio en la Iglesia. Casi les tengo envidia, pero en seguida cambio de idea cuando pienso en los muchos problemas que tienen en la vida. Ustedes se enfrentan a tentaciones difíciles por todos lados. Es fácil para los viejos aconsejar a los jóvenes. Pero en lugar de hacer eso voy a hacer algo que nunca había hecho antes. Si me permiten hablar de mi mismo, quisiera hablarles de algunas lecciones que aprendí cuando era niño.

Yo crecí aquí, en Salt Lake City, y fui un niño común y pecoso. Tuve buenos padres. Mi padre era instruido y tenia mucho talento; era respetado en la comunidad. Amaba mucho a la Iglesia y a sus lideres. El presidente Joseph F. Smith, que era el presidente de la Iglesia en su época, fue uno de sus héroes. También llego a estimar mucho al presidente Heber J. Grant, que llego a ser presidente de la Iglesia en 1918.

Mi madre también era muy inteligente y bondadosa. Ella también era maestra, pero cuando se caso con mi padre, siguieron la tradición de que el marido es responsable de mantener a la familia y la mujer se hace cargo del hogar. Dejo su empleo de maestra para ser ama de casa y madre, y para nosotros, ella triunfo en su cometido. Vivíamos en lo que a mi me parecía una casa grande en el Barrio Uno. Tenia cuatro cuartos en la planta baja: cocina, comedor, sala y biblioteca, y arriba, cuatro dormitorios. La casa estaba ubicada en la esquina de un terreno grande con mucho césped, muchos arboles y constantes tareas que realizar.

En mis primeros años, teníamos una cocina a leña en la cocina y una estufa en el comedor. Mas adelante instalamos calefacción central y nos parecía maravillosa; aunque la caldera tenia un apetito voraz por carbón y no tenia un aparato que la alimentara automáticamente. Había que alimentarla a paladas y acumular el carbón arriba de la llama para que durara toda la noche.

Yo aprendí una gran lección de ese monstruo. Si quería estar calentito, tenia que llenar la caldera de carbón (o sea, que aprendí que si quería estar confortable tenia que trabajar).

Mi padre era de la opinión de que sus hijos tenían que aprender a trabajar en verano tanto como en invierno, por lo tanto, compró una granja de dos hectáreas, que con el tiempo llegó a ser de más de doce. allí vivíamos todo el verano y volvíamos a la ciudad cuando empezaban las clases.

Teníamos muchos arboles frutales que había que podar todas las primaveras. Papa nos llevó a ver demostraciones de podado por expertos de la escuela agraria. Así aprendimos una gran lección: que podíamos predecir cómo iba a ser la fruta en otoño por la forma en que podábamos en primavera. La técnica era espaciar las ramas para que la fruta tuviera bastante aire y sol. Además aprendimos que las ramas nuevas daban la mejor fruta. Esto tiene muchas aplicaciones en la vida.

Nos enfermábamos lo mismo que la gente se enferma ahora. Pensándolo bien, creo que nos enfermábamos mas que ahora. En ese entonces la leche no era pasteurizada ni teníamos un lavaplatos automático, sino que era nuestra tarea “automática” el lavar los platos. Cuando teníamos varicela o sarampión, el doctor avisaba al departamento de Salud Publica y mandaban a un hombre a poner un cartel en la ventana del frente previniendo a los vecinos de que si entraban a la casa corrían riesgo de contagio.

Si teníamos viruela o difteria, el cartel era anaranjado brillante con letras negras y decía “Manténganse alejados de esta casa”.

Con eso aprendí algo que siempre recuerdo: a fijarme en las señales de peligro o de pecado y a mantenerme alejado.

Fui a la Escuela Hamilton, que funcionaba en un edificio de tres pisos. A juzgar por las que tenemos hoy, era una escuela vieja y pobre, sin embargo, allí aprendí que lo que tiene mas valor son los maestros y no el edificio. Cuando el tiempo era bueno, nos agrupábamos enfrente de la escuela, jurábamos a la bandera y marchábamos en fila a nuestros salones.

Nos vestíamos bien para ir a la escuela y no nos permitían ir sucios ni desarreglados. Los varones usábamos camisa, corbata y pantalones cortos, con medias negras que nos llegaban mas arriba de la rodilla. Las medias eran de algodón y se rompían con facilidad y había que surcirlas (remendarlas). Todos sabíamos zurcir porque ni en sueños íbamos a la escuela con las medias agujereadas.

Así aprendimos una lección sobre la importancia de andar limpios y bien arreglados y eso me ha ayudado toda mi vida.

El gran problema de mi maestra de primer grado era Louie, que tenia lo que los sicólogos de hoy.. día llamarían una obsesión. Se pasaba todo el día masticándose la corbata hasta que quedaba convertida en hilachas mojadas. Y la maestra lo reprendía siempre.

Cuando creció, Louie llegó a ser un hombre respetable, y yo aprendí a nunca dudar del potencial de un niño de llegar a ser alguien en la vida, aunque se chupe la corbata.

Con el paso de los años, por fin llegue a sexto grado en esa misma escuela.

Mis amigos fueron casi todos los mismos durante todos esos años. La gente no se mudaba mucho de casa en ese tiempo. Uno de mis amigos era Lynn. No se llamaba así, pero así voy a llamarlo. Lynn siempre estaba en penitencia. No lograba concentrarse en lo que pasaba en la clase, sobre todo cuando llegaba la primavera y lo que pasaba afuera lo atraía mucho mas que la lección.

Miss Spooner, nuestra maestra, no quería a Lynn. Un día. a eso de las once de la mañana, Lynn se portó mal y la maestra le dijo que fuera a encerrarse en el cuartito de los útiles hasta que ella lo sacara. Lynn obedeció, se fue al cuartito y cerró la puerta. Cuando sonó la campanilla del mediodía, Lynn salió comiendo lo ultimo que quedaba del almuerzo de la maestra. La clase se largó a reír lo que hizo enojar aun mas a la maestra. Lynn siguió haciéndolas de payaso

Para toda su vida. Nunca aprendió hasta que era demasiado tarde que la vida hay que tomarla en serio y que es necesario tomar muchas decisiones con gran cuidado y mucha oración.

Al próximo año nos matriculamos en séptimo grado, o sea, el primero en enseñanza

secundaria, pero como no cabían todos lo alumnos en el edificio, mandaron a nuestra clase del séptimo grado de vuelta a la Escuela Hamilton.

Nos sentimos rebajados; estabamos furiosos. Habíamos pasado ya seis años difíciles en esa escuela y pensábamos que merecíamos algo mejor. Los varones nos reunimos después de clase y decidimos que no íbamos a tolerar que nos trataran así. Decidimos hacer una huelga. Al día siguiente no fuimos a clase, pero no sabíamos adónde ir. No podíamos quedarnos en la casa porque nuestras madres nos descubrirían. No se nos ocurrió irnos a un cine del centro porque no teníamos dinero para cosas así. No queríamos ir al parque porque teníamos miedo de que nos viera el Sr. Clayton, el que vigilaba si alguno faltaba a escondidas. No se nos ocurrió escondernos detrás de la cerca de la escuela y contar chistes verdes porque no sabíamos ninguno. Nunca habíamos oído hablar de drogas ni de nada por el estilo. Así que caminamos sin rumbo y desperdiciamos el día.

A la mañana siguiente, Don Stearns (que en ingles se pronuncia igual que la palabra que significa severo en español) nos esperaba en la puerta de la escuela. Su apariencia hacia juego con su nombre. Nos habló sin miramientos y después nos dijo que no podíamos volver a la escuela si no traíamos una nota de nuestros padres. Esa fue mi primera experiencia con una expulsión. Nos dijo también que las huelgas no solucionaban los problemas y que se esperaba que fuéramos ciudadanos responsables y, que si teníamos una queja, debíamos ir a hablar con el director de la escuela.

No nos quedaba otra alternativa que volvernos a casa y conseguir la nota.

Recuerdo haber entrado a la casa con la cola entre las piernas. Mi madre me preguntó que me pasaba y le conté. Le dije que necesitaba una nota para volver a la escuela y ella la escribió. Fue muy breve, pero fue la peor reprimenda que me dio en su vida. Decía así:

“Estimado Señor Stearns:

Sírvase disculpar la falta de Onrdon ayer. No tuvo el valor de oponerse a la presión de sus amigos.”

La firmó y me la entregó.

Camine de vuelta a la escuela y llegue al mismo tiempo que otros muchachos. Todos le entregamos las notas a Don Stearns. No tengo idea de si alguna vez las leyó, pero nunca me olvide de la nota de mi madre. A pesar de que yo había tomado parte activa en la decisión, desde ese día me hice el firme propósito de que jamas haría algo sólo por seguir a la mayoría. Decidí allí mismo que tomaría mis propias decisiones de acuerdo con mis principios y con lo adecuado en ese momento, y que no dejaría que nadie me presionara a decidir una cosa u otra.

Muchas veces, esa decisión a sido una bendición en mi vida, ha veces en circunstancias muy difíciles. Ha evitado que hiciera algunas cosas que, si las hubiera hecho, podían haberme costado caro o por lo menos me hubieran robado el autorrespeto.

Mi padre tenia un sulky tirado por un caballo cuando yo era niño. Un día de verano de 1916 pasó algo maravilloso que nunca olvidare. Cuando papa volvió a casa esa noche, venia conduciendo un Ford T negro y brillante. Para nosotros era una maquina estupenda, aunque si la comparamos con los automóviles de ahora era rudimentario y caprichoso. Por ejemplo, no tenia arranque automático, sino que había que darle manija. Una cosa había que aprender en seguida, y era que había que evitar que el motor hiciera chispa demasiado pronto o la manivela podía romperle la mano a uno. 0 se mojaba el motor cuando llovía y no arrancaba en absoluto. De ese auto aprendí algunas cosas sencillas sobre el principio de preparase para evitar problemas. Una lona sobre el motor evitaba que se mojara, y ajustarlo para que arrancara a tiempo podía salvarle la mano a uno.

Pero lo mas interesante eran las luces. El auto no tenia batería como los de ahora. La electricidad la generaba un magneto que se cargaba con la velocidad del motor. Si el motor marchaba a prisa las luces brillaban. Si el motor iba lento las luces empalidecían. Aprendí que si uno quería ver el camino tenia que mantener el auto a buena velocidad.

Lo mismo sucede con nuestra vida. La industria, el entusiasmo y el trabajo arduo producen un resplandeciente progreso. Hay que mantenerse de pie y moverse si uno quiere tener luz en la vida. Todavía tengo la tapa del radiador del viejo Ford T de 1916. Aquí esta. Me sirve para acordarme de las lecciones que aprendí hace setenta y siete años.

Aprendí algo mas de ese auto. Ahora manejo un auto moderno, silencioso y con mucha fuerza que tiene todas las comodidades, incluso calefacción y aire acondicionado. ¿A que se debe la gran diferencia que hay entre el viejo Ford T del 1916, saltarín y ruidoso, y los automóviles de hoy en día? Este progreso se debe a que miles de personas dedicadas y capaces de dos generaciones han hecho planes y estudiado, han realizado experimentos y se han unido para lograr esas mejorías.

He aprendido que cuando la gente de buena voluntad se une para cooperar con honradez y dedicación, lo que pueden lograr no tiene limites.

En 1915 el presidente Joseph F. Smith pidió a las familias de la Iglesia que tuvieran la Noche de Hogar. Mi padre dijo que lo haríamos, que calentaríamos la sala donde estaba el piano de mi madre y haríamos lo que nos pedía el Presidente de la Iglesia.

Cuando éramos niños, a mis hermanos y a mi no nos gustaba hacer nada enfrente de los demás. Una cosa era hacer algo mientras jugábamos, pero pedirnos que cantáramos un solo enfrente de los demás era como pedirle al helado que no se derritiera con el calor de la cocina. Al principio nos reíamos y hacíamos comentarios tontos, pero mis padres insistieron y aprendimos a cantar y a orar juntos, a escuchar con atención cuando mama nos leía cuentos de la Biblia y del Libro de Mormón. Papa nos contaba cuentos de memoria. Todavía me acuerdo de una de esas historias. La encontré hace poco hojeando un libro que el publicó hace muchos años. Escuchen:

“Un muchacho y un niño iban caminando por un camino que llevaba a un campo. Al lado del camino vieron una vieja chaqueta y un par de zapatos gastados y a la distancia a su dueño trabajando en el campo.

“El niño sugirió que escondieran los zapatos para ver que cara ponía el hombre cuando volviera. El mayor, un muchacho bueno, pensó que eso no seria muy buena idea ya que el hombre debía de ser muy pobre. Después de hablar del asunto, el sugirió que pusieran en practica otro plan. En lugar de esconder los zapatos pondrían un dólar de plata en cada uno y se esconderían para ver lo que haría el hombre al descubrir el dinero. Y eso hicieron.

“Pronto volvió el hombre del campo, se puso la chaqueta y, al ponerse uno de los zapatos, sintió algo duro y encontró la moneda de plata. El asombro iluminó su rostro. Examinó el dólar una y otra vez, miró a uno y otro lado, pero no vio a nadie. Después empezó a ponerse el otro zapato y ¡cual no seria su sorpresa al encontrar la otra moneda! Se sintió tan conmovido que se arrodilló y comenzó a ofrecer en voz alta una oración de agradecimiento en la que dijo que su esposa estaba enferma e invalida y sus hijos no tenían que comer. Dio gracias fervientemente al Señor por la abundancia que le ofrecían manos desconocidas y pidió bendiciones para los que le habían dado la ayuda que necesitaba.

“Los muchachos permanecieron escondidos hasta que el hombre se marchó. Estaban emocionados por la oración que habían oído y sentían algo cálido en el pecho. Cuando se aprestaron para volver rumbo a casa, uno le dijo al otro, ‘¡No sientes algo especial!’“ (Adaptado de Bryant S. Hinckley, Not by Bread Altrne, Salt Lake City: Bookcraft, 1955, pág. 95).

De esas humildes reuniones en la sala de nuestra vieja casa surgió algo indescriptible. Se fortaleció el amor que sentíamos por nuestros padres y nuestros hermanos. Aumentó el amor que sentíamos por el Señor y creció en nuestro corazón el agradecimiento que sentíamos por las cosas simples y buenas. Esas cosas maravillosas sucedieron porque nuestros padres obedecieron el consejo del presidente de la Iglesia.

En nuestra casa sabíamos que papa amaba a mama. Esa fue otra de las grandes lecciones de mi niñez. No recuerdo haberlo escuchado nunca decir nada malo a mi madre ni de mi madre. El la animaba a participar en las actividades de la Iglesia y a cumplir con sus responsabilidades cívicas y vecinales. Ella tenia mucho talento y el la alentaba para que lo utilizara. Papa siempre trataba de que mama estuviera confortable. Los hijos veíamos que se trataban como iguales, que eran compañeros, que trabajaban juntos y se amaban y eran considerados uno con el otro, como también sabíamos que nos querían a nosotros.

Ella también animaba a mi padre y hacia todo lo que podía para hacerlo feliz. A los cincuenta años, mama contrajo cáncer y el la atendía constantemente. Recuerdo nuestras oraciones familiares y nuestros ruegos y las oraciones de el, con lagrimas en los ojos.

En aquel entonces no había seguros médicos. Papa hubiera gastado hasta el ultimo centavo para buscar una cura. En realidad gastó muchísimo dinero con ella. La llevó a Los Angeles en busca de mejores tratamientos, pero sin resultados.

De esto hace 62 años, pero recuerdo con claridad el desconsuelo de mi padre cuando bajó del tren y

saludó a sus tristes hijos. Caminamos taciturnamente por la plataforma de la estación hasta otro vagón; de allí bajaron el cajón y se lo entregaron al encargado de la empresa funeraria. Allí aprendimos un poco mas del camino y la consideración de mi padre, y eso tuvo un efecto perdurable en mi vida.

También entendí mejor el sufrimiento tan profundo que sienten los niños que pierden a su madre, pero, a la vez, que la muerte es un estado en el que se siente completa paz, sin dolor, y que no es el final del alma.

No hablábamos abiertamente de querernos unos a otros; no era necesario. Sentíamos la seguridad, la paz y la fortaleza que tienen las familias que oran juntas, que trabajan juntas y se ayudan unos a otros.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.” (Éxodo 20:12.) Yo empece a creer en ese mandamiento desde niño.

Yo pienso que es un gran mandamiento que el Señor nos dio. Si se cumpliera mas de lo que se cumple, habría mucho menos desgracia en los hogares. En lugar de criticas, acusaciones y peleas habría mas agradecimiento, respeto y amor.

Mi padre hace mucho que falleció. Yo soy padre, abuelo y bisabuelo. El Señor ha sido muy bondadoso conmigo. He tenido todas las desilusiones, los fracasos 5 las dificultades que me correspondían, pero sopesándolo todo, mi vida ha sido buena. He tratado de vivirla con entusiasmo y agradecimiento. Y he conocido la felicidad, en realidad, ¡he sido tan feliz! La raíz de todo esto fue plantada en mi niñez y cuidada en mi hogar, en la escuela y en el barrio en que me crié, donde aprendí importantes lecciones sobre la vida. Mi agradecimiento nunca va a ser suficiente.

Me duele de corazón cuando veo la tragedia de tantos hogares destruidos, hogares en los que los maridos no saben cómo tratar a las esposas, hogares en que los niños sufren maltratos y pasan a hacer lo mismo con sus hijos. Esta desgracia es innecesaria, yo lo se. La solución de nuestros problemas es obedecer el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien trajo al mundo el amor de Su Padre.

Hermanos, ¿me disculpan por haberles robado tiempo para hablar de mi mismo? No sabia cómo decirles lo que quería decirles de otra forma.

Jóvenes, hagan lo justo (véase Himnos, N° 154) y hagan el bien cuando tomen decisiones (véase Himnos, N° 155).

Padres, sean buenos hombres para que las esposas hablen de ustedes con amor y agradecimiento, y sus hijos los recuerden con gratitud eterna, lo ruego humildemente en nombre de Jesucristo. Amén.