Seamos El Viento Para El Señor

John H. Groberg

Of the First Quorum of the Seventy


John H. Groberg
“No importa cuales sean nuestras pruebas, nunca debemos decir: ‘Es suficiente’. Sólo Dios tiene ese derecho. La responsabilidad que tenemos es la de preguntar: ‘¿Que mas puedo hacer?’“

El cuarto Articulo de Fe dice: “Creemos que los primeros principios y ordenanzas del evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo”.

Si reflexionamos sobre esto, nos damos cuenta de que el primer principio-fe en el Señor Jesucristo-sirve de fundamento para todo lo demás; es decir, se requiere la fe en Jesucristo para arrepentirnos o ser bautizados o para efectuar cualquier otra ordenanza del evangelio. Jesús hizo que por medio del arrepentimiento pudiéramos salvarnos y dio significado al bautismo. Si tenemos fe en El, nos arrepentiremos y seremos bautizados. Si no nos arrepentimos o rehusamos ser bautizados o si no estamos dispuestos a guardar Sus mandamientos, es porque no tenemos suficiente fe en El. Es por eso que el arrepentimiento, el bautismo y todos los demás principios y ordenanzas no están aislados, sino que en realidad son extensiones de nuestra fe en Cristo. Sin la fe en El, es poco lo que hacemos de valor eterno. Con fe en El, nuestras vidas se concentran en llevar a cabo cosas de valor eterno.

Se requiere una fe profunda y constante en Cristo para perseverar fielmente hasta el fin de nuestra vida terrenal. Algunas veces oramos para tener la fortaleza de perseverar; no obstante, resistimos las cosas mismas que nos brindarían esa fortaleza. Muchas veces buscamos el camino fácil, olvidándonos que la fortaleza se logra cuando vencemos aquellas cosas que requieren de nosotros un esfuerzo mayor del que normalmente estaríamos dispuestos a dar. El apóstol Pablo dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Permítanme darles un ejemplo:

Hace años, cuando era un joven misionero, se me asigno trabajar en un grupo de diecisiete islas pequeñas en el Pacifico Sur. En aquel tiempo, el único medio de transporte entre las islas eran veleros. Debido a malentendidos y tradiciones, era difícil encontrar personas que estuvieran dispuestas a escucharnos. Sin embargo, un día. un miembro nos dijo que si acudíamos a determinado puerto de cierta isla, antes del atardecer del día siguiente, estaría una familia esperándonos para escuchar nuestro mensaje. ¡Que alegría nos dio oír aquello! Era como encontrar una moneda de oro.

En ese tiempo yo estaba trabajando solo, pero rápidamente encontré a otros cuatro miembros que eran hábiles marineros y que accedieron a llevarme a la isla al día siguiente.

Muy temprano al otro día. los cinco emprendimos el viaje. Una suave brisa nos hizo avanzar rápidamente a lo largo de la costa, por la apertura del arrecife, hacia la extensa expansión del enorme Océano Pacífico.

Avanzamos bastante durante unas horas, pero a medida que el sol ascendía y el velero se iba alejando mas de la costa, el viento se calmaba mas y mas hasta que dejó de soplar y nos dejó flotar sin rumbo en el tranquilo océano.

Todos saben que para llegar a cualquier lado en un velero se necesita viento. A veces hay brisas que son buenas, sin tormentas ni mares agitados, pero con frecuencia todo esto va de la mano. Los marineros no les temen a las tormentas, ya que contienen el elemento vital de la navegación: el viento. A lo que ellos le temen es al no tener viento.

Pasó el tiempo; el sol empezó a calentar mas y el mar siguió poniéndose cada vez mas tranquilo. Nada se movía. Pronto nos dimos cuenta de que a menos que algo cambiara, no llegaríamos antes del atardecer. Sugerí que oráramos y le suplicáramos al Señor que nos enviara el viento. ¡Que otro deseo mas justo podría tener un grupo de hombres? Yo ofrecí la oración. Al terminar, las cosas parecían mas tranquilas y calmas que nunca. Continuamos a la deriva.

Luego uno de los hombres de mas edad sugirió que todos nos arrodilláramos y uniésemos nuestra fe y oraciones, lo cual hicimos. Se sintió el Espíritu sobremanera, pero cuando todos abrimos los ojos, ¡no había pasado nada! No había ningún movimiento; las velas colgaban flojas e inmóviles. Incluso había cesado la leve agitación de las olas contra el costado de la embarcación. El océano parecía un mar de cristal.

Pasaba el tiempo y nos sentíamos desesperados. El mismo hombre de antes sugirió que todos nos arrodilláramos de nuevo para orar, y que cada persona se turnara para hacerlo en voz alta para todo el grupo. Ascendieron al cielo muchas oraciones bellas, suplicantes y fieles, pero cuando terminó de orar la ultima persona y todos abrimos los ojos, el sol nos quemaba con una intensidad aun mayor que antes. El océano parecía un espejo gigante; era como si Satanás se estuviese riendo y dijera: “¿Ven? No pueden ir a ningún lado; no hay viento y están en mi poder”.

Yo pensé: “Hay una familia en el puerto que desea escuchar el evangelio. Nos encontramos aquí, en medio del océano y queremos enseñarles el mensaje. El Señor controla los elementos; todo lo que se interpone entre nosotros y la familia es un poco de viento. ¿Por que no lo envía? Es un deseo justo”.

Mientras así meditaba, note que este fiel hermano mayor se dirigía hacia la parte trasera del velero. Lo observe mientras desataba el pequeño bote salvavidas, colocaba las argollas para sostener los remos y con mucho cuidado lo bajaba por el costado. Me miro y me dijo suavemente:

-Súbase.

Le respondí:

-¿Que va a hacer? ¡Apenas caben dos personas en ese botecillo!

-No desperdicie tiempo ni esfuerzo; súbase. Voy a llevarlo hasta la costa y es necesario irnos ahora mismo para llegar antes del atardecer.

Lo mire con incredulidad

-¿A dónde?

-A la familia que quiere escuchar el evangelio. Tenemos una asignación del Señor; súbase.

Yo estaba boquiabierto. Eran varios kilómetros hasta la costa. El sol era abrasador y este hombre era ya mayor; pero al ver el rostro de ese fiel hermano, sentí la intensidad de su mirada, una voluntad de hierro en su interior y una firme determinación en su voz cuando dijo:

-Antes de que se ponga el sol, usted estará enseñando el evangelio y dando su testimonio a una familia que desea escucharlo.

Yo proteste:

-Pero, mire, usted es mucho mayor que yo; si lo vamos a hacer, déjeme remar a mi.

Con la misma mirada resuelta y una voluntad anclada en la fe, el anciano respondió:

-No, déjeme a mi; súbase y no pierda mas tiempo hablando. ¡Vámonos!

Nos subimos al bote, yo en la parte delantera y el en el medio, dándome la espalda y con las piernas extendidas hasta el otro extremo.

La superficie vidriosa del océano se alteró con la entrada de este pequeño bote y pareció emitir una queja: “Este es mi territorio; sálganse”. No había el mas leve movimiento del aire, no se oía ningún ruido, excepto el rechinar de los remos y el ruido de las argollas a medida que la pequeña embarcación se alejaba del velero.

El anciano encorvó la espalda y empezó a remar con un rítmico “Uno, dos, tres. Uno, dos, tres”. Cada vez que metía el remo, parecía quebrar la superficie del espejado océano. Cada vez que levantaba los remos, el botecillo seguía avanzando, separando los cristalinos mares para abrirle camino al mensajero del Señor. Uno, dos, tres. El anciano no levantó la vista, no descansó ni habló, sino que remó hora tras hora. Los músculos de su espalda y brazos, fortalecidos por la fe y movidos por una inalterable determinación, se flexionaban en una cadencia maravillosa, como un reloj bien afinado. Era algo digno de verse. Avanzábamos quieta e inexorablemente hacia un destino inevitable. El anciano concentraba sus esfuerzos y energía en cumplir el llamamiento que tenía del Señor: de llevar a un misionero a una familia que deseaba escuchar el evangelio. Aquel día el era el viento del Señor.

En el momento en que cl sol se escondía tras el horizonte, el botecillo llegaba al puerto. Allí estaba la familia. El anciano habló por primera vez después de muchas horas y dijo

-Vaya, enséñeles la verdad; lo esperaré aquí.

Me baje, me presente a la familia, fuimos a su hogar y les enseñé el evangelio. Al testificarles del poder de Dios en esta Iglesia, en mi mente veía al anciano tongano que había remado a esta costa distante, y que me esperaba pacientemente. Testifique con un fervor como el que jamas había sentido, que Dios da al hombre y a la mujer el poder para hacer Su voluntad si tienen fe en El. Le dije a la familia: “Cuando ejercemos nuestra fe en el Señor Jesucristo, podemos hacer cosas que de otro modo no podríamos hacer. Cuando nuestro corazón esta resuelto a hacer lo correcto, el Señor nos da el poder para lograrlo”.

La familia creyó y con el tiempo se bautizó.

En los anales de la historia, pocas personas tendrán conocimiento de este incidente. Casi nadie sabrá de esta isla insignificante , de la familia que esperaba ni del callado anciano que no se quejó de estar cansado ni de que le doliera nada. Nunca dijo si tenía sed ni si lo quemaba el sol abrasador mientras remaba hora tras hora. Únicamente mencionó el privilegio de ser un agente de Dios para llevar a un misionero a enseñar la verdad a los que deseaban escucharla. ¡Pero Dios lo sabe! El le dio la fortaleza para ser el viento aquel día. y El nos dará a nosotros la fuerza para hacer lo mismo cuando sea necesario.

¿Cuantas veces nos dejamos vencer porque oramos para que haya viento y nada sucede? Pedimos cosas buenas que no recibimos, de modo que nos sentamos a esperar sin hacer nada. Siempre debemos orar para recibir ayuda, pero siempre debemos escuchar para recibir la inspiración y las impresiones para proceder de maneras diferentes de las que se nos habían ocurrido. De los cinco hombres que iban en el velero, solo uno escuchó y actuó. Dios escucha nuestras oraciones; El sabe mas que nosotros; El tiene una experiencia infinitamente mas grande que la nuestra. No dejemos de avanzar porque pensemos que hay un obstáculo en el camino o que la única puerta por la que podemos pasar esta cerrada.

No importa cuales sean nuestras pruebas, nunca debemos decir “Es suficiente”. Solo Dios tiene ese derecho. La responsabilidad que tenemos es la de preguntar: “¿Que mas puedo hacer?”, y luego escuchar la respuesta y actuar.

Nunca olvidaré a aquel anciano.

Ruego que siempre incrementemos nuestra fe en el Señor Jesucristo y la demostremos por medio de nuestras acciones. Se que El vive y nos ama; se que nos fortalece y alienta; se que nos ayuda y sana; se que nos perdona y salva. En el nombre de Jesucristo. Amén.