Las Familias Del Barrio Y De La Rama: Parte Del Plan De Nuestro Padre Celestial Para Nosotros

Virginia H. Pearce


“Les invito a amar, a querer el barrio en que se encuentren, o participar en el, disfrutar en el, aprender de el.”

Es agradable reunirnos en este ambiente edificante en presencia de miles y miles que se unen gracias a la transmisión vía satélite. Creo que nuestro Padre Celestial sabia que si bien nuestra relación con El y nuestra responsabilidad ante El son profundamente personales, nos fortaleceríamos al estar reunidas. Tenemos necesidad de que se nos recuerde a menudo que formamos parte de un gran todo al continuar realizando nuestra parte. Todos los domingos, reunidas en diversas partes del mundo, las mujeres jóvenes se ponen de pie para recitar al unísono: no “Soy”, sino “Somos hijas de nuestro Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a El. Seremos “testigos … etc.” (Lema de las Mujeres Jóvenes; cursiva agregada).

El aprender en grupo es tan importante que nuestro Padre Celestial dispuso que naciéramos en un grupo: el mas básico, el mas santo y el mas influyente de la tierra: la familia. Hemos oído buenos consejos sobre la familia en estos últimos dos días. Quisiera añadir a ello la familia del barrio o de la rama: el grupo eclesiástico básico al que todos pertenecemos como miembros de la Iglesia de Jesucristo, y hablar sobre ello. Para abreviar, emplearé el termino “barrio” para referirme a los barrios y a las ramas, puesto que los dos sirven los mismos fines. Los barrios no tienen por objeto reemplazar la unidad de la familia, sino apoyar a esa institución y a sus rectas enseñanzas. El barrio constituye otro lugar en el que hay suficiente dedicación y energías para tomar una especie de familia protectora para cada uno de nosotros cuando nuestras familias no pueden proporcionarnos o no nos proporcionan todas las enseñanzas que precisamos para volver a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Es mi deseo y mi oración que durante los minutos que siguen aumente nuestro reconocimiento de la influencia que tiene sobre nosotros la familia del barrio y que renovemos nuestra promesa de tomar parte activa en esa comunidad de santos.

La familia del barrio es como el hogar. Robert Frost dice en su poema: “La muerte del labriego” (Death of the Hired Man”):

“El hogar es el sitio en el que,
cuando tienes que ir a el,
tienen que recibirte”.
“Debiera decir que
es algo que no tienes que ganarte.

El barrio es algo que no tienes que ganarte. El ser miembros de la Iglesia de Jesucristo nos da ese hogar. En el barrio, al igual que en la familia, toda persona es diferente y valiosa. Pablo dijo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres … el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:13–14). Nuestro Salvador dijo que nos reuniéramos con frecuencia y que no prohibiéramos a nadie estar con nosotros. (Véase 3 Nefi 18:22.)

Hace varios meses, cuando visitábamos a nuestros hijos en otro estado, lleve a mi nieto de dos años y medio de edad de la capilla a la guardería. Al caminar el con energía por el pasillo, por lo menos cinco personas lo llamaron por su nombre -adolescentes, niños y adultos-: “Hola, Benjamín”… ¡Que tal, Benjamín!”… “Buenos días, Benjamín”. Me sentí llena de gratitud porque Benjamín esta aprendiendo que el, como persona, pertenece a la familia del barrio. A lo largo de su vida, la familia del barrio hará por el lo que su familia sola no puede hacer.

En la conferencia de abril de 1992, la Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, Janette C. Hales, pidió a los miembros adultos que “aprendieran el nombre de los jóvenes de sus barrios y ramas, y los llamaran por su nombre” (véase Ensign, mayo de 1992, pág. 80). Hoy, yo quisiera ampliar esa invitación, invitándolos a ustedes, jóvenes y jovencitas, a aprender el nombre de los adultos y de los niños. Venzan su timidez natural y saluden al mayor numero posible de personas llamándolas por su nombre todas las semanas. Nuestros barrios serán lugares mejores si, al igual que Benjamín, todos oyen su propio nombre cuatro o cinco veces en el trayecto entre la capilla y el salón de clases. Todos podemos hacer eso realidad.

La familia del barrio infunde tranquilidad y presta atentos oídos. Alguien ha dicho que las personas prefieren que se les comprenda a que se les quiera. En verdad, la forma mas segura de aumentar nuestro afecto hacia alguien es escucharle con paciencia y con respeto. Creo que nuestro convenio bautismal supone el hacer eso. ¿Como podremos “llorar con los que lloran [y] llevar las cargas de unos y de otros” (véase Mosíah 18:9, 8) si no escuchamos para saber cuales son esas cargas?

El hablar en sí nos sirve para analizar, afianzar o descartar nuestras ideas. Y sentimos consuelo cuando los demás nos escuchan sabiendo que lo que decimos no son conclusiones irrevocables sino expresiones dichas al azar para alcanzar una comprensión mas clara de lo que nos ocurre.

Pero debemos tener cuidado de no escuchar como Laman y Lemuel se escuchaban el uno al otro, pues se instaban mutuamente a murmurar. Cuando algunos miembros del barrio se quejen, culpen a otros y repitan cuentos negativos, ejerzamos la autodisciplina para no echarle mas lena al fuego de su descontento. El murmurar entre dos es un fuego lento que puede arder en grandes llamaradas y destruir un barrio.

La familia del barrio nos da aliento. El segundo hijo de Becky y de Danny nació prematuro. Al recordar los días, y luego las semanas y los años en que cuidó a un niño gravemente enfermo, Becky dijo: “Era difícil para mi madre vernos lidiar con esa situación, y deseaba aliviar mi carga. Vivíamos entonces en un lejano estado; mama me llamaba por teléfono y se sentía impotente al escuchar nuestra diaria batalla. Un día. me dijo: ‘Becky, no se como vas a salir adelante, pero estoy segura de que lo lograrás. El animo que me infundió entonces fue un nuevo punto de partida para mi.

Como familia de un barrio, podemos dar el tipo de aliento que Becky recibió de su madre.

Cuando mis amigos expresan su confianza en mi, sobre todo cuando me siento atrapada por circunstancias difíciles, cobro renovados bríos. El que los miembros del barrio me expresen la confianza que me tienen vale mas que el que me lleven regalos o comidas.

Una madre de familia estaba ocupada cocinando cuando su hijito entro corriendo en la cocina y le dijo: “Mama, ¿quieres jugar conmigo a los dardos?” El “espera un minuto” no satisfizo al pequeño, así que la madre lo siguió escaleras abajo. Al llegar al cuarto de juegos, ella le dijo: “Pero si yo no se las reglas del juego ni siquiera como se juega”. “No es difícil, mama”, le dijo el chico sonriendo, y añadió: “Yo me quedo aquí y lanzo los dardos y tu te quedas allí y dices: “‘¡Muy bien, muy bien!’“ Es fácil de recordar, ¿verdad?

Los “muy bien, muy bien”, las notas, el saludo afectuoso, los abrazos, todos ellos hacen mucho bien en el barrio. Los comentarios favorables cambian el proceder para bien mientras que la critica estabiliza el proceder indebido e impide el cambiar.

George Eliot, la novelista inglesa del siglo diecinueve, dijo “¢Para que vivimos si no es para hacernos la vida menos difícil los unos a los otros?” (George Eliot, Middlemarch, Penguin Books, Londres, Inglaterra, 1965, pág. 789). Nos haremos la vida menos difícil los unos a los otros si hacemos de nuestro barrio un lugar emocionalmente mas seguro: siendo amables, aceptando a los demás, siendo tolerantes, brindado apoyo y haciendo comentarios favorables. Los que enseñamos a niños y jóvenes tenemos la responsabilidad especial de insistir-con delicadeza y con bondad-en que los miembros de la clase, en su hablar y en su proceder muestren respeto por los demás. A nadie se le debe menospreciar ni hacer sentir menos de lo que es dentro de las paredes de un salón de clases de la Iglesia.

La familia del barrio es un refugio. Conozco a un matrimonio joven con una criatura de brazos que vivía en el sur de Los Ángeles [California, Estados Unidos] durante los violentos sucesos del verano de 1992. Al sentir el calor de los incendios, aterrorizados en su pequeño apartamento, telefonearon a sus padres a Salt Lake City, y sus familiares les dieron aliento y les dijeron que oraban por ellos, pero era todo lo que podían hacer desde tan lejos. Fue un miembro del barrio que se encargó de sacarlos de allí para que estuviesen a salvo, y permanecieron en casa de otros miembros hasta que les fue posible volver a su apartamento.

Multipliquemos ese caso por todas las crisis naturales y civiles. Obispos y lideres de quórum averiguando cómo se encuentran las familias después de huracanes, miembros llevando alimentos y mantas … no importa dónde vivamos ni que clase de caos ocurra, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sí permanecerá organizada y el orden sí prevalecerá: los barrios y las “estacas de Sión” serán un “refugio contra la tempestad” (D. y C. 115:4, 6).

La familia del barrio nos brinda la oportunidad de dar. No hay limites para dar de nuestro tiempo y de nuestros talentos. Es de esperar que demos dondequiera que estemos, y el barrio nos proporciona un buen terreno de capacitación.

Tras haber vivido veinte años en el mismo barrio, me case y nos mudamos a una ciudad distante, donde mi marido prosiguió sus estudios. La gente era amistosa, pero yo era tímida por naturaleza y no me sentía cómoda. Un domingo por la mañana, me levante de mi asiento, invariablemente en los bancos de atrás de la capilla y, al volverme para ir a la Escuela Dominical, un miembro del obispado me saludó sonriendo y me dio la mano. El hermano Goates era uno de los muchos que se habían esforzado por acogernos con afecto. Al estrecharme la mano, me dijo: “Virginia, ¡deje los asientos de la ultima fila y deje de pensar en usted misma!”

Al instante, vi las cosas de otra manera. El tenía razón, pero yo no sabia a ciencia cierta como dejar de pensar en mi misma. No obstante, al pasar las semanas, el aceptar un llamamiento me sacó automáticamente de la ultima fila, haciéndome pensar en los demás y no sólo en mi misma. Mi comodidad y mi confianza crecieron en la misma proporción. Los llamamientos y las tareas que se nos asignen constituyen formas fáciles de interesarnos por los demás. Paradójicamente, al concentrarnos en las necesidades de los demás, las nuestras dejan de obsesionarnos tanto.

La familia del barrio constituye un laboratorio en el cual aprender y practicar el evangelio. Una maestra de HLJ B enseñó una lección sobre el ayuno. Después de hablar con los padres de los niños de su clase, concertó una hora para visitar al hermano Dibble, un miembro del barrio que estaba muy enfermo. Durante la visita, la hermana McRae le explicó a este que la clase había aprendido en la Primaria acerca del ayuno, que la mayoría de los niños nunca habían ayunado, pero que deseaban ayunar y orar por el siguiente domingo. Con lágrimas en los ojos, el hermano expresó con afectuosas palabras su gratitud … por ellos, por el evangelio y por el principio del ayuno. Llegado el domingo, tras haber ayunado, la hermana McRae y los niños de su clase se arrodillaron juntos en la sala de clase, oraron por el hermano Dibble y terminaron el ayuno.

Siempre he pensado que, para que las personas de veras aprendan algo necesitan mas que una explicación: necesitan vivir la experiencia. Alma enseñó ese principio al instar a “experimentar con la palabra” (véase Alma 32:17).

Los niños de la clase de la hermana McRae recibieron la explicación y vivieron la experiencia; aprendieron y pusieron en practica la doctrina del ayuno en el espléndido laboratorio del aprendizaje del evangelio: su barrio.

Al igual que a la clase de la hermana McRae, a las jóvenes se les enseñan los principios del evangelio en su clase dominical. Se les invita a “experimentar con la palabra” al participar en las actividades de los Valores que se encuentran en su libro de Progreso Personal. Ellas siguen el mismo procedimiento, vale decir, se les da una explicación y luego la llevan a la practica.

Nuestro Padre Celestial espera que participemos en nuestros barrios. Ello es parte del plan. ‘!Pero, hermana Pearce”, tal vez estén pensando, “usted tiene un concepto muy idealista de un barrio … mi barrio no es así”.

¿Quieren decir que en su barrio hay personas reales? Personas egoístas o que se creen mejores que los demás, sin preparación, etc.?¡Pues cuanto me alegro! ¿Como podría ser un verdadero laboratorio para practicar los principios del evangelio como la paciencia, la longanimidad, la caridad y el perdón si no hubiera personas ni situaciones que hicieran preciso el uso de esos principios? El milagro de todo ello es que somos personas reales puestas en una ingeniosa estructura, diseñada por Dios, para ayudarnos a llegar a ser como El.

Les invito a amar, a querer el barrio en que se encuentren, a participar en el, disfrutar en el, aprender de el.

Todos podemos anhelar que nuestro barrio o rama sea como Sión y, en seguida, esforzarnos por que lleguen a serlo.

Doy testimonio de que la familia de los barrios y de las ramas forman una parte hermosa del plan de nuestro Padre Celestial. Ruego que les demos su debido lugar en nuestra vida para que podamos progresar y al fin volver a Su presencia, y lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.