Las Decisiones

Gerald E. Melchin


“El contar con la ayuda del Señor para tomar decisiones depende de los mismos principios que condujeron al Profeta a la Arboleda Sagrada y al Salvador al Jardín de Getsemaní.”

Agradezco la oportunidad de estar aquí con ustedes en la conferencia general y agregar mi agradecimiento y apoyo a los que acaban de ser. llamados como Autoridades Generales, al obispo Hales y a los demás hermanos.

Durante los últimos meses en que mi esposa y yo hemos estado prestando servicio juntos en el Templo de Toronto, hemos vivido las experiencia, mas espirituales de nuestra vida. Tenemos la bendición de contar con dos consejeros maravillosos y con sus respectivas compañeras, además de los abnegados obreros de las ordenanzas, algunos de los cuales están cumpliendo una misión regular. El area en la que servimos cubre una variada gama de culturas, y miembros procedentes de todas las naciones del mundo, que hablan idiomas diferentes, comparten con nosotros sus sentimientos mas profundos cuando reciben la investidura.

Con frecuencia pienso en las circunstancias que se suscitaron y en las muchas decisiones que fue preciso tomar y que nos llevaron a reunirnos en ese santo lugar. Nunca me he detenido a contar la cantidad de decisiones que debo tomar todos los días, pero si se que es un proceso constante. Hay una definición que dice que “una decisión es llegar a una solución que pone fin a la incertidumbre”. Y es precisamente la incertidumbre lo que hace tan difícil el tomar decisiones. Cuando las tomamos a la ligera o sin considerar los posibles resultados, quizás nos encontremos en la situación de desear tener la habilidad de retroceder en el tiempo.

Hace un tiempo, estaba mirando la ópera titulada “El hechicero”, que trata de un príncipe y una princesa que estaban preocupados porque había muy poca gente casada en el reino (suena familiar, )verdad?. Entonces hablaron con un hechicero para que preparara una poción que hiciera que las personas se quedaran dormidas y que, al despertar, se enamoraran de la primera persona que vieran. Se invitó a todos los solteros a un banquete en el cual se sirvió la poción. El plan dio sus frutos, pero de mas esta decir que hubo parejas muy disparejas. El príncipe y la princesa se alarmaron al ver el resultado y se dieron cuenta de que esa no era la solución al problema.

Lehi dio la respuesta a situaciones como estas cuando dijo:

“Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por si mismo. De modo que el hombre no podía actuar por si a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” (2 Nefi 2: 16) .

Esa es la libertad que el Señor deseaba preservar para nosotros.

Una de las decisiones mas importantes que se haya tomado en esta dispensación fue la que tomó José Smith, cuando era un jovencito. Un sobrino mío pintó un cuadro que luego reprodujo en un mural del edificio de Institutos de Logan al que tituló “La arboleda le esta esperando”, que representa a un jovencito dirigiéndose a la Arboleda Sagrada. Me pregunto )que habrá pensado José Smith que le esperaba en aquella hermosa mañana primaveral? Su decisión de ir a aquel lugar se basó en el deseo que tenía de saber la verdad, en su fe y en su obediencia al consejo del Señor. La experiencia que José Smith tuvo e la arboleda fue de una magnitud mucho mayor de lo que el pudo haber imaginado, y ha repercutido en la vida de todos nosotros. Al tomar decisiones en la vida, debemos basarnos en los mismos principios que el siguió cuando fue a la arboleda.

Hubo Alguien mas que se dirigí a una arboleda, cientos de años antes de la época de José Smith. Aunque El previamente había hablado sobre el sacrificio que iba hacer, es posible que no hubiera percibido en su totalidad la magnitud de lo que le estaba esperando. Pero se sometió a ello, sabiendo que tenía poder sobre la vida y la muerte y que podía recurrir a los ángeles para que le ayudaran. Habló de que estaba “muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38), y describió ese padecimiento diciendo que hizo que El “temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). Pero fueron Su amor y Su obediencia al Padre lo que le permitió decir a Pedro:

“¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:54 )

El cumplió la misión para la cual fue preordenado y abrió la puerta de salvación y de vida eterna para todos.

Nosotros también nos acercamos a una arboleda de incertidumbre mientras esperábamos venir a esta tierra, y debemos de haber sentido una gran ansiedad y temor al alejarnos de nuestros seres queridos y salir de nuestra existencia premortal. Cuando uno de los seguidores de Espartaco (esclavo romano) le preguntó si tenía miedo a la muerte, este le contestó: “No mas del que tuve al nacer”. Nuestros profetas confirman el hecho de que nuestra vida premortal fue también un período de prueba en el que teníamos la libertad de escoger por nosotros mismos. Alma dice que fue por causa de nuestra fe excepcional y de nuestras buenas obras que se nos otorgó el derecho de recibir el sacerdocio (véase Alma 13:3).

Hay otra arboleda que nos esta esperando a cada uno de nosotros a la que se le llama muerte. Aunque no es optativa y nos vemos obligados a aceptarla, lo que nos espere allá dependerá de las decisiones que tomemos aquí en la tierra. Al igual que el Salvador, sabemos que debemos pasar por ella, pero no tenemos una total comprensión de lo que nos espera allá. Seria de imaginar que toda persona buscaría toda la información que le fuera posible a fin de prepararse para lo inevitable. Sin embargo, hay quienes se dejan arrullar con un sentido de seguridad, haciendo caso omiso a la advertencia del Señor cuando dijo que “sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne” (D. y C. 84:21). Es preciso que se produzca un cambio dentro de nosotros por medio de la santificación que sólo se lleva a cabo por medio de la obediencia a las leyes y del cumplimiento de las ordenanzas.

El Señor mandó a Moisés que construyera un tabernáculo en el desierto y una Casa Santa en la tierra de promisión a fin de que a ellos se revelaran las ordenanzas que habían estado ocultas desde antes que el mundo fuese (véase D. y C. 124:38). A José Smith se le dijo que construyera una Casa para el Señor para que se restauraran las ordenanzas que se habían perdido o que se habían retirado. Si meditamos sobre los muchos pasajes de las Escrituras que están a nuestro alcance, llegaremos a la conclusión de que la plenitud de las bendiciones del Señor se encuentra dentro de las paredes del templo. Es allá donde nos preparamos para ir a la arboleda mas importante de todas, donde se recibe la promesa de un compañero y una familia eternos, donde “todo lo que mi Padre tiene le será dado” (D. y C. 84:38). Aunque no comprendamos el significado de esas bendiciones, este es el momento de tomar la decisión de hacernos dignos de recibirlas.

Las puertas del templo nos abren la oportunidad de muchas experiencias. El creciente numero de registros de historias familiares que se han recopilado en nuestras computadoras pronto llegara a ser una parte considerable de la obra que se realiza en los templos. Esos registros nos harán participes de otras ordenanzas que nos proveerán experiencias inesperadas. Si vamos al templo en grupo con nuestra familia, amigos o miembros del barrio para hacer la obra del templo por nuestros antepasados, juntos pasaremos momentos muy espirituales y maravillosos. He visto el efecto que esto ha tenido en conversos que han ido al templo por primera vez con amigos, llevando consigo hojas de grupo familiar para completar las ordenanzas en la sala de sellamientos. También se nos puede llamar como obreros de ordenanzas para las excursiones de barrios y estacas, y esa participación nos hace valorar mas el templo. En la sección 109 de Doctrina y Convenios, leemos:

“Y para que todas las personas que pasen por el umbral de la casa del Señor sientan tu poder y se sientan constreñidas a reconocer que tu la has santificado y que es tu casa, lugar de tu santidad” (D. y C. 109: 13) .

El contar con la ayuda del Señor para tomar decisiones depende de los mismos principios que condujeron al Profeta a la Arboleda Sagrada y al Salvador al Jardín de Getsemaní. Hay momentos en que desearíamos que la vida fuera una excursión en la que se nos guiara sin tener que preocuparnos por los detalles de la jornada ni por llegar sanos y salvos. Hace poco vi en una tienda un aparato que se llamaba “Decisiones automáticas para ejecutivos”; se apretaba un botón y una luz intermitente indicaba respuestas como “Sin dudas”, “Nunca” o “~Por que no?” )Podemos darnos el lujo de dejar nuestro futuro librado al azar cuando el Señor nos. insta a pedir, a buscar y a llamar? (véase Lucas 11:9).

Lamentablemente, tomamos decisiones que son de vital importancia cuando no tenemos experiencia suficiente; nuestro deseo de libertad puede ser peligroso si no nos hemos guiado por las pautas debidas. El libro Mitología, de Edith Ham, cuenta el relato de un niño llamado Icaro y su padre. Prisioneros en la isla de Creta, hicieron un par de alas de plumas pegadas con cera; tenían la esperanza de salir volando y obtener la libertad, y el niño fue el primero en probarlas. Su padre le advirtió que no se acercara demasiado al sol, porque corría el riesgo de que la cera se derritiera. Icaro se entusiasmó tanto con su nueva independencia que voló demasiado alto; la cera se derritió, las alas se desarmaron y el niño cayó al mar y murió. Si no ejercemos control sobre nuestra libertad, arriesgamos nuestro futuro. (Nueva York: New American Library, 1969, págs. 139-140.)

Nuestra decisión principal debe ser el esforzarnos por obtener un testimonio del evangelio y por aumentar nuestra fe en el Señor Jesucristo.

Tal como vemos en las siguientes palabras, El es un Padre amoroso que se preocupa por nosotros:

“He aquí, escuchad, oh elderes de mi iglesia que os habéis congregado, cuyas oraciones he oído, cuyos corazones conozco y cuyos deseos han ascendido a mi” (D. y C. 67:1).

El no nos abandonará cuando tomemos decisiones, porque ha prometido: y “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18).

Es precisamente ese Consolador, que es cl espíritu de revelación, el que nos confirma toda verdad.

Agradezco el privilegio de servir al Señor y ese espíritu que me ha llegado al alma. Agradezco mi maravillosa compañera y mi fiel familia, y dejo mi testimonio con ustedes y con ellos sobre la divinidad de esta obra y de nuestro Señor Jesucristo, que la guía, la dirige y la preside. En el nombre de Jesucristo. Amen.