Salvemos A Los Niños

B. Hinckley


“Dios nos bendiga para que los tengamos presentes, para que los ayudemos y los guiemos al caminar ellos por senderos peligrosos; para que oremos por ellos, para que seamos una bendición para ellos, para que los amemos.”

Mis hermanos y hermanas, me ha correspondido el deber de dirigirles la palabra al dar comienzo a esta sesión.

Busco la orientación del Santo Espíritu. Siento sobre mí la enorme responsabilidad del dar un mensaje a cientos de miles de Santos de los últimos Días, quizá a millones, de todo el mundo.

Les agradezco la amable acogida que nos brindan dondequiera que nos reunamos con ustedes. No creo merecer tanta bondad. Ustedes nos escriben cartas de agradecimiento que nos alientan. Ustedes procuran vivir el evangelio y criar a sus hijos en la luz y la verdad; ustedes son Santos de los últimos Días de verdad, y yo me siento profundamente agradecido por la oportunidad de ser uno con ustedes y de participar de su hermandad y su afecto.

Hace poco, mi esposa y yo participamos en una conferencia regional que se realizó en Rexburg, Idaho. Como no habíamos ido al “Yellowstone National Park” (Parque Nacional Yellowstone) desde hacía muchos años, decidimos ir a la conferencia en automóvil y regresar a casa el lunes siguiente por la ruta de “Yellowstone”.

En 1988, hubo allí gigantescos incendios de bosques. Todos los días los medios de comunicación daban gráficos informes de la intensidad de los incendios que avanzaban vertiginosamente arrasando miles de acres y destruyendo millones de árboles. Las llamas por fin se consumieron y la gente literalmente lloró de tristeza al ver la devastación de los bosques y los innumerables troncos de los pinos quemados que quedaron erguidos como solemnes indicadores de tumbas de un atestado cementerio.

Pero cuando visitamos el lugar hará un mes, vimos algo fascinante. Los troncos de los pinos muertos todavía están en pie, pero entre los ennegrecidos restos han brotado nuevas plantas que suman millones.

Evidentemente, al llegar el fuego a la cima de los pinos, las piñas de éstos estallaron, esparciendo las semillas por el suelo. Y así, hay ahora una nueva generación de árboles, jóvenes y hermosos, y llenos de promesa. Los árboles viejos al fin caerán y los nuevos crecerán muy altos hasta formar un bosque de gran belleza y utilidad.

Al conducir por allí, pensé en las maravillas de la naturaleza, en el ritmo de nuestra vida, en que envejecemos, y en que yo me cuento entre los que han envejecido. Nuestra vitalidad y nuestras energías disminuyen. Pero viene una nueva generación … que son los niños. Estos también son hijos e hijas de Dios cuyo momento de venir a la tierra a ocupar su lugar les ha llegado; son como los nuevos arbolitos de aquel parque: jóvenes, tiernos, sensibles, hermosos y llenos de promesa.

Como lo dijo Tagore, el poeta de la India: “Todo niño llega al mundo con el mensaje de que Dios todavía no ha perdido el interés por el hombre” (Charles L. Wallis, ed., The Treasure Chest, New York: Harper and Row, 1965, pág. 49).

Los niños son la promesa del futuro: son el futuro mismo. Lo trágico es que muchos nacen para llevar una vida de dolor, de hambre, de temor, de inquietud y de estrecheces. Los niños llegan a ser la víctimas, en tantos, santísimos casos, de la crueldad del hombre para con el hombre. Hace unos meses los vimos en la pantalla del televisor: los niños de Somalia, con el vientre hinchado y, en sus ojitos, la mirada de la muerte. Más recientemente, los hemos visto en Ruanda, víctimas del feroz cólera y del hambre implacable. Incontables son los que han muerto.

Ellos habían sido la promesa de una nueva y mejor generación en esos países, donde las enfermedades, la desnutrición, las balas y el descuido los han arrasado como a tiernas plantas ante la afilada hoja de la hoz.

¿Por qué son los hombres tan malvados que originan las causas que llevan a tan horroroso conflicto fratricida? Grande, creo, será su tribulación en el Día del Juicio cuando tengan que comparecer ante el Todopoderoso acusados del sufrimiento y la destrucción de esos pequeñitos. Estoy agradecido por las personas bondadosas y generosas de diversos credos y religiones de todo el mundo cuyo corazón se ha con, movido de compasión, muchas de las cuales dan pródigamente de su substancia, de su tiempo y aun de su presencia para ayudar a los que se encuentran en tan atroz aflicción. Estoy agradecido porque, como Iglesia, hemos aportado en forma considerable, como lo indicó anoche el presidente Monson, al enviar medicinas, alimentos, ropa y mantas para abrigo y refugio a los que sufren de manera tan espantosa, y, en particular, a los niños que, de otro modo, ciertamente morirían.

¿Por qué deben sufrir tanto en santísimos sitios? Sin duda, Dios, nuestro Padre Eterno, debe de llorar al ver el maltrato de que son víctimas Sus pequeñitos, porque estoy convencido de que ellos ocupan un lugar especial en Su gran plan. Ese lugar quedó confirmado cuando su Hijo, el Salvador del mundo, recorrió los polvorientos caminos de Palestina.

“Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron.

“Mas Jesús … dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.

“De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lucas 18:15–17).

¡Qué grande es nuestra responsabilidad!, y qué serio el deber de todo cristiano y de los hombres y las mujeres de buena voluntad de todas partes de tender la mano para aliviar la difícil situación de los niños que sufren, para aminorar la desesperación en que viven.

Desde luego, ese sufrimiento no es nuevo. Pestes en los pasados siglos arrasaron continentes enteros. La guerra ha causado la muerte de millones de inocentes. Se ha comerciado con los niños; amos malvados los han usado como instrumentos; pequeños han trabajado en minas de carbón durante largas horas y día tras día en las tenebrosas y frías profundidades de la tierra; niños han realizado trabajos forzados y han sido explotados como mercancías baratas.

Sin duda, después de todos los hechos que hemos leído, después de todo el sufrimiento que se nos ha hecho presente, después de toda la explotación de que estamos enterados, podremos hacer más de lo que al presente estemos haciendo con el fin de cambiar las difíciles condiciones que condenan a millones de niños a llevar una vida que conoce poco o nada de la felicidad, que es trágicamente breve y que está llena de dolor.

Y no hace falta viajar al otro lado de la tierra para hallar a niños que lloran. Innumerables menores claman con temor y soledad por las malas consecuencias de la transgresión moral, el descuido y el maltrato. Hablo con claridad, quizá con falta de delicadeza; pero no sé de qué otro modo dejar en claro un asunto que me acongoja intensamente.

Uno de los problemas principales de hoy es el común fenómeno de las niñas que tienen niños, hijos sin padre. En la mente de muchos hombres jóvenes, y de algunos no tan jóvenes, existe la idea de que no hay relación entre el engendrar un hijo y el asumir la responsabilidad de la vida de ese hijo de allí en adelante. Todo hombre joven debe saber que, cuando se engendra un hijo fuera del vínculo matrimonial, ello es el resultado de la violación de un mandamiento de Dios que se remonta por lo menos hasta la época de Moisés. Además, debe saberse con claridad y comprenderse sin asomo de duda que la responsabilidad es inevitable y que el peso de ella continuará a lo largo de toda la vida. Aunque las costumbres de nuestra sociedad contemporánea se hayan desmoronado hasta el punto de que la transgresión sexual no se considera un pecado grave o de que se considera aceptable, llegará el día en que debamos dar cuenta ante el Dios de los cielos de todo lo que hayamos hecho al violar Sus mandamientos. Creo, además, que tina sensación de responsabilidad debe pesar con fuerza en algún momento sobre la conciencia de todo hombre que haya engendrado un hijo y que después haya abandonado su deber de cuidar de él. Debe de detenerse a pensar a veces qué habrá sido del hijo que engendró, del niño o de la niña que es carne de su carne y parte de su alma.

Las cargas que debe sobrellevar la joven que tiene que criar sola a su hijo son increíblemente pesadas y absorbentes. Son igualmente pesadas sobre la sociedad por conducto de los impuestos que se recaudan para satisfacer las necesidades de esos niños y de sus madres.

En los Estados Unidos, “en los seis años transcurridos entre 1985 y 1990, se calcula que los gastos público relacionados con las adolescentes que tuvieron hijos sumaron más de ciento veinte mil millones de dólares …

“De esas jóvenes madres solteras, el 73 por ciento se acogerá al programa de asistencia social dentro de cuatro años [lo cual es casi tres de cada cuatro].

“En 1991 los gastos federales y estatales de ayuda a familias con niños menores … sumaron veinte mil

millones de dólares, más los gastos administrativos de dos mil seiscientos millones de dólares” (Starting Points: Meeting the Needs of Our Youngest Children, Nueva York: Carnegie Corporation, abril de 1994, pág. 21).

Baste decir que los obstáculos a que se enfrentan los niños que nacen y se crían en tales circunstancias son enormes, por no entrar en mayores detalles.

La respuesta es sencilla y directa; consiste en obedecer los principios del evangelio y las enseñanzas de la Iglesia, y reside en la autodisciplina.

Quisiera que todos los jóvenes comprendieran eso y lo pusieran en práctica. Habría mucho menos sufrimiento y pesar. Su importancia es extraordinaria porque las consecuencias son muy serias y muy duraderas.

Comprendo que pese a toda la enseñanza que se imparta, habrá quienes no escucharán ni obedecerán y que, con obstinación y desobediencia, harán lo que les dé la gana sólo para descubrir, con alarma y consternación, que van a ser padres, siendo ellos mismos apenas un poco mayores que los niños que van a traer al mundo.

El aborto no es la respuesta, ya que sólo complica el problema, puesto que es un escape maligno y repulsivo que algún día traerá pesar y remordimientos.

El matrimonio es lo más honorable: significa hacer frente a la responsabilidad, significa dar al hijo un nombre y padres que juntos lo criarán, lo protegerán y le darán cariño.

Cuando el matrimonio no es posible, la experiencia ha demostrado que la adopción, por difícil que sea para la joven madre, puede brindar a la criatura muchas más oportunidades de llevar una vida feliz. juiciosos y expertos consejeros profesionales y los obispos prestarán ayuda en esas circunstancias.

En seguida, existe el espantoso, inexcusable y maligno hecho del maltrato físico y del abuso sexual.

Eso es innecesario, es indebido e inaceptable.

En lo que respecta al maltrato físico, nunca he aceptado la máxima que dice “si no azotas al niño, lo malcriarás”. Estaré agradecido para siempre por mi padre que nunca alzó la mano a sus hijos; poseía el admirable talento de hacerles saber lo que se esperaba de ellos y de atentarlos para que lo hicieran.

Estoy convencido de que un padre violento origina hijos violentos; soy de la opinión de que el castigo físico, en la mayoría de los casos, hace más daño que bien. Los niños no necesitan golpes, sino que necesitan amor e incentivos; necesitan un padre al que puedan mirar con respeto y no con temor. Sobre todo, necesitan el buen ejemplo.

Hace poco leí la biografía de George H. Brimhall, que fue rector de la Universidad Brigham Young. Refiriéndose a él, alguien dijo que “había criado a sus hijos con la caña: la caña de pescar” (Rii),iiiond Brimhall Holbrook and Estliei-Hamilton Holbrook, The Tall Pine Tree: The Life and Work of George H. Brimhall, no figura el lugar de la publicación, 1988, pág. 62). Eso lo dice todo.

Y además existe la terrible y perversa práctica del abuso sexual. Excede la capacidad de comprensión. Es una afrenta a la decencia que debe existir en todo hombre y en toda mujer. Es la violación de lo que es sagrado y divino. Es destructivo en la vida de los niños. Es reprobable y digno de la más rigurosa condenación.

¡Qué vergüenza para el hombre o la mujer que abuse sexualmente de un niño! El que lo hace no sólo ocasiona el peor de los perjuicios, sino que está condenado ante el Señor.

El mismo Maestro dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Sus palabras son rigurosas y elocuentes.

Si alguno de los que me estén escuchando fuese culpable de tal práctica, le insto con todas las fuerzas de mi alma a ponerle fin, a alejarse de ella de inmediato, a conseguir ayuda, a suplicar perdón al Señor y a compensar a los que haya ultrajado. Dios no será burlado en lo que toca al abuso de Sus pequeñitos.

Cuando el Señor resucitado apareció en este hemisferio y enseñó a la gente, el registro dice que, cuando les hubo hablado, “… lloró… y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo” (3 Nefi 17:21–22).

No hay cuadro más tierno ni más hermoso en todas las Santas Escrituras que el que representan esas sencillas palabras que describen el amor del Salvador por los niños pequeños.

De todas las alegrías de la vida, ninguna se iguala a la de ser padres felices. De todas las responsabilidades que debemos cumplir, ninguna otra es tan seria. Criar a los hijos en un entorno de amor, de seguridad y de fe es el más grato y el más valioso de los deberes. El buen resaltado de esa labor viene a ser la más satisfactoria compensación de la vida.

El presidente Joseph E Smith dijo en tina ocasión: “Al fin y al cabo, el hacer bien las cosas que Dios dispuso fuesen la suerte común de todo el género humano constituye la nobleza más auténtica. Lograr el éxito como padre o como madre es superior a lograr el éxito como general o estadista. Una es grandeza universal y eterna, la otra, es efímera” (Doctrina del Evangelio, pág. 279).

Estoy convencido de que ninguna otra experiencia de la vida nos acerca más al cielo que la que viven padres felices con hijos felices.

Mi súplica —y cuánto desearía ser más elocuente para expresarla— es el ruego ferviente de salvar a los niños. Demasiados de ellos viven con dolor y temor, en la soledad y en la desesperación. Los niños necesitan la luz del sol; necesitan felicidad; necesitan amor y cuidado; necesitan bondad, alimento y cariño. Todo hogar, no importa lo que cueste la vivienda que lo cobije, puede proporcionar un ambiente de amor que sea un ambiente de salvación.

Para concluir, quisiera leerles parte de una carta que recibí el otro día y que describe la clase de hogar a que me refiero. Dice:

“He pensado escribirle para decirle que la vida es buena. A través de la ventana contemplo las hermosas montañas, el manzano del patio posterior cargado de fruta casi madura, dos palomas que se arrullan, a las que hemos dado de comer todo el verano y … las condiciones del tiempo, que por fin ha refrescado.

“Mi esposo y yo estamos casados desde hace veintiséis años, tenemos cinco hijos maravillosos, dos yernos y un hogar tranquilo y feliz. Me asombra el amor que nos da el Señor, el cual entreteje nuestro matrimonio y nuestra familia como una hebra. No tengo nada de qué quejarme; la mayoría de mis ayunos son de acción de gracias.

“Mi marido está en la presidencia de la estaca … y yo enseño la clase de Doctrina del Evangelio. Siempre hemos trabajado en la Iglesia y siempre ha sido un placer hacerlo. Disfrutamos del evangelio y es espléndido ver a nuestros hijos crecer y hacer lo mismo.

“Sólo deseaba hacerle saber que grande es el amor, el regocijo, el contento, la alegría y la gratitud que tenemos en nuestra vida’ ‘“

¿Es eso demasiado bueno para ser verdadero? Quien lo escribió no lo cree así. ¿Es demasiado ideal? No lo creo. No sé cómo será la casa de ellos; pero eso no es importante, sino el espíritu que allí reina, la expansión del amor de un hombre bueno que posee el sacerdocio de Dios y de una mujer buena cuyo corazón está lleno de verdadero amor y de gratitud, y de hijos que nacieron a un matrimonio virtuoso y que se han criado en un ambiente de paz, de fe y de seguridad.

Tal vez ustedes no tengan al alcance de la vista montañas que contemplar, ni un manzano en el traspatio; quizá no lleguen hasta el lugar donde vivan aves a las que puedan dar de comer. Pero pueden tenerse el uno al otro como marido y mujer, padre y madre, e hijos que vivan juntos con amor, respeto y autodisciplina … y con oración, naturalmente.

El viejo bosque se quema y muere; pero a sus pies viene creciendo uno nuevo, lleno de asombroso potencial. Es bellísimo de contemplar y está destinado a crecer. Es la obra de las manos de Dios, parte de Su divino plan.

Salvemos a los niños. Son demasiados los que sufren y lloran. Dios nos bendiga para que los tengamos presentes, para que los ayudemos y los guiemos al caminar ellos por senderos peligrosos; para que oremos por ellos, para que seamos tina bendición para ellos, para que los amemos y los mantengamos seguros hasta que puedan correr con sus propias fuerzas, ruego, en el nombre del que los ama inmensamente, el Señor Jesucristo. Amén.