Las Cosas Simples

Rex D. Pinegar


“No debemos dejar de hacer las cosas sencillas y fáciles que el evangelio requiere y de esa manera negarnos a nosotros mismos y negar a nuestras familias los grandes bendiciones que el Señor ha prometido.”

Es una bendición el poder estar aquí y escuchar la instrucción que hemos recibido. Es un privilegio especial dar la bienvenida a estos hombres como lo es también despedirme, por un tiempo, de aquellos que nos dejan. A estos últimos, les expresamos nuestro agradecimiento por el servicio valiente que han prestado.

Presidente Hunter, lo amo y lo apoyo con toda mi alma y con todo mi corazón, como también lo hacen todos los Setenta. Declaramos a todos nuestro testimonio de que Jesucristo existe y de que usted ha sido llamado para ser Su profeta.

La primera vez que vi al presidente Howard W. Hunter fue en 1967 cuando me presente en su oficina para que se me apartara para un nuevo llamamiento. Después de hablar unos momentos de mi nuevo cargo, me sorprendió cuando me dijo algo por el estilo: “Hermano Pinegar, no necesitamos a nadie para que desempeñe ese cargo, ¿sabe lo que precisamos?” Yo me quede sin saber que responder; me pregunte si no habría entendido bien lo de mi llamamiento. Con su tono agradable me dijo que si detuviéramos a los próximos cien miembros de la Iglesia que pasaran enfrente de las Oficinas Administrativas de la Iglesia para preguntarles si estarían dispuestos a desempeñar el mismo llamamiento, casi todos responderían que si. “Lo que necesitamos”, me dijo, “son maestros orientadores. Eso es lo que mas se necesita en la Iglesia hoy día”.

Entonces dijo sonriendo: “Esta bien, hermano Pinegar, de todas formas lo voy a apartar”. Cuando colocó las manos sobre mi cabeza, no sabia lo que el elder Hunter me diría. Pensé que quizás me iba a apartar como maestro orientador. Con tono bondadoso me bendijo, asegurándome que iba a poder llevar a cabo mi llamamiento … Y yo me prometí que de ese momento en adelante cumpliría mejor con mi deber como maestro orientador.

Lo que dijo el presidente Hunter ese día sobre los maestros orientadores esta de acuerdo con el hincapié que da a los temas sencillos del Evangelio de Jesucristo. La gran obra del Señor se realiza principalmente por medio de pequeños actos de bondad que ejemplifican las enseñanzas básicas de Su evangelio. El obedecer, aun en las cosas sencillas, siempre ha sido la manera de obtener las bendiciones del Señor.

Recordaran la historia de Naaman, “general del ejército del rey de Siria … varón grande delante de su señor … porque por medio de el había dado Jehová salvación a Siria … valeroso en extremo, pero leproso” (2 Reyes 5:1).

Obedeciendo al rey, Naaman fue a ver a Eliseo, el profeta, para ser sanado de la temida enfermedad.

“Y vino Naaman con sus caballos y con su carro, y se paro a las puertas de la casa de Eliseo.

“Entonces Eliseo le envío un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurara, y serás limpio.

“Naaman se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para m{: Saldrá el luego, y estando en pie invocara el nombre de Jehová su Dios, y alzara su mano y tocara el lugar, y sanará la lepra.

“Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuanto mas, diciéndote: Lávate, y serás limpio?

“El entonces descendió, y se zambullo siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedo limpio” (2 Reyes 5:9–11; 13–14).

¿No somos a veces como Naaman, que buscamos cosas grandes e importantes para hacer y pasamos por alto las sencillas que tal vez cambien nuestra vida y curen nuestras penas?

En una charla fogonera en la Universidad Brigham Young, el presidente Hunter dijo:

“Si piensan que … lo que vayan a hacer este año o en los años próximos no los va a hacer famosos, no se desanimen, ya que la mayoría de las mejores personas que jamas hayan vivido tampoco fueron muy famosas” (“‘No Less Serviceable”‘, Brigham Young University 1990–1991 Devotionaland Fireside Speeches, Provo: BYU, 1991, pág. 6).

En otra ocasión dijo: “Lograr la grandeza es un proceso a largo plazo … requiere siempre pasos disciplinados, constantes y, a veces, pasos cortos, comunes y corrientes, a través de un período largo de tiempo” (“What Is True Greatness?”, Brigham Young University 1986–1987 Devotional and Fireside Speeches, Provo: BYU, 1991, pág. 115).

El Señor ha dicho: “… de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33).

El presidente David 0. McKay también habló del valor de las acciones simples y pequeñas.

“No hay una sola cosa grandiosa que se pueda hacer para obtener la vida eterna y yo creo que la gran lección que debemos aprender en el mundo actual es la de aplicar los gloriosos principios del evangelio a los pequeños actos y deberes de la vida cotidiana. No creamos que porque algunas de las cosas que hemos mencionado aquí hoy parecen pequeñas y triviales no tienen importancia. La vida, después de todo, esta hecha de cosas pequeñas. Nuestra vida, nuestro ser se mantiene con pequeños latidos. Pero si ese corazón cesa de latir, la vida en este mundo se termina.

“El sol es una fuerza poderosa del universo, pero es una bendición para nosotros porque lo recibimos en rayos pequeños, que, todos juntos, llenan la tierra de luz solar. La oscuridad de la noche se hace mas llevadera por el resplandor de lo que parecen ser pequeñas estrellas. Así también la vida de la persona cristiana se compone de pequeños actos buenos realizados a toda hora en el hogar, en el quórum, en la organización, en la comunidad o en cualquier lugar donde vivamos o sirvamos” (en Conference Report, oct. de 1914, págs. 87–88).

Si enfocamos la atención en enseñar y en poner en practica los mensajes sencillos de nuestro Salvador en nuestro hogar, nuestras familias se fortalecerán , la sociedad en que vivamos se perfeccionara y nosotros seremos mejores. Así podremos combatir con éxito la erosión de la familia, lo que es, según el presidente Hunter, el desafío mas grande que tenemos hoy en el mundo. Nuestra primera línea de defensa en un mundo lleno de decadencia moral y espiritual es y continuará siendo la familia.

Las virtudes cristianas, si se enseñan durante la niñez, dan lugar a valores que nos llevan a tomar decisiones correctas. Se ha dicho que “… los niños son como cemento fresco; cualquier cosa que les caiga encima deja una marca” (Haim G. Ginott) .

Cuando era joven, empecé a trabajar para un contratista que hacia cimientos para las casas. Aprendí que el cemento u hormigón es una mezcla de elementos simples que por separado no sirven para hacer cimientos, pero que mezclados en la proporción adecuada, la arena, la grava, el agua y el cemento en polvo forman una substancia muy sólida y durable. Por varias horas después de que se hace, la mezcla se puede volcar en cualquier molde. Al principio, antes de que se endurezca, hasta las pisadas de un pajarito dejan la huella. Sin embargo, mas adelante, se pone tan firme que incluso un elefante podría caminar encima sin dejar huellas.

De la misma manera que esos elementos mezclados en la forma apropiada constituyen los firmes cimientos de una casa, también las sencillas enseñanzas del evangelio se unen para darle una base firme a nuestra vida.

Por el contrario, debemos estar al tanto de que existen pequeñas cosas que nos destruyen en lugar de fortalecernos. Pequeños granos de sal la manera en que utilizamos nuestro tiempo y a evaluar con prudencia aquello que podamos hacer para mejorar las condiciones en que nos encontremos.

Nuestra organización de hermanas tiene la habilidad de trabajar, de influir, de enseñar, de capacitar y de elevar. Tenemos, además, un extraordinario deleite por la vida. Día a día. y con valentía, las hermanas de esta Iglesia viven de acuerdo con los convenios que han hecho.

Muchas de ustedes me han escrito para decirme en cuanto a sus experiencias, sus aflicciones, sus triunfos y sus testimonios. Estoy agradecida por su deseo de compartir lo que han aprendido. Veo que esta surgiendo un grupo de mujeres que comprende que “el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34). Permítanme compartir con ustedes algunas de estas experiencias, ya que enseñan valiosas lecciones.

Una hermana de Nuevo México, Estados Unidos, escribió que había estado tratando de llegar a comprender un mensaje de la conferencia: “Leí y releí el discurso, ore seguido y medite sobre su significado … Ios resultados fueron sorprendentes. Siempre había tenido la creencia de que era una hija de Dios, pero durante este período de estudio, obtuve la confirmación del Espíritu de que eso es verdad”.

En Argentina, las hermanas lideres de la Sociedad de Socorro están tratando de enseñar la importancia del almacenamiento de alimentos. Escribieron lo siguiente: “Lamentablemente, la mayoría de las hermanas aquí no puede darse el lujo de comprar un kilo extra de azúcar, de harina ni un litro extra de aceite. Sin embargo, se les ha exhortado a economizar, aunque sea una cucharada a la vez”.

En Tonga, las hermanas de la Sociedad de Socorro se reunieron para ir a limpiar la escuela de la localidad. “Era maravilloso ver a estas hermanas mientras trabajaban con sus azadones y machetes … oír el dulce ruido que producían las escobas de hoja de palmera mientras recogían basura. El gozo de trabajar juntas ha unido a las hermanas en un espíritu de servicio caritativo”.

Una hermana de Africa del Sur escribió: “Nuestra estaca es una de las mas alejadas de la cabecera de la Iglesia, pero a pesar de que sean continentes separados, nuestro corazón late como si fuera uno; y como hermanas de la Sociedad de Socorro, estamos luchando por seguir al Salvador, que dio Su vida en el servicio hacia los demás”.

Recibí una carta similar de una mujer de Broken Arrow, estado de Oklahoma, que decía: “Cuando tenía diecinueve años, me senté a un lado de mi querida abuela, en la Sociedad de Socorro, y aprendí a tejer. Ella también estaba aprendiendo a tejer. Con el correr de los años, aprendí en cuanto a la técnica de hacer pan, sobre la fortaleza y la perseverancia. Aprendí que mi niño tenía el comportamiento normal de un niño de dos años de edad, y aprendí acerca de un Padre Celestial que me ama. Aprendí a enseñar, a dar abrazos, a dirigir y a seguir”.

Una hermana líder de la Sociedad de Socorro, en el estado de Georgia, escribió en cuanto al noble servicio brindado después de una devastadora inundación en la región. Dijo: “Las hermanas están viviendo las enseñanzas del Salvador. Por favor, díganle a la hermana Jack que no se preocupe por nosotros. Las hermanas van por todas partes prestando servicio a los demás. No fallaremos”.

¡Gracias! Me infunde aliento la convicción de que “no fallaremos”. Por toda la Iglesia las mujeres están haciendo su parte.

El Señor nos ha exhortado directamente en esta dispensación a buscar el Espíritu, a aprender mucho, a fin de que “[desechemos] las cosas de es te mundo y [ busquemos ] las de uno mejor” (D. y C. 25:10). Creo firmemente que este es un llamado inconfundible para las mujeres de la Iglesia en esta época. A fin de permanecer firmes y fieles, debemos concentrarnos, sin variar, en buscar al Señor.

Buscar significa mucho mas que dar una simple mirada superficial; significa energía, dirección, emoción y propósito. Buscar requiere todo nuestro “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2). Nosotras, las hermanas, somos expertas en utilizar nuestro corazón y nuestras manos en la obra del Señor. Pero a la vez, debemos utilizar nuestro intelecto. Hace mas de cien años, la presidenta de la Sociedad de Socorro, Emmeline B. Wells, dijo: “Tengo fe en las mujeres, en especial en las que hacen uso de su intelecto” (“Why, Ah! Why”, Woman’s Exponen, tomo 3, oct. de 1814, pág. 67). Yo también les tengo fe.

¿Cómo podemos valernos de nuestro intelecto en nuestra búsqueda? Haciendo uso de nuestro intelecto, podemos meditar, analizar nuestras circunstancias, evaluar información, considerar nuestras alternativas, almacenar ideas, llegar a conclusiones basadas en nuestras experiencias, encontrar respuestas a nuestros problemas, atesorar pensamientos y recibir revelación. ¿No es eso lo que quiso decir el Señor cuando dijo: “Debes estudiarlo en tu mente … entonces has de preguntar me si esta bien”? (D. y C. 9:8).

La siguiente declaración del profeta José Smith me sirve de inspiración: “Si deseas conducir un alma hacia la salvación, debes ensanchar tu intelecto hasta la altura de los cielos mas altos” (History of the Church, 3:295).

Debemos ensanchar nuestro intelecto si deseamos lograr esa meta sublime que todos conocemos: “La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad” (D. y C. 93:36).

A medida que busquemos diligentemente la luz y la verdad, adquiriremos una perspicacia que aumentara nuestra comprensión de las cosas espirituales y nuestro cometido de vivir de acuerdo con ellas. Esa perspicacia se origina en lo que aprendemos de nuestras experiencias cotidianas, en nuestro estudio, en la inspiración personal que recibamos del Santo Espíritu. Se nos ha hecho la siguiente promesa:

“Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantara con nosotros en la resurrección;

“y si en esta vida una persona adquiere mas conocimiento … por medio de su diligencia … hasta ese grado le llevara la ventaja en el mundo venidero” (D. y C. 130: 1819) .

Aprender-el convertir la luz y la verdad en acciones cotidianas al vivir las leyes de Dios-es lo que buscamos.

Hace poco hable ante un grupo de mujeres de la Sociedad de Socorro en el estado de Dakota del Norte. Después de la reunión del sábado por la mañana, abordamos el autobús alquilado con algunas de las hermanas que habían asistido a la reunión de liderazgo, para volver a una charla para las mujeres en Dakota del Sur. Se suponía que el viaje por autobús tomaría cuatro horas; pero duró el resto del día y parte de la noche. El autobús se descompuso tres veces. Pasamos una gran parte de la tarde a un lado del camino, pero después de una larga espera, el conductor por fin pudo poner el motor en marcha.

Esta podría haber sido una experiencia terrible; había familias que esperaban ansiosas el regreso de la madre y también personas que estaban esperando la llegada del autobús porque se habían ofrecido para llevar a algunas de las mujeres a sus hogares a tres horas de distancia. Además, hacia calor.

Pero en aquel viaje por la pradera, tuve una experiencia que no sólo me inspiro, sino que también me enseñó una valiosa lección. Dos horas antes de llegar a nuestro destino, una de las hermanas se puso de pie en la parte de enfrente del autobús y expresó su testimonio. Una tras otra, las hermanas hablaron en cuanto al poder de las bendiciones del sacerdocio en sus hogares, de las respuestas directas a las oraciones durante serias enfermedades, de la influencia del Espíritu en lo concerniente a sus trabajos, de ser guiadas a aceptar el evangelio. Por medio de esos testimonios, pude ver cuan fácilmente la luz y la verdad del evangelio influían en las experiencias diarias de aquellas hermanas y lo mucho que ellas habían aprendido de todo ello.

El Señor nos ha dado toda una vida para aprender. Este proceso es parte de nuestro progreso eterno. El presidente Brigham Young recalco su importancia cuando dijo: “¿Cuando cesaremos de aprender? Nunca, nunca” (en Journal of Dlscourses, 3:203).

La Sociedad de Socorro es un foro moderno en donde las hermanas aprenden juntas las verdades espirituales, en donde podemos aprender en un ambiente acogedor de confianza y amistad. En la Sociedad de Socorro, aumentamos nuestro conocimiento y llenan os nuestras reservas de fe. Una hermana de España escribió lo siguiente:

“Desde que nos hicimos miembros de esta Iglesia, nuestra visión ha cambiado. Nuestra mente ha despertado y deseamos seguir aprendiendo. Tenemos un gran deseo de cultivar nuestro intelecto a medida que recibimos instrucción por medio de los manuales de nuestra amada organización”. Luego escribe que algunas están asistiendo a la escuela, y que una de ellas, la esposa del obispo, ha vuelto a la universidad. “Todas nos sentimos tan orgullosas de ella”, dice.

Estas hermanas de la Sociedad de Socorro están buscando conocimiento y se están apoyando la una a la otra en ese proceso. Están usando toda su mente y toda su fuerza.

En su esfuerzo por aprender, estas mujeres forman parte de un floreciente esfuerzo de alfabetización en la Iglesia. Al anunciar este esfuerzo de alfabetización por toda la Iglesia, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Se ha emprendido un gran esfuerzo … cuyas consecuencias se harán sentir en la vida de las generaciones que están por venir. Es un programa diseñado para llevar luz a la vida de aquellos que no pueden ni leer ni escribir” (Insigne, marzo de 1992, pág. 6).

El tratar de educarse es un reto de suma importancia. El saber leer nos permite buscar mas luz y verdad. La luz significa mas que poder ver con los ojos; incluye la revelación de las cosas como son, como fueron y como habrán de ser. La luz nos brinda conocimiento en medio de las tinieblas.

La luz y la verdad no son términos desconocidos. La verdad es fundamental para el evangelio. Cuanto mas conocimiento adquiramos, tanto mas capaces seremos de distinguir entre una noción absurda y una idea sensata. De esa sabiduría, encontramos la verdad . Como dice el himno que acabamos de cantar: “… la verdad, la esencia de todo vivir, seguiría por siempre jamas” (Himnos, N” 177).

Fervientemente buscamos la verdad. Naturalmente, hay muchas personas a nuestro alrededor que tratan de hacer buenas obras, ya que nuestra Iglesia no es la única que se esfuerza por hacer el bien. Pero tenemos el Espíritu que nos permite reconocer y discernir la verdad en dondequiera que la encontremos. Este conocimiento nos caracteriza y nos brinda gozo, pero trae aparejado una responsabilidad muy grande.

Debemos buscar conocer a Jesús, ya que este conocimiento es singular y eterno. Jesús nos dijo explícitamente: “Allegaos a mí y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente” (D. y C. 88:63).

Hermanas, si pudiera ofrecerles unas palabras de consejo, serían: ¡Busquen diligentemente a Jesús! Moroni exhortó: “… quisiera exhortaros a buscar a este Jesús de quien han escrito los profetas y apóstoles, a fin de que la gracia de Dios el Padre, y también del Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, que da testimonio de ellos, este y permanezca en vosotros para siempre jamas” (Eter 12:41). ¡Que promesa y que desafío!

Al buscar diligentemente a Jesús, fortalecemos nuestra alma espiritual, y, al mismo tiempo, eso nos impulsa a fortalecer a los demás. Lo hacemos de maneras insignificantes, pero estos esfuerzos son importantes. El buscar a Jesús nos ayuda a establecer prioridades, a encontrar tiempo para leer las Escrituras a diario a fin de poder sentir el Espíritu del Señor todo el día. Buscar a Jesús es aprender a encontrar un equilibrio entre lo que sentimos en nuestro corazón y lo que en nuestra mente sabemos que es cierto, y luego demostrar, por medio de nuestras acciones, que comprendemos ese equilibrio.

Con frecuencia oímos las palabras: “Los tiempos han cambiado”, y en cierto respecto así ha sido. Pero, a la vez, siguen igual. Lo que es constante es el mensaje que nos ha testificado el Santo Espíritu, de que debemos buscar a Jesús y las verdades del evangelio eterno.

Testifico que un Padre bondadoso nos ha dado estas verdades eternas que nos brindaran el conocimiento y la fortaleza para vivir con esperanza, valor y fe. Que la hermandad de la Sociedad de Socorro, establecida por el Señor mediante un profeta, traiga bendiciones y de apoyo a las mujeres de esta Iglesia, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.