Adoremos Por Medio De La Música

Dallin H. Oaks

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dallin H. Oaks
“El canto de los himnos es una de los mejores maneras de ponernos en armonía con el Espíritu del Señor.”

Presidente Hunter, nos ha conmovido su inspirado mensaje y le expresamos nuestro amor. También felicitamos a las Autoridades Generales y a los otros oficiales de la Iglesia que se acaban de llamar y sostener.

Nuestro corazón se ha unido al Coro de la Juventud Mormona en su entusiasta interpretación de estas inspiradas palabras de Charles Wesley: “A Cristo Rey Jesús con gozo adorad” (Himnos, # 30). Con lo que ha tenido lugar en esta asamblea solemne, también sentimos la inmensa gratitud que se expresa en el himno “Te damos, Señor, nuestras gracias” por nuestro Profeta.

Hemos sentido el gran gozo y privilegio de sostener al presidente Howard W. Hunter como Presidente de la Iglesia y a los presidentes Gordon B. Hinckley y Thomas S. Monson como sus consejeros. En esta asamblea que incluye a todo el mundo, hemos prometido que con nuestras oraciones y mejores esfuerzos sostendremos a los hombres a quienes el Señor ha llamado para dirigir Su Iglesia. Testifico que lo que hemos hecho ha quedado registrado en los cielos y que cada uno de nosotros será responsable ante Dios de la manera en que responda a los lideres a quienes hemos sostenido sagrada y solemnemente.

La primavera pasada, fui por primera vez a Brasilia, la capital de Brasil, donde mas de tres mil santos se congregaron para una conferencia regional. El programa tenía los títulos de las composiciones musicales, pero, estando en portugués, yo no los entendí. Sin embargo, cuando el hermoso coro empezó a cantar, la música atravesó todas las barreras del idioma y le habló a mi alma:

Ya rompe el alba de la verdad
y en Sión se deja ver,
tras noche de obscuridad …
el día glorioso amanecer.

Por medio del milagro de la música sagrada, el Espíritu del Señor descendió sobre nosotros y nos preparó para adorarlo y para recibir instrucción en cuanto al evangelio.

La Primera Presidencia dijo lo siguiente:

“La música es una parte esencial de nuestras reuniones de la Iglesia. Los himnos invitan la presencia del Espíritu del Señor, inducen a la reverencia, nos ayudan a sentirnos mas unidos y nos dan la oportunidad de alabar al Señor.

“El canto de los himnos muchas veces es en si un elocuente sermón. Los himnos nos instan a arrepentirnos y a hacer buenas obras, fortalecen nuestro testimonio y nuestra fe, nos consuelan cuando nos sentimos tristes o desesperanzados y nos inspiran a perseverar hasta el fin” (Himnos, pág. ix).

El canto de los himnos es una de las mejores maneras de ponernos en armonía con el Espíritu del Señor. A veces me pregunto si estamos aprovechando bien este elemento enviado del cielo en nuestras reuniones y clases y en nuestros hogares.

En el mes de julio pasado, estuve en el Centro Cultural Polinesio de la Iglesia en Hawai. Antes de que empezara el espectáculo de danza y música de los diversos grupos de las islas, fui adonde estaban los artistas para agradecerles su trabajo; era uno de esos momentos de nerviosismo que preceden al espectáculo; todos corrían de acá para allá, ocupándose de los detalles de ultimo momento, a fin de coordinar una presentación que se hace en rápida sucesión. Me pregunte cómo haría el director para restablecer el orden, a fin de que escucharan los breves comentarios que yo tenía preparados.

Sucedió como por milagro. Obedeciendo a una señal, una potente voz comenzó a cantar “Te damos, Señor, nuestras gracias” y pronto se convirtió en un hermoso coro, al poner aquellos jóvenes de talento extraordinario sus pensamientos en armonía con el Señor.

Tuvimos una experiencia similar con nuestra familia. I a primavera pasada, nosotros, con algunos de nuestros hijos y catorce de nuestros nietos, fuimos a un paseo en las montañas. Una de las actividades que habíamos planeado era reunirnos para hablar de nuestras experiencias y testimonios. Nos reunimos a la hora señalada, pero los pequeñitos estaban allí sólo en presencia física; los grandes espíritus que ocupan esos cuerpecitos clamaban que les dieran mas actividades divertidas como las que habían tenido. La cabaña en la que nos reunimos era demasiado pequeña para ellos, y los gritos y el movimiento de una docena de niños inquietos parecían rebotar contra las paredes en todas direcciones. Los que son abuelos se darán cuenta de las dudas que me invadieron ante la tarea de imponer asuntos serios en aquel ambiente.

Súbitamente, la sabiduría de las jóvenes madres vino a nuestro rescate. Dos de ellas empezaron a cantar una canción que los niños conocían; otros unieron sus voces y en unos minutos los estados de animo habían cambiado y todos los espíritus se habían vuelto sumisos y receptivos a lo espiritual. (Ofrecí en silencio una oración de gracias por los himnos y por las madres que saben en que momento usarlos!

El cantar himnos es una de las mejores maneras de aprender el evangelio restaurado. El elder Stephen D. Nadauld [de los Setenta] describió esa característica única en estas líneas que escribió y que nos leyó en una reunión de las Autoridades Generales.

Si la doctrina y el plan
con poder fuera a enseñar,
buena música emplearía
para al hombre preparar.
Y a fin de grabar por siempre
la verdad en su corazón,
cantaría el mensaje sublime
de los himnos de Sión.

Las Escrituras contienen muchas afirmaciones de que el canto de himnos es una forma gloriosa de adorar al Señor. Antes de salir del aposento alto donde habían tenido la sublime experiencia de la Ultima Cena, el Salvador y Sus discípulos cantaron un himno; después del himno, el Salvador los condujo al Monte de los Olivos (véase Mateo 26:30).

El apóstol Pablo aconsejó a los colosenses que debían estar “enseñándoos y exhortándoos unos a otros … cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3:16; véase también Alma 26:8).

La revelación moderna reafirma la importancia de la música sacra. En una de las primeras revelaciones que el Señor dio por medio del profeta José Smith, le mandó a Emma Smith lo siguiente:

“… hacer una selección de himnos sagrados, de acuerdo con lo que te sea indicado, para el uso de mi iglesia, lo cual es de mi agrado.

“Porque mi alma se deleita en el canto del corazón; sí, la canción de los justos es una oración para mi, y será contestada con una bendición sobre su cabeza” (D. y C. 25: 11–12) .

En una revelación que se dio mediante otro profeta muchos años después, el Señor mandó a Su pueblo alabar “al Señor con cantos, [y] con música …” (D. y C. 136:28).

Es a instrucción de adorarlo con cantos no se limita a las reuniones grandes. Cuando los Apóstoles del Señor se reúnen en nuestros días, el canto de los himnos todavía forma parte de esas reuniones. Las que tienen semanalmente la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles en el Templo de Salt Lake empiezan siempre con un himno. El elder Russell M. Nelson toca el acompañamiento musical en el órgano. La Primera Presidencia, que dirige estas reuniones, nos hace alternar en el privilegio de elegir el primer himno; la mayoría de nosotros anota la fecha en que cantamos cada himno y, de acuerdo con mis anotaciones, el himno de apertura que mas se ha cantado es “Señor, te necesito” (Himnos, N° 49). Imaginen la fuerza espiritual de un grupo de siervos del Señor cantando ese himno antes de orar pidiendo Su guía para cumplir las serias responsabilidades que tienen.

El velo que nos separa del mundo de los espíritus es muy delgado en los templos, sobre todo cuando nos unimos para adorar por medio de la música. En las dedicaciones de templos he visto derramar mas lágrimas de gozo provocadas por la música que por las palabras. He leído relatos que cuentan de coros celestiales que se unen en estos himnos de alabanza, y creo que yo mismo lo he sentido en varias oportunidades. En sesiones de dedicación en las que ha habido hermosos y bien preparados coros de treinta voces, hubo momentos en que escuchaba lo que me parecía diez veces treinta voces alabando a Dios con sentimientos de tal calidad e intensidad que sólo se pueden experimentar, pero no se pueden describir. Algunos de los que me escuchan sabrán a que me refiero.

La música sagrada tiene la capacidad única de expresar nuestros sentimientos de amor por el Señor; ese tipo de comunicación es una maravillosa adición al acto de adorar. Muchas personas tienen dificultad para expresar con palabras los sentimientos de devoción, pero todos pueden unirse para comunicarlos por medio de las inspiradas palabras de nuestros himnos.

Cuando la congregación adora al Señor mediante el canto, todos los presentes deben participar. Deseo contar otra experiencia: Un domingo de mañana, en Salt Lake City, había cumplido una asignación especial que tenía y sentí deseos de asistir a una reunión sacramental. Me detuve en un centro de reuniones que quedaba de camino y, sin que me notaran, entre en la parte de mas atrás en el preciso momento en que la congregación empezaba a cantar esta letra sagrada de un himno sacramental:

Cuan grato es cantar loor
a El que por Su gran amor
al mundo vino a sufrir
y por los hombres a morir.

Sentí henchirse mi corazón al cantar este himno de adoración y prepararme para renovar nuestros convenios tomando la Santa Cena. Nuestras voces se elevaron en la ultima estrofa:

Pues el Señor Su vida dio
y con Su sangre nos salvo.
Cantad hosannas y loor
a Cristo por Su gran amor.

Al cantar estas palabras, observe a los miembros de la congregación y me quede asombrado al notar que una tercera parte de ellos no estaban cantando. )Cómo es posible? Los que ni siquiera querían repetir en voz baja las palabras, )lo hacían acaso para demostrar que para ellos no es “grato cantar loor” ni “cantar hosannas … a Cristo”? )Que estamos tratando de decir, en que estamos pensando cuando no cantamos en nuestros servicios de adoración?

Creo que algunos de nosotros, los de Estados Unidos, nos estamos descuidando en cuanto a la forma de adorar al Señor, incluso en cantar los himnos. Me he fijado en que los santos de otros países son mas diligentes en eso. Los que estamos en las estacas centrales de Sión debemos reanudar nuestra participación ferviente en el canto de los himnos.

Hay algunas cosas que debemos considerar al adorar por medio de la música. Mientras cantamos, debemos pensar en el mensaje que comunican las palabras. Nuestros himnos contienen enseñanzas doctrinales incomparables, cuyo efecto poético y veracidad sólo pueden verse sobrepasados por las Escrituras.

Dependemos de nuestros directores de música y acompañantes para dirigirnos de acuerdo con el ritmo apropiado; el cantar muy rápida o muy lentamente puede disminuir el efecto de la adoración.

Debemos considerar cuidadosamente la música que vamos a emplear en ambientes en los que deseemos contribuir al espíritu de adoración; muchas composiciones muy buenas para otros lugares apropiados no son adecuadas para las reuniones de la Iglesia.

Nuestros himnos se han elegido porque han probado que, en efecto, invitan al Espíritu del Señor a estar presente. Una de mis hijas que toca el violín lo describe diciendo: “Me encanta tocar la música clásica. Pero cuando toco los himnos de la Iglesia, siento el Espíritu del Señor en mi sala de estudio”.

Los solistas deben recordar que la música que se toca en nuestras reuniones de adoración no se toca para hacer demostraciones de talento sino para adorar al Señor; y los numeros vocales o instrumentales se deben elegir para fomentar esa adoración y no para dar una oportunidad de lucirse a los solistas, por muy grande que sea su talento.

La música sacra nos prepara con el fin de que se nos enseñen las verdades del evangelio. Por eso es que seleccionamos con esmero la clase de música y de instrumentos que se emplean en nuestros servicios de adoración. Por eso es que exhortamos a los coros de la Iglesia a usar el himnario como fuente principal de numeros musicales. Por supuesto, podemos seleccionar otras composiciones musicales que estén en armonía con el espíritu de nuestros himnos, como la maravillosa pieza “Oh divino Redentor”, de Charles Gounod, que se cantó en el funeral del presidente Ezra Taft Benson. Pero, por lo general, un himno del himnario es la pieza musical mas inspiradora y apropiada para un coro o un solista, ya sea vocal o instrumental. (Véase Michael F. Moody, Ensign, agosto de 1994, pág. 79.)

La música sacra puede sernos de ayuda aun cuando no se trate de una ocasión publica. Por ejemplo, cuando se presenta la tentación, podemos eliminar su efecto tarareando o repitiendo las palabras de un himno que nos guste. (Véase Boyd K. Packer, Ensign, enero de 1974, págs. 25–28.)

Nuestros himnos pueden tener su efecto milagroso aun cuando el coro de voces sea pequeño y apenas se oiga algún sonido. Experimenté esto hace unos meses cuando participe en una presentación musical que ha sido única en la experiencia que he tenido en la Iglesia. Me habían invitado a hablar en la conferencia para sordos, patrocinada por el Barrio del Valle de Salt Lake, de la Estaca Park de Salt Lake. Asistieron a esta conferencia mas de trescientos hermanos sordos. Los miembros de la presidencia de la estaca y yo éramos los pocos adultos de la congregación que oíamos y que tratamos de cantar en voz alta. Los demás cantaban con las manos. Muy pocos labios se movían y casi no se oía sonido alguno, con excepción del órgano y de las cuatro débiles voces que provenían del estrado. Las manos de todos los presentes se movían al unísono con el director al cantar: “Tal como un fuego se ve ya ardiendo el Santo Espíritu del gran Creador” (Himnos, # 2). Al cantar todos juntos, el Espíritu del Señor descendió sobre nosotros y nos preparó para la oración.

Nuestra música sacra es una gran preparación para la oración y para la enseñanza del evangelio.

Es preciso que empleemos mas nuestros himnos a fin de ponernos en armonía con el Espíritu del Señor, de unirnos y de ayudarnos a enseñar y a aprender la doctrina. Es preciso que usemos mas los himnos en la | enseñanza misional, en las clases del evangelio, en las reuniones de los quórumes, en las noches de hogar y en nuestras visitas de orientación familiar. La música es una manera L fervorosa de adorar a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo. Y debemos emplear los himnos siempre que nos hagan falta inspiración y fortaleza espiritual.

Los que hemos “sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime” (Alma 5:26) debemos seguir cantando para acercarnos mas a Aquel que ha inspirado la música sagrada y mandado que la utilicemos para adorarlo.

Es mi humilde oración que seamos diligentes en hacerlo, la cual ofrezco con un testimonio de la veracidad del Evangelio de Jesucristo y del divino llamamiento que tienen aquellos a quienes hoy hemos sostenido. En el nombre de Jesucristo. Amén.