1990–1999
Los Hijos Del Convenio
Abril 1995


Los Hijos Del Convenio

“Si sabemos quiénes somos y lo que Dios espera de nosotros, si Su ‘ley [está] escrita en [nuestros] corazones estamos espiritualmente protegidos.”

El título de mi mensaje es la frase de las Escrituras “los hijos del convenio”1 (3 Nefi 20 26). Al presentar este tema, mencionaré sucesos recientes como compañero del presidente Howard W. Hunter y como padre de familia, y mencionaré, además, experiencias que tuve como médico.

Las pasadas semanas han sido muy difíciles para mi esposa y para mí. No sólo hemos dicho adiós a nuestro amado presidente Hunter, sino que también, treinta y tres días antes, la muerte nos arrebató a nuestra querida hija Emily. Madre de cinco hijos pequeños, Emily acababa de celebrar su cumpleaños, en el que había cumplido treinta y siete años, cuando fue llamada a pasar al otro lado del velo.

El presidente Hunter ejerció una gran influencia en la vida de Emily; ella acogió la invitación que él extendió a todos los miembros adultos de la Iglesia de tener vigente la recomendación para el templo. Emily y su marido, Bradley Wittwer, consideraban el ir regularmente al templo un sagrado privilegio; conceptuaban “el templo del Señor como el símbolo más importante de su participación como miembros de la Iglesia y el lugar supremo de sus convenios más sagrados”. Emily se esforzó por seguir “el ejemplo del Señor Jesucristo” (véase “Presidente Howard W. Hunter” Liahona septiembre de 1994, pág. 4).

Aun cuando la enfermedad produjo intenso sufrimiento tanto al presidente Hunter como a mi hija Emily, nunca salió de labios de ellos una palabra de enfado; lo que resolvieron en cambio, fue perseverar con amorosa fe. Cuando amigos y familiares expresaban su preocupación por Emily, ella contestaba de buena gana: “No se preocupen; ¡voy a estar bien!” Incluso, al terminar una conversación telefónica, no se despedía con el habitual “hasta luego”, sino que decía: “¡Te quiero mucho!”

Cuando el presidente Boyd K. Packer y yo visitamos al presidente Hunter por última vez, él llamó a la hermana Hunter con una seña para que fuese a su lado, le tomó la mano y le dijo con una sonrisa: “Me siento mejor cuando estás cerca de mí”.

Junto con mis lágrimas de pesar he deseado haber podido hacer más por mi hija y por nuestro presidente. Si yo tuviese el poder de la resurrección, me habría sentido tentado a devolverles la vida. Aun cuando he sido ordenado Apóstol, a cada uno de los cuales se le confían todas las llaves del Reino de Dios, no poseo las llaves de la resurrección. Jesucristo posee esas llaves y las utilizara para Emily, para el presidente Hunter y para todas las personas en el propio tiempo del Señor (véase Joseph Fielding Smith, Doctrinas de Salvación, compilados por Bruce R. McConkie, 3 tomos, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1978, tomo I, pág. 123).

Emily y el presidente Hunter no le tenían miedo a la muerte. Habiendo hecho convenios sagrados con el Señor, y habiéndolos guardado, sabían que Él cumpliría Sus convenios con ellos con igual fidelidad; vivieron con nobleza como “hijos del convenio”.

Hace años, cuando yo era un joven estudiante de medicina, vi a muchospacientes que padecían enfermedadesque ahora se previenen. Hoy en díaes posible inmunizar alas personas en contra de males que antes las dejaban lisiadas o les producían la muerte. Un modo de inmunizar a las personas es la inoculación de vacunas. El vocablo inocular es fascinante; proviene de dos raíces latinas: in, que significa “dentro de”, y oculus, que significa “ojo”. Por tanto, el verbo inocular significa literalmente “poner un ojo dentro”, advertir del mal.

Un mal como la poliomielitis puede lisiar o destruir el cuerpo. Un mal como el pecado puede lisiar o destruir el espíritu. Los estragos de la poliomielitis pueden ahora prevenirse con la inmunización, pero los estragos del pecado exigen otros medios de prevención. El médico no puede inmunizar en contra de la iniquidad. La protección espiritual proviene sólo del Señor… y según su propia manera. (Sin embargo, las reglas del albedrío y la responsabilidad todavía se aplican. La libertad de opción y la responsabilidad individual son dones divinos tan preciados como la vida misma. “…aun los hijos del convenio serán rechazados a menos que se hagan merecedores de su título obrando piadosamente” [James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 568]. Los hijos del convenio deben honrar el día de reposo y guardarlo santo, así como obedecer todos los demás mandamientos de Dios. Véase Éxodo 31:12-13, 16-17; Ezequiel 20:20.) La opción que Jesús ha tomado, no es la de inocular, sino la de adoctrinar. Su método no emplea ninguna vacuna; utiliza la enseñanza de la divina doctrina —”un ojo interior” que dirige— para proteger el espíritu eterno de Sus hijos.

Identidad y adoctrinamiento

Al impartir sus enseñanzas, Jesús con frecuencia afirmó Su propia identidad (véase 3 Nefi 9:15; 11:10; 20:31; Éter 3:14; D. y C. 6:21; 10:57; 11:28; 14:9; 19:24; 35:2; 36:8; 43:34; 49:28; 51:20; 52:44) y, en seguida, la de sus discípulos. Citaré sus palabras a los antiguos habitantes de América. Les dijo: “…soy Jesucristo, el Hijo de Dios” (3 Nefi 20:31; cursiva agregada).

“…todos los profetas desde Samuel y los que le siguen … han testificado de mí.

“Y he aquí, vosotros sois los hijos de los profetas; y sois de la casa de Israel; y sois del convenio que el Padre concertó con vuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu posteridad serán benditas todas las familias de la tierra.

“Porque el Padre me ha levantado para venir a vosotros primero, y me envió a bendeciros, apartando a cada uno de vosotros de vuestras iniquidades; y esto, porque sois los hijos del convenio” (3 Nefi 20:24-26; cursiva agregada).

Damos un paso gigante hacia la inmunidad espiritual cuando llegamos a comprender la expresión “hijos del convenio”. ¿A que convenio se refería el Salvador? Al “convenio que hizo con Abraham” (3 Nefi 20:27). El Señor añadió:

“Y me acordaré del convenio que he hecho con mi pueblo; y he hecho convenio con ellos de que los recogería en mi propio y debido tiempo…” (3 Nefi 20:29; cursiva agregada. Véase también 1 Pedro 5:6; 3 Nefi 5:25; Mormón 5: 12; D. y C. 93: 19).

El convenio de Abraham

El convenio que el Señor hizo primeramente con Abraham (véase Genesis 17:1-10; 22:15-18; Gálatas 3:28-29; Abraham 2:9-11), y que confirmó a Isaac (véase Genesis 26: 1-5, 24) y a Jacob (véase Genesis 28:1-4, 10-14; 35:9-13; 48:3-4), es de importancia trascendental; contiene varias promesas:

  • La posteridad de Abraham sería numerosísima, tendría derecho a aumento eterno y a poseer el sacerdocio;

  • Él sería padre de muchas naciones;

  • Cristo y reyes vendrían por el linaje de Abraham;

  • Ciertas tierras se darían en heredad;

  • Todas las naciones de la tierra serían bendecidas por su descendencia;

  • Ese convenio sería perpetuo, incluso para “mil generaciones” (véase Crónicas 16:15; véase también Génesis 17: 1-10, 19; Levítico 26:42; Hechos 3:25; Guía para el estudio de las Escrituras, “Abraham, convenio de”).

Algunas de esas promesas se han cumplido; otras están por cumplirse. Citaré parte de una profecía que se hizo casi seiscientos años antes de Jesucristo: “…nuestro padre no ha hablado solamente de nuestra posteridad, sino también de toda la casa de Israel, indicando el convenio que se ha de cumplir en los postreros días, convenio que el Señor hizo con nuestro padre Abraham…” (1 Nefi 15: 18; cursiva agregada)

Exactamente como lo prometió, el Maestro apareció en estos, los últimos días, para renovar el convenio de Abraham. Al profeta José Smith, el Señor le dijo: “Abraham recibió promesas en cuanto a su posteridad y del fruto de sus lomos —de cuyos lomos eres tú, mi siervo José—… Esta promesa es para ti también, pues eres de Abraham” (D.y C. 132:30-31)2.

Nosotros también somos hijos del convenio, ya que, como los de antaño, hemos recibido el Santo Sacerdocio y el evangelio sempiterno. Abraham, Isaac y Jacob son nuestros antepasados y nosotros somos de Israel. Tenemos derecho a recibir el evangelio, las bendiciones del sacerdocio y la vida eterna. Las naciones de la tierra serán bendecidas por nuestra laboriosidad, así como por la de nuestra posteridad. La descendencia literal de Abraham y los que son reunidos con su familia por adopción reciben esas bendiciones prometidas, las que se basan en el hecho de que aceptemos al Señor y obedezcamos Sus mandamientos.

Elías el profeta vino a plantar el conocimiento de esas promesas hechas a los padres (véase D. y C. 2:1-3). Posteriormente, el Libro de Mormón salió a luz como señal de que el Señor había comenzado a recoger a los hijos del convenio (véase 3 Nefi 29:1-9). En ese libro, escrito para nuestra época, dice:

“…Entonces sabréis que ya empieza a cumplirse el convenio que el Padre ha hecho con los hijos de Israel…

“…Pues he aquí, el Señor se acordará del convenio que ha hecho con su pueblo de la casa de Israel” (3 Nefi 29: 1, 3)3.

El nuevo y sempiterno convenio

Por tanto, el Señor no nos ha olvidado. Y para asegurarse de que no le olvidemos a Él, los hijos del convenio reciben Su doctrina y la reclaman por convenio. Brigham Young dijo:

“Todos los Santos de los Últimos Días entran en el nuevo y sempiterno convenio (véase D. y C. 131:2) cuando se unen a esta Iglesia… Entran en el nuevo y sempiterno convenio para sostener y apoyar el Reino de Dios y ningún otro reino” (Discourses of Brigham Young, pág. 160).

Al bautizarnos, hacemos convenio de servir al Señor y de guardar Sus mandamientos, y al participar de la Santa Cena, renovamos esos convenios. También, podemos recibir los convenios del sacerdocio (véase D. y C. 84:39-40) y las preeminentes bendiciones de la investidura, incluso la doctrina y los convenios que sólo se hacen en el santo templo.

El nuevo y sempiterno convenio del evangelio nos permite hacernos merecedores del matrimonio en el templo y ser bendecidos para salir “en la primera resurrección” y heredar “tronos, reinos, principados, potestades y dominios…” para nuestra “exaltación y gloria en todas las cosas” (véase D. y C. 132: 19).

Los hijos que nacen de padres que se hayan casado de ese modo son herederos naturales de las bendiciones del sacerdocio; nacen en el convenio. Por lo tanto, “ningún rito de adopción o ligamiento se necesita para asegurarles lugar entre los de la posteridad de la promesa” James E. Talmage, Los Artículos de Fe, pág. 490)

Las recompensas de la obediencia a los mandamientos casi exceden a la comprensión de los mortales. Aquí, los hijos del convenio se vuelven una especie de almas resistentes al pecado; y, en la vida venidera, el presidente Hunter, Emily, otros hijos del convenio, y “cada generación será unida a la precedente… [en] la divina familia de Dios” (Joseph Fielding Smith, en “Conference Report”, oct. de 1950, págs. 13-14). Es un gran consuelo saber que nuestros seres queridos estén ligados a nosotros por medio de los convenios.

La unidad entre los hijos del convenio.

Los Santos de los Últimos Días entienden la palabra del Señor, que dijo: “Yo os digo: Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27).

“Esa estrecha unidad es el sello distintivo de la Iglesia verdadera de Cristo”, dijo el presidente Gordon B. Hinckley, y añadió: “se siente entre nuestra gente en todo el mundo… Rogamos los unos por los otros para que sigamos adelante con unidad y fortaleza” (“Os saludamos en el nombre del Señor”, Liahona, enero de 1984, pág. 3).

Pero, por todo el mundo, hay altercados que producen desunión, hay insultos. A menudo se usan degradantes apodos junto con el nombre, o en sustitución del nombre, de las personas. Y es lamentable, pero las palabras de escarnio opacan la verdadera identidad de los hijos del convenio.

En cambio, Dios emplea nombres que unifican y santifican. Cuando adoptamos el evangelio y nos bautizamos, nacemos de nuevo y tomamos sobre nosotros el nombre de Jesucristo (véase D. y C. 20:37). Somos adoptados como Sus hijos e hijas y somos conocidos como hermanos y hermanas. Él es el Padre de nuestra nueva vida. Llegamos a ser coherederos de las promesas que el Señor hizo a Abraham, a Isaac, a Jacob y a la posteridad de ellos (véase Gálatas 3:29; D. y C. 86:8-11).

Pedro empleó edificantes términos en una profecía referente a nuestra época, en la que describió a los miembros de la Iglesia como “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9)4. Los adjetivos escogido, real y santa los reconocemos como ennoblecedores. En la Biblia en inglés dice pueblo peculiar, y la definición moderna que da el diccionario de esa lengua sobre esa palabra es “insólito”, “excéntrico” o “extraño” (The American Heritage Dictionary of the English Language, Nueva York: Houghton MiMin Co. 1980, pág. 965). ¿Es acaso eso un cumplido?

Pero el vocablo peculiar, como se usa en la Biblia en inglés, es muy diferente. En el Antiguo Testamento, el termino hebreo del cual se tradujo la palabra peculiar es segula, que significa “propiedad apreciada” o “tesoro”. En el Nuevo Testamento, el termino griego del cual se tradujo al inglés la palabra peculiar es peripoiesis, que significa hacer ”posesión” o “adquisición”.5

Y así vemos que el vocablo peculiar, que se emplea en las Escrituras en inglés, significa “especial tesoro”, “pueblo único” o “de su exclusiva posesión [de Dios]” (véase Éxodo 19:5; Deuteronomio 14.2, 26.18; Salmos 135:4; Tito 2:14; 1 Pedro 2:9). Para nosotros, el que siervos del Señor nos describan con esos adjetivos es un excelso cumplido.

Si sabemos quiénes somos y lo que Dios espera de nosotros, si Su “ley [está] escrita en [nuestros] corazones” (Romanos 2:15; véase también Jeremías 31:33; Mosíah 13:11), estamos espiritualmente protegidos. Nos volvemos mejores personas. Cuando los nefitas eran realmente justos, evitaban emplear apodos que crearan división y “no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo” (4 Nefi 1:15).

“No había… lamanitas, ni ninguna especie de —itas, sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios” (4 Nefi 1:17).

Esa lección de la historia nos indica que también nosotros debemos eliminar de nuestro vocabulario personal los nombres que separen o dividan a las personas en grupos. Pablo enseñó que “…no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28; véase también Colosenses 3:1) 6

El invita a “todos… a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres… todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles” (2 Nefi 26:33) 7.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha sido restaurada en estos los últimos días para que se cumplan las antiguas promesas del Señor; es parte de “la restauración de todas las cosas” (Hechos 3:21). Los hijos del convenio que son fieles permanecen firmes incluso en medio de la adversidad. Seremos “disciplinados y probados, así como Abraham, a quien se le mandó ofrecer a su único hijo” (D. y C. 101:4). Pero la siguiente promesa del Señor nos infunde fortaleza

“… sois herederos legítimos, según la carne, y habéis sido escondidos del mundo con Cristo en Dios,

“por tanto, vuestra vida y el sacerdocio han permanecido, y es necesario que permanezcan por medio de vosotros y de vuestro linaje hasta la restauración de todas las cosas…

“Así que, benditos sois si perseveráis en mi bondad, siendo una luz a los gentiles, y por medio de este sacerdocio, un salvador para mi pueblo Israel” (D. y C. 86:9-11).

Con esa doctrina arraigada en lo profundo de nuestra alma, el aguijón de la muerte (1 Corintios 15:56) se atenúa y se recibe protección espiritual. Los hijos del convenio serán bendecidos —en esta vida y en la venidera—, testifico en el nombre de Jesucristo. Ámén.

  1. Hay otras profecías que comunican un mensaje similar. Entre ellas, las siguientes:

  2. El Señor le dijo también al profeta José Smith: “Y como dije a Abraham, tocante a las familias de la tierra, así también le digo a mi siervo José: En ti y en tu simiente serán benditas las familias de la tierra” (D. y C. 124:58).

  3. Como parte de esa promesa, había ciertas tierras que eran una porción de la herencia. Mientras que casi todos los descendientes de Israel recibieron su patrimonio en el Cercano Oriente, la tierra escogida de las Américas fue reservada para los de José (véase Eter 13:8). Era el lugar donde se encontrarían las planchas de las cuales se iba a traducir el Libro de Mormón; también estaba destinada a ser la tierra donde se estableciera la cabecera de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y de allí saldría el evangelio restaurado para bendecir a todas las naciones de la tierra, de acuerdo con la promesa. En nuestros días, se congregan hombres, mujeres y niños devotos que se vuelven a las verdades de salvación de las que nunca habían oído hablar.

  4. Moisés también empleo esta expresión cuando dijo: “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que estén sobre la tierra” (Deuteronomio 14:2; cursiva agregada).

  5. Hay formas del sufijo griego poieo que se emplean en varias palabras, también en el idioma español. Por ejemplo, “farmacopea” es un tratado de substancias medicinales; “onomatopeya” es una palabra que imita un sonido; “hematopoyesis” es la formación de los glóbulos rojos en la sangre.

  6. Al hablar de los nombres correctos, recordamos una proclamación que hizo el Señor: “Porque así se llamara mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. (D. 7 C. I 15:4). No dijo: “Así se mencionara a mi iglesia”, sino “Así se llamara mi iglesia”. Las Autoridades Generales han advertido a los miembros, escribiendo lo siguiente; “Pensamos que a algunas personas les ha de causar confusión el uso demasiado frecuente de la expresión ‘Iglesia Mormona”’ (Member Missionary Class, Instructor’s Guide, 1982, pag. 2).

  7. Otros pasajes de las Escrituras dicen que “el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en el hay … de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra …” (Hechos 17:24, 26).