Nuestro Patrimonio Del Sacerdocio

R. Holland


“La historia nos prueba … que aunque el futuro sea difícil, los jóvenes serán capaces de enfrentarlo .”

Es para mi un privilegio y una experiencia conmovedora encontrarme ante una congregación tan extraordinaria esta noche, en esta reunión del sacerdocio.

No tengo palabras para expresar la gratitud que siento por el sacerdocio que poseemos, especialmente en momentos históricos de la Iglesia como lo es esta conferencia general. En días como el de hoy, vemos desarrollarse ante nuestros ojos un episodio de la historia y, con el brazo levantado en escuadra durante la asamblea solemne, somos participantes activos de esa historia. Como dijo Oliver Cowdery en una ocasión refiriéndose al privilegio de participar en la Restauración: “… Estos fueron días inolvidables” (José Smith-Historia 1:71, nota al pie de la página).

En esta conferencia, echamos de menos al presidente Howard W. Hunter, pero sentimos gozo al saber que ahora se encuentra entre las almas grandes y nobles de la eternidad. Yo, junto con otros en esta conferencia, doy testimonio personal del divino llamamiento del presidente Gordon B. Hinckley a este santo oficio y cargo sagrado para el cual se le ha preparado tan bien y durante tanto tiempo; y al hablar de preparación, no consideramos solo las muchas experiencias que ha tenido en la Iglesia desde la niñez, sino también la doctrina de la que hablo Alma al referirse a hombres como el, diciendo que “fueron … llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios”; es un llamamiento que se basa en parte en la “fe y buenas obras” que demostró(S el presidente Hinckley antes de nacer (véase Alma 13: 1-3). Testifico también de los llamamientos que han recibido en estos días los presidentes Thomas S. Monson, James E. Faust y Boyd K. Packer; y quiero expresar el amor y el aprecio que siento por ellos. Doy la bienvenida al elder Henry B. Eyring al Quórum de los Doce Apóstoles, y estaré sentado a su lado y seré su compañero en años venideros.

En este espíritu de un momento memorable de la historia de la Iglesia, quiero hablar directamente a los jóvenes que me escuchan esta noche, a los poseedores del Sacerdocio Aarónico. Quisiera dejar grabado en ellos un sentido de la historia, una comprensión de lo que ha significado en el pasado y de lo que puede llegar a significar ser miembro de la verdadera Iglesia de Dios y tener los oficios importantes de este sacerdocio que poseen ahora y que mas adelante poseerán.

Gran parte de lo que hacemos en la Iglesia esta dirigido a ustedes, los que el Libro de Mormón llama “la nueva generación” (Mosíah 26:1; Alma 5:49). Nosotros, los que hemos recorrido ya los senderos en los cuales ustedes se encuentran, tratamos de explicarles algo de lo que hemos aprendido; les damos voces de aliento y procuramos advertirles de las trampas y los peligros que nosotros hayamos enfrentado en ese camino. Siempre que es posible, nos esforzamos por caminar a su lado y por mantenerlos cerca de nosotros

Lo crean o no, nosotros también fuimos jóvenes, aunque eso les resulte muy difícil de imaginar. Igualmente increíble les resultara pensar que sus padres fueron jóvenes como ustedes, y también el obispo y el asesor del quórum. Pero, con el paso del tiempo, hemos aprendido muchas lecciones, aparte de corregir algunos conceptos equivocados de nuestra juventud como, por ejemplo, que la esposa de Noé no se llamaba Juana del Arca* y que el apellido de Poncio era Pilato, no Piloto, y no manejaba aviones. ¿Por que creen que hacemos tanto esfuerzo por ayudarles, nos preocupamos tanto y queremos lo mejor para ustedes? Es que nosotros ya hemos pasado por su edad, pero ustedes no han pasado por la nuestra, y en el proceso hemos aprendido cosas que ustedes todavía no saben.

Cuando se es joven, no se han enfrentado todas las dificultades y las dudas que la vida presenta, pero se les presentaran, y, lamentablemente, las generaciones las enfrentaran a una edad cada vez mas temprana. El Evangelio de Jesucristo ofrece el único camino seguro. Por eso, los viejos, los hombres de experiencia que les dejan un legado histórico, continúan alzando su voz de advertencia para la juventud.

Esa voz de una generación a otra es una de las razones por las que tenemos reuniones del sacerdocio en la que los padres se sientan junto a sus hijos y los lideres junto a los jóvenes cuyos padres no estén con ellos. En una reunión del sacerdocio de estaca muy similar a esta, un jovencito de doce años llamado Gordon B. Hinckley, que había sido ordenado diácono, se quedó de pie en la parte de atrás del salón del viejo Barrio Diez de Salt Lake, sintiéndose un poco solo y un tanto fuera de lugar en su primera reunid)n del sacerdocio.

Sin embargo, después de oír a los hombres de esa estaca cantar el magnifico tributo de W. W. Phelps, “Loor al Profeta” (Himnos, # 15), ese jovencito, que llegaría un día el mismo a ser Profeta, recibió en su alma el testimonio de que José Smith era verdaderamente un Profeta, que había sido “ordenado por Cristo Jesús” y “conocido por miles’’ de personas. Es cierto, parte de la preparación de la asamblea solemne que tuvo lugar esta mañana comenzó cuando un diácono de doce años escuchó a un grupo de hombres mayores~. fieles y experimentados cantar los himnos de Sión en una reunión del sacerdocio.

Pocos serán los jovencitos de doce años que lleguen a ser el Presidente de la Iglesia, y no es necesario que lo sean para probar su fidelidad; pero no olvidemos que en todo lugar donde hay hoy un hombre, hubo una vez un muchacho, y todos ustedes, los jóvenes, tienen la oportunidad y la responsabilidad de ser tan fieles para obtener un testimonio y defender la verdad como lo han sido los hombres a los que hemos sostenido como Profetas, Videntes y Reveladores a través de las dispensaciones. Por cierto, esa es una de las cosas que la historia nos prueba: que aunque el futuro sea difícil, los jóvenes serán capaces de enfrentarlo.

El nombre de Rudger Clawson lamentablemente no les resultara conocido a muchos. Durante cuarenta y cinco años, el hermano Clawson fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, y veintidós de esos años fue Presidente de ese Quórum. Pero mucho antes de asumir esas responsabilidades, tuvo la oportunidad de probar su fidelidad y de demostrar en su juventud que estaba dispuesto a defender sus creencias aun a riesgo de perder la vida.

Cuando era un muchacho, lo habían llamado a cumplir una misión en los estados del Sur de los Estados Unidos. En esa época de la historia de los Estados Unidos, hace mas de cien años, todavía había populachos enardecidos y malhechores que amenazaban la vida de los miembros de la Iglesia. Un día. el elder Clawson y su compañero, el elder Joseph Standing, iban caminando hacia una conferencia misional cuando, ya casi al llegar, se les enfrentaron doce hombres a caballo que iban armados.

Los malhechores apuntaron con los rifles y los revólveres a los dos elderes y los golpearon repetidas veces, algunas haciéndolos caer, mientras los empujaban hacia un bosque cercano. El elder Joseph Standing, sabiendo lo que les esperaba, se jugó el todo por el todo y se apodero de una pistola que estaba a su alcance; inmediatamente, uno de los asaltantes le apunto con el arma y le disparó un tiro; otro, señalando al elder Clawson, le dijo: “Dispárale a ese también’’. Al instante, todas las armas estaban apuntándole.

El joven misionero se preparó para correr la misma suerte de su compañero caído. El lo relato de esta manera: “Inmediatamente comprendí que no tenía escapatoria. Me había llegado la hora … me enfrentaba al momento de seguir a Joseph Standing”. Serenamente, cruzo los brazos, miró a los ojos a sus asaltantes y pronunció solamente una palabra: “Disparen”.

No sabemos si fue porque queda ron asombrados ante el valor del joven elder o por temor al darse cuenta de lo que le habían hecho a su compañero, lo cierto es que alguien grito en ese momento: “¡No disparen!” y, uno por uno~. todos bajaron las armas. Aterrado todavía, pero movido por la lealtad hacia el compañero de misión, el elder Clawson continuo desafiando a los malhechores. Sin saber si lo matarían o no y muchas veces dando la espalda a sus asaltantes, el joven misionero llevo el cuerpo de su compañero asesinado a un lugar mas seguro donde realizo el acto final de bondad por el amigo caído, lavándole la sangre y preparando el cuerpo para el largo viaje en tren hacia el hogar de su última morada (The Making of a Mormon Apostle: The Story of Rudger Clawson, David S. Hoopes y Roy Hoopes, Nueva York: Madison Books, 1990, págs. 23-31).

Cuento esta historia con la esperanza de que no presten indebida atención a la muerte del joven misionero ni piensen que vivir el evangelio sólo traía pruebas y tragedias en aquellos primeros días, sino para que esta generación joven y mas nueva de la Iglesia, que quizás no sepa del legado que nos dejaron los hombres y las mujeres de aquella época, algunos también muy jóvenes, se den cuenta del patrimonio que una de las películas nuevas de la Iglesia titula con esa única palabra: “Legado”.

Felizmente, en estos días, la mayoría de nosotros no tenemos que enfrentar esas amenazas físicas; no, en general, nuestro valor es mas sencillo, pasa mas inadvertido, pero es en todos los sentidos tan funda mental y necesario como entonces. Contaré un ejemplo de la historia de nuestra época, una anécdota que indica una fe y lealtad mas semejantes a las que nosotros tendremos que demostrar. Al hacerlo, rindo honores a los fieles padres que son ejemplos de firmeza para sus hijos de menos experiencia y años.

Hace unos años, mucho después de haber regresado de la misión, Richard Yates, que es Obispo del Barrio Durham Tres, de la Estaca Durham, Carolina del Norte, se hallaba en la granja de la familia en Idaho, ayudando al padre a ordenar las vacas y hacer algunas otras tareas. El hermano Tom Yates, su padre, no había podido cumplir una misión en su juventud a causa de la situación económica de la familia. Pero esa desilusión había hecho más fuerte la determinación del hermano Yates de que sus hijos lograran lo que a el le había sido imposible-cumplir una misión-, fuera cual fuera el sacrificio que tuvieran que hacen

En ese tiempo, era costumbre en las zonas rurales de Idaho regalar a los varones una ternera tan pronto como tuvieran edad para cuidarla; se hacia esto con la intención de que el chico criara al animal, sacara crías y se quedara con algunas, y vendiera otras para ganarse algo de dinero. Con perspicacia, los padres se daban cuenta de que esa era una manera de enseñar a sus hijos responsabilidad, al mismo tiempo que iban reuniendo los fondos para la misión.

El joven Richard había sacado provecho de ese regalo, su primera ternera, y, con el tiempo, llegó a tener un pequeño rebaño de ocho animales; además, había invertido algo del dinero que había ganado con la venta de la leche para comprar unos cerdos, y tenía cerca de sesenta cuando le llegó el llamamiento. El plan de la familia era vender los lechones que nacerían y juntar esa entrada a la de la venta de leche para ayudar a pagar los costos de la misión.

Esa noche que estaban trabajando en el granero, mucho después de los veinticuatro meses maravillosos de labores misionales, el padre le contó algo de lo cual el joven no se había enterado durante todo el tiempo de la misión: El primer mes después de SU partida, el veterinario, un amigo íntimo de la familia y un hombre muy trabajador que vivía en ese pequeño pueblo agrícola, había ido a vacunar a los cerdos contra una epidemia de cólera porcina, pero, cometiendo un lamentable error profesional, les había dado la vacuna del bacilo vivo sin darles al mismo tiempo el inmunosuero para que no enfermaran. El resultado fue que todos los cerdos enfermaron de cólera y, en el termino de pocas semanas, a los que no hablan muerto hubo que matarlos.

Después de perder los cerdos, era obvio que la venta de la leche no alcanzaría para pagar la misión de su

hijo, por lo que el padre decidió ir vendiendo los animales de la lechería familiar, uno por uno, para cubrir los gastos. Pero, el segundo mes de la misión, y a partir de entonces durante casi todos los veintitrés meses restantes, al prepararse para enviar dinero a su hijo, se les moría una vaca de su rebaño o una de las de Richard, disminuyendo así el ganado de una manera alarmante.

Aquello les pareció un increíble golpe de infortunio. Justamente al mismo tiempo se venció un préstamo que tenían en el banco local y, con todo lo que les había pasado y los problemas económicos que enfrentaban, el hermano Yates simplemente no contaba con el dinero para pagarlo. Daba la impresión de que perderían la granja. Después de mucho orar y meditar, pero todavía sin decirle palabra al joven misionero, el hermano Yates fue a hablar con el presidente del banco, un hombre que no era mormón y al que la comunidad veía como un tanto antipático y seco.

Después que escuchó toda la historia de las muchas desgracias, el banquero se quedó mirando a aquel

hombre que, en forma pacifica y humilde, se enfrentaba a las dificultades, la oposición y el temor con la misma fe con que lo habían hecho Rudger Clawson y Joseph Standing.

Supongo que en una situación así, no podía decirle al banquero mucho mas que “Dispare”.

Con calma, el presidente del banco se inclinó hacia adelante y le hizo una sola pregunta: “Tom, paga usted el diezmo?” Sin saber exactamente cómo recibiría su respuesta, el le contesto sin vacilar: “Si, señor,

lo pago”. El banquero entonces le dijo: “Continúe pagando el diezmo y manteniendo a su hijo en la misión. Yo me encargaré del préstamo. Se bien que me pagara apenas pueda”.

No hubo documentos ni firmas; no se profirieron amenazas ni advertencias. Dos hombres buenos y honorables se levantaron y se estrecharon la mano. Habían llegado a un acuerdo y fueron fieles a el.

El obispo Yates dice que recuerda haber escuchado el relato esa noche con intensa emoción y haberle preguntado a su padre- que hacia ya mucho había saldado la deuda con el banco-si toda esa preocupación, todo ese temor y ese sacrificio por vivir el evangelio habían valido la pena. “Si, hijo”, le contesto, “y mucho mas que eso si el Señor me lo pidiera”. Y continuo trabajando.

Físicamente, Tom Yates era un hombre mas bien pequeño, de baja estatura y delgado; tenía el cuerpo un tanto deformado por haber contraído polio cuando era niño, habiendo estado a punto de morir de dicha enfermedad. Pero su hijo dice que el jamas considero la estatura física de su padre; para el, era un gigante espiritual que se elevaba siempre por encima de las circunstancias, dejando a sus hijos un legado de devoción y valor tan extenso como la eternidad.

A esos padres de nuestras familias, a esos padres de nuestra fe, a todos aquellos que llevan una vida de integridad, sea cual sea el costo, a las generaciones de esta y de todas las dispensaciones que han enfrentado resueltamente el temor, las pruebas y la ruina, e incluso la muerte, les expreso mi gratitud, desde lo mas profundo de mi corazón.

Los felicito, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, por su determinación de vivir el Evangelio de Jesucristo. Acepto, junto con ustedes, la responsabilidad que recae sobre cada uno de nosotros, los poseedores del sacerdocio. Ruego que todos nos mantengamos fieles y recordemos que al hacer la obra del Señor, a menudo se nos requiere poner la otra mejilla; y yo me comprometo con determinación a ser verídico y fiel al Señor Jesucristo, cuya Iglesia esta es, y a honrar el legado de lealtad que nos dejaron los que ya se han ido. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amen.