El Poder De Sanar Interiormente

Merrill J. Bateman

Presiding Bishop


Merrill J. Bateman
“Como parte de Su poder redentor, Jesús puede anular el aguijón de la muerte o restaurar la salud espiritual a un alma atribulada.”

Mis hermanos, expreso mi profundo agradecimiento por la forma maravillosa en que el presidente Howard W. Hunter afectó la vida de los miembros de la Iglesia en el corto período en que fue Profeta. Por todas partes los he visto responder a la exhortación que nos hizo de ser mas parecidos a Cristo y de ir mas al templo a adorar al Señor. Hoy he sostenido al presidente Gordon B. Hinckley como Profeta, Vidente y Revelador y como Presidente de la Iglesia. Al presenciar la conferencia de prensa en la que se anuncio la nueva Primera Presidencia, el Santo Espíritu me testifico de su llamamiento profético y de la preparación que lo precedió. Sentí también, como la siento ahora, la misma confirmación con respecto a los presidentes Thomas S. Monson y James E. Faust como sus consejeros, y al presidente Boyd K. Packer como Presidente en funciones del Consejo de los Doce. Hoy he sentido el Espíritu en cuanto al llamamiento del elder Henry B. Eyring. La forma en que el Señor prepara a los profetas es una obra maravillosa y un prodigio.

Hace poco, asistí al funeral del hijo de un amigo. Hacia unos días, el joven regresaba a casa tarde por la noche, con unos amigos, cuando el conductor de otro auto se quedó dormido; este vehículo cruzó la línea divisoria de la carretera y se estrelló de frente contra el coche en el que iban los jovencitos. El choque fue tan repentino que en el pavimento casi no se veían marcas de los frenos, y ambos autos quedaron totalmente destruidos. El accidente cobró tres vidas, entre ellas la del hijo de mi amigo, que tenía diecisiete años.

Al reflexionar sobre el accidente, he pensado acerca de las lecciones que nos enseña la muerte, particularmente la de un ser querido. La primera lección es que la vida es corta, ya sea que muramos a los diecisiete o a los ochenta años. Para una persona de diecisiete años, ochenta años parece una eternidad; pero para una de setenta, no es un período de probación muy largo.

Segundo, la muerte nos recuerda que el hombre tiene un espíritu. Al contemplar los restos de nuestro joven amigo, era obvio que su cuerpo había perdido algo mas que la sangre; la luz del espíritu va no le daba vida a la expresión facial ni brillo a los ojos. El también había entregado el espíritu, pero a una edad muy temprana.

Otra lección que la muerte nos enseña concierne a la importancia de la familia eterna. Del mismo modo que hay padres que reciben a un recién nacido en la tierra, las Escrituras nos enseñan que hay parientes amorosos para recibir a los espíritus en el paraíso y ayudarles en la adaptación a una nueva vida (véase Genesis 25:8; 35:29; 49:33). Al estar ante el féretro, me di cuenta de que la separación no era solamente un golpe para los padres, sino que lo era también para el joven que de pronto se había encontrado al otro lado del velo. Me imagino que habría querido decirles a sus padres una vez mas cuanto los quiere. Hermanos, el cielo únicamente existe si la familia es eterna.

Una cuarta lección, y quizás la mas importante, concierne al propósito de la vida. Para que esta tenga significado, debe ser algo mas que los placeres efímeros de la juventud; debe haber un plan y la muerte, aunque sea accidental, debe ser parte de ese plan. El desarrollo de la fe y el llegar a conocer a nuestro Hacedor es la parte central del plan. El tener esperanza con respecto a nuestro destino eterno, y experimentar gozo deben ser también parte del propósito de la vida.

La muerte nos enseña que no podemos experimentar la plenitud del gozo en la tierra y que podemos lograr el gozo sempiterno só10 con la ayuda del Maestro (véase D. y C. 93:33-34). Al igual que el paralítico en el estanque de Betesda, que necesitaba a alguien mas fuerte que el para ser sanado (véase Juan 5:1-9), así también nosotros dependemos de los milagros de la expiación de Cristo si nuestra alma ha de verse libre de la angustia, del pesar y del pecado.

Si los padres y seres queridos desconsolados tienen fe en el Salvador y en Su plan, el aguijón de la muerte se ve mitigado al tomar Jesús sobre Si la angustia del creyente y consolarlo con el Espíritu Santo. Mediante Cristo se consuela el corazón quebrantado y la paz reemplaza a la angustia y al dolor. La semana pasada recibí una carta de los padres del jovencito que mencione al principio en la que me hablaban de la paz que han encontrado gracias a su fe en Cristo; ellos saben que volverán a ver a su hijo y que estarán con el en las eternidades. Como dijo Isaías, hablando del Salvador: “Ciertamente llevo el nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores … y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

El profeta Alma también habló en cuanto al poder sanador de Cristo al dirigirse al pueblo de Gedeón. Refiriéndose al Salvador, Alma declaró que sufriría “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomara sobre si los dolores y las enfermedades de su pueblo …

“… Y sus enfermedades tomara el sobre si, para que sus entrañas sean llenas de misericordia … a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo …” (Alma 1:1 l-12).

Sea cual sea el origen del dolor, Jesús comprende y puede sanar el espíritu así como el cuerpo.

El Salvador, como miembro de la Trinidad, conoce personalmente a cada uno de nosotros. Isaías y el profeta Abinadí dijeron que cuando Cristo “haya puesto su vida en expiación por el pecado, vera [Su] linaje” (Isaías 53:10; compárese con Mosíah 15:10). Abinadí explica que Su linaje son los justos, aquellos que siguen a los profetas (véase Mosíah 15:11). Tanto en Getsemaní como en la cruz, Jesús tuvo presente a cada uno de nosotros y no solamente tomó sobre Si nuestros pecados, sino que experimentó nuestros mas profundos sentimientos a fin de saber cómo consolarnos y fortalecernos.

Como parte de Su poder redentor, Jesús puede anular el aguijón de la muerte o restaurar la salud espiritual a un alma atribulada. Las Escrituras están repletas de ejemplos, pero una joven hermana coreana me enseñó esa lección. A principios de 1994, mientras asistía a una conferencia de estaca en Seúl, Corea, conocí a Kim Young Hee, una joven de poco mas de veinte años. Contemple su bello rostro cuando estaba sentada en el estrado, en una silla de ruedas, para dirigir la palabra. Al llegarle el turno, un hermano empujó la silla hacia el frente, colocándola a un lado del púlpito a fin de que viera a la congregación y la gente la pudiera ver. Le dio un micrófono y ella nos relató su historia.

En el pasado había sido una jovencita con buena salud, un excelente trabajo y una vida feliz. No era cristiana. En 1987 sufrió un terrible accidente automovilístico que la dejó paralizada de la cintura para abajo. Después de recuperarse en un hospital, volvió al hogar de sus padres, preguntándose que le depararía la vida; se sentía deprimida y vacía. Un día. oyó que alguien llamaba a la puerta. Su madre atendió el llamado y encontró a dos jóvenes estadounidenses que le preguntaron si podían hablarle de un mensaje que tenían en cuanto a Jesucristo. La madre vaciló, pero la hija oyó las voces y las invitó a pasar. Eran misioneras de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Kim Young Hee acepto la invitación de recibir las lecciones misionales; ley(S el Libro de Mormón, oró en cuanto a su veracidad, asistió a la Iglesia, recibió un testimonio de la divinidad de la Restauración, y fue bautizada.

Al expresar su testimonio en la conferencia de estaca, dijo: “Se que mi Padre Celestial no ve la apariencia externa, sino el corazón. Se también que el verdadero milagro consiste en sanar interiormente, tener un cambio en el corazón y abandonar el orgullo. Aunque mi cuerpo físico tal vez no sea sanado aquí en la tierra, mi espíritu ha sentido el poder sanador del Espíritu Santo. Y en la Resurrección, mi espíritu volverá a un cuerpo plenamente restaurado y perfecto, y recibiré la plenitud de gozo”.

Mientras escuchaba, el Espíritu me testificó de los grandes milagros de la Expiación y del poder del Salvador para reparar corazones quebrantados, para sanar en lo interior. La parábola del Salvador sobre los diez leprosos adquirió un nuevo significado. Lucas describe el encuentro de Jesús con los diez leprosos, que, al ver al Salvador, exclamaron: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” Jesús les respondió: “Id, mostraos a los sacerdotes”. Mientras iban en camino, “fueron limpiados”. Uno de ellos regresó, se postró de rostro a los pies del Maestro y le dio gracias. Jesús le dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” Luego, dijo el Señor al que había regresado: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17:12-19). Para ser salvo, el leproso agradecido fue sanado tanto en lo interior como en lo exterior. Nueve leprosos habían sido sanados físicamente, pero sólo uno tuvo la fe para ser salvo. El décimo leproso y la hermana Hee fueron cambiados eternamente por su fe en el Salvador y el poder sanador de Su expiación.

La expiación del Salvador en Getsemaní y sobre la cruz es personal así como es infinita. Infinita porque abarca las eternidades; personal porque el Salvador sintió los dolores, los sufrimientos y las enfermedades de toda persona. Por consiguiente, El sabe cómo llevar nuestros pesares y aliviar nuestras cargas a fin de que podamos ser sanados en lo interior, ser salvos y recibir gozo eterno en Su reino. Ruego que nuestra fe en el Padre y en el Hijo nos ayude a sanar y salvarnos. En el nombre de Jesucristo. Amen.