El Templo Es Un Asunto De Familia

Ballard Washburn


“Vamos al templo a hacer convenios, pero volvemos a casa para cumplir los convenios que hemos hecho.”

Estimados hermanos, es para mi un honor y un privilegio unirme a todos para expresar nuestro afecto y apoyo al presidente Gordon B. Hinckley, a los presidentes Thomas S. Monson, James E. Faust y Boyd K. Packer y al Consejo de los Doce. Me alegra decirles que los quiero a todos y agradezco el ser uno con ustedes en la obra del reino.

Recientemente, después de una conferencia de estaca, hablaba con una familia que tiene hijos adolescentes, y les decía a esos jóvenes: “Deben mantenerse dignos para poder ir al templo con sus padres algún día”. La hija de dieciséis años me contesto: “¡Ah, pero nosotros ya vamos al templo con ellos casi todas las semanas! Hacemos bautismos por los nombres de las personas de nuestro archivo familiar”. Pensé entonces en que hermoso es que las familias vayan al templo juntas.

Cuando Jesús tenía doce años, sus padres lo llevaron al templo. El hecho de que nuestros hijos puedan ir al templo con nosotros cuando tienen doce años es mas que una simple coincidencia. José y Marta no dijeron: “Obispo, ¿puede llevar a nuestro hijo al templo?” Ellos mismos lo llevaron.

Lo que debemos hacer los padres, los barrios y las estacas es ayudar a los jóvenes a vivir dignamente para que puedan ir al templo ahora. La meta es la misma para las jóvenes que para los muchachos: que sean dignos de ir al templo ahora. Cuando el obispo entrevista a los jóvenes una vez por año, en esa conversación incluye preguntas sobre la dignidad del joven.

¡Que gran meta es que los líderes del sacerdocio y de las Mujeres Jóvenes ayuden a los padres a inspirar a todos los jóvenes para que vayan al templo! Que gran bendición es para los padres estar en el templo con los hijos de doce años y mayores por lo menos una vez al año, si lo permiten las circunstancias.

Lo que nos ayudara mas que cualquier otra cosa a tener el deseo de asistir al templo es tener el Espíritu Santo con nosotros. Hay dos requisitos indispensables para tener el Espíritu Santo: Primero, ser dignos de El; y, segundo, pedir a nuestro Padre que nos lo otorgue.

“Pedid al Padre en mi nombre, con fe, creyendo que recibiréis, y tendréis el Espíritu Santo, que manifiesta todas las cosas que son convenientes a los hijos de los hombres” (D. y C. 18:18).

Si pedimos con fe, recibiremos el Espíritu Santo y este nos guiara hacia el templo.

Quiero hacer una advertencia: No podemos ir a la Casa del Señor si no somos dignos, pues si lo hacemos, recibiremos el castigo de Dios. Porque Dios no puede ser burlado.

Cuando las parejas que no se han arrepentido completamente de pecados del pasado van al templo para casarse, comienzan su matrimonio sobre arenas movedizas. Yo creo que ese es uno de los motivos principales de divorcio entre las parejas que se han casado en el templo. Si un hombre es deshonesto en su relación con la esposa y los hijos o en sus negocios y va al templo, atrae sobre su alma la condenación de Dios y necesita arrepentirse.

El presidente Howard W. Hunter dijo:

“Lo que deseo de todo corazón es que todos los miembros de la Iglesia sean dignos de entrar en el templo” (“Preciosas y grandísimas promesas”, Liahona, enero de 1995).

Si antes de ir a la misión nuestros jóvenes van al templo sin ser dignos, cometen un grave error; primero, debemos prepararlos para entrar en el templo y después ellos se prepararan para ir a una misión. El presidente Hunter también dijo:

“Ayudemos a cada misionero a prepararse para entrar en el templo dignamente, y para convertir esa experiencia en algo aun mas sublime que recibir el llamamiento misional” (“Sigamos al Hijo de Dios”, Liahona, enero de 1995) .

Por medio de las ordenanzas del templo, recibimos las mayores bendiciones de la eternidad. El don mas grande que Dios puede darnos, la vida eterna, solamente pueden recibirlo el hombre y la mujer juntos. Y todas las personas dignas recibirán algún día esa bendición. En la sección 131 de Doctrina y Convenios leemos:

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados;

“y para alcanzar el mas alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio;

“y si no lo hace, no puede alcanzarlo.

“Podrá entrar en el otro, pero ese es el límite de su reino; no puede tener progenie” (D.yC. 131:1-4).

Por lo tanto, vemos que en el matrimonio marido y mujer entran en un orden del sacerdocio llamado “el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio”. En ese convenio se incluye la buena voluntad de tener hijos y de enseñarles el evangelio. Muchos de los problemas del mundo son causados por el hecho de que algunos padres no aceptan las responsabilidades de este convenio. El evitar tener hijos cuando los padres gozan de salud contradice los términos de ese pacto.

Hace treinta y cinco años, cuando empecé a ejercer la medicina, era raro que una mujer casada pidiera consejos para no quedar embarazada; cuando deje de trabajar, con excepción de algunas mujeres fieles de la Iglesia, era raro que las mujeres casadas quisieran tener mas de uno o dos hijos, y algunas no querían tener ninguno. Los de la Iglesia no debemos dejarnos llevar por las doctrinas falsas de este mundo que nos induzcan a quebrantar los sagrados convenios del templo.

Vamos al templo a hacer convenios, pero volvemos a casa para cumplir los convenios que hemos hecho. En el hogar es donde estamos a prueba; es el lugar donde aprendemos a tener los atributos de Cristo. En el hogar aprendemos a no ser egoístas y a esforzarnos por servir a los demás.

Espero que nadie piense que es tonto decir que los hechos sencillos como la oración familiar y la noche de hogar son muy importantes. Y también otros actos, como el padre ayudando a sus hijos a orar por la noche y contándoles un cuento antes de dormir en lugar de mirar televisión; además, detalles como hacerse tiempo para leer las Escrituras en familia; o como el hecho de que el marido tenga el valor de decirle a su esposa: “Querida, discúlpame por decir lo que dije, voy a cambiar”; o de que la madre le diga a uno de los hijos: “No debí haberme enojado tanto, perdóname”. Si, son los pequeños detalles, los actos sencillos, que día a día y semana tras semana nos ayudan a progresar.

Si cumplen los convenios del templo, todos los hijos de Dios pueden ser exaltados. Repito, vamos al templo a hacer convenios, pero volvemos a casa para cumplir con esos convenios .

He oído contar que al elder Boyd K. Packer, después de haber viajado por todas partes del mundo y de haber visto muchos lugares exóticos, le preguntaron a dónde iría si pudiera ir a cualquier lugar del mundo, y el contesto que iría a su casa. Yo siento lo mismo. Si me hicieran la misma pregunta contestaría: “Iría a casa, me sentaría en una mecedora y tomaría en brazos a dos de mis nietitos, con la esperanza de que se me pegara un poquito del polvo celestial que trajeron consigo al nacer”. Yo me siento agradecido por todos los hogares en los que aprendamos a amar, a compartir y a ser mas parecidos a Cristo.

Estoy agradecido por los templos, y porque en ellos podemos sellarnos a nuestra familia por toda la eternidad; estoy agradecido por ese lugar sagrado donde podemos ir a orar y a adorar a Dios, y pedir las bendiciones del cielo para nuestra familia. Estoy agradecido por los templos, porque allí vamos con nuestra familia a fortalecer los eternos lazos que nos convertirán en familias eternas; porque vamos allí a realizar la gran obra redentora por nuestros antepasados, los que no pueden realizarla porque han muerto, como Jesucristo hizo por nosotros lo que no podemos realizar por nosotros mismos. Estoy agradecido porque Dios, con Su eterna sabiduría, ha extendido estas bendiciones a todos Sus hijos, aunque algunos tendrán que esperar la otra vida para gozar de ellas; pero todos los que sean dignos recibirán todas las bendiciones. Testifico que a Jesucristo le gustaba ir al templo y, para parecernos mas a El, debemos aprender a gozar de nuestras visitas al templo. Ruego que seamos familias eternas para poder obtener la vida eterna. En el nombre de Jesucristo . Amén