La Paciencia: Una Virtud Celestial

Thomas S. Monson

First Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“El problema es que muchas veces esperamos soluciones instantáneas para las dificultades, olvidando que frecuentemente es necesario que pongamos en practica la virtud celestial de la paciencia.”

Hace poco, me encontré con un amigo al que no había visto desde hacia tiempo y que me saludó con las palabras: “¿Cómo te esta tratando el mundo?” Yo no recuerdo mi respuesta exacta, pero esta provocativa pregunta me hizo reflexionar sobre mis muchas bendiciones y la gratitud que siento por la vida misma, y por el privilegio y la oportunidad que tengo de servir.

A veces, la reacción a esta pregunta trae una respuesta inesperada. Hace unos años asistí a una conferencia de estaca en Texas. El presidente de la estaca me recibió en el aeropuerto y, mientras íbamos en auto hacia el centro de la estaca, yo le dije: “Presidente, ¿cómo va todo?”

El me respondió: “¡Ojalá me hubiera hecho esa pregunta la semana pasada! Esta semana ha sido desastrosa: El viernes me despidieron del trabajo, esta mañana mi esposa amaneció con bronquitis y esta tarde nuestro perro murió atropellado por un automóvil. Pero, aparte de eso, creo que todo anda bien”.

La vida esta llena de dificultades, algunas mas penosas que otras. Parecería que hay una infinidad de pruebas para todos. El problema es que muchas veces esperamos soluciones instantáneas para las dificultades, olvidando que frecuentemente es necesario que pongamos en practica la virtud celestial de la paciencia.

Los consejos que escuchábamos en nuestra juventud son todavía aplicables hoy en día y deberíamos prestarles atención: “Espera un poco”; “No pierdas la paciencia”; “Toma las cosas con calma”; “No te apresures tanto”; “Sigue las reglas”; “Ten cuidado”, son mucho mas que meras expresiones; son buenos consejos, resultado de la sabiduría que brota de la experiencia.

Un automóvil, lleno de jovencitos imprudentes, que baja por un cañón sinuoso a alta velocidad puede perder el control, haciendo que el auto caiga en el precipicio, con las trágicas consecuencias de causar a veces incapacidad permanente a los pasajeros o quizá una muerte prematura, dejando así destrozado el corazón de los seres queridos. El jubilo momentáneo puede cambiar, en un solo instante, para convertirse en una vida llena de remordimiento.

Oh, juventud preciosa, no vivan tan a prisa. Pongan en practica la virtud de la paciencia.

En las enfermedades, a las que casi siempre acompaña el dolor, se requiere mucha paciencia. Si al único hombre perfecto que ha existido-Jesús de Nazaret-se le requirió padecer gran sufrimiento, ¿cómo vamos a esperar nosotros, que no somos ni cerca de perfectos, estar libres de esas tribulaciones?

Sería imposible contar las innumerables personas que viven en la soledad, los ancianos, los desamparados, aquellos que se sienten abandonados en el camino, mientras la caravana de la vida avanza inexorable y desaparece de la vista de los que se han quedado solos con sus pensamientos e interrogantes. La paciencia puede ser una compañera invalorable en esos tiempos de aflicción.

De vez en cuando visito hogares de ancianos, donde se observa la paciencia. Un día. mientras asistía a las reuniones dominicales en uno de esos hogares, me fijé en una jovencita que iba a tocar el violín para entretener y llevar consuelo a los presentes; antes de tocar, me dijo que estaba nerviosa y que anhelaba ejecutar la música mejor que nunca. Mientras estaba tocando, uno de los espectadores exclamó: “¡Que bonita eres y que hermosamente tocas!” El arco que se movía rozando las cuerdas bien ajustadas y el elegante movimiento de los dedos de la joven parecieron inspirados por el comentario espontaneo. La interpretación fue magnifica.

Al concluir la reunión, las felicite a ella y a su talentosa acompañante. La respuesta que me dieron fue: “Vinimos para dar animo a los débiles, los enfermos y los ancianos. Nuestros temores desaparecieron al empezar a tocar; olvidamos nuestras propias preocupaciones e inquietudes. Quizá les hayamos animado a ellos, pero ellos realmente nos inspiraron”.

Algunas veces, sucede lo contra trío. Un ejemplo de ello es mi querida y preciada joven amiga, Wendy Bennion, de Salt Lake City. Hace apenas dos días, ella partió de este mundo y se fue “de regreso a ese Dios que [le] dio la vida” (Alma 40: ; había luchado mas de cinco años en su batalla con el cáncer. Siempre alegre, siempre tratando de ayudar a otros, fuerte en la fe, su sonrisa contagiosa atraía a otras personas como un imán atrae las piezas de metal.

Un día en que no se sentía bien y tenía mucho dolor, fue a visitarla una de sus amigas, que estaba abatida por sus propios problemas. Nancy, la madre de Wendy, sabiendo que su hija estaba con fuertes dolores, pensó que quizá la amiga había permanecido mas tiempo del que a la enferma le convenía. Después que esta se fue, le preguntó a Wendy por que le había permitido quedarse todo ese tiempo cuando ella misma estaba sufriendo tanto. La joven le respondió: “Lo que hice por mi amiga es mucho mas importante que el dolor que yo sentía. Si con eso la ayudo, entonces el dolor vale la pena”.

La actitud de Wendy me hace recordar de Jesús, que cargó los dolores del mundo, que pacientemente sufrió terrible dolor y desilusión, pero que, al pasar con su paso silencioso al lado de un hombre que era ciego de nacimiento, le restauró la vista; se acercó a la dolorida viuda de Nain y levanto a su hijo de entre los muertos; subió penosamente la empinada cuesta del Calvario, cargando su propia cruz inhumana, sin prestar atención a las constantes burlas e injurias que le acompañaban en cada paso. Porque El tenía que cumplir Su destino divino. Y de una manera muy real El nos visita, a cada uno, con Sus enseñanzas; nos da animo y nos inspira bondad. El dio Su preciosa vida para impedirle al sepulcro su victoria, para que la muerte perdiera su aguijón, para que tuviéramos el don de la vida eterna.

Después que lo sacaron de la cruz y lo sepultaron en una tumba prestada, este varón de dolores y experimentado en quebranto [véase Mosíah 14:3; Isaías 53:3] se levantó en la mañana del tercer día. María Magdalena y la otra María descubrieron que había resucitado cuando fueron al sepulcro y vieron que la gran piedra que cubría la entrada había sido removida. Y dos ángeles con vestiduras resplandecientes que estaban allí de pie les hicieron la pregunta: “~Por que buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5-6).

Pablo declaró a los hebreos:

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1) .

Quizá nunca haya habido tal demostración de paciencia como la manifestada por Job, a quien se describe en la Santa Biblia diciendo que era perfecto y justo, temeroso de Dios y apartado del mal (véase Job 1:1). Había sido bendecido con grandes y abundantes riquezas, y Satanás obtuvo permiso del Señor para tratar de tentarlo. ¡Cuan grande fue la aflicción de Job, cuan terribles sus perdidas, cuan torturada su vida! Después de haberlo instado su mujer a que maldijera a Dios y muriera, con su respuesta demostró su fe:

“Yo se que mi Redentor vive, y al fin se levantara sobre el polvo;

“Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” Job 19:25-26)

¡Que fe, que valor, que confianza! Job perdió sus posesiones, todas ellas; perdió la salud, completamente, mas honró la confianza que se había depositado en el. Job personifica la paciencia.

Otro que ejemplificó la virtud de la paciencia fue el profeta José Smith. Después de su sublime experiencia en la Arboleda Sagrada, donde el Padre y el Hijo se le aparecieron, se le dijo que tenía que esperar. Con el tiempo, y habiendo padecido mas de tres años de burlas por sus creencias, el ángel Moroni se le apareció; y le dijo que esperara mas y que tuviera mas paciencia. Recordemos el consejo que se encuentra en Isaías:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.

“Como son mas altos los cielos que la tierra, así son mis caminos mas altos que vuestros caminos, y mis pensamientos mas que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).

Hoy día. en medio de esta vida llena de apuro y de inquietudes, seria bueno remontarnos a una época anterior a fin de revivir la lección que nos enseñaban para cruzar las calles peligrosas: “Detente, mira y escucha”, eran las palabras de advertencia. ¿No podríamos aplicarlas ahora? Deténganse en una ruta imprudente que lleva a la destrucción; miren hacia lo alto en busca de la ayuda celestial; escuchen esta invitación del Señor: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

El nos enseñará la verdad de esta maravillosa estrofa:

¡La existencia es real e intensa pasara!
y el sepulcro no es su meta final.
“Del polvo es y al polvo volverá”
no es el destino del alma inmortal.

Aprenderemos que cada uno de nosotros es de gran valor para nuestro Hermano Mayor, el Señor Jesucristo, y que El nos ama verdaderamente.

Su vida es el ejemplo sin defectos de Aquel que fue afligido con dolores y desilusiones, y que, sin embargo, nos dio el ejemplo de olvidarse de si mismo y servir a Sus semejantes. Un verso popular de mi niñez resuena como si fuera nuevo:

Si, Jesús me ama;
Si, Jesús me ama;
Si, Jesús me ama;
La Biblia así me enseña.

También lo enseña el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Si permiten que las Escrituras sean su guía, siempre tendrán propósito en la vida; nunca se encontraran en un camino sin destinación.

Hoy en día hay quienes no tienen trabajo, carecen de dinero y les falta confianza en si mismos. El hambre los aflige y el desaliento es su compañero constante. Pero hay ayuda, incluso comida para el hambriento, ropa para el desnudo y morada para el desamparado.

Miles de toneladas de artículos se movilizan de los almacenes de la Iglesia semanalmente: comida, ropa, equipo médico y provisiones van tanto a las partes mas lejanas de la tierra como a las alacenas vacías y a las personas necesitadas que están a nuestro alrededor.

Observo la motivación que impulsa a ocupados y talentosos dentistas y doctores, que en forma regular dejan por un tiempo su clientela y donan sus habilidades a quienes los necesiten, viajando a lugares distantes para arreglar bocas defectuosas, corregir huesos deformados y mejorar cuerpos lisiados, todo por el amor que sienten por los hijos de Dios. Los afligidos que pacientemente han esperado la anhelada ayuda reciben bendiciones de estas personas angelicales.

Utilizando las palabras de una canción popular, me gustaría que ustedes pudieran “volar conmigo” a Alemania Oriental, donde estuve el mes pasado. Al viajar por la carretera, iba recordando una ocasión de hace veintisiete años cuando, en esa misma carretera, vi camiones llenos de soldados y policías. Por todos lados había perros atraillados que ladraban furiosamente y las calles estaban llenas de informantes. En esa época, la llama de la libertad se había debilitado y estaba vacilante; se había edificado un muro ignominioso y la cortina de hierro se había bajado; casi se había perdido toda esperanza. Pero la vida, la preciada vida, continuaba con fe, no dudando nada. Se requirió una espera paciente. Una firme confianza en Dios caracterizó la vida de todo Santo de los Últimos Días en esos días.

Cuando fui por primera vez a visitar a los que estaban del otro lado del muro, los santos vivían en una época de temor y luchaban por poder cumplir con sus responsabilidades. Note la expresión de desesperanza que cubría los rostros de muchos de los transeúntes, pero en los de nuestros miembros se reflejaban bellas expresiones de amo~: Nos reunimos en un edificio de Gorlitz que tenía muchos agujeros de proyectiles de guerra, pero cuyo interior reflejaba el amoroso cuidado de nuestros líderes, quienes habían reparado y limpiado lo que de otro modo hubiera sido un edificio ruinoso y sucio. La Iglesia había sobrevivido tanto la época de la guerra como la guerra fría que sobrevino después. El canto de los santos les reanimaba el alma. En esa oportunidad cantaron el conocido himno popular:

Si la vía es penosa en la lid,
si pesares nos abruman en la lid,
si la vida es amarga, nuestra dicha no se tarda y el gozo se alarga en la lid.
No te canses de luchar;
se firme en la lid.
Dios descanso mandara
A los que luchan en la lid. (Himnos, NQ 67.)

Me conmovió profundamente su sinceridad, me sentí agobiado ante su pobreza. ¡Tenían tan poco! Me quede apesadumbrado al saber que no tenían un patriarca; tampoco tenían barrios ni estacas, sólo ramas; no podían recibir las bendiciones del templo, como la investidura y los sellamientos; no habían tenido un visitante oficial de la Iglesia en mucho tiempo; se les prohibía salir del país. Aun así, confiaban en el Señor con todo su corazón, y no se apoyaban en su propia prudencia; reconocían al Señor en todo, y El los dirigía (véase Proverbios 3:5-6). Me acerque al púlpito, y con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa por la emoción, hice a ese pueblo una promesa: “Si permanecen firmes y fieles a los mandamientos de Dios, recibirán todas las bendiciones que los miembros de la Iglesia gozan en otros países del mundo”.

Esa noche, al darme cuenta de lo que les había prometido, me arrodille y ore, diciendo: “Padre Celestial, estoy a tu servicio; esta es tu Iglesia. He pronunciado palabras que no provenían de mi, sino de Ti y de tu Hijo. Por lo tanto, te suplico que cumplas la promesa que he hecho a estas nobles personas”. En ese momento, me vinieron a la memoria las palabras de Salmos: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios …” (Salmos 46:10). Pero se les requirió la celestial virtud de la paciencia.

Poco a poco se cumplió la promesa. Primeramente, se ordenaron patriarcas, luego se les enviaron manuales de lecciones; se organizaron barrios y estacas; se construyeron capillas y centros de estacas, que después se dedicaron. Luego, ocurrió el mas grande de los milagros: nos dieron permiso para construir un templo al Señor, que fue diseñado, construido y dedicado. Finalmente, después de cincuenta años, permitieron que los misioneros regulares entraran en esa nación y que los jóvenes de allí pudieran ir a cumplir misiones en otras partes del mundo. Así, al igual que el muro de Jericó, el Muro de Berlín también cayo y se restituyó la libertad, con sus correspondientes responsabilidades .

Cada parte de esa maravillosa promesa hecha veintisiete años antes se cumplió con la excepción de una. La pequeña ciudad de Gorlitz, donde se les había hecho la promesa, aun no tenía su propia capilla. Pero hoy en día incluso ese sueno se ha convertido en realidad. El edificio fue aprobado y construido y llego el día de la dedicación. Hace apenas un mes, mi esposa y yo, conjuntamente con el elder y la hermana Uchtdorf, tuvimos una reunión para dedicar esa capilla; en ella se cantaron las mismas canciones de hace veintisiete años. Los miembros se daban cuenta del significado de esa reunión que marcaba el pleno cumplimiento de la promesa. Todos lloraban al cantar. La canción de los justos había sido realmente una oración para el Señor y El la había contestado con una bendición sobre la cabeza de ellos (véase D. y C. 25:12).

Al terminar la reunión, no queríamos retirarnos. Cuando lo hicimos, notamos las manos elevadas en señal de despedida y escuchamos las palabras: “Auf Wiedersehen, aut Wiedersehen; para siempre Dios este con vos” (Himnos, Nº 89).

La paciencia, esa virtud celestial, había llevado a esos humildes santos un premio del cielo. Las palabras de Rudyard Kipling son apropiadas:

Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante solo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, .Señor.

En el nombre de Jesucristo. Amén.