La Sociedad De Socorro: Un Bálsamo De Galaad

Elaine L. Jack


“Hermanas, testifico que una de nuestras funciones mas importantes como miembros de la Sociedad de Socorro es fortalecernos mutuamente”

Mi mensaje de hoy es sencillo: sepan que amo a la Sociedad de Socorro. Conozco el amor, la paz y la unidad que lleva a la vida de las mujeres de esta Iglesia. Esta organización ha sido una fuente de fortaleza para mi y me ha ayudado a criar a mi familia; debido a ella he hecho amistades muy queridas, me ha impulsado a aprender y progresar en el evangelio y me ha servido para mantener la mira puesta en Jesucristo y en lo que El quiere que haga.

Cuando fui llamada como Presidenta General de la Sociedad de Socorro, recibí consejos del presidente Thomas S. Monson. Quisiera mencionar una porción de lo que el me dijo:

“Vivimos en una época de grandes cambios en el mundo y en la Iglesia, por las modificaciones en los estilos y en las características familiares. Reconocemos que hay muchas familias con un solo padre, otras en las que hay dificultades entre marido y mujer, y mas aun, la invasión de las drogas y otros problemas que causan tensión en la familia. En esta hora de necesidad, usted ha sido llamada … para dirigir la organización que puede brindar esa influencia reconfortante, ese bálsamo de Galaad para unir a todas las hermanas de la Iglesia”.

Esta noche quiero hablar sobre el consejo del presidente Monson: hablar de nuestras familias, de la Sociedad de Socorro y de la forma en que esta gran organización puede ser un bálsamo de Galaad para todas, particularmente en nuestro hogar.

Me entere de dos maestras visitantes que apenas habían empezado a hablar con una hermana en su casa cuando las dos hijas adolescentes de esta entraron emocionadas , diciendo que iban a la reunión de las Mujeres Jóvenes; el esposo, que también salía para asistir a reuniones esa noche, entretuvo un momento al hijito de tres años que estaba empeñado en acompañar a sus hermanas; otras dos hijas discutían en su habitación sobre cual video iban a ver. Al irse cada uno a lo suyo, la hermana empezó a llorar y les confesó que había sido una semana muy difícil.

Prudentemente, las maestras visitantes le permitieron a la ocupada esposa y madre la oportunidad de desahogarse; ella les contó todo lo que había acontecido durante la semana y les habló de lo mucho que extrañaba a su madre recién fallecida. Las tres conversaron y expresaron sus ideas en cuanto al evangelio y las dificultades de llevarlo a la practica todos los días. Las maestras visitantes, una de ellas soltera y la otra divorciada, la elogiaron por todo lo que hacia por criar bien a su familia.

La madre se sintió mejor. Los lazos entre ella y las maestras visitantes se fortalecieron y todas se beneficiaron. En el verdadero espíritu de la Sociedad de Socorro, aquellas maestras visitantes fortalecieron a la hermana y a su hogar. A mi también me benefició el hecho. ¿Por que? Porque este relato es testimonio de lo que ya se: de que en verdad la Sociedad de Socorro es un bálsamo, nos une y nos ayuda con nuestra familia. Hermanas, testifico que una de nuestras funciones mas importantes como miembros de la Sociedad de Socorro es fortalecernos mutuamente, y de este modo servir mejor a nuestra familia. Nos reunimos juntas; aprendemos las unas de las otras; volvemos al hogar y fortalecemos a nuestra familia; es así de sencillo, pero a la vez muy profundo, que tengamos esta organización como nuestro bálsamo de Galaad.

El presidente Boyd K. Packer, en un discurso dirigido a las mujeres de la Iglesia, citó a la Primera Presidencia, diciendo:

“Pedimos a nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro que jamas olviden que constituyen una organización única en el mundo, pues fueron organizadas bajo la inspiración del Señor … Ninguna otra organización de mujeres en toda la tierra ha contado con tal excelso origen” (“Una hermandad sin fronteras”, Liahona, marzo de 1981, pág. 70).

Esa dirección divina continua hoy día con el consejo, la guía, el aliento y la inspiración que nos brindan los lideres del sacerdocio. Estoy agradecida por nuestro Profeta, Gordon B. Hinckley, y por las Autoridades Generales de esta Iglesia que rinden honor a la obra de la Sociedad de Socorro.

Nos esforzamos por cumplir con el encargo que se nos ha dado de demostrar caridad, de edificar el testimonio del Evangelio de Jesucristo en las hermanas, de fortalecer a las familias de la Iglesia y de destacar la importancia de vivir de acuerdo con el evangelio. Lo hacemos en las reuniones, en el hogar, en nuestras relaciones mutuas. Esta perspectiva espiritual es el bálsamo de Galaad, esa influencia reconfortante de la que habló el presidente Monson, que lleva paz al alma. Llevamos este bálsamo con nosotras en todo momento, y es por eso que tenemos éxito.

En estos días hay muy poca paz espiritual. Para muchos, esta es una época de confusión en cuanto a lo que en verdad es importante en la vida. Siempre se nos presentaran dificultades y asuntos apremiantes que alejen nuestra atención de la obra del Señor. Recuerden, la Sociedad de Socorro es la organización del Señor para las mujeres; es mucho mas que limitarse a asistir a una clase los domingos. El prestar servicio en la Sociedad de Socorro hace progresar a todas las hermanas. Una hermana del estado de Virginia escribió esto:

“He prestado servicio en casi todos los llamamientos de la Sociedad de Socorro y siento un gran amor por esta organización que me ha educado de diversas maneras. Considero esos años como los mas espirituales y felices de mi experiencia en la Iglesia. La Sociedad de Socorro me ha hecho ver que soy una persona de valor” (Loretta H. Ison, Big Stone Gap, Virginia).

En la Sociedad de Socorro somos fieles a las virtudes que se relacionan con la mujer, la madre, la familia y una vida de rectitud. Al aceptar esa dirección divina, las hermanas de la Sociedad de Socorro pueden emplear este bálsamo de Galaad en tiempos de tribulación. Contamos con las fuentes espirituales de fe, esperanza y compasión, para aplicarlas como bálsamo.

En tiempos antiguos, el bálsamo de Galaad era una especia aromática que se utilizaba para sanar y calmar. Provenía de un arbusto o árbol que crecía en los alrededores de Galaad, se usaba como mercancía de trueque y era sumamente popular. La fortaleza del bálsamo se hace evidente en la letra de un himno:

Hay bálsamo en Galaad
para al herido sanar.
El bálsamo de Galaad
el pecado del alma va a quitar.

La presidencia de la Sociedad de Socorro desea que todas las hermanas de la Iglesia reconozcan la importancia de su servicio y progresen en la obra que realizan para el Reino de Dios en la tierra. Hermanas, tenemos un sagrado llamamiento. Al dedicarnos a los propósitos de la Sociedad de Socorro, veremos muchos cambios favorables en cuanto a los problemas que afectan nuestros hogares y comunidades.

El nombre “Sociedad de Socorro” describe nuestro objetivo: proveer socorro. Aunque las mujeres muchas veces tenemos el deseo y la tendencia natural de tratar de resolver cualquier problema, no somos la “sociedad de soluciones”; somos la Sociedad de Socorro. Comprendemos el poder y la fortaleza de los frutos del Espíritu que se describen en Gálatas: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe (Gálatas 5:22; cursiva agregada). Aunque no nos sea posible eliminar el problema, podemos prestar alivio al que sufre; podemos brindarle seguridad y apoyo, bondad y tranquilidad.

Cuando el profeta José Smith sufría en la cárcel de Liberty, escribió lo siguiente en cuanto al bálsamo que recibió de sus amigos:

“… aquellos que jamas han sido encerrados dentro de los muros de una prisión sin causa … difícilmente se pueden imaginar cuan dulce es el son de la voz de un amigo. Una señal de amistad, de dondequiera que proviniere, despierta y activa todo sentimiento de simpatía … La voz de la inspiración llega quietamente, y susurra: … Hijo mío, paz a tu alma …” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 158).

El Profeta reconoció la función que cada uno de nosotros tiene de animar, de ayudar y tranquilizar, a fin de mitigar las calamidades de la vida y ser receptivos a la voz del Señor.

Ese es el bálsamo que hoy día emplean las mujeres de la Sociedad de Socorro. En esta Iglesia mundial hay innumerables hermanas que ponen a su familia en primer plano: mujeres que leen las Escrituras y las meditan; que siguen cl consejo de los profetas que nos guían; que dedican su tiempo a cumplir llamamientos difíciles, los que varían desde organizar campamentos para las Laureles, hasta enseñar los Artículos de Fe a los niños de la Primaria, o saludar a las hermanas que llegan a la Sociedad de Socorro los domingos por la mañana. Y la influencia de todas ellas trae bendiciones al mundo.

Gran parte de lo que hacen lo llevan a cabo silenciosamente, hermana por hermana. Siempre ha sido así. Pienso en María, que lavó los pies de Jesús después de Su calurosa y polvorienta jornada, y luego los enjugó con sus cabellos antes de ungírselos con perfumes (véase Juan 12:3); pienso en Dorcas, a quien a veces se menciona como la hermana de la Sociedad de Socorro del Nuevo Testamento, ya que las buenas obras que realizó a lo largo de su vida fueron causa de que las mujeres lloraran cuando ella murió y que le suplicaran a Pedro que le restaurara la vida (véase Hechos 9:36-39); pienso en Helen, que trabaja conmigo en las oficinas generales de la Sociedad de Socorro: incansable, paciente y gentil, Helen es una fuente de paz que me da consuelo, porque se que siempre puedo contar con su ayuda.

He tenido el privilegio de conocer a muchas de ustedes. Gracias por cl constante amor que se extienden unas a otras, por su ejemplo y servicio. Gracias por estrecharse la una a la otra, acogiéndose mutuamente en el circulo de hermandad que es el corazón y el alma de una rama, un barrio o una estaca.

La quinta Presidenta General de la Sociedad de Socorro, Emmeline B. Wells, describió la influencia de las hermanas cuando dijo: “El sol nunca se pone para la Sociedad de Socorro” (“R.S. Reports: Alpine Stake”, Woman’s Exponent, agosto de 1904, pág. 21).

He asistido a reuniones de la Sociedad de Socorro en muchas partes del mundo y se que el Señor no tiene mejores trabajadores que las buenas mujeres de estas congregaciones. Nuestro bálsamo de Galaad adquiere muchas formas, ya que prestamos servicio tanto con el corazón como con las manos.

Recuerdo el informe de una hermana del estado de Georgia, a quien se había dado la asignación de determinar el daño que unas inundaciones severas habían causado a las casas de los miembros de la estaca. Entró en la cocina de una de las casas, caminando entre el fango que le llegaba a los tobillos, y abrió uno de los gabinetes; allí vio enrollada una serpiente extremadamente venenosa; rápidamente cerró la puerta y abrió otro gabinete, en donde se encontró frente a frente con otra culebra; consternada, corrió hasta la planta alta, y allí se topó con un caimán. Esto lo clasificaría yo como caridad heroica.

Una madre del estado de Carolina del Norte que había estado bajo el cuidado de las hermanas de la Sociedad de Socorro durante una enfermedad, comentó: “Las hermanas me han enseñado una lección en cuanto al valor de un alma, y el hecho de que, aun cuando nos encontremos despojados de todos nuestros títulos y responsabilidades, somos de valor para nuestro Padre

Celestial y la una para con la otra, y que la caridad nunca deja de ser”.

Dondequiera que estemos, podemos llevar una porción de nuestro bálsamo de Galaad para brindar alivio a los demás. Puede ser algo tan sencillo como el sentarse junto a una hermana que se sienta sola; podría ser un comentario positivo durante una lección, que sirviera de respuesta a la oración de alguna de las presentes; podría ser una mirada de aprobación, ayudar a una criatura a tomar agua del bebedero, enviar una nota por correo o leer las Escrituras con alguien. Podría ser una visita a alguien a quien no hayamos visto en las reuniones y cuyo nombre nos revele la voz apacible y delicada. Estos pequeños actos nos inspiran y hacen que nuestros problemas parezcan menos serios. De hecho, “de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33). Tanto el que da como el que recibe son bendecidos.

Nuestra fortaleza como hermanas de la Sociedad de Socorro es mas obvia y mas importante en el hogar. La mujer es el centro del hogar. Cualesquiera sean sus circunstancias, ustedes son el corazón de su hogar. Les exhorto a que lo santifiquen, a que den prioridad al fortalecimiento y el cuidado de su familia.

Mi hermana y yo hablamos con frecuencia de la familia en que nos criamos. Nacimos de buenos padres. Mi madre era fiel miembro de la Sociedad de Socorro en Cardston, Alberta, Canadá. Cuando yo era joven, sentí la influencia de las hermanas de la Sociedad de Socorro del barrio; me doy cuenta ahora de que siempre podía contar con ellas. Mi querido padre poseía un testimonio inquebrantable, y a los ochenta y ocho años me dio su ultima bendición del sacerdocio. Nuestros abuelos eran vecinos nuestros, algo que no es muy común hoy día; mi abuelo era el patriarca de la estaca y yo transcribía las bendiciones que el daba, lo cual fue una gran bendición para mi. Mi hermana Jean y yo tenemos recuerdos felices de nuestros años en la casa paterna.

El hogar puede ser un refugio sagrado; no sólo ofrece albergue físico sino también un sentido de seguridad, un sentimiento de unidad, de solidaridad con otros miembros de la familia. En el hogar vive la familia y esta se compone de la madre, las hijas, hermanas, tías y abuelas; también hay en ella abuelos, tíos, hermanos, hijos y un padre.

La familia nos brinda nuestros mayores gozos y algunas de nuestras mas dolorosas aflicciones; provee un ambiente de aprendizaje, un aula de la cual nunca nos graduamos, pero de la que siempre aprendemos. En el seno familiar aprendemos a reconocer la paz espiritual que se logra al aplicar los principios de la caridad, la paciencia, la integridad, la bondad, la generosidad, el autodominio y el servicio. Estos no son sólo valores familiares, sino que son el modo de vida del Señor.

El objetivo de la organización de la Sociedad de Socorro de la Iglesia, según el manual de instrucciones, es ayudar a la mujer y a su familia a venir a Cristo. Esto significa llevar la influencia de Jesucristo a nuestro hogar; significa concentrar nuestra atención en Su Evangelio y encontrar gozo al vivir Sus mandamientos; significa que debemos analizar lo que hacemos con nuestro tiempo y hacer hincapié en llegar a ser una familia que vive en unión y paz.

Como ustedes saben, esta no es tarea fácil. Todos los medios de comunicación comentan sobre el quebrantamiento o incluso la desaparición de la familia. Las presiones económicas obligan a las familias a tomar decisiones difíciles; hay factores que nos tiran en diferentes direcciones, y aun así, no debemos desviarnos de los principios del evangelio. Quizás nuestros esfuerzos pasen inadvertidos, pero valdrán la pena. La familia es la estructura básica de nuestra vida aquí y en las eternidades. El hecho de que la familia sea sellada indica la importancia central que tiene en el plan del Señor. Y la mujer tiene una función clave en la familia: nosotras establecemos el espíritu que reina en nuestro hogar; establecemos el modelo para el diario vivir; establecemos las normas para tratar a los demás; somos maestras, consejeras, confidentes, defensoras y compañeras.

En la Sociedad de Socorro contamos con un largo y significativo antecedente de dar prioridad a la familia. La “clase para las madres” fue la primera lección regular que se enseñó en la Sociedad de Socorro. Iniciadas en l901, estas lecciones formaban el curso original de Educación para la Madre, el cual tenía como propósito ayudar a las hermanas a administrar el hogar, inspirar a sus hijos, enseñar el evangelio y vivir en forma ejemplar, tal como lo hacemos en la actualidad.

En la Sociedad de Socorro de hoy día. enfocamos una lección del mes en las necesidades del hogar y la familia. Pero eso no es todo. El hogar y la familia son el foco central de referencia de todas las lecciones.

Debido al gran amor que sentimos por nuestra familia, esta a veces nos causa dolor o aflicción. Tenemos el ejemplo de Lehi y Saríah. ¿Cómo se habrán sentido con las riñas constantes de Lamán y Lemuel? Cuando José fue vendido para Egipto, que habrá pensado de sus hermanos? ¿Deseaba en realidad la reina Ester oír estas palabras de su tío Mardoqueo: “Y quien sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14).

La familia significa asumir responsabilidad el uno del otro. Esta primavera, mi nieto de siete años, David, me llamo para invitarme a un concierto en el que me dijo que iba a tener un papel estelar. Era el martes, mi día mas ocupado, pero le prometí que trataría de asistir. El día del programa, estuve ahí, esforzándome junto con los padres de el por encontrarlo en aquel mar de rostros que llevaban puestas orejas del ratón Mickey [Miguelito]. En efecto, tenía un solo; cada niño de la clase tenía un solo. Pero la recompensa llegó al final del programa cuando el corrió por el pasillo, diciendo: “Abuela, sabia que vendrías”.

Una amiga me habló recientemente de su padre, que había sufrido un ataque apoplético. Ella había enfrentado un período difícil, tratando de determinar la mejor manera de cuidarlo y ofrecerle apoyo, y a la vez considerar a su madre, que gozaba de buena salud y todavía tenía la perspectiva de disfrutar de la vida y de sus nietos. En la conversación, mi amiga comentó en cuanto al sentimiento de admiración que le llenaba el alma durante ese tiempo: “He descubierto que me gusta aprender de cl, observarlo mientras lucha con este difícil proceso de su cuerpo que se envejece”.

Nuestra familia puede permanecer unida en los tiempos mas difíciles; esto lo aprendemos bien de una de las experiencias mas dolorosas en la historia del mundo: la crucifixión de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En Juan leemos: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre” (Juan 19:25). Estaban juntos como lo habían estado durante Su vida. Mis pensamientos se remontaron a aquellos primeros años en que María y José criaron a aquel niño tan extraordinario. Me imagino a María confortando al niño Jesús con las palabras de consuelo tan naturales para nosotras, las madres: “Aquí estoy”. Y luego, en ese momento mas dramático de todos los tiempos, ahí estaba la madre, María. Ella no pudo aliviarle el dolor en ese momento, pero en cambio podía estar a Su lado. Jesús, en un tributo, ofreció estas grandiosas palabras: “… Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:26-27).

Mis hermanas de la Sociedad de Socorro, somos las poseedoras del bálsamo de Galaad. Que la hermandad de la Sociedad de Socorro las conforte y bendiga. Les reitero mi apoyo en todo lo que hacen por su familia y con ella. Ruego que sientan la influencia reconfortante del bálsamo de la Sociedad de Socorro.

Les testifico que Dios vive, que Jesucristo es Su Hijo y que Su evangelio ha sido restaurado en estos últimos días. En el nombre de Jesucristo. Amén.