La Luminosa Mañana Del Perdón

Boyd K. Packer

Acting President of the Quorum of the Twelve Apostles


Boyd K. Packer
“Con excepción de unos pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existen el habito, la adicción, la rebelión, la transgresión, la apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo.”

En abril de 1847, Brigham Young guió a la primera compañía de pioneros que partió de Winter Quarters. Al mismo tiempo, dos mil seiscientos kilómetros hacia el oeste, los patéticos sobrevivientes del grupo de Donner bajaban desorganizados por las laderas de las montañas de la Sierra Nevada hacia el valle de Sacramento.

Habían pasado el crudo invierno atrapados en los ventisqueros, justo debajo de la cima. Es casi imposible creer que alguien haya podido sobrevivir los días, las semanas y los meses que pasaron expuestos al hambre y a un sufrimiento indescriptible.

Entre ellos se encontraba John Breen, de quince años de edad, que en la noche del 24 de abril llego a la hacienda de los Johnson; años mas tarde, el mismo escribió:

“Hacia mucho que había anochecido cuando llegamos a la hacienda de Johnson, por eso, la primera vez que realmente la vi fue a horas tempranas de la mañana. El tiempo estaba bueno, el suelo cubierto de verde hierba, los pájaros cantaban en las ramas de los árboles y nuestra jornada había llegado a su fin. Me parecía mentira estar todavía con vida.

“La escena que se me presento ante los ojos esa mañana permanece grabada en mi mente. Me he olvidado de la mayoría de las cosas que sucedieron, pero aquel campamento junto a la hacienda de Johnson jamas se borrara de mi memoria. (John Breen, “Pioneer Memoirs”, inédito, citado en “The Americanization of Utah”, programa de televisión de PBS.)

Al principio me sentí sumamente desconcertado por su declaración de haber “olvidado la mayoría de las cosas que sucedieron”. ¿Cómo podía haber olvidado los largos meses de intenso sufrimiento? ¿Como era posible que una mañana luminosa reemplazara en su memoria aquel brutal y tenebroso invierno?

Sin embargo, luego de reflexionar mas detenidamente, me di cuenta de que no tenía por que asombrarme esa reacción, puesto que he observado algo semejante en gente conocida. He visto personas a quienes, después de pasar un largo invierno de remordimiento y hambre espiritual, les ha amanecido la mañana del perdón.

Al llegar esa mañana, aprendieron lo siguiente:

“He aquí, quien se ha arrepentido de SUS pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo mas” (D. y C. 58:42).

“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Isaías 43:25; cursiva agregada).

“… porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré mas de su pecado” (Jeremías 31:34).

“Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca mas me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12).

De joven, el profeta Alma paso por una época así: “… me martirizaba”, dijo, “un tormento eterno”, y tenía el “alma … atribulada en sumo grado” (Alma 36:12; cursiva agregada).

Incluso llegó a pensar: “¡Oh si fuera desterrado … y aniquilado en cuerpo y alma … !” (Alma 36:15; cursiva agregada.)

Pero su mente se concentró en un pensamiento, y al reflexionar sobre la idea y ponerla en practica, amaneció la mañana del perdón, que el describe con estas palabras:

“… ya no me pude acordar mas de mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.

“Y ¡oh que gozo, y que luz tan maravillosa fue la que vi! Si, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor” (Alma 36:19-20).

Muchos de los que han cometido faltas graves nos escriben cartas, preguntando: “¿Podré ser perdonado alguna vez?”

La respuesta es “¡Sí!”

El evangelio nos enseña que por medio del arrepentimiento se logra el alivio del tormento y la culpa. Con excepción de unos pocos que han optado por la vía de la perdición luego de haber conocido la plenitud, no existen un habito, una adicción, una rebelión, una transgresión, ni una ofensa en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo.

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. Eso será, continua diciendo Isaías, “Si quisiereis y oyereis” (Isaías 1:18-19).

Aun la gracia de Dios que se promete en las Escrituras se recibirá solo “después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).

Ustedes podrán decirse que las transgresiones que han cometido no son verdaderos pecados, pero eso no vale de nada, como tampoco vale rebelarse, enojarse ni hacer bromas sobre las transgresiones. Eso no los beneficia, y no tienen por que hacerlo.

Hay un camino de regreso Yo no les ayudaría si, por temor a lastimar sus sentimientos , no les hablara de la parte ardua.

John Breen no llego a disfrutar de aquella mañana gloriosa en la hacienda de Johnson sólo con desearlo, sino que lucho con gran denuedo y sacrificio para atravesar el desfiladero, sufriendo en cada paso del camino. Una vez que supo que sobreviviría y que el sufrimiento llegaría a su fin, con seguridad no protesto por las penurias que había pasado. Había recibido ayuda en su descenso porque sus salvadores lo acompañaban.

Cuando una afrenta es pequeña, se satisface la ley con algo tan sencillo como pedir perdón. La mayoría de las faltas se pueden resolver entre nosotros y el Señor, y eso debe hacerse cuanto antes (véase D. y C. 109:21). Para ello, es necesario que nos confesemos con El y hagamos las reparaciones que sean necesarias.

Cuando el arrepentimiento sincero es parte de nuestra vida, según la disposición que tengamos para confesar los pecados y abandonarlos (véase D. y C. 58:43; Ezequiel 1&:21-24, 31-32), el Señor ha prometido que “siempre retendr[emos] la remisión de [n]uestros pecados” (Mosíah 4:12).

Alma le dijo de manera contundente a su hijo que “el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42: 16) .

El castigo puede consistir, en gran parte, en el tormento que nosotros mismos nos infligimos por el remordimiento; puede constituir también la perdida de privilegios o el retraso en nuestro progreso. Al final, toda alma arrepentida que no haya cometido el pecado imperdonable recibirá el perdón (véase Mateo 12:31); sin embargo, como sucede en el caso de David, el perdón no significa tener asegurada la exaltación (véase D. y C. 132:38-39; véase también Salmos 16:10; Hechos 2:25-27; Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 419). 0 sea, si no recibimos un castigo a causa de nuestros pecados, de todos modos somos castigados por ellos.

Hay algunas transgresiones por las cuales se requieren medidas disciplinarias con el fin de recibir el alivio que se experimenta con la mañana del perdón. Si sus faltas han sido graves, vayan a ver al obispo. Al igual que las personas que rescataron a John Breen y le ayudaron a bajar la cordillera, el obispo los guiara a través de los pasos necesarios para obtener el perdón en lo que a la Iglesia se refiere. Por otra parte, cada uno de nosotros debe esforzarse individualmente por obtener el perdón del Señor.

Para obtener el perdón debemos restituir; ello significa que debemos devolver lo que hayamos tomado y aliviar el dolor de aquellos a quienes hayamos lastimado.

No obstante, a veces es imposible devolver lo que se ha tomado ya que no se tiene para restituir. Si han causado a otra persona un sufrimiento insoportable-por haberle mancillado la virtud, por ejemplo-, no tienen el poder de restituirla.

Hay ocasiones en que no se puede reparar lo que se ha quebrado. Quizás el agravio se haya cometido mucho tiempo atrás, o las personas a las cuales hayan ofendido rehusen aceptar su arrepentimiento. Puede ser también que el daño haya sido tan grave que les sea imposible hacer nada para repararlo, por mas que deseen con desesperación hacerlo.

Su arrepentimiento no puede aceptarse a menos que haya restitución. Si no les es posible reparar lo que hayan hecho, están en un grave aprieto. Es fácil de comprender cuan impotentes y desesperados se sienten entonces y por que, como Alma, sienten también el deseo de darse por vencidos.

La reflexión que rescató a Alma, cuando el la puso en practica, fue la siguiente:

Restaurar lo que no se puede restaurar, curar las heridas incurables reparar lo que se ha quebrado y no tiene arreglo, es el propósito principal de la expiación de Cristo.

Cuando el deseo que nos guía es firme y estamos dispuestos a pagar hasta “el ultimo cuadrante” (véase Mateo 5:2526), la ley de restitución queda sin efecto; nuestra deuda se transfiere al Señor. El se hará cargo de nuestras deudas.

Lo repito, con excepción de unos pocos que han optado por seguir la vía de la perdición, no existen el habito, la adicción, la rebelión, la transgresión, la apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo. Esa es la promesa de la expiación de Cristo.

En que forma se puede reparar todo, no lo sabemos; es posible que no todo se logre en esta vida. Por medio de visiones y visitaciones sabemos que los siervos del Señor continúan la obra de redención del otro lado del velo (véase D. y C. 138).

Ese conocimiento debe dar no sólo consuelo al culpable sino también al inocente. Pienso en los padres que sufren en forma intolerable por las faltas de sus hijos descarriados y que están perdiendo las esperanzas.

Algunos miembros se preguntan por que los lideres del sacerdocio no los aceptan como son y sencillamente los consuelan con lo que se da en llamar puro amor cristiano.

El puro amor cristiano, el amor de Cristo, no significa aprobar todo tipo de conducta. Sin duda, las experiencias mas comunes de la paternidad enseñan que se puede tener un amor intenso por otra persona y no por eso aprobar una conducta indigna.

A la Iglesia le es imposible aprobar una conducta indigna o aceptar a un miembro con todos sus derechos si esa persona vive o enseña normas que sean contrarias a lo que el Señor requiere de los Santos de los Últimos Días.

El hecho de que, por conmiseración, aprobemos una conducta indigna, quizás pueda dar solaz temporal a alguien, pero no contribuirá finalmente a su felicidad.

En el mas tierno de los sermones en las revelaciones acerca de la bondad, la longanimidad, la benignidad y el amor sincero, el Señor nos instruyo diciendo que debíamos reprender “en el momento oportuno con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces [demostrar] mayor amor hacia el … reprendido” (D. y C. 121:43).

El Señor nos proporciona las formas de pagarle nuestras deudas. En un sentido, nosotros mismos podemos participar en un tipo de expiación. Cuando estamos dispuestos a restaurar a los demás lo que no hayamos tomado, a sanar las heridas que no hayamos infligido o a pagar una deuda que no hayamos contraído, estamos emulando Su parte en la Expiación.

Hay tantos que viven sufriendo de sentimientos de culpabilidad cuando el alivio esta siempre al alcance de la mano. Hay muchos como la mujer inmigrante que ahorró todo lo que pudo y se privó aun de lo necesario hasta que, vendiendo todo lo que poseía, pudo comprarse un pasaje de tercera clase para América.

Durante el viaje, racionó las pocas provisiones que había podido llevar consigo, pero aun así, se le terminaron a los pocos días de travesía. Cuando los demás iban a comer, ella se quedaba debajo de cubierta, determinada a sufrir. Finalmente, el ultimo día. pensó que debía pagar una comida para alimentarse y adquirir la fortaleza necesaria para emprender la jornada que le esperaba. Y al preguntar cuanto costaba la comida, le dijeron que todas las comidas estaban incluidas en el precio del pasaje.

La gran mañana del perdón quizás no llegue en seguida. Pero no se den por vencidos si fracasan en el primer intento; muchas veces la parte mas difícil del arrepentimiento es perdonarse a si mismo. El desaliento es parte de la prueba. No se den por vencidos: esa mañana luminosa llegara.

Entonces, volverán a sentir “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). Y ustedes, como El, no recordaran mas sus pecados. ¿Cómo lo sabrán? ¡Les aseguro que lo sabrán! (Véase Mosíah 4: 13.)

Hace unos años me encontraba en Washington D. C., con el presidente Harold B. Lee, cuando una mañana temprano me llamó a su cuarto del hotel. Todavía tenía puesta la bata y se hallaba sentado, leyendo Doctrina del Evangelio, por el presidente Joseph F. Smith. Me dijo: “Escuche esto”, y leyó lo siguiente:

“Jesús no había completado su obra cuando fue muerto Su cuerpo, ni la terminó después de Su resurrección de los muertos; aun cuando había realizado el propósito para el cual vino a la tierra en esa época, todavía no cumplía toda su obra. ¿Y cuando será esto? Sólo cuando haya redimido y salvado a todo hijo e hija de nuestro padre Adán que han nacido o que nacerán sobre esta tierra hasta el fin del tiempo, salvo a los hijos de perdición. Esta es Su misión. Nosotros no terminaremos nuestra obra sino hasta que nos hayamos salvado a nosotros mismos, y en seguida, hasta que hayamos salvado a todos los que dependen de nosotros; porque nosotros hemos de llegar a ser salvadores en el Monte de Sión, así como Cristo. Somos llamados a esta mi. Sión” (Doctrina del Evangelio, págs. 435436).

El profeta José Smith enseñó: ‘El espíritu nunca es demasiado viejo para allegarse a Dios. Todos pueden alcanzar la misericordia y el perdón, si no han cometido el pecado imperdonable” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 230; cursiva agregada) .

Por eso oramos, ayunamos, rogamos e imploramos. Amamos a los que se han extraviado y nunca perderemos la esperanza.

Doy testimonio de Cristo y del poder de Su expiación. Se que, tal como dice en la traducción que el profeta José Smith hizo de Salmos 30:5, “su ira se enciende contra los inicuos; ellos se arrepienten, y en un instante cesa su ira, y hallan su favor, y el les da vida. Por tanto, una noche durará el lloro, pero a la mañana vendrá la alegría” (véase Salmos 30:5; véase también D. y C. 61:20). En el nombre de Jesucristo. Amén.