Para Llegar Al Corazón De Los Niños

Anne G. Wirthlin


“Nuestro Padre Celestial desea que enseñemos a Sus hijos, que les enseñemos verdaderamente quienes son, y que los llevemos al Salvador.”

Hace exactamente un año, la hermana Susan Warner y yo fuimos sostenidas como consejeras de la hermana Patricia Pinegar en una nueva Presidencia General de la Primaria. Después de haber criado nuestros propios hijos (entre las tres tenemos veinticuatro), tendríamos ciertas razones para confiar en nuestra habilidad de entender las necesidades de los niños. Sin embargo, la responsabilidad de representar a lo s niños de la Iglesia en el mundo de hoy era un gran peso sobre nuestros hombros. El mayor deseo que sentíamos era conocer la voluntad de nuestro Padre Celestial y buscar Su dirección.

Al reunirnos con el elder Robert D. Hales, después de recibir el llamamiento, el nos sugirió que mientras leíamos las Escrituras, marcáramos los pasajes que se referían a los niños. Hallamos muchos. De hecho, parece que la totalidad de las Escrituras hubiera sido escrita para las familias. Los profetas no dejan duda alguna en cuanto a los deseos del Señor con respecto a Sus pequeñitos. Nefi comienza su registro diciendo:

“Yo, Nefi, nací de buenos padres, y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre” (1 Nefi 1:1).

Enós inició sus escritos así:

“He aquí, aconteció que yo, Enós, sabia que mi padre era un varón justo, pues me instruyó en su idioma y también me crió en disciplina y amonestación del Señor-y bendito sea el nombre de mi Dios por ello-” (Enós 1:1).

Y el lema de nuestra Primaria proviene de las palabras de Isaías: “Y todos tus hijos serán instruidos por el Señor; y grande será la paz de tus hijos” (3 Nefi 22:13).

Nuestro Padre Celestial desea que enseñemos a Sus hijos, que les enseñemos verdaderamente quienes son, y que los llevemos al Salvador. En su mensaje de la Conferencia General de octubre del año pasado, recuerdo que la hermana Pinegar hizo esta provocativa pregunta: “¿Quien ha de enseñar a los niños?” No era sólo una pregunta, sino una invitación a todas nosotras, a todos los que tenemos niños en nuestro circulo de influencia, a responder al llamado de nuestro Padre Celestial para enseñar a Sus hijos.

Al tratar humildemente de responder a ese llamado, surgen otras preguntas mas profundas: “¿Cómo hemos de enseñar a los niños? ¿Cómo podemos grabar la palabra del Señor en su corazón mientras son pequeños, para que cuando alcancen los años de su juventud puedan ser capaces de discernir entre la verdad y el error, y tengan fuerza interior para resistir la tentación? ~Cómo podemos nutrir su progreso espiritual para que su obediencia pase de un mero acatamiento exterior a un deseo interior que nazca del amor por el Padre Celestial y de la conciencia de quienes en verdad son?”

Estos interrogantes que nos preocupan no son exclusivos de nuestros días, sino que han representado un problema para los padres en todas las generaciones. Y este consejo, que el Señor dio hace cientos de años por medio de Moisés a los hijos de Israel, es tal como si nos hablara en este mismo día.

“Y amaras a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;

“y las repetirás a tus hijos, y hablaras de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes …

“y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deuteronomio 6:57, 9).

Cuando en verdad amemos al Señor con todo nuestro corazón, entonces podremos guiar a Sus hijos a El mediante cada uno de nuestros actos. Su devoción al Señor aumentara al observar nuestra devoción hacia El; entenderán el poder de la oración al oírnos orar a un amoroso Padre Celestial que nos escucha y contesta nuestras oraciones; comprenderán la fe al observarnos vivir por la fe; y aprenderán la fortaleza del amor por la forma amable y respetuosa en que los tratemos. No podemos enseñar la verdad a nuestros niños sin tener con ellos relaciones de confianza y amor. El presidente Howard W. Hunter expresó: “Los padres que han tenido éxito son los que han amado, los que se han sacrificado, los que se han preocupado, han enseñado y han atendido a las necesidades de sus hijos” (Howard W. Hunter, Liahona, enero de 1984).

Si nuestros hijos sienten nuestro amor hacia el Señor y el amor incondicional que tenemos por ellos, el ejemplo que les demos se convertirá en una guía significativa para el desarrollo de su propia fuerza espiritual. Recordemos que el mandato del Señor a los Israelitas fue que pusieran primero Sus palabras en su corazón, y después les dijo: “y las repetirás a tus hijos, y hablaras de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7). En todo lo que hagamos podemos enseñar a nuestros hijos a amar al Señor. A veces, impartimos nuestras enseñanzas mas perdurables sin siquiera darnos cuenta de que estamos enseñando.

Recuerdo que cuando era maestra de las niñas de once años de la Primaria, tuvimos una actividad para las niñas y sus madres. Yo había pedido a cada una que presentara a su mama y mencionara algo que admirara en ella; y si lo deseaba, podía llevar un objeto que le recordara a su madre. Una de las chicas dijo que sabia que a su madre le gustaba leer las Escrituras. Señalando los libros, dijo: “Siempre se en que lugar de la casa estuvo, al encontrar ahí las Escrituras”. He recordado ese ejemplo a través de los años y pienso cuan natural habrá resultado para esa madre transmitirles a sus hijos el amor por las Escrituras, sin siquiera pensar en ello, porque ella misma había desarrollado ese amor. Enseñamos primero lo que somos, y eso es lo que queda grabado en la memoria y en el corazón de nuestros niños.

Hay un espíritu especial que inunda nuestro hogar cuando en el hay amor por el Señor, amor mutuo entre la familia, y un compromiso de obediencia que nace de ese amor. Al hablar de ese espíritu, recuerdo nuestra casa de la Misión de Frankfort, Alemania, donde mi esposo fue Presidente de Misión. Nuestra hija Marianne tenía en ese entonces diez años; algunas de sus amigas de la escuela solían ir a la casa de la misión y en ocasiones se quedaban a dormir. Cierta noche, una de ellas dijo: “Me gusta venir a tu casa, porque aquí me siento segura”. Marianne entendió lo que su amiga quiso decir: toda nuestra familia conocía el espíritu de la casa de la misión; era un legado de miles de dedicados misioneros que habían pasado por esa casa expresando sus testimonios y su amor por su Padre Celestial y por el Salvador. Es un espíritu que puede percibirse en todos los hogares de la Iglesia cuando la familia comparte impresiones del Espíritu al leer juntos las Escrituras, al expresar el testimonio y arrodillarnos juntos en oración.

El presidente Spencer W. Kimball guardaba vividos recuerdos de su hogar; el contaba:

“La familia se arrodillaba siempre antes de las comidas para orar, retirando las sillas de la mesa. Había siempre oraciones nocturnas en las rodillas de mi madre. Siento pena por los niños que debieron aprender estas importantes lecciones después de haber crecido, cuando les resultó mucho mas difícil” (Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, Jr., Spencer W Kimball, Salt Lake City, Utah: Bookcraft, 1977, pág. 31).

El hogar puede ser un oasis de paz en el mundo. Es un lugar donde todo niño tiene el derecho a sentirse seguro.

En una reunión de ayuno y testimonios a la que asistí hace poco en mi barrio, tres niños expresaron su testimonio. Richie se paró al comenzar la reunión y dijo: “Anoche estaba leyendo los capítulos 1, 2 y 3 de 1 Nefi; y mientras leía sentí una paz muy grande, y me sentí muy bien. Estoy agradecido por las Escrituras”.

Charity relató una experiencia que tuvo al asistir a un concierto con su familia y encontrarse separada de sus padres, diciendo: “Encontré un rincón y me senté y ore al Padre Celestial. Le pedí que enviara al Espíritu Santo para estar conmigo hasta que mis padres me encontraran; y no tuve nada de miedo”.

Spencer había sido ordenado diácono y expresó su agradecimiento por el obispo, que lo había ordenado al Sacerdocio Aarónico, y habló de lo mucho que significaba para el ser diácono. El corazón de estos niños ha tenido la influencia de padres, maestros y lideres que amaron primeramente al Señor y luego encaminaron a sus hijos hacia El.

Todos podemos influir en nuestros niños y llevarlos hacia el Salvador. Al principio, ellos lo verán a través de nuestros ojos, y aprenderán a conocerle y amarle como su Amigo mas querido. Entenderán lo que significa tener Su Espíritu con ellos, y esto constituirá su fuerza. Es mi oración que todos podamos tener esta visión en nuestra mente, y lo pido en el nombre de Jesucristo. Amen.