“Toda persona que se bautice en la Iglesia y que reciba y sienta la confirmación del Espíritu mediante el don del Espíritu Santo es testigo de Dios.”

Desde la restauración del evangelio, se ha ofrecido desde este púlpito y en muchos otros lugares el mas maravilloso despliegue que se haya registrado de testimonios personales sobre la divina misión del Redentor.

La ley de los testigos ha sido siempre una parte de la obra del Señor sobre la tierra. Esta ley establece que “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Cor. 13:1; Deuteronomio 17:6; 19:15; Mateo 18:1516; Juan 8:1229). El tener testigos confirma que ocurrieron ciertos acontecimientos, y que la doctrina y los principios que Dios ha dado son verdaderos.

El primer deber del testigo es testificar. La persona que pueda dar testimonio de las verdades del Evangelio restaurado de Jesucristo habla de cosas que sabe que son verdaderas. En el Señor y en Sus testigos fieles mora una verdad que supera el entendimiento terrenal. Pablo sabia esto cuando dijo:

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,

“lo cual también hablamos, no con palabras ensenadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Cor. 2:12—13).

Yo era jovencito cuando asistí a una conferencia de estaca efectuada en la Estaca Tooele, Utah, y escuche con atención las palabras de la autoridad visitante. Era el elder LeGrand Richards, que predicó el evangelio a su acostumbrada manera cálida y espiritual; nunca he olvidado aquella experiencia. No recuerdo de que hablo, pero si recuerdo lo que sentí. Mas tarde aprendí que la razón por la que me sentí así fue porque estaba escuchando a un testigo especial de Jesucristo. Se que el estaba consciente de ello, y ese día mi testimonio y fe en cuanto a las verdades del evangelio se hicieron mas firmes.

Orson Pratt dijo: “Una persona no puede dar testimonio de aquello en lo que meramente crea. Dios requiere de la humanidad, o de ciertas personas entre la humanidad, que sean testigos de El-testigos de Su existencia-, para que así puedan dar testimonio a otros” Fournal of Discourses, 16:209:210).

Hubo muchos que presenciaron los grandes milagros y escucharon las enseñanzas del Salvador durante Su ministerio terrenal, pero no todos se convirtieron en testigos. No hubo ministraciones personales de Cristo a los incrédulos. El Señor abrió los ojos de sólo unas cuantas personas para que supieran en verdad quien era El.

Con el llamado que el Salvador hizo a los Doce, se instituyó el llamamiento de los testigos especiales de Cristo.

El profeta José Smith, refiriéndose a la resurrección del Señor, dijo “… Dios lo levantó de los muertos, y … ellos (los apóstoles) eran testigos suyos … y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 68).

Toda persona que se bautice en la Iglesia y que reciba y sienta la confirmación del Espíritu mediante el don del Espíritu Santo es testigo de Dios “en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar” (Mosíah 18:9). Al participar de la Santa Cena, ese miembro renueva su testimonio y cometido de tomar sobre si el nombre del Salvador, de guardar Sus mandamientos y recordarle siempre. Y no sólo la persona a quien el Espíritu le testifique de esta manera sabe de estas cosas, sino que El las lleva al corazón de otros. Esta es la base del gran esfuerzo misional de la Iglesia. “… porque cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” (2 Nefi 33:1).

El testimonio que nos inspira el Espíritu Santo es mas potente aun que el testimonio de las cosas que vemos con los ojos. Los miembros de la Iglesia nos convertimos en testigos del Salvador y de la veracidad de esta obra no sólo mediante la palabra, sino al guardar nuestros convenios, al tratar en la debida forma a los demás y al vivir rectamente.

La Primera Presidencia y los Doce son llamados como “testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo’’ (D. y C. 107:23). Son hombres que, por comisión divina, la ordenación en el sacerdocio y el fuego del Espíritu Santo tienen las llaves del ministerio en la tierra. Los Setenta trabajan bajo la dirección de la Primera Presidencia y los Doce, y son testigos especiales a los gentiles y en todo el mundo. Todos ellos, en conjunto, se convierten en lo que Pablo denomina una “nube de testigos” (Hebreos 12:1).

El profeta José Smith definió la obra del reino en nuestra dispensación con estas palabras:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de el [Jesucristo], este es el testimonio, el ultimo de todos, que nosotros damos de el: ¡Que vive!

“Porque lo vimos, si, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que el es el Unigénito del Padre” (D. y C. 76:2223) .

Los Tres Testigos del Libro de Mormón, Oliver Cowdery, David Whitmer y Martin Harris, dijeron:

“Y declaramos con palabras solemnes que un ángel de Dios bajó del cielo, y que trajo las planchas y las puso ante nuestros ojos, de manera que las vimos y las contemplamos, así como los grabados que contenían; y sabemos que es por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, que vimos y testificamos que estas cosas son verdaderas” (“El Testimonio de Tres Testigos”, Libro de Mormón).

Wilford Woodruff dijo en este Tabernáculo: “José Smith era lo que profesaba ser. un Profeta de Dios, un Vidente y Revelador. Vivió… los años suficientes para entregar las llaves del reino … a los Doce Apóstoles … Nosotros hemos edificado sobre los cimientos que el puso …” (Journal of Discourses, 13: 164) .

El presidente David 0. McKay, cuya vida se extendió desde la época de algunos de los que comenzaron esta obra hasta la de algunos de los que hoy servimos, y que fuimos llamados por el, dijo:

“Tengo un firme testimonio de que el Padre y el Hijo aparecieron al profeta José Smith, y revelaron por medio de el Evangelio de Jesucristo … Deidad, hermandad,

servicio: estos son los principios que guían La vida cristiana y que influyen en todo lo que se hace en la Iglesia” (Testimonies of the Divinity of the Church of Jesus Christ of Latterday Saints by Its Leaders, compilado por Joseph E. Cardon y Samuel O. Bennion, Independence, Misuri: Zion’s Printing and Publishing Co., 1930, pág. 118).

Y estas son las palabras de nuestro Profeta actual, el presidente Gordon B. Hinckley:

“Tengo un testimonio de que el Hijo de Dios, Jesucristo, mi Salvador y mi Redentor, el Jehová del Antiguo Testamento, el Mesías del Nuevo Testamento, realmente vive … Por medio de Su sacrificio expiatorio … cada uno de nosotros, si rinde obediencia a Sus verdades, podrá alcanzar la exaltación y una vida eterna que en nuestro estado actual no podemos entender o comprender. El es mi Redentor, mi Señor, mi Salvador, mi Rey, mi Amigo” (Conferencia Regional de Vacaville/Santa Rosa, sesión para lideres del sacerdocio, 20 de mayo de 1995).

El testimonio que han expresado los que hoy ocuparon este púlpito es compatible con el de aquellos que, mediante la autoridad divina, comenzaron esta obra.

Los miembros y los misioneros de esta Iglesia llevan ese mismo testimonio a cada uno de los hijos de nuestro Padre. Es una invitación para aprender la doctrina, sentir el Espíritu y ser sanado al participar de la plenitud del Evangelio de Jesucristo .

A ese testimonio me gustaría añadir el mío concerniente a la veracidad de esta obra. Se que tenemos un Dios en los cielos que nos protege y nos cuida. Se que Dios vive; lo se, lo se. Se que Jesucristo es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Se que José Smith fue un Profeta verdadero de Dios. Se que Gordon B. Hinckley es un Profeta de Dios hoy día. y que este es el Evangelio de Jesucristo. Que Dios nos bendiga a fin de que prestemos oído a los testigos y expresemos nuestro propio testimonio. En el nombre de Jesucristo. Amén.