“Si Quieres Entrar En La Vida, Guarda Los Mandamientos”

Robert D. Hales

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Robert D. Hales
“¡Cuanto aprecio los mandamientos del Señor! Ellos nos guían y protegen, y nos habilitan para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.”

El Salvador dijo “… si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Quiero contarles una historia, hermanos, un relato de la vida real, sobre un hombre que se llamaba Abinadí. Abinadí era un profeta que fue a predicar el arrepentimiento a una gente inicua y a un rey malvado; predicó intrépida y valientemente, sabiendo que con sus palabras arriesgaba la vida misma.

El perverso rey Noé se enfureció y ordeno a sus sacerdotes que lo mataran: “… Llevaos a este individuo, y matadlo … Pues esta loco”.

Pero cuando los sacerdotes trataron de ponerle las manos encima, el los detuvo diciéndoles:

“No me toquéis, porque Dios os herirá si me echáis mano, porque no he comunicado el mensaje que el .Señor me mando que diera …

“Mas debo cumplir los mandamientos que Dios me ha mandado”.

Los súbditos del rey Noé tenían miedo de tocarlo “porque el Espíritu del Señor estaba sobre el y SU rostro resplandecía con un brillo extraordinario … Y hablo con poder y autoridad de Dios”. Abinadí les dijo que terminarla el mensaje que Dios le había mandado comunicar; y que después, no tenía importancia lo que el rey Noé y su pueblo le hicieran (véase Mosiah 13:15).

Cuando concluyo su mensaje, el rey le exigió que se retractara de todo lo que había dicho o, de lo contrario, lo condenarían a muerte. Abinadí se negó a hacerlo.

La firmeza de su fe se manifiesta en este conmovedor pasaje del registro sagrado:

“Y ahora bien, cuando Abinadí hubo dicho estas palabras, cayo, habiendo padecido la muerte por fuego; si, habiéndosele ejecutado porque no quiso negar los mandamientos de Dios, habiendo sellado la verdad de sus palabras con su muerte” (véase Mosíah 17:6-20; cursiva agregada).

Mis hermanos del sacerdocio, ejemplo extraordinario debe ser Abinadí para todos nosotros! El obedeció valerosamente los mandamientos del Señor, aun cuando ello le costó la vida. En todas las dispensaciones, ha habido profetas que han arriesgado su vida de buena gana y, con valor, han hecho la voluntad de Dios y proclamado Su palabra.

El profeta José Smith fue “como cordero al matadero” (D. y C. 135:4), sin flaquear mientras cumplía los mandamientos del Señor.

Y pensemos en el ejemplo de nuestro Salvador. Por la manera en que El vivió, nos enseñó a vivir. Pensemos en Su tierna compasión al hacer los milagros y al atender al pobre y al afligido. El opto humildemente por ser obediente a los mandamientos del Padre y persevero hasta el fin, cumpliendo Su divina misión y llevando a cabo el sacrificio expiatorio por toda la humanidad.

Hermanos, por ser poseedores del Sacerdocio de Dios, sigamos el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo y el de Sus profetas, tanto los del pasado como los del presente. Es probable que no se nos requiera dar la vida, como muchos de ellos, pero se nos exige la obediencia a los mandamientos de Dios y la fidelidad a los convenios que hayamos hecho con El.

¿Puedo hablarles directamente a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico un momento? El Sacerdocio de Aarón es el sacerdocio preparatorio y tiene por objeto prepararlos para el otro mayor, el Sacerdocio de Melquisedec. Como poseedores del Sacerdocio Aarónico, deben aprender a obedecer los mandamientos del Señor. Honren a sus padres, guarden sagrado el día de reposo, no tomen el nombre del Señor en vano, respeten a la mujer, sean castos, no mientan ni roben, obedezcan la Palabra de Sabiduría, paguen un diezmo integro y una ofrenda de ayuno generosa. Si obedecen estos y otros mandamientos, recibirán ricas bendiciones.

Diáconos, maestros y presbíteros: ¿Son ustedes dignos de oficiar preparando, bendiciendo y repartiendo la Santa Cena? Estas son responsabilidades sagradas; el pan y el agua son emblemas de la carne y la sangre de nuestro Salvador, y representan Su sacrificio expiatorio.

Piensen en eso un momento. La Santa Cena que ustedes administran todas las semanas se sirve en memoria de la expiación de Jesucristo. El asombroso don de la Expiación vence a la muerte física incondicionalmente y es infinito, porque es para todos los que hayan tenido o tengan un cuerpo mortal. Por medio de la Expiación, todos somos redimidos de la caída de Adán y seremos resucitados.

No obstante, para que las bendiciones de la Expiación en pleno tengan efecto sobre nosotros y nos permitan regresar a vivir con nuestro Padre Celestial, debemos arrepentirnos de nuestros pecados y ser fieles en obedecer los mandamientos de Dios. De ahí que, aunque las bendiciones redentoras del arrepentimiento y el perdón sean una importante parte de la Expiación, están condicionadas a nuestra fidelidad para obedecer los mandamientos y las ordenanzas de Dios

¡Ah, cuanto bendice el Señor a los poseedores dignos del Sacerdocio Aarónico que bendicen y reparten la Santa Cena a los miembros fieles de la Iglesia en memoria de El! ¡Y cuanto bendice a los que la tomen dignamente! Si son dignos de participar en la administración de ese sacramento , serán dignos de recibir el Sacerdocio de Melquisedec cuando llegue el momento apropiado, y de entrar en el templo y hacer convenios con el Señor.

Jóvenes, prepárense para prestar servicio misional. El cumplir una misión enseña a vivir la ley de consagración. Quizás sea la única época en la vida de ustedes en que puedan darle al Señor todo su tiempo, sus habilidades y SUS recursos; a cambio, el Señor los bendecirá con Su Espíritu, estará cerca de ustedes y los fortalecerá.

Esfuércense mucho por adquirir una educación académica y aprender las habilidades técnicas que les permitan ser autosuficientes y mantener a su familia; cultiven buenos amigos que no traten de hacerles seguir el camino que ellos siguen en lugar de la vía del Señor; sean la clase de amigo que hace que a los demás les sea mas fácil obedecer los mandamientos cuando se encuentran con ustedes.

Y a los hermanos del Sacerdocio de Melquisedec, como ya saben, el obedecer los mandamientos es un esfuerzo de toda la vida. Seamos fieles y valientes para hacerlo, según el convenio que hemos hecho con El.

El Salvador dijo: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14: 15) .

Habrá quienes pregunten: “¿Por que nos dio mandamientos el Señor?” En los concilios preterrenales, El determino que nosotros, Sus hijos espirituales, recibiríamos mandamientos para guiarnos en la vida terrenal. Jehová, el primogénito hijo espiritual de nuestro Padre Celestial, dijo:

“… Descenderemos … y haremos una tierra sobre la cual estos [los otros hijos espirituales de Dios] puedan morar;

“y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado les será añadido …” (Abraham 3;24-26).

Los mandamientos son instrucciones amorosas de Dios nuestro Padre para que tengamos bienestar y felicidad físicos y espirituales mientras estemos en la tierra; además, nos dan a conocer l a disposición y la voluntad de Dios sobre nuestro progreso eterno y prueban nuestro deseo de obedecer Su voluntad.

Los mandamientos no son una carga ni una restricción, el Señor nos ha dado cada uno de ellos para nuestro desarrollo y progreso. El profeta José Smith enseñó lo siguiente

“… Dios ha proyectado nuestra felicidad … El jamas … instituirá ordenanza o dará mandamiento alguno a su pueblo que en su naturaleza no tenga por objeto adelantar esa felicidad que El ha proyectado …” (Enseñanzas del Profeta José’ Smith, pág. 313).

¡Cuanto aprecio los mandamientos del Señor! Ellos nos guían y protegen, y nos habilitan para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial; y, si los obedecemos fielmente, se nos prometen las bendiciones de la vida eterna. Y la vida eterna, “que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7), es recibir la exaltación y vivir con el Padre Celestial y con Su Hijo Jesucristo en todas las eternidades. El desea fervientemente que regresemos.

Por otra parte, no tenemos por que esperar hasta la vida venidera para recibir muchas de las bendiciones prometidas. En esta vida, el obediente puede disfrutar de la paz mental, la felicidad y el “gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).

La obediencia a los mandamientos nos pone en armonía con la Deidad, nos hace ser uno en propósito con el Padre y el Hijo; cuando somos uno con Dios, andamos en la luz espiritual. Nuestra diligencia en obedecer los mandamientos le permite al Espíritu Santo estar con nosotros; se nos da el don de la revelación personal, que es una luz espiritual que nos protege y nos sirve de faro guiándonos por las vías de rectitud. Esa luz disipa las tinieblas del adversario y es tan potente que puede alcanzarnos aun cuando estemos en un hoyo tenebroso de pecado, tan profundo y oscuro que pensemos que no hay luz que pueda penetrarlo.

¿Recuerdan haber tenido temor a la oscuridad cuando eran niños? Al asustarse, probablemente hayan encendido la luz o una vela, ¡a veces todas las luces de la casa! Y sus padres al regresar les habrán preguntado: “¿Por que están encendidas todas las luces?”, y a continuación habrán procedido a darles un sermón sobre la economía familiar y el costo de la electricidad.

No obstante, ustedes descubrieron que, al encender una luz eléctrica o una vela, se disipaba la oscuridad y desaparecía el temor; y aprendieron una sencilla ley natural, que es también una ley espiritual que la luz y las tinieblas no pueden ocupar un mismo espacio a la vez. Satanás y sus discípulos no soportan la luz espiritual del evangelio, y deben partir cuando esta aparece. Satanás no puede obligarlos a hacer nada; sin embargo, por medio del sacerdocio, ustedes pueden obligarlo a el a alejarse, tanto por medio de sus pensamientos como de sus acciones.

Si obedecemos los mandamientos, nuestra faz esta iluminada por la luz del evangelio; con esa luz espiritual, ya no nos extraviamos en los senderos tenebrosos y extraños del adversario donde nos perdemos, nos desanimamos, nos deprimimos y tememos. Si andamos en la luz del evangelio, no perderemos de vista nuestras metas eternas.

Hermanos, la decisión de obedecer los mandamientos nos libera de las cadenas del pecado y nos habilita para la verdadera felicidad. En el pecado no hay gozo, tal como el profeta Alma le enseñó a su hijo: “… la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41: 10).

La obediencia a los mandamientos exige valor. No obedecerlos por la influencia de los amigos es temer al hombre, es tener mas temor de lo que opine el hombre sobre nosotros que de lo que piense Dios. Nunca he podido comprender que a alguien pueda preocuparle mas la opinión de los demas que la de Dios.

Para saber cuales son los mandamientos y guardarlos, debemos conocer al Salvador y a los profetas de Dios, y seguirlos. Hace poco, todos hemos tenido la bendición de recibir un mensaje importante de los profetas de nuestros días, titulado, “La familia: Una proclamación al mundo” (véase Liahona, enero de 1996, págs. 116-117). Esta proclamación nos advierte de lo que sucederá si no fortalecemos a la unidad familiar en nuestros hogares, comunidades y naciones. Todo poseedor del sacerdocio y toda persona en general debería estudiarla concienzudamente.

Muchas veces, los profetas tienen que prevenirnos sobre las consecuencias de violar las leyes de Dios y por tanto, ellos no predican temas que el mundo considera populares El presidente Ezra Taft Benson dijo que “la popularidad no es una prueba de la verdad” (“Fourteen Fundamentals in Following the Prophet”, en Elevotional Speeches of the Year 1980, 1981, pág 9).

¿Por que enseñan los profetas mandamientos menospreciados por la gente, y llaman a la sociedad a arrepentirse por rechazarlos, alterarlos y hasta pasarlos por alto? La razón es sencilla: Al recibir la revelación, los profetas no tienen otra opción mas que la de proclamar y reafirmar lo que Dios les ha dado para que comuniquen al mundo; y lo hacen sabiendo muy bien el precio que quizás tengan que pagar por ello. Entre los que optan por no obedecerlos están aquellos que hacen todo lo posible por difamar a los profetas y manchar su integridad y su reputación; los profetas por su parte responden guardando silencio y presentando la otra mejilla. Quizás cl mundo lo considere una debilidad, pero es uno de los puntos mas fuertes que un hombre pueda tener: ser fiel inquebrantable e inmutable con lo que sabe que es verdad, aceptando las consecuencias, cualesquiera sean.

Cada uno de nosotros esta libre de aceptar o rechazar los mandamientos, pero nadie tiene la libertad de modificarlos de acuerdo con sus propias preferencias. Los lideres del sacerdocio no tienen el derecho de cambiar los principios y los mandamientos revelados sólo para ser populares en el mundo; tampoco los profetas tienen autoridad alguna de alterarlos a fin de que sean mas agradables para los que son débiles y no se resuelven a vivir dignamente.

En una oportunidad, el afligido padre de un joven que habla sido disciplinado por la Iglesia visito a un líder pidiéndole que modificara un paco un mandamiento para

adaptarlo al mal comportamiento de su hijo; en su pesar, el hermano llego a insinuar que el líder no actuaba en forma cristiana al no permitirle al joven tener todos los beneficios de ser. miembro de la Iglesia.

Ese líder de la Iglesia compartía el dolor de los padres y del hijo, pero permaneció leal a los mandamientos del Señor, y, respondiendo a la acusación de no ser un buen cristiano, les dijo: “Si tratara de alterar los mandamientos, en ese preciso momento estaría apartándome de las enseñanzas de Cristo”.

La noción de que Dios puede modificar Sus mandamientos para justificar nuestras transgresiones conduce a las tinieblas espirituales, que solo la luz del evangelio puede disipar. Cuando le llevaron a la mujer adultera, Cristo no trató de atenuar el mandamiento de no cometer adulterio, sino que mas bien le aconsejo: “… vete, y no peques mas” (Juan 8:11). El nos promete a todos el perdón con la condición de que nos arrepintamos. Nosotros debemos cambiar, no los mandamientos.

Queridos hermanos del sacerdocio, no debemos olvidar ni por un momento que los convenios que hemos hecho de guardar las promesas que hemos concertado con el Señor y con nuestro Padre Celestial son las decisiones mas importantes que hemos tomado en nuestra vida. Estudiemos las Escrituras, meditémoslas y escuchemos el consejo de nuestros profetas. Enseñemos la veracidad de los mandamientos y testifiquemos de ellos en nuestro hogar y en cualquier parte donde el Espíritu nos lo inspire. Ruego que nuestra vida refleje el amor que sentimos por Dios obedeciendo los mandamientos y cosechando las bendiciones pro t metidas para esta vida y la venidera.

“Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17).

Testifico que Dios vive, que Jesús es el Cristo. Que podamos recordar quienes somos y comportarnos como corresponde a fin de obtener las riquezas de la eternidad para nosotros y s para nuestra familia y amigos. En el nombre de Jesucristo. Amen.