“Correrán Sin Fatigarse”

L Tom Perry


“Les desafío a que se muestren ante sus compañeros como ejemplos de una vida recta.”

Los registros señalan que en los principios de la historia de la Iglesia, durante el invierno de 1832-1833, el Señor mandó que se debería organizar una Escuela de los profetas “… para su instrucción en todas las cosas que les convienen” (D. y C. 88:127). Se iba a llevar a cabo en el segundo piso de la tienda de Newell K. Whitney; los hermanos irían a dicha escuela para recibir instrucción del profeta José Smith. Algunos habían adquirido el habito de mascar o de fumar tabaco y se hacia difícil para el Profeta enseñar cosas espirituales en un ambiente temporal lleno de humo. José Smith, preocupado por ese ambiente que les rodeaba, le preguntó al Señor si esas condiciones eran adecuadas para los hermanos. En respuesta a su petición, recibió la revelación conocida por nosotros como la Palabra de Sabiduría.

La Palabra de Sabiduría contiene algunos aspectos muy positivos: Nos insta a consumir granos, particularmente el trigo, frutas y verduras, así como el uso esporádico de la carne. Se la conoce también por la prohibición, la absoluta prohibición, del uso del alcohol, el tabaco, el te y el café. A esto se le agrega el consejo de los lideres de la Iglesia de abstenerse del uso de drogas tales como la marihuana, la cocaína, etc., y el abuso de las drogas que se extienden bajo receta.

En la promesa especial que se dio en esta revelación, que se encuentra en la sección 89 de Doctrina y Convenios, recibimos estas palabras:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos;

“y hallaran sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, si, tesoros escondidos;

“y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.

“Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasara de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matara” (D. y C. 89:18-21).

Siempre estaré agradecido por las enseñanzas de mis buenos padres que nos inculcaron las lecciones que nos enseña la Palabra de Sabiduría. Además de las enseñanzas de ellos, los maestros de la Primaria, de la Escuela Dominical y los del sacerdocio nos enseñaron con esmero.

Recuerdo en particular a una maestra que nos leyó un relato de la revista Improvement Era. Le pedí al Departamento Histórico que me buscara esa historia y considero que es digna de repetirse. La historia se extrajo del numero de octubre de 1928, de la revista Improvement Era, y trata sobre Creed Haymond, un joven mormón que se inscribió en la Universidad de Pensilvania e ingresó en ella. Era un atleta conocido por su velocidad y, debido a la forma en que actuaba y participaba, se le eligió capitán del equipo de carrera.

La competición anual de la “Intercollegiate Association of Amateur Athletes of America” (Asociación Universitaria de Atletas Aficionados de los Estados Unidos) se llevaba a cabo en el estadio de la Universidad de Harvard a fines de mayo de 1919. Llegaron a Cambridge, los mejores atletas universitarios: mil setecientos en total. En las eliminatorias, Pensilvania había clasificado a diecisiete jóvenes. El equipo de la Universidad Cornell, su mas temido rival de ese año, sólo había clasificado a diez. El equipo de Pensilvania tenía la posibilidad de ganar el campeonato. Los puntos se daban para los primeros cinco lugares: cinco puntos para el primero, cuatro puntos para el segundo, tres puntos para el tercero, dos puntos para el cuarto y un punto para el quinto. Naturalmente, el equipo que clasificaba mas hombres tenía la gran oportunidad de ganar la competición.

El entrenador de Pensilvania, que estaba de buen humor la noche anterior a la competición, pasó a visitar a los miembros de su equipo antes de retirarse a su cuarto. Al pasar por la habitación de Creed, le dijo: “Creed, si mañana hacemos todo lo posible, el campeonato será nuestro”.

El entrenador vaciló y dijo: “Creed, esta noche les serviré a los muchachos un poco de vino; deseo que tu tomes un poco, sólo un poco, por supuesto”.

“No lo haré, señor”.

“Pero Creed, no quiero que te emborraches; se lo que creen ustedes, los mormones, les doy esto sólo como un tónico para que les ayude a todos a tener mas valor”.

“No me serviría de nada, entrenador; no puedo tomarlo”.

El entrenador le dijo: “Recuerda Creed, eres el capitán del equipo y nuestro mejor ganador de puntos. Catorce mil alumnos esperan que tu personalmente ganes este campeonato; si nos fallas, estamos perdidos. Yo se lo que es bueno para ti”.

Creed sabia que los otros entrenadores creían que un poco de vino era beneficioso cuando los competidores habían entrenado sus músculos y nervios hasta el punto máximo. También sabia que lo que el entrenador le pedía que hiciera estaba en contra de todo lo que se le había enseñado desde su mas tierna niñez y, mirando al entrenador a los ojos, dijo: “No lo beberé”.

El entrenador le replicó: “Eres un tipo raro, Creed. No tomas te en el comedor; tienes ideas muy tuyas; pero esta bien, dejaré que hagas como quieras”.

El entrenador se retiró dejando al capitán de su equipo en un estado de extrema inquietud.

Si al día siguiente no respondía bien, le diría a su entrenador? Tenía que competir con los corredores mas rápidos del mundo; tenía que dar lo mejor de si; su obstinación podría hacerle perder la competición a Pensilvania. Se les dijo a sus compañeros lo que tenían que hacer y ellos lo habían hecho; creían en su entrenador; derecho tenía el de desobedecer? Había sólo una razón: Se le había enseñado toda su vida a obedecer la Palabra de Sabiduría.

Era una hora critica en la vida de este joven. Con toda la fuerza espiritual de su carácter, que ejercía presión sobre el, se arrodilló y, con fervor, le pidió al Señor que le diera un testimonio de la fuente de esta revelación en la que el había creído y obedecido. Luego se fue a la cama y durmió profundamente.

A la mañana siguiente, llegó el entrenador a su habitación y le preguntó: “Creed, ¿cómo te sientes?”

“Muy bien”, contestó el capitán, alegremente.

“Todos los demás muchachos están enfermos; no se que les pasa”, le dijo el entrenador con seriedad.

“Quizás sea el tónico que les dio, señor”.

“Puede ser”, le contestó el entrenador.

A las dos de la tarde, veinte mil espectadores esperaban en sus asientos el inicio del torneo; a medida que se desarrollaba el evento, era claro que algo malo le sucedía al sorprendente equipo de Pensilvania. Prueba tras prueba el desempeño del equipo estuvo muy por debajo de las expectativas; incluso algunos miembros estaban demasiado enfermos para participar.

Las competiciones en las que Creed corría mejor eran los cien y los doscientos metros llanos. El equipo de Pensilvania necesitaba en forma desesperada que el ganara esas carreras. Competiría con los cinco corredores mas rápidos de las universidades de los Estados Unidos. Los hombres se dispusieron en sus marcas para la carrera de los cien metros llanos y, al disparo de la pistola, todos comenzaron a correr. Todos excepto uno: Creed Haymond. El corredor que había usado la pista primero dos en la carrera preliminar, pista en la que corría Creed en esta competición, había hecho un hoyo de tres a cuatro centímetros para la punta de su pie justo detrás del lugar que Creed Haymond había elegido para el de el. En esa época no se usaban los bloques de largada. Con el tremendo impulso que tomó Creed al comenzar, se rompió el estrecho trozo de tierra que había entre los dos hoyos, y Creed se cayó de rodillas en la pista, detrás de la línea de partida.

Se levantó y trató de recuperar el terreno perdido. A los sesenta metros era el ultimo en la carrera; luego pareció volar y pasó al quinto hombre, luego al cuarto, luego al tercero, luego al segundo. Cerca de la meta, con el corazón a punto de estallar, impulsado por la emoción ante la culminación de la carrera cobró aun mayor velocidad, pasó al ultimo hombre y logró la victoria.

Debido a un error en la programación, las semifinales de los doscientos metros llanos no se terminaron sino hasta casi el final del campeonato. Con la misma mala suerte que había seguido al equipo de Pensilvania todo ese día, pusieron a Creed Haymond en la ultima rueda de las semifinales de la carrera de doscientos metros. Entonces, sólo cinco minutos después de haber ganado dicha semifinal, se le llamó para competir en la final de los doscientos metros, el ultimo evento del día. Uno de los participantes que había corrido antes que Creed se apresuró a decirle: “Dile al encargado que tu exiges un descanso antes de la siguiente carrera; tienes el derecho de hacerlo, de acuerdo con el reglamento. Yo apenas me estoy reponiendo y eso que corrí antes que tu”.

Creed, sin aliento, fue ante el encargado y le rogó que le dieran mas tiempo. El oficial le dijo que le daría diez minutos. Sin embargo, la multitud clamaba que empezara la prueba final. Con pesar, el oficial llamó a los hombres a sus marcas. Bajo condiciones normales, Creed no habría temido a esa carrera, puesto que era probablemente el hombre mas rápido del mundo en esa competición, pero ya había corrido tres carreras esa tarde, y una había sido la terrible carrera de los cien metros llanos.

El oficial ordenó a los jadeantes hombres tomar sus posiciones, levantó la pistola y con un soplo de humo, empezó la carrera. Esta vez el capitán de Pensilvania literalmente salió como un disparo. Luego emergió del grupo y tomó la delantera. Corrió a toda velocidad y dejó ocho metros atrás al hombre mas cercano y rompió la cinta de la meta, ganando así su segunda carrera, los doscientos metros llanos.

El equipo de Pensilvania perdió la competición, pero su capitán había maravillado a los aficionados con sus excelentes carreras.

Al final de aquel extraño día, cuando Creed Haymond se dirigía a su dormitorio, repentinamente vino a su memoria la pregunta que se había hecho la noche anterior con respecto a la divinidad de la Palabra de Sabiduría. Por su mente, pasó la extraordinaria serie de acontecimientos que se le habían presentado: sus compañeros habían bebido de ese vino y habían fracasado; su abstinencia le había traído victorias que a el mismo le sorprendieron. Sintió la dulce y sencilla seguridad del Espíritu: la Palabra de Sabiduría es de Dios ( Joseph J. Cannon, adaptado de “Speed and the Spirit”, Improvement Era, octubre de 1928, págs. 1001-1007).

Me pregunto si en esta época es suficiente tener la valentía de decir “no”, o si también tenemos la responsabilidad de ayudar a otras personas a sobreponerse ante la gran maldicen que hoy plaga nuestra sociedad. Hubo una oportunidad en la que yo hubiera deseado haber ejercido una mayor influencia para evitar que un amigo bebiera una substancia dañina.

Estábamos en un campamento de Scouts en Yellowstone. Una tarde, cuando el día culminaba, fuimos a ver el geyser llamado Old Faithful. De regreso a nuestra carpa, mi amigo me detuvo en un lugar obscuro y sacó una lata de cerveza. No se cómo la consiguió. “Tengo algo para nosotros”, me dijo, y me ofreció parte la cerveza que contenía la lata. Por supuesto que la instrucción que yo había recibido en mi hogar y las enseñanzas que me habían impartido los grandes lideres de las organizaciones auxiliares y del sacerdocio habían sido tan buenas que aquello no significó una tentación para mí, por lo que no iba a aceptar su ofrecimiento. Se bebió toda la cerveza y yo no hice ningún esfuerzo por disuadirlo. Eso tuvo un efecto perjudicial en nuestra amistad; no se por que. Quizás porque tuve un sentimiento de culpabilidad por no haber sido mas fuerte e impedirle beber y quizás porque el tuvo miedo de que yo revelara lo que había ocurrido y lo llegaran a saber sus padres. Con el correr de los años, he lamentado la pérdida de esa amistad.

Hoy día la maldicen de la bebida y de las drogas se ha convertido en una pesadilla nacional. Es la causa de los delitos graves, de los accidentes, de las perdidas del empleo y de la disolución de nuestros hogares. Ustedes, jóvenes del Sacerdocio Aarónico, tendrán que pagar el costo social de esta espantosa enfermedad a medida que se acerquen a su vida adulta. Algo se debe hacer para detener esta fuerza destructiva. Les desafío a que se muestren ante sus compañeros como ejemplos de una vida recta. Se que el Señor cumplirá la promesa que les hace a ustedes de bendecirlos con salud, con conocimiento y con sabiduría, lo que los apartara del resto del mundo en general. Su ejemplo de rectitud bendecirá también la vida de muchas, muchas personas.

Ruego que Dios les bendiga para que tengan la valentía de vivir de la manera que deben hacerlo y para que sean un ejemplo del vivir los grandes principios del Evangelio que tanto amamos, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.