El cuidado del alma de los niños.

Patricia P. Pinegar


“Díganles a sus hijos que los aman y que se sienten felices de tenerlos en su familia. Prepárense espiritualmente para recibir orientación por medio del Espíritu Santo.”

Cuanto mas tiempo paso prestando servicio en mi llamamiento como presidenta de la Primaria, mas grande es mi preocupación por los niños. Estos son un don sagrado de nuestro amoroso Padre Celestial. “He aquí, herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3). Cuanto mas pienso n los niños, mas me preocupan los padres. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Nuestro Padre Celestial puso sobre los padres la responsabilidad de asegurarse de que sus hijos estuvieran bien alimentados, aseados y vestidos; bien capacitados y bien enseñados. La mayoría de los padres amparan a sus hijos para protegerlos, o sea, los atienden y los cuidan cuando están enfermos, les proporcionan ropa para su seguridad y comodidad, y alimentos para que sean sanos y crezcan. Pero, )que hacen por sus almas?” (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball [1982], 332).

Tengo miedo de que algún día haya niños que sientan lo que expresó el salmista cuando dijo “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (Salmos 142:4). En el día de hoy, me dirijo a todos los padres y a todos los miembros adultos de la Iglesia y los invito a unirse para cuidar del alma de los niños.

Varios años atrás, mientras trabajaba en mi jardín, sentí un gran deleite al ver una familia de codornices. Observe al padre de guardia encaramado en lo alto del muro. La madre se encontraba ocupada manteniendo juntos a sus diez preciosos pollitos y parecía demostrarles cómo picotear en la tierra para conseguir alimento. Me sentí fascinada; y con cuidado y sin hacer ruido, me acerque. Inmediatamente fui descubierta por el alerta padre, que emitió un sonido de advertencia. La madre trató de guiar a los polluelos alrededor del muro hacia un lugar seguro, pero yo -que representaba el peligro- estaba demasiado cerca y, al sentirse frustrada y confusa, voló hacia lo alto del muro, junto al padre. Yo no deseaba hacerle daño a esa familia, por lo tanto, me aleje rápidamente hasta quedar fuera de su vista.

A diferencia de la experiencia que tuve con la familia de codornices, los peligros que amenazan la vida de nuestra familia no se alejan. Satanás se regocija con nuestra confusión y frustración, y su influencia nos rodea. Encendemos el televisor: ¿es este un programa para la familia? Oímos algo que sale de la habitación de nuestro hijo: ¿es eso música? Tratamos de elegir una película: ¿tiene esta realmente una buena clasificación’ A veces la influencia de Satanás es mas sutil. Yo me he hecho las siguientes preguntas: ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando no les enseño las verdades del Evangelio? ¿Descuido sus almas cuando no les ayudo a reconocer la inspiración del Espíritu y la guía que pueden recibir? ¿Dejo a mis hijos expuestos al peligro cuando mi ejemplo no concuerda con mis palabras o cuando no les demuestro mi amor de forma tal que cada uno de ellos lo sienta profundamente?

Las estadísticas y los informes noticieros nos dicen que hay niños que han sido trágicamente abandonados. Por fortuna, esa no es la situación de todos los niños. He visitado hogares en donde abunda el amor, se enseña el Evangelio y se cuida muy bien el alma de los niños. He visto a padres y a madres que crían solos a sus hijos y que son magníficos en su fe y dedicación. Conozco mayores solteros que participan en la vida de las familias y fortalecen tanto a los padres como a los hijos. Se de maestros y de lideres, así como de otras personas adultas que ejercen una buena influencia en la vida de los niños y de los jóvenes, que cuidan de sus almas.

Las bendiciones de la crianza de los hijos y del ayudar en el cuidado de los niños son muchas. El presidente Hinckley dijo “De todas las alegrías de la vida, ninguna se iguala a la de ser padres felices. De todas las responsabilidades que debemos cumplir, ninguna otra es tan seria. Criar a los hijos en un entorno de amor, de seguridad y de fe es el mas grato y el mas valioso de los deberes. El buen resultado de esa labor viene a ser la mas satisfactoria compensación de la vida” (“Salvemos a los niños”, Liahona, enero de 1995, pág. 67).

La crianza de los hijos es una responsabilidad divina necesaria para la salvación de los hijos de nuestro Padre Celestial e importante para nuestra preparación para recibir bendiciones eternas. Regocijémonos con las oportunidades que tengamos de amar a los niños y de cuidar de sus almas. Nuestro Padre tiene bendiciones y recompensas eternas disponibles para todos Sus hijos, sean casados o solteros, padres o sin hijos. Nuestras circunstancias pueden ser diferentes, nuestras oportunidades diversas, pero el resultado final de nuestra rectitud puede ser el mismo: el ser padres y madres eternos, vidas eternas. El ayudar a cuidar del alma de los niños nos servirá a cada uno de nosotros para prepararnos para esta bendición eterna.

¿Qué podemos hacer para mejorar? Pienso que el estudiar concienzudamente la forma en que nuestro Padre cuida de Sus hijos puede sernos útil. Todo lo que sabemos acerca de nuestro Padre Celestial está relacionado con Su paternidad y con el cuidado amoroso que brinda a nuestras almas. El ama a cada uno de Sus hijos en forma incondicional. Nosotros podemos hacer lo mismo con nuestra familia. Su plan de felicidad es el de ayudar a Sus hijos a progresar y a prepararse para recibir Sus bendiciones mas grandes. Podemos trazar planes para ayudar a nuestra familia a progresar. El incluyó a Sus hijos en el gran concilio de los cielos y permitió que tomáramos parte en el y ejerciéramos nuestro albedrío para escoger.

Nosotros también podemos realizar consejos familiares e incluir en ellos a nuestros hijos para que participen activamente. Bajo la guía del Padre, esta tierra se preparó para que fuera el lugar donde pudiéramos aprender y progresar. Nuestros hogares pueden ser lugares felices en los cuales nuestros hijos puedan aprender y progresar. El Padre nos ha dado a Sus hijos normas de conducta y mandamientos que nos hacen seguir adelante, concentrados en el sendero que conduce al hogar celestial.

Las normas de conducta de nuestra familia nos ayudan a seguir adelante en la senda que nos lleva de regreso a nuestro Padre Celestial.

El Hijo Unigénito de nuestro Padre, nuestro Salvador Jesucristo, empleo Su ministerio terrenal para demostrarnos la forma de amar, de bendecir y de enseñar a todos los miembros de la familia de Dios. El nos enseño que ningún alma debe perderse. Sigamos Su ejemplo y amemos a nuestros hijos y seamos una bendición para ellos, y hagamos todo lo que podamos por encargarnos de que no se pierda ningún alma.

Para preparar este discurso y buscar respuestas a la forma en la cual podemos cuidar mejor a cada uno de los niños, mi esposo Ed y yo fuimos al templo. Me sentí muy agradecida por esa sagrada oportunidad, ya que en el templo se nos recuerdan las bendiciones prometidas. Comprendí que las bendiciones que se ofrecen en ese sagrado lugar proporcionan la ayuda que todos los padres y las madres necesitan para criar a sus hijos en la actualidad.

Esfuercense por lograr ser dignos de ir al templo y recibir la recomendación para entrar en él, aun cuando este se encuentre demasiado lejos para asistir muy a menudo. Como consecuencia de su rectitud personal, ustedes y sus hijos recibirán grandes bendiciones. Si ya tienen la recomendación para el templo, estudien, oren y asistan con frecuencia con el fin de comprender mejor los convenios que han hecho.

También es preciso que todos los padres sigan el siguiente consejo del presidente Hinckley: “Para criarlos [a sus hijos], necesitan algo mas que su propio conocimiento: necesitan la ayuda del Señor; oren para obtenerla y obedezcan la inspiración que reciban” (“La trama de la fe y del testimonio”, Liahona, enero de 1996, págs. 102-103).

A medida que vayamos volviéndonos mas íntegros al guardar nuestros convenios y al seguir mas de cerca los consejos de las Escrituras y de nuestros Profetas vivientes, seremos verdaderamente bendecidos con la guía que necesitamos de nuestro Padre Celestial y de nuestro Salvador para criar a nuestros con rectitud.

A todos los padres y a todas las madres de la Iglesia: Díganles a sus hijos que los aman y que se sienten felices de tenerlos en su familia. Prepárense espiritualmente para recibir orientación por medio del Espíritu Santo. Al estudiar las Escrituras con oración y “La familia: Una proclamación para el mundo” (Liahona, junio de 1996, págs.. 10-11), presten atención a la inspiración del Espíritu y obedezcanla.

Estén alertas a las influencias de Satanás. )De dónde proviene la idea que les hace sentir que los esfuerzos que hacen en su hogar no son satisfactorios ni importantes? )De dónde proviene la idea que les hace sentir que no son apreciados? Regocíjense con esta preparación para la divinidad. Regocíjense con la oportunidad de enseñar a sus hijos las verdades del Reino y ayúdenles a experimentar la paz y la alegría que provienen del obedecer esas verdades.

Quisiera decir algo a los hombres y a las mujeres jóvenes de la Iglesia. Contemplen con expectativa la oportunidad de ser padres; prepárense para ello. Prepárense para ser padres y madres dignos. El pensar en sus futuros hijos les servirá para mantenerse en el camino correcto. Si en esta vida terrenal no obtienen esa bendición, la preparación y el deseo que hayan tenido les ayudara a estar listos para amar y nutrir espiritualmente a todos los hijos de Dios como lo hizo el Salvador. La recompensa eterna que reciban será la de obtener una familia eterna.

En una conferencia de estaca reciente, nuestro Profeta aconsejo a los padres:

“No olviden nunca que estos pequeños son los hijos y las hijas de Dios y que la relación que los une a ellos es la de mentores, que El fue padre antes que ustedes lo fueran y que no ha renunciado a Sus derechos paternales ni a Su interés en estos pequeños.

“Ámenlos y cuiden de ellos. Padres, dominen su ira, ahora y en los al os por venir. Madres, controlen el tono de su voz, manténganla siempre baja. Críen a sus hijos con amor, con la disciplina y la amonestación del Señor. Cuiden de sus pequeños; recíbanlos con amor cuando nazcan y críenlos y quiéranlos con todo su corazón” (Gordon B. Hinckley, discurso pronunciado en la conferencia de la Estaca Salt Lake University 3, cl 3 de nov. de 1996; publicado en el periódico Church News, I de marzo de 1997, pág.. 2).

Es mi oración, hermanos y hermanas, que todos gocemos de las oportunidades que se nos presenten de cuidar el alma de los niños. En el nombre de Jesucristo. Amén.