Los conversos y los hombres jóvenes

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“Cada converso es valioso; cada converso es un hijo o una hija de Dios; cada converso es una grave y seria responsabilidad.”

Doy mi apoyo a todo lo que se ha dicho esta noche. Espero que hayan prestado atención y que hayan tomado nota.

El presidente Monson habló en cuanto a la retención del converso; yo confirmo lo que el ha dicho y me gustaría hablar un poco mas sobre ese mismo tema. Siento la fuerte impresión de hacerlo.

Todos los años, un numero considerable de personas se convierten en miembros de la Iglesia, mayormente a través de los esfuerzos misionales. El año pasado hubo 321.385 conversos, los que incluían hombres, mujeres y niños. Es una cantidad lo suficientemente grande, en un solo año, para formación estacas nuevas de Sión. Cien estacas nuevas por año. ¡Imagínense! Esto deposita en cada uno de nosotros la urgente y apremiante necesidad de hermanar a aquellos que se unen a nuestras filas.

No es fácil convertirse en miembro de esta Iglesia. En la mayoría de los casos es preciso dejar de lado viejos hábitos, viejos amigos y conocidos, y entrar a una nueva sociedad, la cual es diferente y un tanto exigente.

Con un numero de conversos cada vez mayor, debemos incrementar de manera substancial nuestros esfuerzos para ayudarlos a integrarse. Cada uno de ellos necesita tres cosas: un amigo, una responsabilidad y ser nutridos “por la buena palabra de Dios” (véase Moroni 6:4).

Tenemos el deber y la oportunidad de proporcionarles estas cosas.

A modo de ilustración, creo que me gustaría darles a conocer uno de mis fracasos. Supongo que algunas personas piensan que nunca he tenido fracasos. Permítanme contarles en cuanto a uno de ellos:

Hace sesenta y tres años, mientras prestaba servicio misional en las Islas Británicas, mi compañero y yo le enseñamos el Evangelio a un joven a quien tuve el placer de bautizar. Era una persona culta, refinada y estudiosa. Me sentía tan orgulloso de aquel talentoso joven que acababa de unirse a la Iglesia; pensaba que el reunía todas las cualidades para algún día llegar a ser un líder entre nuestra gente.

El estaba en vías de llevar a cabo la tremenda transición de converso a miembro. Durante un breve período antes de que yo fuera relevado, tuve la oportunidad de ser su amigo. Posteriormente fui relevado para volver a casa. A el se le dio una pequeña responsabilidad en la rama en Londres. Al no saber lo que se esperaba de el, cometió un simple error. El que estaba a la cabeza de la organización donde el prestaba servicio era un hombre al que puedo describir mejor como una persona parca y dada a la critica. En una manera un tanto despiadada, confrontó a mi amigo que había cometido el error.

Esa noche, de aquel salón alquilado, el joven salió lastimado y herido por su oficial superior Se dijo a sí mismo “Si esa es la clase de personas que son, entonces no volveré”.

Se dejó arrastrar por la inactividad Pasaron los años; se desato la guerra y sirvió en las fuerzas Británicas. Su primera esposa falleció; al terminar la guerra, se casó con una mujer cuyo padre era un ministro protestante, y eso tampoco lo ayudo en sus creencias.

Durante un viaje a la Inglaterra, trate desesperadamente de encontrarlo; en el archivo no aparecía ninguna indicación de domicilio. Volví a casa y por fin, después de una prolongada búsqueda, lo localice.

Le escribí y el me respondió, pero no hizo mención alguna del Evangelio.

En el siguiente viaje que hice a Inglaterra, lo volví a buscar, el día que estaba a punto de partir, lo encontré. Le llame por teléfono y nos reunimos en la estación del metro. Extendió los brazos para abrazarme y yo hice lo mismo. Yo disponía de muy poco tiempo antes de que saliera mi avión, pero hablamos brevemente con lo que considero fue un sincero afecto mutuo. Antes de irme me volvió a abrazar. Tome la resolución de que jamas volvería a perder la pista de su paradero. A través de los años le escribí cartas que pensaba le servirían de aliento e incentivo para volver a la Iglesia. El me contestaba sin mencionar la Iglesia.

Pasaron los años; ambos nos fuimos haciendo viejos. El se jubiló y se mudó a Suiza, y en una ocasión en que me encontraba en ese país, me propuse ir a buscar el pueblo donde el vivía. Pasamos la mayor parte de un día juntos: el, su esposa, mi esposa y yo. Lo pasamos maravilloso, pero era evidente que el fuego de la fe se había extinguido hacia mucho tiempo. Hice todo lo que pude, pero no me fue posible avivarlo. Continué con mi correspondencia; le envié libros, revistas, grabaciones del Coro del Tabernáculo y otras cosas, por las cuales me expreso su agradecimiento.

El falleció hace unos meses; su esposa me escribió para darme la noticia. Me dijo: “Usted fue el mejor amigo que tuvo”.

Las lágrimas me rodaban por las mejillas cuando leí esa carta. Sabía que había fracasado.

Tal vez si yo hubiera estado ahí para darle aliento la primera vez que se sintió herido, el habría vivido una vida diferente. Creo que en aquel entonces yo hubiera podido ayudarlo; creo que lo hubiera ayudado a sanar de aquella herida emocional. Sólo me queda el consuelo de que lo intente y sólo me queda el dolor de que fracase.

El reto ante nosotros es mas grande de lo que jamas ha sido a causa de que el numero de conversos es mas grande del que jamas habíamos visto. Pronto se distribuirá por toda la Iglesia un programa para la retención y el fortalecimiento del converso. Les suplico, hermanos, les imploro a cada uno de ustedes que formen parte de este gran esfuerzo. Cada converso es valioso; cada converso es un hijo o una hija de Dios; cada converso es una grave y seria responsabilidad.

Moroni, hace mucho tiempo, hablo de estas personas con quienes tratamos en esta época. El dijo:

“Ni tampoco recibían a nadie para el bautismo, a menos que viniese con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y testificase a la iglesia que verdaderamente se había arrepentido de todos sus pecados.

“Y a nadie recibían para el bautismo, a menos que tomara sobre si el nombre de Cristo, teniendo la determinación de servirle hasta el fin” (Moroni 6:4)

Yo creo, mis hermanos, que estos conversos poseen un testimonio del Evangelio; creo que tienen fe en el Señor Jesucristo y saben en cuanto a Su existencia divina; creo que verdaderamente se han arrepentido de sus pecados y están resueltos a servir al Señor.

Moroni continua, al referirse a estos, después de que son bautizados:

“Y después que habían sido recibidos por el bautismo, y el poder del Espíritu Santo había obrado en ellos y los había purificado, eran contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo, y se inscribían sus nombres, a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto, para conservarlos continuamente atentos a orar, confiando solamente en los méritos de Cristo, que era el autor y perfeccionador de su fe” (Moroni 6:4).

En estos días, como en aquella época, los conversos son “contados entre los del pueblo de la iglesia … a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto, para conservarlos continuamente atentos a orar”.

Hermanos, ayudémoslos para que den sus primeros pasos como miembros.

Esta tarea es para todos; es una obra para los maestros orientadores y las maestras visitantes; es una tarea para el obispado, para los quórumes de sacerdocio, para la Sociedad de Socorro, los Hombres Jóvenes y las Mujeres Jóvenes, e incluso la Primaria.

El domingo pasado me encontraba en una reunión de ayuno y testimonios; un joven de unos 15 o 16 años se puso de pie ante la congregación y dijo que había decidido bautizarse.

Entonces, uno por uno, sus campaneros del quórum de maestros se acercaron al micrófono para expresarle su amor, para decirle que estaba haciendo lo correcto y para asegurarle que estarían a su lado para ayudarle. Fue una experiencia maravillosa escuchar a esos jóvenes expresarle a su amigo palabras de agradecimiento y aliento Estoy convencido de que todos esos jóvenes, incluso el que se bautizo la semana pasada, saldrán a cumplir misiones.

Recientemente, en una entrevista de prensa, se me hizo la pregunta:

“¿Que es lo que le brinda la satisfacción mas grande al contemplar la obra de la Iglesia en la actualidad?”

Respondí: “La experiencia mas grata para mi es ver lo que este Evangelio hace por la gente; les brinda una nueva dimensión de la vida, les brinda una perspectiva que jamas habían tenido; eleva sus aspiraciones hacia lo noble y lo divino. Algo milagroso les sucede, algo digno de contemplar. Acuden a Cristo para vivir”.

Ahora, hermanos, pido a cada uno de ustedes que por favor nos ayuden en esta tarea; se precisa su amable manera de ser; se precisa de su sentido de responsabilidad. El Salvador de toda la humanidad dejo a las noventa y nueve para ir en busca de la que estaba perdida. No hay razón para el que se perdió se haya perdido; pero si se encuentra en algún lugar, entre las sombras, y si es preciso dejar a los noventa y nueve, debemos hacerlo para ir a buscarlo. (Véase Lucas 15:3-7.)

Bien, creo que eso es todo lo que diré sobre este tema esta noche, a excepción de recalcar que nada es de mayor importancia.

Ahora desearía pasar a otro tema.

Deseo dirigirme a los jóvenes. Usaré como texto las epístolas de Pablo a su joven amigo y compañero, Timoteo. He hecho referencia a estas epístolas en forma extensa al dirigirme a los misioneros, y ahora me dirijo a ustedes, que son futuros misioneros.

Me imagino a Pablo como el viejo y sazonado maestro de verdad. El le escribe a su joven amigo en quien tiene confianza y por quien siente gran amor.

Entre otras cosas, el dice: “… por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).

Pablo fue perseguido y expulsado, fue odiado y repudiado. Finalmente, se le dio muerte debido a que testificó con intrepidez en cuanto al Redentor de todos los hombres.

Nosotros debemos estar preparados para hacer lo mismo.

Tal como Nefi proclamo: “… hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a que fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Pablo continua escribiéndole a Timoteo “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).

Aquellos a quienes enseñemos pasaran por alto nuestra juventud si en nuestras conversaciones, en caridad, en espíritu, en fe y en la pureza de nuestras vidas reflejamos el espíritu de Cristo. No podemos entregarnos al habito de blasfemar; no podemos ser hallados culpables de usar lenguaje vulgar, no podemos tolerar los pensamientos, las palabras y los actos impuros y esperar tener el Espíritu del Señor con nosotros.

Pablo continúa diciendo: “No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio” (1 Timoteo 4:14).

¿Quienes son el presbiterio? Son los élderes de la Iglesia. Cada uno de ustedes diáconos, maestros y presbíteros, ha sido ordenado por uno que tiene la debida autoridad, en la mayoría de los casos su padre o su obispo. Se les ha dado un grande y valioso don: pueden decir la verdad; deben decir la verdad. Pueden testificar de las cosas grandes y buenas del Evangelio. Ese don es de ustedes; (no lo descuiden!

Pablo continua: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvaras a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16).

Al trabajar ustedes con sus campaneros para fortalecerlos en su fe, los salvaran a ellos y a ustedes mismos.

Y de nuevo el consejo de Pablo a Timoteo: “Consérvate puro” (1 Timoteo 5:22).

Son palabras sencillas, pero tan infinitamente importantes. Lo que Pablo dice, en efecto, es que se mantengan alejados de aquellas cosas que les traerán deshonra y los destruirá espiritualmente. Mantéganse alejados de los programas de televisión que conducen a pensamientos y lenguaje impuros, aléjense de los videos que los llevaran a pensamientos perversos. Eso no les ayudara sino que los perjudicara. Aléjense de libros y revistas que son vulgares y mundanos en lo que dicen y en lo que representan. Consérvense puros.

Continuando con las palabras de Pablo: “porque raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10). Es el amor al dinero y el amor por aquellas cosas que el dinero puede comprar lo que nos destruye. Todos necesitamos dinero para satisfacer nuestras necesidades, pero es el amor hacia este lo que nos perjudica, lo que distorsiona nuestros valores, lo que nos aleja de las cosas espirituales y fomenta el egoísmo y la avaricia.

Y ahora llego a la gran declaración de Pablo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor” (2 Timoteo 1:7-8).

No es Dios quien nos ha dado el espíritu de cobardía; este proviene del adversario. Muchos de nosotros tenemos temor de lo que dirán nuestros campaneros, de que nos despreciaran y criticaran si defendemos lo correcto. Pero quiero recordarles que “… la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10). Lo malo nunca fue felicidad; el pecado nunca fue felicidad. La felicidad yace en el poder, en el amor y en la dulce sencillez del Evangelio de Jesucristo.

No tenemos que ser mojigatos; no tenemos que meternos en un rincón, por así decirlo; no tenemos por que avergonzarnos. Poseemos la cosa mas extraordinaria en el mundo: el Evangelio del Señor resucitado. Pedro mando: “Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”.

Como diáconos, maestros y presbíteros, ordenados al Santo Sacerdocio, podemos permanecer firmes, y sin equivocación o temor, declarar nuestro testimonio de Jesucristo.

Pablo continua “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse” (2 Timoteo 2:15).

Si se nos llamara para presentarnos delante de Dios y dar cuenta de nuestras acciones, )podríamos hacerlo sin avergonzarnos? Esta fue la grande suplica que le hizo Pablo a su joven amigo. Es la súplica que les hace a cada uno de ustedes. El continua diciendo: “Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán mas y mas a la impiedad” (2 Timoteo 2:16).

Nos esta exhortando a no desperdiciar nuestro tiempo en tonterías o cosas vanas; la holgazanería conduce a la maldad.

El continua: “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Timoteo 2:22).

Fue Sir Galahad quien dijo: “Mi fortaleza es como la fortaleza de diez hombres, porque mi corazón es puro” (Alfredo Tennyson, Sir Galahad, 1842).

No nos cansamos de repetirles: aléjense de las pasiones juveniles; aléjense de las drogas, porque los destruirán completamente. Evítenlas como evitarían una terrible enfermedad, porque eso es lo que llegan a ser. Eviten un hablar soez y vulgar, ya que puede llevarlos a la destrucción. Sean absolutamente honrados; la falta de honradez puede corromper y destruir. Observen la Palabra de Sabiduría; no fumen; simplemente no lo hagan. No mastiquen tabaco; no beban licor. Ustedes poseen el sacerdocio de Dios y deben estar muy por encima de aquello que les extienda un llamado seductor. Oren; acudan al Señor con fe y El escuchara sus oraciones. El los ama; El desea bendecirlos y lo hará si viven dignos de sus bendiciones.

Ustedes tendrán que hacer frente a los grandes retos del futuro. Están entrando en un mundo extremadamente competitivo; adquieran la mayor educación posible. El Señor nos ha exhortado en lo concerniente a la importancia de la educación; esta los calificara para mayores oportunidades; los preparara para hacer algo que valga la pena en el gran mundo de oportunidad que yace adelante. Si pueden ir a la universidad y desean hacerlo, háganlo. Si no tienen el deseo de asistir a la universidad, vayan entonces a un colegio vocacional o de negocios a fin de mejorar sus habilidades y aumentar su capacidad.

Prepárense ahora para cumplir una misión. No será una carga; no será una perdida de tiempo, sino una gran oportunidad y un gran reto. Los beneficiara como no lo haría ninguna otra cosa; agudizará sus destrezas; los capacitara en cualidades de liderazgo; llevara testimonio y convicción a su corazón; bendecirán la vida de los demás al mismo tiempo que la de ustedes; los acercara mas a Dios y a Su Divino Hijo a medida que expresan testimonio de El.

Su testimonio del Evangelio se hará mas fuerte y mas profundo; el amor hacia sus semejantes aumentara; sus temores desaparecerán al permanecer firmes en cl testimonio de la verdad.

Les amamos jóvenes, nuestros queridos campaneros en esta gran obra; oramos para que ustedes permanezcan firmes y fieles. Contamos con ustedes para que se preparen para tomar nuestro lugar en fa gran tarea de sacar adelante el reino de Dios. Pónganse de rodillas y oren todos los días, por la mañana y por la noche. Acudan a su padre y a su madre y sigan su consejo; acudan a su obispo y a los consejeros de el, ya que ellos los conducirán en el rumbo que deben seguir. “… acud[e] a Dios para que vivas” (Alma 37:47)

Ustedes han venido al mundo en una gran época de esta obra, la obra del Señor. Ninguna otra generación ha tenido las mismas oportunidades que ustedes tienen y que tendrán. Empiecen ahora a establecer esas metas que les brindaran felicidad: educación en una profesión de su elección en el campo del saber, sea cual fuere; una misión en la que se entregaran totalmente al Señor para llevar a cabo Su obra; un futuro casamiento en la Casa del Señor a una maravillosa y encantadora compañera de la cual serán dignos por la manera que ustedes hayan vivido.

Que el Señor los bendiga, mis queridos amigos, que Su cuidado los preserve, los proteja y los guíe. El tiene una gran obra para ustedes. No lo defrauden. Les dejo mi amor y mi bendición en el nombre de Jesucristo. Amén.