Busquemos seguridad en la consejo

Henry B. Eyring

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Henry B. Eyring
“Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es [cuando] se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención…”

El Salvador siempre ha sido el protector de aquellos que aceptan Su amparo. En mas de una ocasión, El ha dicho: “… cuantas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos, y no quisisteis” (3 Nefi 10:5).

El Señor expreso el mismo lamento en nuestra propia dispensación al describir varias formas en que nos llama a buen resguardo:

“(Cuantas veces os he llamado por boca de mis siervos y por la ministración de ángeles, y por mi propia voz y por la de los truenos y la de los relámpagos y la de las tempestades; y por la voz de terremotos y de fuertes granizadas, y la de hambres y pestilencias de todas clases; y por el gran sonido de una trompeta, y por la voz del juicio y de la misericordia todo el día; y por la voz de gloria y de honra y la de las riquezas de la vida eterna, y os hubiera salvado con una salvación sempiterna, mas no quisisteis!” (D. y C. 43:25.)

Parece que no hubiera limites en el deseo del Salvador de guiarnos hacia un lugar seguro y existe una constante en la forma en que nos enseña el camino. El llama utilizando varios medios para que su mensaje llegue a aquellos que tengan la voluntad de aceptarlo; esos medios siempre incluyen el enviar el mensaje por boca de Sus Profetas, siempre que la gente haya cumplido con lo que se requiera para tener entre si a los Profetas de Dios. A esos siervos autorizados siempre se les manda que aconsejen a la gente y les indiquen el camino a la seguridad. Cuando hubo graves conflictos en el norte de Misuri, en el otoño de 1838, el profeta José Smith llamo a todos los santos para que se congregaran en Far West a fin de que fueran protegidos. Muchos de ellos estaban en granjas aisladas o en poblados dispersos. El aviso en especial a Jacob Haun, fundador de un pequeño poblado denominado Haun’s Mill. Un registro de esa época dice: “El hermano José había mandado avisar a los hermanos que vivían allí, por intermedio del señor Haun, dueño del molino, que abandonaran el lugar y se fueran a Far West; pero el señor Haun no les comunicó el mensaje” (Four Faith Promoting Classics; Salt Lake City, Bookcraft, Inc., 1968, pág. 90). Mas tarde, el profeta José escribiría en su historia personal: “Hasta este día. Dios me ha dado la sabiduría para salvar a la gente que escucha mi consejo. Ninguno de los que lo han hecho ha sido asesinado” (Historia de la Iglesia 5:137). El Profeta luego prosiguió, escribiendo la triste verdad de que vidas inocentes podrían haberse salvado en Haun’s Mill si se hubiera recibido y seguido su consejo.

En nuestra propia época, se nos ha prevenido aconsejándonos cómo resguardarnos del pecado y del dolor; una de las llaves para reconocer esas precauciones es que se repiten. Por ejemplo, en mas de una ocasión, en estas conferencias generales, habrán oído a nuestro Profeta decir que citara a un Profeta anterior y, por lo tanto, pasara a ser un segundo testigo y hasta a veces un tercero. Todos hemos escuchado al presidente Kimball dándonos consejo en cuanto a la importancia que tiene la madre en el hogar, luego el presidente Benson lo cito; mas tarde, el presidente Hinckley cito a ambos. El apóstol Pablo escribió: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2 Corintios 13:1). Una de las maneras de saber que una advertencia es del Señor es que se ha apelado a la ley de los testigos, de testigos autorizados. Cuando las palabras de los Profetas parezcan repetitivas, deben captar nuestra atención y llenar nuestro corazón con gratitud por vivir en una época tan bendecida.

Para los que tienen una fe firme, resulta razonable buscar el camino hacia la seguridad en el consejo de los Profetas. Cuando habla un Profeta, los que tengan poca fe pueden creer que solo escuchan a un hombre sabio que da buenos consejos. Luego, si ese consejo parece cómodo y razonable, y va de acuerdo con lo que ellos desean hacer, lo aceptan; si no es así, consideran que es un consejo falso o contemplan las circunstancias que les rodean para justificarse y de ese modo considerarse una excepción. Los que no tienen fe pueden pensar que sólo escuchan a hombres que tratan de ejercer influencia por algún motivo egoísta; pueden burlarse y mofarse, como lo hizo un hombre llamado Korihor con estas palabras que se encuentran en el Libro de Mormón:

“… y así lleváis a este pueblo en pos de las insensatas tradiciones de vuestros padres y conforme a vuestros propios deseos; y los tenéis sometidos, como si fuera en el cautiverio, para saciaros del trabajo de sus manos, de modo que no se atreven a levantar la vista con valor, ni se atreven a gozar de sus propios derechos y privilegios” (Alma 30:27).

Korihor razonaba, tal como los hombres y las mujeres han razonado falsamente desde el principio de los tiempos, que el aceptar el consejo de los siervos de Dios es rendir los derechos de independencia que Dios nos ha dado . Pero ese razonamiento es falso porque no representa correctamente la realidad. Cuando desechamos el consejo que proviene de Dios, no estamos escogiendo ser independientes de las influencias externas; sino estamos eligiendo otra influencia. Desechamos la protección de un Padre Celestial perfectamente amoroso, todopoderoso, que todo lo sabe, cuyo único objetivo, el mismo que el de Su Hijo amado, es darnos la vida eterna, darnos todo lo que El tiene y llevarnos de nuevo al hogar, en familia, a los brazos de Su amor. Al rechazar Su consejo, elegimos la influencia de otro poder, cuyo propósito es hacernos miserables y cuyo motivo es el odio. Dios nos ha dado el don del albedrío moral. Este no es el derecho de elegir estar libre de influencias, sino el derecho inalienable de quedar sujetos al poder que elijamos.

Otra falacia es creer que la elección de aceptar o no el consejo de los Profetas no es mas que decidir entre aceptar el buen consejo y ser beneficiados por ello, o quedarnos donde estamos.

Pero la elección de no aceptarlo sacude el mismo suelo que pisamos; este se torna mas peligroso. El no seguir el consejo profético disminuye nuestro poder de aceptarlo en el futuro.

El mejor momento para haberse decidido a ayudar a Noé a construir el arca fue la primera vez que el lo pidió; después, cada vez que el pedía ayuda, toda respuesta negativa disminuía la sensibilidad al Espíritu. Y así, cada vez que solicitaba ayuda, su petición parecía mas insensata, hasta que descendió la lluvia; y para entonces era demasiado tarde.

En mi vida, siempre que he elegido posponer seguir el consejo inspirado o que he decidido que yo era la excepción, he llegado a darme cuenta de que me encontraba en peligro. Siempre que he escuchado el consejo de los Profetas, lo he confirmado por medio de la oración, y lo he seguido, he visto cómo me he dirigido hacia un lugar seguro y, a lo largo del camino, he visto que la vía había sido preparada para mi y que los lugares difíciles se habían allanado. Dios me guiaba a salvo por un camino preparado con amoroso cuidado, a veces preparado desde mucho tiempo antes.

El relato que esta al principio del Libro de Mormón es sobre Lehi, un Profeta de Dios que también era el líder de su familia. Dios le aconsejó que llevara a los que amaba a un lugar seguro. La experiencia de Lehi es un ejemplo de lo que ocurre cuando Dios nos aconseja a través de Sus siervos. De la familia de Lehi sólo los que tuvieron fe y que recibieron para si la confirmación de la revelación vieron el peligro y también el camino a la seguridad. Para los que no tenían fe, el partir al desierto parecía no sólo algo irrazonable, sino también peligroso.

Como todos los Profetas, Lehi, hasta el día de su muerte, trató de mostrar a los miembros de su familia dónde se hallaba la seguridad para ellos.

El sabia que el Salvador tiene por responsables a aquellos a quienes El delega las llaves del sacerdocio. Junto con esas llaves viene el poder de dar consejos que nos señalaran el camino a la seguridad. Los que tienen las llaves tienen la responsabilidad de advertir, aun cuando su consejo puede que no se siga. Las llaves se delegan siguiendo una línea que va a través del Profeta, pasa por los que tienen la responsabilidad sobre grupos cada vez mas pequeños de miembros, hasta llegar a las familias y a las personas. Esa es una de las maneras por las que el Señor hace de una estaca un lugar de seguridad. Por ejemplo, asistí con mi esposa a una reunión de padres organizada por el obispo, nuestro vecino, en la que nos informó de los peligros espirituales a los que se enfrentan nuestros hijos. Oí mucho mas que la voz de mi sabio amigo; escuche a un siervo de Jesucristo, con llaves, cumpliendo con su responsabilidad de prevenirnos y traspasándonos a nosotros, los padres, la responsabilidad de actuar. Cuando honramos las llaves que hay en esa línea del sacerdocio, al escuchar y prestar oído, nos sujetamos a una cuerda de salvamento que no nos fallara en ninguna tormenta.

Nuestro Padre Celestial nos ama. El envió a Su Hijo Unigénito para ser nuestro Salvador. El sabia que en la mortalidad estaríamos en grave peligro, el peor de los cuales seria las tentaciones del terrible adversario. Esa es una de las razones por las que el Salvador nos ha dado las llaves del sacerdocio, para que los que tengan oídos para oír y la fe para obedecer puedan ir a los lugares de refugio.

Se requiere humildad para estar dispuesto a escuchar. Ustedes recuerdan las advertencias del Señor a Thomas B. Marsh, quien en ese entonces era el Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles. El Señor sabia que el presidente Marsh y sus hermanos de los Doce serían probados, y les amonestó en cuanto a aceptar consejo. El dijo:

“Se humilde; y el Señor tu Dios te llevara de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (L. y C. 112:10).

El Señor agregó una advertencia que se aplica a cualquiera que sigue a un Profeta viviente:

“No seáis soberbios; no os sublevéis en contra de mi siervo José, porque de cierto os digo que estoy con el, y mi mano lo protegerá; y las llaves que a el le he dado, como también a vosotros, no le serán quitadas hasta que yo venga” (D. y C. 112:15).

Dios nos ofrece consejo no solo . para nuestra propia seguridad, sino para la de Sus otros hijos, a quienes debemos amar. Hay pocos consuelos tan dulces como el de saber que hemos sido un instrumento en las manos de Dios al llevar a alguien mas a un lugar seguro, pero esa bendición requiere generalmente que tengamos la fe suficiente para seguir el consejo cuando este sea difícil de seguir. Un ejemplo de la historia de la Iglesia es el de Reddick Newton Allred; el era miembro de la expedición de rescate que envió Brigham Young para ir a buscar a las compañías de carros de mano de Willie y de Martin. Cuando se desato una terrible tormenta, el capitán Grant, capitán del grupo de rescate, decidió dejar algunos de los carromatos a orillas del río Sweetwater mientras el adelantaba para buscar a las compañías de carros de mano. Con los furiosos vientos y con el tiempo que atentaba contra la vida, dos de los hombres que quedaron detrás, en las cercanías del río Sweetwater, decidieron que permanecer allí era una idea descabellada; pensaban que, o bien las compañías de carros de mano habían acampado para pasar el invierno en algún lugar o que habían perecido, y decidieron regresar al Valle del Lago Salado, tratando de persuadir a todos los demás a hacer lo mismo.

Reddick Newton Allred se rehusó a hacerlo. Brigham Young los había enviado y su líder del sacerdocio les había dicho que esperaran allí. Los otros tomaron varios carromatos, todos llenos de víveres necesarios, y emprendieron el regreso. Lo que fue aun mas trágico es que hicieron volver a todos los carromatos que encontraban que habían salido de Salt Lake City; hicieron regresar setenta y siete carromatos hasta Little Mountain, donde el presidente Young se enteró de lo que estaba pasando y los hizo dar la vuelta otra vez. Cuando finalmente se encontró a la compañía de Martin y esta subió con gran esfuerzo sobre Rocky Ridge, Reddick Allred y sus carromatos los estaban esperando. (Véase de Rebecca Bartholomew and Leonard J. Arrington, Rescue of the 1856 Handcart Companies, 1992, págs. 29, 3334.)

En esta conferencia ustedes oirán el inspirado consejo de, por ejemplo, acercarnos a los miembros nuevos de la Iglesia. Aquellos con la fe de Reddick Newton Allred seguirán ofreciendo hermandad, aunque parezca que no se necesite o que no tuviera efecto alguno.

Ellos persistirán. Cuando algún miembro nuevo alcance el punto del agotamiento espiritual, ellos estarán allí para hermanarle y ofrecerle palabras de bondad, y entonces sentirán la misma aprobación divina que sintió el hermano Allred cuando vio a aquellos pioneros de los carros de mano esforzándose por llegar hasta el, sabiendo que el podía ofrecerles amparo, porque había seguido el consejo cuando este era difícil de seguir.

A pesar de que los registros no lo atestigüen, tengo la seguridad de que el hermano Allred oraba mientras esperaba; y estoy seguro de que sus oraciones fueron escuchadas. Entonces supo que el consejo de permanecer fiel era de Dios. Debemos orar para saber eso. Les prometo respuestas a tales oraciones de fe.

Algunas veces recibiremos algún consejo que no podremos entender o que parece que no se aplica a nosotros, aun después de la sincera oración y meditación. No descarten ese consejo, sino guárdenlo cerca del corazón. Si alguien en quien confían les diera lo que aparenta no ser mas que una bolsa de arena con la promesa de que contiene oro, sabiamente la sostendrían en la mano por un tiempo, sacudiéndola con suavidad. Cada vez que he hecho eso con el consejo de un Profeta, luego de un tiempo comienzan a aparecer las pepitas de oro y me he sentido agradecido.

Tenemos la bendición de vivir en una época en que las llaves del sacerdocio están en la tierra y de saber hacia donde mirar y como distinguir la voz que cumplirá la promesa del Señor de que El nos llevara a buen resguardo. Ruego que ustedes y yo tengamos un corazón humilde para que escuchemos, oremos y esperemos la liberación del Señor que ciertamente vendrá si somos fieles. Testifico que Dios, nuestro Padre Celestial, vive y nos ama. Esta es la Iglesia de Jesucristo. El esta a la cabeza de la Iglesia y El es nuestro Salvador. Testifico que Gordon B. Hinckley tiene las llaves del sacerdocio de Dios.

En el nombre de Jesucristo. Amén.