“Orad al padre en mi nombre”

L. Edward Brown


“Cuando utilizamos esas sagrados palabras: ‘en el nombre de Jesucristo’… nos encontramos en terreno santo.”

Cuando nuestro Maestro, el Señor Jesucristo, se encontraba con Sus discípulos en las playas del mar de Galilea, les enseñó el modelo de la oración. Esa oración, a la que conocemos como El Padre Nuestro, merece que le prestemos seria consideración (Mateo 6:9-13; 3 Nefi 13:9-13).

El Señor exhortó, o quizás incluso mandó: “Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:9). Fijen ahora su atención y su corazón en la forma en que El dio comienzo a esta magnifica oración: Padre nuestro que estas en los cielos …” (Mateo 6:9). ¿Que portentoso momento! ¡Que gran revelación! “Padre nuestro”, declaro El, “Padre nuestro”.

Es cierto que pudo haber elegido muchas otras maneras de dar comienzo a la oración: “Oh poderoso Creador de los cielos y de la tierra, Oh Dios poderoso que eres omnipresente, omnisciente y omnipotente”. Esos títulos extraordinarios encierran verdades grandiosas y magnánimas, sin embargo, con una sola palabra, “Padre”, enseñó mucho de lo que debemos saber, de lo que en verdad añoramos saber. Dios es nuestro Padre y nosotros somos Sus hijos.

Los Profetas de Dios proclaman que “todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos”. (“La familia: una proclamación al mundo”, Liahona, junio de 1996, págs. 10-11.)

De igual forma que un niño o una niña disfruta de una relación satisfactoria y segura con su propio padre, el o ella puede tener una relación natural con su Padre Celestial. La criatura percibe que es un hijo o una hija de Dios y que Dios es su Padre. Es algo que se percibe como normal y que la hace sentirse bien, porque eso es lo correcto. Proclamamos que “en la vida premortal, los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron y lo adoraron como su Padre Eterno …” (Ibid). Lo conocían en aquel entonces, y de forma natural e intuitiva lo conocerán ahora. Que trágico es el hecho de que se abuse de una criatura inocente de tal manera, que a el o a ella se le haga difícil acudir a su Padre Celestial.

Hace algunos años, unos buenos amigos de la familia nos prestaron su cabaña en Island Par, Idaho. Cuando llegamos a la cabaña, nos dimos cuenta de que la llave que nos habían dado para abrir la puerta del frente no era la correcta. Tratamos de quitar las alambreras de las ventanas o abrir las otras puertas, (pero fue en vano!

De pronto, nuestro hijo Steven, que en aquel entonces tenía aproximadamente siete años, nos gritó para decirnos que había logrado abrir la puerta de enfrente. Steven, con una gran sonrisa, se hallaba parado triunfalmente en la entrada; yo estaba sorprendido, y le pregunte como lo había logrado.

Con la maravillosa naturalidad de un niño, respondió: “Agaché la cabeza y oré. Cuando levanté la vista, me fije en una piedra grande que estaba cerca de los escalones y pensé: ‘Debajo de esa piedra hay una llave’. Y cuando la levante, ahí estaba”. La oración de un niño había sido escuchada. Le doy gracias al Señor por su madre que le había enseñado a encontrar llaves en un momento de crisis.

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos: les testifico en forma sincera y solemne que el Señor se comunica individualmente con cada uno de nosotros. Nunca, nunca sean víctimas de abrigar el abominable pensamiento de que El no se interesa en ustedes, de que no sabe quienes son. Esa es una mentira satánica, que tiene como fin destruirlos.

Hace apenas dos semanas me encontraba enviando mensajes electrónicos a través de la computadora que tenemos en nuestro apartamento en Tokio, Japón, a un sobrino que esta en China, a un hijo que esta en Pocatello, Idaho, y a otro sobrino que reside en Longview, Washington. Mientras me encontraba enviando esos mensajes electrónicos, ocurrió un milagro. Nuestro yerno, que estaba en Salt Lake City, nos envió un mensaje instantáneo por la pantalla. El simplemente preguntó: “¿Estas ahí?” Inmediatamente le respondí: “Aquí estoy”. Y así, nos pusimos a conversar por medio del milagro que es el correo electrónico.

Por supuesto, Dios puede comunicarse con nosotros y lo hace. De acuerdo con Doctrina y Convenios, Sección 88, versículos 6 al 13, hay una luz que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio”. Esa luz “existe en todas las cosas … da vida a todas las cosas … es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas, si, el poder de Dios”. Esta luz “os alumbra … por medio de aquel que ilumina vuestros ojos, y es la misma luz que vivifica vuestro entendimiento”.

Nuestro Padre cuenta con un sistema de comunicaciones extraordinario a través del cual transmite mensajes y sentimientos. “Si, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que … morara en tu corazón … este es el espíritu de revelación” (D. y C. 8:23). El conoce a Sus ovejas y se comunica con ellas, y estas oyen Su voz. (Véase Juan 10:14-16.)

El Señor Jesucristo nos enseña a orar, y hace convenio de que se recibirán respuestas. “Por tanto, siempre debéis orar al Padre en mi nombre”, dice El (3 Nefi 18:19). “Orad al Padre en vuestras familias, siempre en mi nombre, para que sean bendecidos vuestras esposas y vuestros hijos” (3 Nefi 18:21).

Pongamos atención a Su insistencia de que “siempre debéis orar … en mi nombre”. No hay “otro nombre … por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente” (Mosíah 3:17).

En el capitulo 1 del Libro de Moisés leemos este potente relato. En el versículo 3, el Señor le dice a Moisés: “He aquí, soy el Señor Dios Omnipotente, y Sin Fin es mi nombre; porque soy sin principio de días ni fin de años; )y no es esto sin fin?” Moisés debió haberse sentido colmado de emoción ante tal proclamación. Imaginemos lo que debió haber sentido al oír la próxima declaración, tal como se encuentra registrada en el versículo 4 del mismo capítulo y dice:

“He aquí, tu eres mi hijo”. Este es el Señor Dios Omnipotente, y “Sin Fin es Su nombre”, así lo declaró El. Y luego le dice a Moisés: “Tu eres mi hijo”. ¡Que gran momento! Si el Señor fuera a aparecer ante ustedes, les diría la misma cosa.

Después que el Señor se le apareció a Moisés, Satanás se presentó ante el y le mandó, diciendo: “Moisés, hijo de hombre, adórame” (Moisés 1:12). Moisés miró a Satanás, y, con confianza en la reciente revelación que había tenido del Señor, reprendió a Satanás, diciéndole: “¿Quien eres tu? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios, a semejanza de su Unigénito. ¿Y dónde esta tu gloria, para que te adore?” (Moisés 1:13.)

Moisés había descubierto algo acerca de si mismo: era un hijo de Dios. Cuan importante es que a nuestros hijos se les recuerde esta verdad. Y Moisés le mandó a Satanás que se fuera, pero de nada le sirvió y Satanás se llenó de ira. Moisés de nuevo le mandó que se marchara, y Satanás gritó y bramó sobre la tierra, y nuevamente se negó a irse. (véase Moisés 1:19.)

Fue entonces que Moisés se dio cuenta de que tenía un gran problema en sus manos. Este no era un individuo común y corriente; era temible, poderoso y estaba enfurecido. Moisés no quería tener nada que ver con el y con intrepidez le mandó: “Retírate de mi, Satanás, porque sólo a este único Dios adoraré, el cual es el Dios de gloria. Y entonces Satanás comenzó a temblar, y se estremeció la tierra” (Moisés 1:20-21).

Este era un poder tenebroso e implacable. ¿Cómo podría Moisés soportar poder semejante? En este gran momento de crisis, “Moisés recibió fuerza, e invocó a Dios, diciendo: En el nombre del Unigénito, retírate de aquí, Satanás” (Moisés 1:21). Entonces apeló a un poder superior al suyo; por medio del Señor Jesucristo acudió a una fuente de fortaleza y autoridad, un poder que Satanás no podía desafiar. “Y ocurrió que Satanás gritó en voz alta, con lloro, y llanto, y crujir de dientes; y se apartó de allí, si, de la presencia de Moisés, de modo que no lo vio mas” (Moisés 1:22).

Hace algunos años, un colega nos relato esta tierna experiencia. Su hijita Kim apenas había aprendido a contar, de hecho, ya podía contar del uno al diez y la familia se sentía tan contenta que llamaron a la abuela.

“Hola, abuela. ¿Quieres oírme contar?” Entonces empezó a contar “Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, en el nombre de Jesucristo. Amen”. Tal vez el Salvador sonrió y estuvo complacido de que Kim pudiera contar del uno al diez.

Hermanas y hermanos, cuando utilizamos esas sagradas palabras: “en el nombre de Jesucristo”, significan mucho mas que un modo de acabar una oración, un testimonio o un discurso, nos encontramos en terreno santo, estamos utilizando uno de los nombres mas sublimes, mas santos y mas maravillosos, el nombre mismo del Hijo de Dios. Ahora podemos ir al Padre por intermedio de Su Hijo Amado. Que gran poder, seguridad y paz sentimos cuando en verdad oramos en Su nombre. El terminar una oración de este modo tal vez sea, en muchas maneras, la parte mas importante de la oración. Por intermedio de Su Hijo victorioso podemos apelar al Padre con la confianza de que nuestras oraciones serán escuchadas. Podemos pedir y recibir, podemos buscar y encontrar y subsecuentemente, encontrar la puerta abierta.

Les testifico en aquel nombre sagrado, si en el nombre de Jesucristo que Dios es nuestro Padre y que nosotros somos Sus hijos. Jesucristo es su Hijo Unigénito en la carne. El es nuestro amado Salvador y Redentor. En el nombre de Jesucristo. Amén.