1990–1999
“Ese espíritu que induce a hacer lo bueno”
Abril 1997


“Ese espíritu que induce a hacer lo bueno”

“El Espíritu Santo será nuestro compañero constante si nos sometemos a la voluntad de nuestro Padre Celestial…”

Luego de su llegada al Valle del Lago Salado, los pioneros mormones se dieron cuenta de que representaba un gran desafío establecer colonias en el desierto. A diario enfrentaban pruebas y dificultades que les recordaban que su nueva vida era muy distinta de la que estaban acostumbrados a vivir. Había que construir casas, urbanizar, abrir canales de irrigación, plantar huertos, cortar madera y juntar ganado.

También había una constante inmigración hacia Utah, sequías y la plaga de las langostas, todo lo cual hacia que la economía de este nuevo territorio fuera muy incierta. Debido al gran esfuerzo que exigía el proveer para sus familias, algunos de los pioneros fueron arrastrados a un letargo espiritual. Esto era motivo de gran preocupación entre los primeros líderes de la Iglesia, los que creían que algunas de sus dificultades eran el resultado directo de que los santos eran negligentes en guardar los mandamientos.

En 1856, la Primera Presidencia comenzó un movimiento de reforma. Los líderes de la Iglesia viajaban por todo cl territorio proclamando el arrepentimiento a los santos; mandaban a los “maestros vecinales” con una lista de preguntas que debían hacer a las familias. Algunas de esas preguntas eran:

¿Ha traicionado en algo a sus hermanos o hermanas?

¿Ha cometido adulterio?

¿Ha tomado en vano el nombre de la Deidad?

¿Se ha intoxicado con bebidas alcohólicas?

¿Ha cumplido la promesa de pagar sus deudas?

¿Enseña a su familia el Evangelio de salvación?

¿Ora con su familia de mañana y de noche?

¿Asisten usted y su familia a las reuniones del barrio? (La historia de La Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, capitulo 28.)

Los santos recibieron de parte de sus líderes el desafío de renovar su dedicación a servir al Señor y guardar Sus mandamientos; ellos aceptaron el consejo de los líderes y se arrepintieron.

En 1997, nosotros tenemos muchas de las mismas inquietudes, a pesar de que nuestro mundo es muy distinto. Estas preguntas todavía serían muy apropiadas si se hicieran hoy; incluso la lista podría alargarse debido a nuevas fuentes de tentación que los pioneros no hubieran podido anticipar. El equilibrio entre vivir en el mundo y no ser del mundo esta convirtiéndose en algo cada vez mas complicado. Las publicaciones, la radio, la televisión y la red Internet nos han rodeado de cosas mundanas. Algunos de los programas de televisión han causado tantas quejas por parte del publico que se ha establecido un sistema de clasificación para que los televidentes puedan evaluar el contenido de los programas. Sin duda, esto es admitir que hay muchas cosas disponibles que debemos evitar. La pregunta es: ¿podemos confiar en que otros tomen la decisión de clasificarlas por nosotros? Tenemos la fortuna de haber sido bendecidos con un poder especial que nos dirige cuando debemos tomar estas decisiones importantes entre el bien y el mal.

En aquel momento especial y sagrado en que el Salvador se dio cuenta de que Su ministerio mortal estaba a punto de concluir, El reunió a Sus Doce en lo que llamamos La Última Cena. Les dio la esperanza de que no estarían solos después de que El se apartara de ellos; los consoló con estas palabras:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi.

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

“Y si me fuere y os prepararé lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mi mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:13).

Al recibir esta aseveración bendita, el otro Judas, no el Iscariote, le pregunto

“Señor, ¿cómo es que te manifestaras a nosotros, y no al mundo?” (Juan 14:22).

“Respondió Jesús y le dijo:

“El que me ama, mi palabra guardara; y mi Padre le amara, y vendremos a el, y haremos morada con el.

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviara en mi nombre, el os enseñará todas las cosas, y os recordara todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:22-23, 26).

Después de la resurrección de nuestro Señor y Salvador, el Consolador prometido se dio a quienes aceptaran ser bautizados en el agua y ser contados entre Sus santos. En el día de Pentecostés hubo una gran manifestación que le fue dada a los Doce y fueron llenos del Espíritu Santo. Pedro exhortó a los que estaban reunidos a arrepentirse y ser bautizados, y entonces recibirían el don del Espíritu Santo.

Un acontecimiento similar tuvo lugar cuando el Salvador apareció entre los nefitas.

Después del establecimiento de la Iglesia del Salvador siguieron días de oscuridad a medida que la apostasía surgió entre sus miembros, y la autoridad del sacerdocio se quitó de la tierra debido a la iniquidad de la gente.

La luz regresó al mundo por medio de José Smith, en 1820, cuando este recibió la Primera Visión. Durante una década, el profeta José Smith fue preparado con esmero para restaurar la Iglesia de Dios . El recibió la autoridad del sacerdocio: primero, de Juan el Bautista recibió el de Aarón, luego de Pedro, Santiago y Juan recibió el de Melquisedec. José recibió revelaciones al escucharse la voz de Dios desde los cielos, y la comunicación entre Dios y Su Profeta se restauro.

El 6 de abril de 1830, ante una pequeña congregación reunida con el fin de organizar la Iglesia, el profeta José Smith preguntó a los presentes si estaban dispuestos a aceptar que cl y Oliver Cowdery fueran sus maestros y asesores especiales. Los presentes levantaron la mano en señal de apoyo.

Aunque ya hablan recibido el Sacerdocio de Melquisedec, José Smith y Oliver Cowdery procedieron a continuación a ordenarse el uno al otro al oficio de élder; lo hicieron para destacar el hecho de que eran élderes de la Iglesia que se acababa de organizar. Acto seguido, se administró el sacramento de la Santa Cena del Señor. Después, el Profeta y Oliver Cowdery confirmaron a los que se habían bautizado previamente en la Iglesia y les confirieron el don del Espíritu Santo. (Véase La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, capitulo 6.)

Que enorme privilegio es ser contados entre quienes, por el poder del sacerdocio, han sido bautizados en el agua, y luego han recibido el Espíritu Santo por medio de la imposición de manos.

El élder LeGrand Richards, al describir el don del Espíritu Santo, dijo:

“Creo que el don del Espíritu Santo es tan importante para el hombre como lo son el sol y el agua para las plantas. Si se les privara de estos elementos las plantas morirían. Si se eliminara el Espíritu Santo de la Iglesia, no seria diferente de ninguna otra Iglesia, y esto se pone de manifiesto en muchas formas, en la vida y en la devoción de los miembros de la Iglesia” (“El don del Espíritu Santo”, Liahona, enero de 1980, pág. 118).

Los dones tienen un valor limitado a menos que se utilicen. El Espíritu Santo será nuestro compañero constante si nos sometemos a la voluntad de nuestro Padre Celestial, recordándole siempre y guardando Sus mandamientos.

Recuerdo una etapa critica de mi vida y lo agradecido que estuve cuando la voz suave y apacible me dio dirección para tomar una decisión importante. Yo había trabajado para una compañía de ventas por algunos años; tuvimos un éxito extraordinario. Queríamos expandir el negocio, pero necesitábamos una gran cantidad de capital; por lo tanto, para tratar de juntar el dinero, hablamos con los mejores asesores financieros que pudimos encontrar. Ellos nos alentaron a fusionarnos con una confianza mas grande. Esto se llevo a cabo con éxito y se me pidió que firmara un contrato por cinco años con el fin de que hubiera una continuidad gerencial. Pasaron apenas unos cuantos meses cuando me encontré en medio de una situación muy difícil. Los nuevos dueños querían que yo quebrantara mis principios y yo sencillamente sentía que no podía hacerlo.

Después de largas conversaciones, ellos seguían insistiendo y yo continuaba rehusándome. Al ver que no había otra salida, accedí a renunciar a mi puesto en la compañía. Sucedió en el peor de los momentos porque mi esposa estaba enferma de gravedad y necesitaba constante atención médica, tenga una hija en la universidad y un hijo en la misión. Pase todo el año siguiente trabajando como consultor, lo cual me daba apenas lo suficiente para pagar las cuentas. Luego de cerca de un año de dificultades, una compañía me llamo desde California para invitarme a analizar la posibilidad de trabajar para ellos. Negociamos un contrato muy bueno y yo estaba encantado con la oportunidad. Les dije que debía volver a casa para hablarlo con mi familia; así que regresé y luego de un análisis detallado, convencí a mi familia de que era lo mas adecuado. En el momento de llamar a la firma para aceptar la oferta, escuche la voz mas fuerte y poderosa que jamas he escuchado; esta me dijo: “No aceptes la oferta”. No podía hacer caso omiso de la voz, por lo que rechace el ofrecimiento, pero me quedó angustiado. No podía comprender por que se me había dicho que hiciera una cosa semejante. Subí las escaleras y me dirigí a mi habitación, me senté en la cama y abrí las Escrituras. Sin querer, se abrieron en la sección 111 de Doctrina y Convenios. Ésta fue la única revelación que se dio en el estado de Massachusetts, donde vivíamos en ese momento. Estas palabras literalmente me saltaron a la vista:

“No os preocupéis por vuestras deudas, porque os daré el poder de pagarlas.

“Permaneced en este lugar y en las regiones circunvecinas” (D. y C. 111:5, 7).

Una gran paz me invadió el alma. En cuestión de días, se me ofreció una buena posición en Boston; unos meses después, tuve el enorme privilegio de dirigir una conferencia en la que cl presidente Lee, en ese entonces Primer Consejero en la Primera Presidencia era el orador invitado. La conferencia fue una experiencia gloriosa al deleitarnos con las palabras del presidente Lee. Después, en julio, el presidente Joseph Fielding Smith falleció y el presidente Lee paso a ser el Profeta. Tres meses después, se me pidió que fuera a Salt Lake, donde recibí el llamamiento de dejar mi profesión y unirme a las Autoridades Generales.

A menudo me he preguntado que hubiera sucedido si yo no hubiera obedecido la voz del Espíritu Santo que me aconsejo no alejarme de Boston.

Parley P Pratt nos dio una idea de lo que el don del Espíritu Santo puede significar para nosotros cuando dijo:

“El don del Espíritu Santo … estimula todas las facultades intelectuales, incrementa, amplia, despliega y purifica todas las pasiones y afectos naturales y los adapta, por el don de la sabiduría, a su uso legítimo. Inspira, desarrolla, cultiva y madura las finas compasiones, gozos, gustos, afinidades y afectos de nuestra naturaleza. Inspira virtud, amabilidad, bondad, ternura, mansedumbre y caridad. Desarrolla la belleza de la persona, de la forma y de los rasgos. Se inclina hacia la salud, el vigor, el animo y el sentimiento social. Estimula todas las facultades físicas e intelectuales del hombre. Fortalece y tonifica los nervios. En pocas palabras, es, por decirlo así, refrigerio para los huesos, gozo para el corazón, luz para los ojos, música para los oídos y vida para todo el ser” (Key to the Science of Theology, Novena edición, 1965, pág. 101.)

Yo doy testimonio del poder y el consuelo que es el don del Espíritu Santo para quienes viven dignos de el. Que tranquilidad es para nosotros saber que no estamos solos para encontrar el curso que debemos tomar para merecer las eternas bendiciones de nuestro Padre Celestial. No necesitamos sistemas de clasificación hechos por los hombres para determinar lo que debemos leer, mirar o escuchar ni como debemos conducir nuestra vida. Lo que si necesitamos hacer es vivir dignos de la compañía constante del Espíritu Santo y tener el valor de seguir Su inspiración en nuestra vida. Que el Señor nos bendiga para que siempre estemos atentos a este precioso don, si, el don del Espíritu Santo, lo ruego humildemente en el nombre de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amén.