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Octubre 1997 | El hogar: refugio y santuario

El hogar: refugio y santuario

“Que ‘La Familia: Una Proclamación para el mundo se convierta en la guía y la norma por la que vivamos en nuestro hogar y criemos a nuestros hijos.”

Ruego con humildad que el Espíritu de verdad nos acompañe a fin de que podamos “comprendernos el uno al otro, ser edificados y regocijarnos juntamente”.

Tal como Nefi, yo también “nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en la ciencia de mi padre y he sido altamente favorecido del Señor todos mis días” (2).

Mi padre fue un maravilloso ejemplo de amor, de fe, de integridad y de dedicación al Evangelio. Mi madre murió cuando yo tenia siete años; pero en mis primeros años, ella me enseñó las verdades del evangelio; era una mujer de gran fe. Debido a su fe y a sus oraciones, así como a una curación

milagrosa, hoy veo por mi ojo izquierdo. Mi padre estaba de viaje y yo me queme severamente la pupila del ojo con la palanca de metal para levantar las tapaderas de nuestra cocina de leña. Mi madre ejercitó la fe y oró con fervor a nuestro Padre Celestial mientras me sostenía amorosamente entre sus brazos; sus oraciones se escucharon y mi ojo sanó. Estoy muy agradecido por haber sido criado por buenos padres en un hogar de amor.

Hoy el hogar se halla amenazado y desafiado mas que nunca; hoy menos de la mitad de los niños nacidos en los Estados Unidos y en muchos otros países del mundo pasaran toda su niñez en una familia con un padre y una madre (3). La infidelidad, el divorcio, el aborto y los hogares abandonados están en aumento; el padre esta rápidamente perdiendo su papel tradicional de encargado, de proveedor, de protector, de educador moral y de cabeza de familia.

Durante el periodo de 1960 a 1990, los nacimientos fuera del matrimonio se han incrementado en un quinientos por ciento y el divorcio ha aumentado un cuatrocientos por ciento. (4). Como miembros de la Iglesia, no estamos al margen de estas practicas pecaminosas.

El hogar y la familia son la unidad fundamental de la sociedad así como son los hogares y las familias, así serán la comunidad, la ciudad, la provincia y la nación. No existe la moralidad publica sin la virtud privada. Como Santos de los Ultimos Días se nos ha dado mucho, y mucho se espera de nosotros; se nos ha enseñado lo que es correcto y verdadero; “por lo tanto, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándonos a nosotros mismos” (5).

Como marido y mujer y como padres, ¿como podemos evitar los peligros y las tentaciones del atribulado mundo en que vivimos? Ofrezco unas pocas maneras que han resistido la prueba del tiempo y que, a la vez, demuestran como podemos ser hacedores y no solamente oidores.

  • Los padres y los miembros de la familia deben amarse, honrarse y respetarse el uno al otro.

  • Asistan juntos a las reuniones de la Iglesia regularmente.

  • Lean las Escrituras y oren juntos a diario.

  • Realicen la Noche de Hogar y diviértanse juntos.

  • Vivan vidas de virtud e integridad para que al llegar la noche duerman bien sabiendo que han hecho lo mejor, con una conciencia sin ofensa ante ninguno; una vida de virtud se construye paso a paso, ladrillo tras ladrillo. Estén al tanto de los pequeños pecados que erosionan la integridad.

  • Comuníquense, hablen, dediquen tiempo el uno al otro. Cuando un adolescente llega a casa después de una cita y parece estar preocupado, ¡es una gran oportunidad para que los padres amorosos escuchen y ayuden!

  • Paguen sus diezmos y sus ofrendas con fidelidad.

  • Eviten las deudas innecesarias.

  • Nunca hagan compras de gran envergadura ni tomen decisiones sin orar y sin acuerdo mutuo, como compañeros iguales, es decir como marido y mujer.

Los Profetas de la antigüedad y los profetas modernos nos han enseñado que: “El establecimiento de un hogar no es solo un privilegio, sino que el matrimonio y la capacitación apropiada de los niños es un deber del mas alto orden” (6).

Los Profetas de Israel enseñaron: “Y les enseñareis a vuestros hijos los mandamientos cuando te sientes en tu casa” (7).

Isaías enseñó: “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicara la paz de tus hijos” (8).

“Te doy el mandamiento de enseñar estas cosas a tus hijos” (9).

“Lehi exhorto a su familia con todo el amor de un tierno padre” (10).

El presidente Harold B. Lee dijo: La mejor obra del Señor que ustedes y yo podemos realizar será la que efectuemos dentro de las paredes de nuestro propio hogar.” (11).

Siempre debemos recordar la advertencia que, desde este púlpito, dio el presidente David O. McKay hace treinta y tres años: “Ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar. La choza mas humilde donde el amor prevalece sobre la unidad familiar es de mayor valor para Dios y de la futura humadad que cualquier otra riqueza. En tal hogar, Dios puede obrar milagros, y obrara Milagros” (12).

La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, a quienes sostenemos como Profetas, Videntes y Reveladores, hace dos años proclamaron solemnemente al mundo nuestras creencias concernientes al matrimonio, a los padres y a la familia. Desafío a cada uno de ustedes a leer, a estudiar y a vivir bajo esa proclamación inspirada; que se convierta en la pauta y en el modelo por los que vivamos en nuestro hogar y criemos a nuestros hijos.

Nuestro hogar puede y debe ser un refugio y un santuario que nos proteja del mundo atribulado en que vivimos; que se convierta en tal, merced a nuestro diario esfuerzo por guardar sagrados los santos convenios que hemos hecho.

Que nos unamos al Juan de antaño, quien dijo: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (13). Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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