“He Aquí Tenemos Por Bienaventurados a los Que Sufren”

D. Hales


“No podemos esperar que habremos de aprender o ser perseverantes en años venideros si hoy en día estamos desarrollando el hábito de darnos por vencidos cuando las cosas se tornan difíciles”.

Las Escrituras nos dicen que es esencial perseverar hasta el fin. “Por tanto, si sois obedientes a los mandamientos, y perseveráis hasta el fin, seréis salvos en el postrer <:lía. Y así es” (I Nefi 22:31).

“Sé paciente en las aflicciones, porque tendrás muchas; pero sopórtalas, pues he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días” (D. y C. 24:8).

“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren” (Santiago 5:11).

Los profetas de todas las épocas nos enseñan verdaderos ejemplos de fe al demostrar su valentía mientras soportan problemas y tribulaciones para poder cumplir la voluntad de Dios. El ejemplo más grande proviene de la vida de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo. Mientras sufría en la cruz sobre el Calvario, sintió la soledad del albedrío cuando suplicó a Su Padre Celestial: “¿Por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). El Salvador del mundo fue dejado solo por Su Padre para que llevara a cabo, por propia voluntad y decisión, un acto de albedrío que le permitió completar Su misión expiatoria.

Jesús sabía bien quién era Él: el Hijo de Dios; sabía cuál era su propósito: llevar a cabo la voluntad del Padre mediante la Expiación; su perspectiva era eterna: “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

El Señor bien podría haber llamado a legiones de ángeles para que lo rescataran de la cruz, pero con fidelidad perseveró hasta el fin y completó el propósito para el cual había sido enviado a la tierra, confiriendo así bendiciones eternas a todos aquellos que habrían de experimentar la vida terrenal.

Me emociona profundamente que, cada vez que el Padre presentaba a Su Hijo a los profetas de todas las dispensaciones, declaraba: “Este es mi hijo amado, en el cual tengo complacencia” (2 Pedro 1:17), o “He aquí a mi hijo amado … en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7)

En nuestra dispensación, el profeta José Smith soportó toda clase de oposición y aflicciones para llevar a cabo el deseo de nuestro Padre Celestial: la restauración de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. José fue atormentado y perseguido por multitudes enfurecidas; con paciencia soportó la pobreza, las acusaciones ofensivas y los actos desconsiderados; su gente fue forzada a escapar de una población a otra y de un estado a otro; lo cubrieron de brea y de plumas; lo acusaron falsamente y lo encarcelaron.

Hallándose en la prisión de Liberty, en Misuri, abrumado con sentimientos de profunda emoción al ver que sus propias tribulaciones y los problemas que sufrían los santos parecían ser interminables, José oró diciendo: “Oh Dios, ¿en dónde estás?. Sí, oh Señor, ¿hasta cuándo sufrirán estas injurias y opresiones ilícitas, antes que tu corazón se ablande y tus entrañas se llenen de compasión por ellos?” (D y C 121:1, 3).

Y entonces le fue dicho: “Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento” (D. y C. 121:7).

José sabía que si llegaba a detenerse en esta gran obra, sus tribulaciones terrenales probablemente se calmarían; pero no podía hacer eso porque sabía bien quién era él, sabia por que propósito había sido enviado a la tierra, y quería obedecer la voluntad de Dios.

Los pioneros que abandonaron sus hogares en Nauvoo, Illinois y en otros lugares para atravesar las grandes llanuras y establecerse en el Valle del Lago Salado, sabían quiénes eran: eran miembros de la Iglesia del Señor recién restaurada en la tierra. Sabían que su propósito y su objetivo no solamente era encontrar Sión sino establecerla. Y porque lo sabían, estaban dispuestos a soportar toda clase de dificultades para realizarlo.

Durante el año pasado me he sentido profundamente conmovido por aquellos que comprenden esta doctrina. Con fe han sabido soportar en su vida contradicciones, problemas y tribulaciones; y al hacerlo, no sólo fueron fortalecidos personalmente por esa experiencia, sino que con su ejemplo fortalecieron a quienes les rodean.

Una joven mujer escribió acerca de las lecciones que ha podido aprender en su lucha por recuperarse después de un accidente automovilístico que le causó graves heridas en la cabeza.

“No sabía cuán fuerte era yo hasta llegada la primavera de 1996. Los incidentes de cierta tarde cambiaron completamente mis esperanzas con respecto a mis estudios. En un momento me hallaba encaminada hacia mi futuro como cualquier otra alumna de secundaria, y al minuto siguiente mi vida ya no era normal. Me encontré de pronto tratando de fortalecerme a mí misma de una manera que nunca había imaginado … Estaba ahora en camino, no hacia el aprender, sino hacia el aprender de nuevo … Tuve que aprender a comer de nuevo; el tragar la comida que tenía en la boca era una ardua tarea que tuve que aprender de nuevo. De la cama pasé a una silla de ruedas para luego ponerme de pie y aprender de nuevo a caminar; todo en un período de cinco meses … Este año pasado he logrado aprender muchas grandes verdades a raíz de mis varias dificultades. Las oraciones son realmente contestadas; el ayuno es un verdadero poder en mi familia; el amor me ha mantenido con vida … he aprendido cosas nuevas en cuanto a mi misma; he aprendido a saber lo que puedo tolerar … A través de todo esto he aprendido que soy mucho más fuerte de lo que suponía. He aprendido que, si uno necesita ayuda, está bien que la pida; todos tenemos nuestras limitaciones, fortalezas y debilidades … Todo conocimiento es provechoso para mí. Tal como un pichoncito que acaba de salir del cascarón, estoy aprendiendo a volar de nuevo” (Carta de Elizabeth Merkley).

Con frecuencia no sabemos lo que somos capaces de soportar hasta que no pasamos la prueba de nuestra fe. El Señor también nos ha enseñado que jamás seremos probados más de lo que podamos resistir (véase 1 Corintios 10:13).

En 1968, el corredor de maratón John Stephen Akhwari representó a Tanzania en una competición internacional. “Poco después de una hora de que el [ganador] hubo cruzado la meta, John Stephen Akhwari … se aproximó al estadio el último en completar la jornada. [Aun sufriendo fatiga, calambres en las piernas, deshidratado y desorientado], una voz le alentaba desde adentro para que siguiera, y así lo hizo. Más tarde alguien escribió: ‘Hoy día hemos visto a un joven corredor africano que simboliza lo mejor en espíritu humano, una actuación que le da significado a la palabra valentía’. Para algunos la única recompensa es la personal. [No hay medallas, sino sólo] el conocimiento de que terminaron lo que se habían propuesto” (The Last African Runner, Olympiad Series, escrito, dirigido y producido por Bud Greenspan, Cappy Productions, 1976, videocasete). Cuando le preguntaron por qué había terminado una carrera que jamás podría ganar, Akhwari respondió “Mi país no me envió a 5.000 millas de distancia para que comenzara la carrera, sino para que la terminara”.

El sabía quién era: un atleta que representaba la nación de Tanzania, sabía cuál era su propósito; completar la carrera. Sabía que tenía que perseverar hasta el fin para poder regresar con honor a su tierra natal. Nuestra misión en la vida es muy similar. No nos envió nuestro Padre sólo para nacer; se nos envió a perseverar y a regresar a El con honor.

Nuestra residencia en el mundo es parte de nuestra prueba terrenal. El desafío está en vivir en el mundo y no participar de sus tentaciones, las cuales nos alejarán de nuestros objetivos espirituales. Cuando nos abandonamos y nos entregamos a las artimañas del adversario, podemos perder mucho más que nuestra propia alma. Nuestra rendición podría causar la pérdida de las almas que nos respetan en esta generación. Nuestra capitulación a las tentaciones podría afectar a los hijos y a las familias de futuras generaciones.

La Iglesia no se establece en una generación. El sólido progreso de la Iglesia se va estableciendo a través de tres o cuatro generaciones de fieles santos. El traspaso de la fortaleza

de la fe para perseverar hasta el fin de una generación a la otra es un don divino de inmensurables bendiciones para nuestros descendientes. Asimismo, no podemos, por nosotros mismos, perseverar hasta el fin. Es importante que nos ayudemos al levantarnos y fortalecernos mutuamente.

Las Escrituras nos enseñan que es necesario que haya una oposición en todas las cosas (véase 2 Nefi 2:11). No es cuestión de si estamos listos para las pruebas; sino de cuándo habremos de estarlo. Debemos prepararnos para encarar las pruebas que se nos presenten sin previo aviso.

Los requisitos básicos para perseverar hasta el fin incluyen el saber quiénes somos: hijos de Dios con el deseo de regresar a Su presencia después de esta vida terrenal; entender cuál es el propósito de la vida: perseverar hasta el fin y alcanzar la vida eterna; y vivir en obediencia con el de se o y la de terminación de soportar todas las cosas: tener una comprensión eterna. La comprensión de lo eterno nos permite vencer toda oposición en nuestro estado temporal y, finalmente, obtener las recompensas prometidas y las bendiciones de la vida eterna.

Si somos pacientes en nuestras aflicciones, las soportamos debidamente y confiamos en el Señor para aprender las lecciones de la vida terrenal, el Señor estará con nosotros para fortalecernos hasta el fin de nuestros días; “el que persevere [fielmente] hasta el fin, éste será salvo” (Marcos 13;13) y regresara con honor a nuestro Padre Celestial.

Aprendemos a perseverar hasta el fin al aprender a cumplir con nuestras responsabilidades actuales, y simplemente al continuar haciéndolo por el resto de nuestra vida. No podemos esperar que habremos de aprender a ser perseverantes en años venideros si hoy en día estamos desarrollando el hábito de darnos por vencidos cuando las cosas se tornan difíciles.

El perseverar hasta el no se relaciona con todos los mandamientos de Dios. El Señor ha llamado a hombres jóvenes para que sean misioneros. A los misioneros no se les envía sólo para que vayan a despedirlos sus amigos y sus familias; son llamados a servir una misión honorable y entonces regresar con honor a sus hogares. Para hacerlo, saben quiénes son: misioneros de la Iglesia del Señor; conocen su propósito encontrar y enseñar a aquellos que han sido preparados para recibir el Evangelio de Jesucristo y ayudar en el establecimiento de Su Iglesia; desarrollan la paciencia al vencer los problemas y las tribulaciones que por seguro les sobrevendrán; son suficientemente humildes para aprender nuevas aptitudes y tienen la determinación de perseverar hasta el fin. No importa lo que un misionero sacrifique para ir a una misión, debe ser obediente durante ella para recibir las bendiciones que por derecho le corresponden.

Algunos podrán decir: “¿Cómo puedo ser misionero y perseverar hasta el fin? Soy tímido por naturaleza, me pongo nervioso y tartamudeo cuando hablo con gente extraña”, o “Tengo dificultades para aprender y las charles serán muy difíciles para mí”. El Señor no promete que nos librará de nuestros impedimentos cuando seamos misioneros, pero al hacer el esfuerzo adicional requerido, vamos desarrollando nuestra capacidad para superar nuestras imperfecciones; y necesitaremos esa capacidad a través de toda la vida en cuanto a nuestras relaciones con los demás, en nuestro trabajo y con nuestras familias. Todos tenemos que aprender a controlar algunas cosas; unas son más evidentes que otras.

Cuando servimos como misioneros y nos olvidamos de nosotros mismos para llevar a cabo la obra del Señor y ayudar a los demás, se presenta la oportunidad de progresar y madurar enormemente. Cuando un joven élder deja atrás la comodidad de la familia y los amigos, y aprende a desempeñar sus aptitudes en el mundo, se convierte en un hombre y cultiva una mayor fe en que el Señor ha de guiarlo.

Un misionero hace frente a muchos problemas que nunca tuvo que enfrentar anteriormente. El rendir el mejor esfuerzo posible no será suficiente para cumplir su llamamiento. Perseverar requiere que mañana nos esforcemos más de lo que lo hicimos hoy al adquirir los dones adicionales que el Señor nos confiere. Es necesario tener fe para escuchar al Señor y a los líderes de la misión a fin de aprender a realizar todo aquello para lo cual se llama a los misioneros. Por supuesto que es algo difícil. Es por tal razón que se trata de un don tan especial y por que produce tan grandes recompensas. Debemos reconocer quiénes somos y determinar cuál es nuestro propósito primordial. Entonces debemos decidir superar cualquier obstáculo con la gran determinación de perseverar hasta el fin.

Cuando aceptamos un llamamiento, tenemos que pensar: “Aprenderé a llevar a cabo esta tarea por todos los medios honorables y hacerlo a la manera del Señor. Estudiaré, haré preguntas, investigaré y oraré. Tengo el potencial para seguir aprendiendo. Y no habré cumplido hasta que haya completado mi asignación”. Eso es perseverar hasta el fin: hacer las cosas hasta completarlas.

La perseverancia consiste en mucho más que simplemente sobrevivir y esperar hasta el fin de nuestros días. Perseverar hasta el fin requiere tener mucha fe. En el Jardín de Getsemaní, Jesús “se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

Se requiere gran fe y valentía para orar a nuestro Padre Celestial, “no sea como yo quiero, sino como tú”. La fe para creer en el Señor y perseverar hasta el fin produce gran fortaleza. Algunos dicen que si tenemos suficiente fe a veces podemos cambiar las circunstancias que provocan nuestros problemas y tribulaciones. ¿Debemos acaso emplear nuestra fe para cambiar las circunstancias o más bien para soportarlas? Las oraciones fervientes pueden ofrecerse para cambiar o atenuar los acontecimientos en nuestra vida, pero no debemos

olvidar que, al finalizar cada una de nuestras oraciones, debemos hacerlo con el entendimiento de “hágase tu voluntad” (Mateo 26:42). La fe en el Señor incluye confianza en Él. La fe para perseverar se basa en aceptar la voluntad del Señor y en las lecciones que aprendemos en cada uno de los acontecimientos de nuestra vida.

Al depositar nuestra fe en el Señor y centrar nuestra atención en la eternidad, seremos bendecidos con la capacidad para aceptar toda prueba que se nos presente, porque sabemos que la vida terrenal es solamente temporal; y si perseveramos debidamente, el Señor nos ha prometido: “Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7) .

Como personas, no sabemos cuándo tendrá lugar el fin de la vida terrenal. Necesitamos desarrollar la capacidad para perseverar y completar nuestras responsabilidades actuales, no importa cuán difíciles sean los días futuros.

Ruego que podamos decir como Pablo dijo a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado [mi] carrera, he guardado [mi] fe” (2 Timoteo 4:7).

“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren” (Santiago 5:11).

No hay nada que tengamos que soportar que Jesús no comprenda y Él espera que nos dirijamos a nuestro Padre Celestial en oración. Testifico que si somos obedientes y diligentes, se dará respuesta a nuestras oraciones, nuestros problemas disminuirán, nuestros temores se disiparán, seremos iluminados, se disiparán las tinieblas de la desesperación y estaremos más cerca del Señor y sentiremos Su amor y el consuelo del Espíritu Santo. Es mi oración que podamos encontrar la fe, el valor y la fortaleza para perseverar hasta el fin, de modo que podamos sentir el gozo de regresar con fidelidad a los brazos de nuestro Padre Celestial. En el nombre de Jesucristo. Amén.