El Diezmo Un Privilegio

E. Poelman


“Ustedes y yo estamos ahora entre esos generaciones a los que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales”.

En la década de los años 30, los Estados Unidos se encontraban sumidos en la depresión económica. Yo era uno de varios niños pequeños en mi familia y mi padre había estado sin empleo desde hacía varios meses. No había ayuda del gobierno para los desempleados y el programa de bienestar de la Iglesia todavía no estaba en funcionamiento. Teníamos muchas necesidades. Se podría decir que éramos muy pobres. Aun cuando yo sólo era un niño, captaba la angustia y la preocupación de mis padres.

Nos arrodillábamos todas las mañanas y por turnos cada uno ofrecía la oración. Una memorable mañana le tocó el turno a mi madre; ella describió algunas de nuestras necesidades inmediatas y luego le agradeció a nuestro Padre Celestial el privilegio de vivir la ley del diezmo. De inmediato experimenté un sentimiento de consuelo y seguridad. El vivir la ley del diezmo era un privilegio y nos traería bendiciones; no lo dudé, porque mi madre lo sabía. Ese sentimiento ha permanecido en mí y se ha intensificado durante toda mi vida.

La primera vez que pagué el diezmo la cantidad fue de cinco centavos. Fui con mi padre a la oficina del obispo, quien en forma solemne aceptó mis cinco centavos y me extendió un recibo. Luego se levantó y salió de detrás de su escritorio para sentarse a mi lado. Con una mano sobre mi hombro me dio ese pequeño pero importante papel y me dijo: “Ronald, has empezado bien y si continúas como empezaste, serás un perfecto pagador de diezmos”. La idea de llegar a ser perfecto en cualquier cosa parecía estar muy lejos de mis posibilidades; estaba tratando de ser un buen niño, pero, con esas palabras, el obispo me inspiró para esforzarme a ser perfecto en ese aspecto básico del Evangelio. Las bendiciones, tanto temporales como espirituales, ha sido abundantes.

Durante los años que siguieron, mi testimonio con respecto a que el diezmo es un privilegio se confirmó con frecuencia. La obediencia a es a ley, entre otras, me dio la posibilidad de ser ordenado al santo sacerdocio, de recibir mi investidura en la Casa del Señor, de servir en una misión regular y de ser sellado a miembros de la familia por esta vida y la eternidad. Además, he tenido el privilegio de regresar al templo en reiteradas ocasiones a servir a otras personas y a recibir instrucciones con respecto a cosas de importancia eterna.

El Salvador mismo confirmó la importancia sagrada de la ley del diezmo después de Su resurrección y durante Su visita a la gente que habitaba lo que hoy se conoce como las Américas.

El Libro de Mormón indica que el Salvador enseñó a los nefitas de las Escrituras que ellos tenían, pero habló de otras Escrituras que no tenían, y les mandó escribir las palabras que el Padre había dado a Malaquías, en las que se incluyen éstas:

“¿Robará el hombre a Dios? Mas vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

“Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla” (3 Nefi 24:8, 10).

El Salvador nos hace mayor hincapié sobre la importancia de este mandamiento cuando dice a los nefitas:

“Estas Escrituras que no habíais tenido con vosotros, el Padre mandó que yo os las diera; porque en su sabiduría dispuso que se dieran a las generaciones futuras” (3 Nefi 26:2).

Ustedes y yo estamos ahora entre esas generaciones a las que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales, y muchos de entre nosotros pueden testificarlo.

En estos últimos días el Señor ha dicho: “ He aquí, el tiempo presente es llamado hoy hasta la venida del Hijo del Hombre; y en verdad, es un día de sacrificio y de requerir el diezmo de mi pueblo” (L). y C. 64:23).

¿Se puede considerar el diezmo como un sacrificio? Sí, especialmente si entendemos el significado de las dos palabras en latín de las que se deriva la palabra sacrificio. Estas dos palabras (sacer y facere) usadas juntas significan “hacer sagrado”. Lo que devolvemos al Señor como diezmo es, en realidad, hecho sagrado, y los obedientes son santificados.

Mucho antes el Señor puso énfasis en lo sagrado del diezmo ante Moisés, en estas palabras que se registran en el Libro de Levítico: “Y el diezmo de la tierra … de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová” (Levítico 27:30).

Cuando estabamos recién casados, mi esposa y yo esperábamos el nacimiento de nuestro primer hijo. Yo estudiaba leyes en la universidad y trabajaba en una gasolinera por las noches. Teníamos muy poco dinero. Habíamos amueblado nuestro pequeño apartamento en un sótano con muebles usados y varias cajas de madera.

Al aproximarse el momento del nacimiento, habíamos reunido todo lo que necesitábamos, excepto una cama para el bebé y no teníamos el dinero para comprarla.

Nuestra costumbre en aquel entonces era pagar el diezmo mensualmente el domingo de ayuno. Al acercarse ese día, conversamos sobre la posibilidad de posponer el pago de nuestro diezmo para poder hacer un pago inicial por la cama. En el espíritu de ayuno, y luego de orar, decidimos pagar nuestro diezmo y confiar en el Señor.

Pocos días más tarde, mientras caminaba por un distrito comercial de la ciudad, inesperadamente me encontré con mi ex presidente de misión, quien me preguntó si estaba estudiando o trabajando. Le contesté que estaba haciendo ambas cosas.

¿Me había casado? “¡Sí!”

¿Teníamos hijos? “No, pero el primero nacerá dentro de unas pocas semanas”.

“¿Tienen una cama para el bebé?”, me preguntó. “No”, contesté con cierta reserva, sorprendido por la pregunta tan directa.

“Bueno”, dijo él, “ahora yo estoy en el negocio de muebles y me encantaría enviarte una cama para el bebé a tu apartamento, como regalo”.

Me sobrecogió un gran sentimiento de alivio, agradecimiento y testimonio.

El regalo satisfizo una necesidad temporal, pero todavía es un recordatorio conmovedor de la experiencia espiritual que lo acompañó, que confirmó una vez más que la ley del diezmo es un mandamiento con promesa.

Los desafíos realmente serios de la vida no requieren tanto los recursos temporales, como los dones del Espíritu. Entre esos desafíos podemos encontrar la enfermedad, el sufrimiento o la muerte de un ser querido; un miembro de la familia que sea rebelde o desobediente; acusaciones falsas; y otras desilusiones grandes. Durante tales pruebas necesitamos mayor fe, inspiración, consuelo, valentía, paciencia y la capacidad de perdonar.

Esas bendiciones se derramarán de las ventanas del cielo.

Me viene a la mente ese pueblo bueno y obediente que creyó las enseñanzas de Alma, padre, y vino al redil de Dios. El Libro de Mormón registra que fueron obedientes y justos (véase Mosíah 18). A pesar de su bondad, sufrieron grandes aflicciones a manos de sus enemigos. Cuando oraron fervientemente a Dios, Él les contestó con palabras de consuelo, asegurándoles que los visitaría en sus aflicciones (véase Mosíah 24:14).

Luego leemos: “el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:15).

Ruego que nosotros también seamos tan fortalecidos y sumisos.

Aun cuando vivamos la ley del diezmo, con toda seguridad experimentaremos las pruebas y tribulaciones de la vida terrenal. Sin embargo, si somos justos con el Señor, cuando nos enfrentemos con la adversidad, podremos estar seguros de que seremos bendecidos con fe, fortaleza, sabiduría y ayuda de otra gente, con todo lo que sea necesario, no sólo para sobreponernos, sino para aprender y madurar con esas experiencias.

Nuestro Profeta líder nos ha dicho:

“Yo puedo testificar sobre la ley del diezmo y sus bendiciones porque las he experimentado, y cada hombre o mujer de esta Iglesia que sea honrado en el pago del diezmo, y honrado con el Señor, puede testificar sobre la naturaleza divina de este principio” (Ensign, julio de 1995, pág. 73).

Como uno de esos miembros de la Iglesia, añado mi propio testimonio. Las bendiciones del vivir el principio del diezmo traen consigo paz mental, aumento de la fe, inspiración y el deseo de vivir en forma más completa todos los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

Por último, y lo más importante, testifico que sé que Dios vive, que es nuestro Padre y que nos ama. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios y nuestro Salvador y Redentor. Hoy día somos guiados por un profeta viviente: Gordon B. Hinckley. En el nombre de Jesucristo. Amén.