“Pero Yo Y Mi Casa Serviremos A Jehová”

Bryan Richards


“No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular”.

Y dijo Josué a todo el pueblo [de Israel]… escogeos a quién sirváis … pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:2, 15).

Tal como en los tiempos de Josué, así también sucede con nosotros. Como padres, una de las decisiones que debemos tomar es si prepararemos o no a nuestros hijos para que cumplan una misión regular.

A fin de que podamos comprender cuan importante es esta decisión, quisiera citar las palabras de algunos de nuestros profetas actuales.

El presidente Howard W. Hunter indicó: “Los profetas de tiempos pasados han enseñado que todos los jóvenes sanos, capaces y dignos deben cumplir una misión regular. Hoy día vuelvo a recalcar la importancia de que lo hagan” (“Sigamos al Hijo de Dios”, Liahona, enero de 1995, pág. 101).

El presidente Gordon B. Hinckley declaró: “Digo lo que ya se ha dicho antes, que la obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, por lo que nuestros hombres jóvenes deben llevar el peso principal. Esta es la responsabilidad y la obligación de ellos” (“Pensamientos sobre los templos, la retención de conversos y el servicio misional”, Liahona, enero de 1998, pág. 65).

¿Qué le diría hoy el Señor a un joven que estuviera decidiéndose a cumplir una misión regular? Con palabras llenas de amor, Él le dijo a Orson Pratt cuando este tenía diecinueve años de edad: “Orson, hijo mío, escucha, oye y ve lo que te diré yo, Dios el Señor … bendito eres, porque has creído; y más bendito eres, porque te he llamado a predicar mi evangelio …” (D. y C. 34:1, 4-5). ¿Pueden sentir el amor que el Señor tiene por todo joven que responda al llamamiento de servirle?

Como padres, tenemos la responsabilidad de preparar a nuestros hijos para que sean dignos y tengan el deseo de servir al Señor. Tenemos la mayordomía de nuestros hijos, quienes han sido reservados para estos días. El Señor los ha confiado a nuestro cuidado y nosotros tendremos que dar cuenta de ello. Una de las bendiciones de esa mayordomía consiste en preparar a nuestros hijos para que sirvan al Señor.

Deseo dirigirme por un momento a los padres y a los hijos de la Iglesia. Una de las más notables historias que el Libro de Mormón contiene nos enseña en cuanto a la influencia que los padres ejercen en sus hijos. Este es el relato sobre dos mil sesenta jóvenes que se ofrecieron para defender la libertad de Su nación. Fue Helamán quien los condujo en la batalla. “Sin embargo … ni uno solo de ellos había perecido; si, y no hubo entre ellos uno solo que no hubiera recibido muchas heridas” (Alma 57:25). ¿Y por que no? Porque “obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden …” Entonces Helamán explica cual fue la razón de este gran milagro: “Y me acorde de las palabras que, según me dijeron, sus madres les habían enseñado” (Alma 57:21). ¿Y que les habían enseñado sus madres? “… que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, seria preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26). Padres, ¿reconocen el gran poder que tienen en la vida de sus hijos? Si les enseñan que hay un Dios justo y que Él quiere que todo joven capaz y digno cumpla una misión, sus hijos tendrán la fe indispensable para responder al llamado del Señor.

Obispos, como parte de su mayordomía particular, ustedes tienen la enorme responsabilidad de preparar a los jóvenes para que sirvan una misión regular. Comiencen temprano. Ayúdenles a entender el experimento de Alma. Siembren la semilla en el corazón de esos jóvenes que les hará ir a la misión y entonces aliéntenlos a que pregunten al Señor si esa es una semilla buena. Luego, si les ayudan a alimentar esa semilla, germinará en el milagro de que sirvan como misioneros.

Yo siempre estaré agradecido de que mi esposa, los obispos y los lideres del sacerdocio enseñaran y prepararan a nuestros hijos para que cumplieran una misión.

¿Cómo podríamos lograr un significativo aumento en el número de jóvenes que han de servir una misión regular? En primer lugar, los padres deben comprender la responsabilidad que tienen; deben pedirle a nuestro Padre Celestial que les ayude a saber como habrán de preparar a sus hijos para que cumplan una misión. Esto no es solamente para los que viven en Estados Unidos, Inglaterra, Mongolia o Brasil, sino para todo joven de la Iglesia que sea capaz y digno. Obispos, ustedes deben seguir el mismo procedimiento.

El presidente Boyd K. Packer ha dicho: “Si la verdadera doctrina se entiende, ello cambia la actitud y el comportamiento” (“Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17). La doctrina que cambiara la disposición de nuestros jóvenes con respecto a la obra misional es el entender el valor de una sola alma. Jesucristo padeció el supremo sacrificio al ofrecernos Su expiación infinita, la cual nos abre el único camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él. Si los padres, los obispos y los jóvenes mismos entienden esta doctrina verdadera, nuestros jóvenes estarán preparados y tendrán el deseo de servir.

Quisiera citar estas palabras del élder Joe J. Christensen: “El Señor no dijo: ‘Vayan a la misión si se ajusta a sus planes, o si les da la gana, o si no obstaculiza sus becas, o su romance o sus planes académicos. El predicar el Evangelio es un mandamiento y no una mera sugerencia; es una bendición y un privilegio, no un sacrificio. Recuerden … el Señor y Sus profetas cuentan con ustedes” (“El Salvador cuenta con ustedes”, Liahona, enero de 1997, pág. 45).

No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular. El bien que hagan como siervos del Señor Jesucristo perdurará por la eternidad.

En la actualidad esta sirviendo el mayor ejército de misioneros que jamas se haya alistado en la historia del mundo. No permitan que sus hijos dejen de formar parte de ese gran ejército. Estos jóvenes, encomendados y probados antes de que vinieran a la tierra, no son hombres comunes y corrientes; son espíritus escogidos a quienes se les reservo para que vinieran aquí en esta época.

Al pensar en este gran cometido que el Señor nos ha dado de proclamar el Evangelio a todo el mundo, quiero pedirles que, personalmente y como familias, supliquen a nuestro Padre Celestial que todos y cada uno de nuestros jóvenes de la Iglesia tengan el deseo de cumplir una misión y vivan dignos de ello.

Ruego que nuestro Padre Celestial nos bendiga con la firme determinación de preparar a nuestros jóvenes para el servicio misional; que los jóvenes de la Iglesia en la actualidad sean como los hijos de Helamán y cumplan con exactitud cada palabra del Señor y sean una luz que resplandezca como sobre un monte y declaren al mundo entero que, tal como Josué en la antigüedad, han escogido servir al Señor.

Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amen.