Los puentes y los recuerdos eternos

B. Neuenschwander

de los Setenta


B. Neuenschwander
“La genealogía, las historias familiares, los relatos históricos y las tradiciones … forman un puente entre el posado y el futuro y crean vínculos entre las generaciones como ninguna otra reminiscencia puede hacerlo”.

Hermanos y hermanas: todas las familias guardan recuerdos. Hay familias que coleccionan muebles, libros, objetos de porcelana y otras cosas de valor que luego pasan a su posteridad. Esos hermosos recuerdos nos hacen evocar a nuestros seres queridos que ya se han ido y pensar en los que todavía están por nacer; ellos forman un puente entre el pasado y el futuro de una familia.

Cada familia tiene también otros recuerdos de mucho más valor, entre los que se encuentran la genealogía, las historias familiares, los relatos históricos y las tradiciones. Estos recuerdos eternos forman también un puente entre el pasado y el futuro y crean vínculos entre las generaciones como ninguna otra reminiscencia puede hacerlo.

Quisiera expresar algunas ideas acerca de la historia familiar, de los puentes y de los recuerdos eternos. La historia familiar crea puentes entre las generaciones de nuestras familias, puentes que llevan a la actividad dentro de la Iglesia y puentes que conducen al templo.

Primeramente, la historia familiar crea puentes entre las generaciones de nuestras familias. Los puentes entre las generaciones no se forman por accidente. Todo miembro de la Iglesia tiene la responsabilidad personal de ser el arquitecto eterno de ese puente de unión para su propia familia. Durante una de las reuniones familiares que tuvimos esta Navidad pasada, observé a mi padre, que tiene 89 años, y a Ashlin, nuestro nieto mayor que tiene cuatro años y medio, hablar, reír y disfrutar de estar juntos. Ese fue para mí un momento dulce y amargo a la vez, ya que me di cuenta de que, aun cuando Ashlin guardaría algunos fugaces recuerdos gratos de mi padre, no tendría ningún recuerdo de mi madre, quien falleció antes de que él naciera. Ninguno de mis hijos recuerda absolutamente nada de mis abuelos. Si deseo que mis hijos y mis nietos conozcan a quienes todavía conservo en la memoria, entonces debo crear un puente de unión entre ellos. Yo soy el único vínculo que une a esas generaciones que están hacia un lado y hacia el otro de mí. Es mi responsabilidad unirlas de tal forma que sus corazones se entrelacen por medio del amor y del respeto, aun cuando quizás jamás se hayan conocido personalmente. Mis nietos no tendrán ningún conocimiento de su historia familiar si yo no hago nada para preservarla para ellos. Lo que yo no registre de alguna forma, se perderá después de mi muerte; y todo aquello que yo no les deje a mis hijos y a mis nietos, jamás lo tendrán. La obra de reunir y compartir recuerdos familiares eternos es una responsabilidad personal que no se puede dejar de lado ni delegarse a los demás.

La vida que no se documenta es una vida que, pasada una generación o dos, se perderá en el olvido. ¡Qué gran tragedia puede ser eso en la historia de una familia! El conocimiento de nuestros antepasados nos forja y nos inculca valores intrínsecos que orientan y dan sentido a nuestra vida. Hace algunos años conocí al director de un monasterio ortodoxo ruso, quien me mostró varios tomos de la investigación de su familia. Su obra era extensa y minuciosa. Me dijo que uno de los beneficios de la genealogía, quizás el de más importancia, era el de establecer una tradición familiar y el de transmitirla a las generaciones futuras. “El conocimiento de esas tradiciones y de la historia familiar”, me dijo, “une sólidamente a las generaciones”. Luego agregó: “Si uno sabe que proviene de antepasados honrados, su deber y su honor lo obligan a ser honrado. Nadie puede ser deshonesto sin decepcionar a cada uno de los miembros de su familia”1.

Si ustedes se encuentran entre los primeros que han abrazado el Evangelio en su familia, construyan puentes registrando los acontecimientos de su vida y escribiendo palabras de aliento para su posteridad. En 1892, las hermanas de la Sociedad de Socorro de la Estaca Kólob, en Springville, Utah, escribieron cartas a sus hijos y las guardaron en una “cápsula del tiempo” sellada para ser abierta el 17 de marzo de 1942, en el aniversario del centenario de la Sociedad de Socorro. Después de registrar una breve genealogía de su familia, Mariah Catherine Boyer escribió lo siguiente para sus dos hijos: “Queridos hijos: cuando lean esto, sus padres y sus abuelos ya estarán durmiendo en el silencio de una tumba. Esas manos que con tanto amor han trabajado por ustedes ya no trabajarán más y esos ojos que miraron con cariño y orgullo sus rostros inocentes no podrán verlos hasta que nos encontremos en el cielo. Queridos hijos … que los lazos de amor entre hermanos entrelacen sus corazones … Compórtense bien con sus semejantes, sigan los dictados de su conciencia, pidan a Dios que les dé poder para resistir toda tentación de hacer el mal y que se pueda decir ‘que el mundo es mejor por haber vivido ustedes en él’. Guarden los mandamientos de Dios. Que los senderos de su vida sean de color de rosa y que, en todo momento, hagan lo correcto. Que nunca tengan que sufrir adversidad y que el Espíritu y las bendiciones de Dios estén siempre con ustedes, es el ruego de su madre. Pongo aquí también las fotografías de la familia. Adiós mis queridos hijos, hasta que nos volvamos a encontrar”2. Esas tiernas y hermosas palabras han unido en la actualidad a seis generaciones de una familia fiel.

La historia familiar y la obra del templo poseen un gran poder que radica en la promesa divina que se encuentra en las Escrituras de que el corazón de los padres se volverá hacia los hijos y el de los hijos hacia sus padresl. Woodrow Wilson declaró: “El país que no recuerda lo que fue ayer, no sabe lo que es ahora ni lo que está tratando de lograr. Estamos embarcados en algo completamente inútil si no sabemos de dónde provenimos ni lo que hemos intentado lograr”4. Lo mismo se podría decir de las familias: Una familia “que no recuerda lo que fue ayer, no sabe lo que es ahora ni lo que está tratando de lograr. Estamos embarcados en algo completamente inútil si no sabemos de dónde provenimos ni lo que hemos intentado lograr”.

Segundo, la historia familiar crea puentes que conducen a la actividad dentro de la Iglesia. La obra de la historia familiar solidifica a los conversos y fortalece a todos los miembros de la Iglesia. La investigación de la historia familiar y la preparación de nombres para que se envíen al templo pueden ser de gran valor en la retención de nuevos conversos. La fe y la confianza aumentan a medida que los miembros de la familia toman parte en las ordenanzas salvadoras del Evangelio. Hace poco, durante una conferencia de estaca, conocí a John Day y a su esposa Carmen, recién bautizados, que me contaron que ya tenían preparados algunos nombres para hacer la obra y que pensaban asistir al templo tan pronto como les fuera posible. ¿Existen problemas para retener a estas personas? Tanto los misioneros, como los amigos, los vecinos, el sacerdocio y los líderes de las organizaciones auxiliares pueden dar a conocer de inmediato la historia familiar y la obra del templo a todo miembro nuevo de la Iglesia. Al fin y al cabo, la participación en las ordenanzas del templo es el núcleo de nuestra práctica del Evangelio. No es necesario tener ningún llamamiento oficial para participar en la historia familiar y en las ordenanzas del Evangelio que la acompañan.

Recientemente, leí un artículo en la revista the Improvement Era de agosto de 1940, que paso a citar: “Hace un año, en la última conferencia de abril, el doctor John A. Widtsoe, del Consejo de los Doce, preguntó a los presidentes de misión de la Iglesia qué fase del Evangelio en especial era la causa más trascendental en el logro de nuevos amigos, nuevos intereses y nuevos conversos en sus respectivas misiones. El presidente Frank Evans, de la Misión de los Estados del Este, reflexionó sobre el tema y llegó a la conclusión de que la genealogía y las ordenanzas y las creencias del Evangelio que la acompañan eran el factor más preponderante dentro de su misión”5.

Un estudio más reciente de la Iglesia revela que la participación inmediata relacionada con el encontrar y el preparar nombres de la familia para que se envíen al templo y, donde sea posible, la participación vicaria en los bautismos por esas personas, son factores trascendentales para la retención de los nuevos conversos. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce nos han exhortado a utilizar de manera más extensa la historia familiar y los Centros de Historia Familiar [Family History CentersTM] con el fin de retener a los nuevos conversos y activar a quienes estén alejados de las actividades regulares de la Iglesia. Tanto los líderes del sacerdocio como los misioneros y los directores de los Centros de Historia Familiar cumplen una función muy importante en el incremento del uso de esos centros.

Tercero, la historia familiar crea puentes que conducen al templo. La obra de la historia familiar nos conduce hacia el templo. La historia familiar y la obra del templo son una sola obra. Las palabras historia familiar nunca se debieran decir sin asociarlas con la palabra templo. La investigación de historia familiar debe ser la fuente principal de los nombres que se obtienen para las ordenanzas del templo, y las ordenanzas del templo son la razón primordial por la que se debe llevar a cabo la investigación de la historia familiar. El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho: “Todo nuestro vasto esfuerzo de historia familiar está orientado hacia la obra del templo, y no tiene ningún otro propósito”6.

La investigación de la historia familiar proporciona el puente emocional entre las generaciones; y las ordenanzas del templo proporcionan el puente del sacerdocio. Las ordenanzas del templo son la ratificación del sacerdocio en cuanto a la conexión que ya hemos establecido en nuestro corazón. Madre Teresa dijo que “la pobreza más terrible es la soledad y el sentimiento de no ser apreciado”7. La idea de que esa pobreza de soledad, de no ser apreciados y de estar separados de nuestros seres queridos puede extenderse más allá de esta vida, es realmente triste. La promesa de la historia familiar y de la obra del templo es la conexión eterna nacida tanto del amor como de las ordenanzas del sacerdocio.

Hermanos y hermanas, la historia familiar y la obra del templo son los recuerdos familiares eternos que crean puentes; crean puentes entre las generaciones de nuestra familia, puentes que llevan a la actividad dentro de la Iglesia y puentes que conducen al templo. De corazón deseo que cada uno de nosotros tome conciencia de los extraordinarios recuerdos que hemos recibido de quienes nos han precedido y de la responsabilidad personal que tenemos de transmitirlos a las generaciones futuras. En el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS
  1. 1.

    Diario personal de Dennis B. Neuenschwander, 14 de agosto de 1975.

  2. 2.

    Carta de Mariah Catherine Boyer a sus dos hijos: Irena B. Mendenhall y Richard Lovell Mendenhall, hijo.

  3. 3.

    Malaquías 4:5-6.

  4. 4.

    Citado en The Rebirth of America, 1986, pág. 12.

  5. 5.

    The Improvement Era, agosto de 1940, pág. 495.

  6. 6.

    Presidente Gordon B. Hinckley, “Nuevos templos para proporcionar ‘las bendiciones supremas’ del Evangelio”, Liahona, julio de 1998, pág. 96.

  7. 7.

    Citado en Church News, 20 de junio de 1998, pág. 2.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Diario personal de Dennis B. Neuenschwander, 14 de agosto de 1975.

  2.  

    2. Carta de Mariah Catherine Boyer a sus dos hijos: Irena B. Mendenhall y Richard Lovell Mendenhall, hijo.

  3.  

    3. Malaquías 4:5-6.

  4.  

    4. Citado en The Rebirth of America, 1986, pág. 12.

  5.  

    5. The Improvement Era, agosto de 1940, pág. 495.

  6.  

    6. Presidente Gordon B. Hinckley, “Nuevos templos para proporcionar ‘las bendiciones supremas’ del Evangelio”, Liahona, julio de 1998, pág. 96.

  7.  

    7. Citado en Church News, 20 de junio de 1998, pág. 2.