Porque yo era ciego, pero ahora puedo ver

Thomas S. Monson

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Thomas S. Monson
“Si desea dar su luz, uno tiene que resplandecer”.

Cuando Jesús andaba y enseñaba entre los hombres, hablaba con un lenguaje fácil de entender. Ya sea que estuviera viajando a lo largo del polvoriento camino de Perea a Jerusalén, dirigiéndose a las multitudes a orillas del Mar de Galilea o deteniéndose junto al pozo de Jacob en Samaria, enseñaba con parábolas. Jesús habló con frecuencia acerca de tener un corazón que pudiera saber y sentir, oídos capaces de oír y ojos que realmente pudieran ver.

Uno que no tenía la bendición de poder ver era un ciego que, tratando de mantenerse por su cuenta, se sentaba todos los días en su acostumbrado lugar al borde de una acera muy transitada en una de nuestras grandes ciudades. En una mano tenía un viejo sombrero de paño lleno de lápices. Con la otra sostenía una taza de lata. Su simple solicitud a los transeúntes era breve y directa. Tenía una cierta inflexión concluyente, casi desesperante. El mensaje escrito en una pequeña placa colgada de su cuello decía: “Soy ciego”.

La mayoría de la gente no se detenía a comprarle lápices o a ponerle una moneda en la taza de metal. Todos parecían muy ocupados, muy ocupados con sus propios problemas. Aquella taza de metal nunca estuvo llena, ni siquiera a medio llenar. Pero cierto día hermoso de primavera, un hombre se detuvo y, usando un lápiz marcador, le agregó varias palabras al deteriorado cartelito. Ya no decía solamente “Soy ciego”. Ahora el mensaje era: “Es primavera y soy ciego”. Poco después, la taza de metal quedó repleta [de monedas]. Quizás aquella gente tan atareada recordó esta exclamación de Charles L. O’Donnell: “Nunca he podido evitar que mis ojos se sorprendan ante el azul del cielo primaveral”. Sin embargo, para cada uno de ellos, las monedas no fueron sino una pobre substitución del deseo de poder restaurarle la vista.

Todos conocemos personas que no pueden ver. También conocemos a muchos otros que, aunque tienen el sentido de la vista, andan en tinieblas en pleno mediodía. Éstos quizás nunca usen el acostumbrado bastón blanco ni marquen su andar con el consabido repiqueteo. Quizás no lleven a su lado un perro fiel que los guíe ni tengan colgado del cuello un letrero que diga, “Soy ciego”, pero por seguro que lo son. A algunos los ha enceguecido el enojo, a otros la indiferencia, la venganza, el odio, el prejuicio, la ignorancia o el abandono de preciosas oportunidades. De los tales ha dicho el Señor: “Con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”1.

Bien podría lamentarse cada uno: “Es primavera, el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado, y sin embargo soy ciego”. Algunos, como Felipe en la antigüedad, exclaman: “¿Y cómo podré [hallar el camino], si alguno no me enseñare?”2.

Hace muchos años, hallándome en una conferencia de estaca, noté que uno de los consejeros de la presidencia de estaca era ciego. Procedía maravillosamente, cumpliendo sus deberes como si pudiera ver. Era una noche tormentosa cuando nos reunimos en la oficina de la estaca, situada en el segundo piso del edificio. De pronto, oímos un fuerte trueno. Casi enseguida, se apagaron las luces del edificio. Instintivamente, me acerqué al hermano ciego y le dije: “Tómeme del brazo, así podré ayudarle a bajar las escaleras”.

Estoy seguro de que él tenía una sonrisa en el rostro al responderme: “No, hermano Monson, déme usted su brazo para que yo pueda ayudarle a usted”. Y luego agregó, “Usted se encuentra ahora en mi territorio”.

La tormenta se apaciguó, las luces se encendieron, pero nunca he de olvidar aquella caminata escale ras abajo, guiado por un hombre ciego pero lleno de luz.

Hace mucho tiempo y en un lugar muy distante, Jesús vio al pasar a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos preguntaron al Maestro por qué era ciego aquel hombre. ¿Había pecado, o habían pecado sus padres, para merecer esta aflicción?

“Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él …

“Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.

“Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego,

“y le dijo: Vé a lavarte en el estanque de Siloé… Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo” 3.

Una gran discusión se suscitó entre los fariseos concerniente a este milagro:

“Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre [Jesús] es pecador.

“Entonces [el hombre] respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”4.

Podemos pensar en Simón, el pescador, a quien conocemos mejor como Pedro, el principal entre los Apóstoles. El impetuoso Pedro, quien dudaba y no creía, cumpliendo

la profecía del Maestro, lo negó en realidad tres veces. En medio de empujones, burlas y golpes, “agonizando en Su humillación y en la majestad de Su silencio … ‘vuelto el Señor y miró a Pedro”’5. Según describió un historiador el cambio: “Eso fue suficiente … Pedro ‘no conoció otros peligros, no volvió a temer la muerte … Corrió entrada la noche … hasta llegar el amanecer’… Aquel desconsolado penitente se presentó ante el tribunal de su propia conciencia y allí su vida anterior, su vergüenza anterior, su debilidad anterior, su misma persona anterior fenecieron merced a la tristeza que es según Dios, lo cual lo convirtió en una nueva y más noble persona”6.

El apóstol Pablo tuvo una experiencia similar a la de Pedro. Desde el momento de su conversión hasta el día de su muerte, Pablo exhortó a la gente: “Despojaos del viejo hombre”, y “vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”7.

Simón, el pescador, llegó a ser Pedro el Apóstol. Saúl, el perseguidor, llegó a ser Pablo el predicador.

El transcurso del tiempo no ha alterado la capacidad del Redentor para cambiar la vida de los hombres. Tal como le dijo a Lázaro, el muerto, así nos dice hoy a ustedes y a mí: “Ven” 8,

El presidente Harold B. Lee dijo “Toda persona que anda sobre la tierra, no importa donde viva ni en qué nación haya nacido, no importa que sea rico o pobre, ha recibido al nacer el don de esa primera luz que llamamos la Luz de Cristo, el Espíritu de la Verdad, o el Espíritu de Dios-esa luz universal de inteligencia con que toda alma ha sido bendecida. Moroni se refirió a ese Espíritu cuando dijo:

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios”9.

Ustedes y yo conocemos a aquellos que, de acuerdo con esta definición, habrán de recibir las bendiciones del Salvador.

Una persona tal fue Walter Stover, de Salt Lake City. Habiendo nacido en Alemania, Walter aceptó el mensaje del Evangelio y se vino a los Estados Unidos. Estableció aquí su propio negocio y contribuyó generosamente su tiempo y sus medios.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Walter fue llamado a servir en su país natal. En esa nación fue un líder de la Iglesia y bendijo la vida de todos aquellos que conoció y que sirvieron con él. Con sus propios medios, construyó dos capillas en Berlín, esa hermosa ciudad tan devastada por el conflicto bélico. Planeó una reunión en Dresden para todos los miembros de la Iglesia de ese país y contrató un tren para que los llevara de todas partes a fin de que pudieran reunirse, participar de la Santa Cena y dar su testimonio de la bondad de Dios para con ellos.

En el funeral de Walter Stover, su yerno, Thomas C. LeDuc dijo: “Él tenía la habilidad para ver a Cristo en el rostro de cada uno que encontraba, y procedía basado en ello”.

Un poeta escribió:

A un extraño vi una noche, con su lámpara apagada;
Me detuve y permití que la encendiera con la mía.
Luego una tormenta surgió sacudiendo el mundo entero;
Antes de calmarse el viento, mi lámpara había extinguido.
Regresó al cabo el extraño con su lámpara brillante
Y con su llama preciosa volvió a encender la mía.

Quizás la moraleja de este poema es simplemente que si desea dar su luz, uno tiene que resplandecer.

Cuando el profeta José Smith fue hasta la arboleda que lo que allí sucedería convirtió en sagrada, describió así el acontecimiento:

“Fue por la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820. Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente”11.

Después de soportar una aterradora experiencia a causa de un poder invisible, José continúa diciendo: “Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí… Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”12.

José escuchó y aprendió.

En alguna ocasión me preguntarán: “Hermano Monson, si el Salvador se le apareciera, ¿qué preguntas le haría usted?”.

Mi respuesta es siempre la misma: “No le haría ninguna pregunta. ¡Más bien le escucharía!”.

Cierta noche, en horas avanzadas, en una isla del Pacífico, un pequeño bote entró a su amarradero en el muelle. Dos mujeres polinesias ayudaron a Meli Mulipola a salir del bote y lo condujeron por un transitado sendero hasta el camino que llevaba al pueblo. Las mujeres se maravillaban de las brillantes estrellas que titilaban en ese cielo de medianoche. La luz amigable de la luna les iba guiando por el sendero, pero Meli Mulipola no podía apreciar estas maravillas de la naturaleza -la luna, las estrellas, el cielo- porque era ciego.

Su vista había sido normal hasta aquel día fatídico en que, al estar trabajando en una plantación de piñas, la luz se volvió obscuridad y el día se convirtió en noche perpetua. El había aprendido en cuanto a la restauración del Evangelio y las enseñanzas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y había transformado su vida de conformidad con estas enseñanzas.

El y sus seres queridos habían hecho ese largo viaje una vez que se enteraron que un poseedor del sacerdocio se encontraba visitando las islas. Pidió recibir una bendición bajo las manos de quienes poseían el sagrado sacerdocio y logró su deseo. Las lágrimas le salían de sus ojos ciegos y le rodaban por las mejillas morenas para caer entonces sobre su atuendo nativo. Cayó de rodillas y oró así: “Oh Dios, tú sabes que soy ciego. Tus siervos me han bendecido para que, si es Tu voluntad, pueda yo recuperar la vista. Ya fuere que, según Tu sabiduría, pueda ver la luz o las tinieblas todos los días de mi vida, estaré eternamente agradecido por la verdad de tu Evangelio, que hoy veo y que me da la luz de la vida”.

Se puso entonces de pie, nos agradeció el haberle dado la bendición y desapareció en las sombras de la noche. En silencio había venido; en silencio se alejaba. Pero nunca olvidaré su presencia. Medité acerca del mensaje del Maestro: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” 13.

Ésta es una época para edificar templos. Nunca antes se habían construido y dedicado tantos templos. El presidente Gordon B. Hinckley, el profeta de Dios en esta tierra, tiene una visión de las importantes ordenanzas que se efectúan en esas casas del Señor. Los templos bendecirán a todos aquellos que asisten a ellos y que se sacrifican para que sean edificados. La luz de Cristo iluminará a todos-aun a aquellos que ya han muerto. Hablando de la obra por los muertos, el presidente Joseph F. Smith declaró: “Por medio de nuestros esfuerzos a favor de ellos, se librarán de las cadenas de la esclavitud, y las tinieblas que les rodean se disiparán a fin de que la luz pueda iluminarles, y sabrán en el mundo de los espíritus que sus hijos han hecho aquí la obra por ellos, y se regocijarán con ustedes porque habrán cumplido con estos deberes”14.

El apóstol Pablo recomendó: “Sé ejemplo de los creyentes” 15. Y Santiago dijo: “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” 16,

Quiero concluir con las palabras de la poetisa Minnie Louise Haskins, quien escribió:

Y. dije al hombre que se hallaba al portal del año:
“¡Dame una luz para que pueda yo entrar sin peligro a lo desconocido!”
Y. él respondió:
“Vé a las tinieblas y confía tu mano en la Mano de Dios.
Eso será mejor que una luz y más seguro que un sendero conocido”.
Anduve entonces, y encontrando la Mano de Dios, proseguí hacia la noche.
Y Él me guió hacia los cerros y el amanecer en el Este desolado. 17

En esta mañana de la Pascua y siempre, ruego que alumbre nuestra luz para que glorifiquemos a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo, cuyo nombre es el único nombre debajo del cielo mediante el cual podemos ser salvos.

Que podamos siempre andar en las huellas de Jesucristo, es mi oración humilde en Su sagrado nombre. Amén.

NOTAS
  1. 1.

    Mateo 13:15.

  2. 2.

    Hechos 8:31.

  3. 3.

    Juan 9:3, 5-7-

  4. 4.

    Juan 9:24, 25.

  5. 5.

    Frederic W. Farrar, The Life of Christ, 1874, pág. 580; Lucas 22:61.

  6. 6.

    Farrar, The Life of Christ, pág. 581.

  7. 7.

    Efesios 4:22, 24.

  8. 8.

    Juan 11:43.

  9. 9.

    Harold B. Lee, Stand Ye in Holy Places, 1974, pág. 115; Moroni 7:16.

  10. 10.

    Autor anónimo.

  11. 11.

    José Smith-Historia 1: 14.

  12. 12.

    José Smith-Historia 1:16 17.

  13. 13.

    Juan 8:12.

  14. 14.

    En Conference Report, octubre de 1916, pág. 6.

  15. 15.

    1 Timoteo 4:12.

  16. 16.

    Santiago 1:22.

  17. 17.

    “The Gate of the Year”, en James Dalton Morrison, ed.; Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 92.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Mateo 13:15.

  2.  

    2. Hechos 8:31.

  3.  

    3. Juan 9:3, 5-7-

  4.  

    4. Juan 9:24, 25.

  5.  

    5. Frederic W. Farrar, The Life of Christ, 1874, pág. 580; Lucas 22:61.

  6.  

    6. Farrar, The Life of Christ, pág. 581.

  7.  

    7. Efesios 4:22, 24.

  8.  

    8. Juan 11:43.

  9.  

    9. Harold B. Lee, Stand Ye in Holy Places, 1974, pág. 115; Moroni 7:16.

  10.  

    10. Autor anónimo.

  11.  

    11. José Smith-Historia 1: 14.

  12.  

    12. José Smith-Historia 1:16 17.

  13.  

    13. Juan 8:12.

  14.  

    14. En Conference Report, octubre de 1916, pág. 6.

  15.  

    15. 1 Timoteo 4:12.

  16.  

    16. Santiago 1:22.

  17.  

    17. “The Gate of the Year”, en James Dalton Morrison, ed.; Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 92.