Nuestra única oportunidad

Sheri L. Dew


“Él sabe cómo socorrernos a todos; pero somos nosotros los que activamos el poder de la Expiación en nuestra vida … al acudir a Él”.

En el último discurso que dirigió a Sus discípulos antes de Getsemaní y del Calvario, el Salvador declaró que Él era “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). En esta hermosa mañana de Pascua de resurrección, testifico, al igual que el profeta Alma “que no hay otro … medio por el cual el hombre pueda ser salvo, sino en Cristo y por medio de él” (Alma 38:9).

¡La expiación del Salvador es extraordinaria porque incluye a todos! “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22; cursiva agregada). Venga cada uno, vengan todos, ha declarado el Señor. El Evangelio de Jesucristo es para todo hombre, mujer, niño y niña. Él no altera las reglas para el rico o para el pobre, para los casados o los solteros, los portugueses o los chinos. El Evangelio es para cada uno de nosotros, y los requisitos y las recompensas espirituales son para todo el mundo. En los asuntos que atañen a la salvación, “todos son iguales ante Dios” (2 Nefi 26:33; cursiva agregada). Las intenciones del Señor son totalmente contrarias a las de Lucifer, quien está obsesionado en hacernos sentir menos de lo que somos como hijos e hijas de Dios. Lucifer aborrece a un pueblo consagrado y se deleita en opacar nuestra visión y alejarnos del sendero que nos lleva de nuevo a nuestro hogar celestial.

Cuando era joven y estudiaba en la Universidad Brigham Young, aprendí algo acerca de permanecer en el camino correcto cuando viajaba a casa. Durante la víspera de la Navidad, mi hermano y yo salimos en camino a nuestro hogar en Kansas. Al iniciar el viaje, nos enteramos de que en el trayecto se desataría una severa tormenta de nieve, de modo que consultamos el mapa para buscar una desviación que nos librara de la tormenta, y nos dirigimos hacia caminos desconocidos. Nuestro intento para encontrar una buena ruta nos puso en gran peligro, ya que aún así, nos encontramos con la terrible tormenta. Para empeorar las cosas, a altas horas de esa noche, al viajar lentamente entre la copiosa nieve en una obscura carretera, nuestro auto se averió. No podíamos ir a ninguna parte, y no teníamos ni la menor idea de dónde nos encontrábamos.

Por fin alguien nos recogió y nos llevó hasta el pueblo siguiente, en donde nos enteramos que todavía nos faltaban horas para llegar a casa y estábamos abandonados en un pueblo llamado Ultima Oportunidad, Colorado. A esas alturas, sólo había una cosa que hacer. Llamamos a casa para pedir ayuda. A medianoche, nuestro padre salió para ir a rescatarnos. Para la tarde del día siguiente ya nos encontrábamos a salvo en casa.

Jamás olvidaré la víspera de la Navidad que pasamos en Ultima Oportunidad, en donde quedamos inmovilizados debido a un problema que nosotros mismos habíamos causado y que no estábamos preparados para resolver. Ese día nuestro padre hizo por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos. Todos nosotros nos encontramos en el sendero que conduce a nuestro hogar eterno, y por diversas razones, todos necesitamos que se nos rescate, que se nos rescate de la soledad y del dolor, de la desesperación y la desilusión, de las consecuencias de los errores inocentes y del pecado evidente.

¿A dónde acudimos en busca de ayuda? “… en el don de su Hijo, Dios ha preparado un camino más excelente” (Eter 12:11). El Salvador no es nuestra última oportunidad; Él es nuestra única oportunidad. Nuestra única oportunidad para vencer la duda de nuestra propia capacidad y captar la visión de lo que podemos llegar a ser; la única oportunidad para arrepentirnos y despojarnos de nuestros pecados; la única oportunidad para purificar nuestros corazones, dominar nuestras debilidades y evitar al adversario; nuestra única oportunidad para obtener redención y exaltación; nuestra única oportunidad para encontrar paz y felicidad en esta vida y vida eterna en el mundo venidero.

Cuando se vale de sus propias habilidades, el hombre natural cede a Satanás (véase Mosíah 3:19), quien abandona a su víctima una vez que la aparta del sendero estrecho y angosto. Pero el Salvador guiará a aquellos que lo sigan por todo el sendero a casa. La familia de Lehi soportó una difícil experiencia en el desierto que sirvió para enseñarles, probarlos y santificarlos. De igual manera, el sendero de nuestro antiguo hogar a la vida eterna pasa por este desierto terrenal, en donde podemos esperar tener desafíos y dificultades similares. Pero no nos encontramos solos en esta jornada, ya que la promesa que el Señor le hizo a Nefi es la misma que nos hace a nosotros: “… prepararé el camino delante de vosotros … [y] al grado que guardéis mis mandamientos, seréis conducidos hacia la tierra prometida … Después que hayáis llegado … sabréis que yo, el Señor … Os libré” (1 Nefi 17:13-14).

El Señor conoce el camino porque Él es el camino y es nuestra única oportunidad para salir triunfantes de esta experiencia terrenal. Su Expiación pone a nuestro alcance todo el poder, paz, luz y fortaleza que necesitamos para hacer frente a los desafíos de la vida, los que varían desde nuestros propios errores y pecados, hasta las tribulaciones sobre las que no tenemos control alguno pero que nos causan dolor.

El Señor ha prometido sanar nuestro corazón quebrantado y “poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18); dar poder al desfallecido, sanar el alma herida y convertir la debilidad en fortaleza (véase Isaías 40:29; Jacob 2:8; Éter 12:27); tomar sobre Sí nuestros dolores y enfermedades, borrar nuestras transgresiones si nos arrepentimos, y soltar las ligaduras de la muerte (véase Alma 7:11-13). Él prometió que si edificamos nuestra vida sobre Su roca, el diablo no tendrá poder sobre nosotros (véase Helamán 5:12). Y Él ha prometido que nunca nos dejará o desamparará (véase Hebreos 13:5). Simplemente no hay nadie que se le compare, ni en dedicación, ni en poder ni en amor. Él es nuestra única oportunidad.

Tenemos la responsabilidad de aprender a recurrir al poder de la Expiación ya que de lo contrario pasaremos nuestra vida confiando únicamente en nuestra propia fuerza y eso sería como abrir la puerta a la frustración del fracaso y rechazar el don más glorioso de esta vida o de la eternidad. “Porque, ¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” (D. y C. 88:33). Mi hermano y yo habríamos sido necios al no buscar o aceptar la ayuda de nuestro padre cuando nos quedamos tirados en el camino. De igual manera, el Señor es nuestro Intercesor, y Él “conoce las flaquezas del hombre y sabe cómo socorrer a los que son tentados” (D. y C. 62: 1). En otras palabras, El sabe cómo socorrernos a todos; pero somos nosotros los que activamos el poder de la Expiación en nuestra vida. Y esto lo hacemos al creer en Él, arrepentirnos, obedecer Sus mandamientos, participar en las ordenanzas sagradas y guardar los convenios, y acudir a Él en ayuno, oración, las Escrituras y el templo.

Todo ello requiere nuestra fe en el Señor. El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho que “si hay algo que ustedes y yo necesitamos … es la fe …”1. Tener fe en Cristo es creer en Él, seguirle y esperar en Él. Y es el ser bendecidos con la paz de conciencia y mental de las que habló el apóstol Pablo cuando dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4: 13).

Recientemente, a la presidencia general de la Sociedad de Socorro se le pidió reunirse con dos periodistas de Europa oriental que tenían curiosidad por saber acerca del servicio que efectuaban nuestras hermanas en el país de ellas. Les explicamos que desde sus inicios, esta gran organización de mujeres rectas “existe no sólo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas”2. Cuando preguntaron si ayudamos a las mujeres con sus “problemas emocionales”, ya que muchas en ese país viven desalentadas, respondimos que en la Sociedad de Socorro estudiamos las doctrinas del Evangelio y que el Evangelio nos enseña a ser felices aun cuando la vida sea difícil. Una de las reporteras se mostró incrédula. “¿Es posible?”, preguntó ella. “¿Es posible ser feliz aun cuando la vida sea difícil?” La pregunta me hizo pensar, porque sabía que ella no sabía dónde buscar la paz.

¿Es posible ser feliz cuando la vida es difícil? ¿Sentir paz en medio de la incertidumbre y esperanza en medio del cinismo? ¿Es posible cambiar, despojarnos de viejos hábitos y ser nuevos otra vez? ¿Es posible vivir con integridad y pureza en un mundo que ya no valora las virtudes que caracterizan a los seguidores de Cristo?

Sí. La respuesta es sí, debido a Jesucristo, cuya Expiación nos asegura que no tenemos que llevar solos el peso de la mortalidad. No hay nada que este mundo confuso necesite más, nada que inspire un sentimiento más grande de bienestar, nada que tenga mayor poder para fortalecer las familias que el Evangelio de Jesucristo. El presidente Howard W. Hunter dijo: “todo lo que la influencia de Jesús toque vivirá; si El influye en un matrimonio, éste prosperará; si se le permite influir en la vida familiar, la familia tendrá éxito”3. El Salvador hará por cada uno de nosotros lo que prometió hacer, si tenemos fe en El y aceptamos Su don.

A través de los años yo, al igual que ustedes, he tenido pesares y desilusiones que me hubieran destrozado si no hubiese podido acudir a una fuente de sabiduría y fortaleza mucho más grande que la mía. Él nunca me ha olvidado o abandonado, y he llegado a saber por mí misma que Jesús es el Cristo y que ésta es Su Iglesia. Al igual que Ammón, digo: “[Porque] ¿quién puede gloriarse demasiado en el Señor? Sí, ¿quién podrá decir demasiado de su gran poder, y de su misericordia … ? He aquí… no puedo expresar ni la más mínima parte de lo que siento” (Alma 26:16). Testifico que en éste, el ocaso de la dispensación del cumplimiento de los tiempos, en que Lucifer está trabajando horas extras para poner en peligro nuestro viaje de regreso a casa y separarnos del poder expiatorio del Salvador, la única solución para cualquiera de nosotros es Jesucristo.

Que volvamos a buscar a este Jesús de quien los profetas han testificado. Que nos unamos al Señor, que aprovechemos al máximo el inigualable poder de Su Expiación, que nos L elevemos como hijos e hijas de Dios y nos despojemos de las influencias del mundo. A aquellos “que lo aceptan como su Dios” (1 Nefi 17:40), el Señor ha extendido una maravillosa promesa: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88). Jesucristo es nuestra única oportunidad; El nos mostrará el camino porque El es el camino, de lo cual testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS
  1. 1.

    Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 186.

  2. 2.

    Minutas de Nauvoo, 9 de junio de 1842.

  3. 3.

    Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 96.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 186.

  2.  

    2. Minutas de Nauvoo, 9 de junio de 1842.

  3.  

    3. Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 96.