“De las cosas pequeñas”

A. West


“Que obtengamos la valentía, la fe y el consuelo de los actos pequeños, tranquilos y tiernos que manifiestan los cuidadosos, amorosos, humildes y dedicados discípulos de Cristo”.

Hace unos años, mi esposa y yo servíamos como fuente de recursos en una pequeña y pobre rama interurbana de la Iglesia que estaba compuesta de aproximadamente treinta y cinco miembros. Es posible que el presidente de la rama, Daniel Sawyer, hombre a quien admiro enormemente, haya sido el único miembro de esa rama que había pertenecido a la Iglesia por más de tres o cuatro años. Nuestras reuniones se realizaban en una casa idéntica a las vecinas, en uno de los vecindarios más turbulentos de una gran ciudad del este de los Estados Unidos. La casa se hallaba en una calle donde muchos edificios habían sido incendiados y saqueados durante extensos disturbios en 1968, y ahora, veinticinco años más tarde, algunos de esos edificios dañados o destruidos todavía no se habían reparado o reedificado. Al frente de esa casa había unos pocos escalones exteriores que conducían desde la acera a una puerta, la que daba a algunos salones que se habían modificado para utilizarse como salones de clase y como una oficina. Otra puerta que daba hacia la acera conducía a una escalera que bajaba al sótano, el que estaba amueblado con una mesa para la Santa Cena, un estrado para discursantes y sillas plegables. Algunas de las experiencias más memorables de la Iglesia que mi esposa y yo hemos tenido tuvieron lugar en ese entorno.

Un domingo, precisamente en medio de la reunión sacramental de la rama, una mujer entró por la puerta que daba a la calle: era una mujer sin hogar que vestía ropa sucia y harapienta; tosía, se ahogaba y se sonaba la nariz con un pañuelo mugriento. Con voz ronca, dijo en alto: “¡Quiero cantar! ¡Quiero rezar!”, se dirigió hacia la primera fila y se sentó junto a una hermana que vestía una blusa blanca, se reclinó sobre ella y apoyó la cabeza sobre su hombro. La hermana colocó de inmediato sus brazos alrededor de esta huésped y la tuvo entre sus brazos el resto de la reunión. En el momento que entró la mujer, el discursante estaba hablando sobre la parábola del buen samaritano’, y mientras la mujer tosía y se ahogaba, el discursante siguió refiriéndose a la parábola. Al avecinarse el final de su discurso, y al citar un pasaje de Escritura apropiado, de pronto, y en voz alta, esta mujer sin hogar terminó de citar el versículo que el discursante había comenzado a decir. Después de la reunión sacramental, al hablar sobre este incidente con el discursante, pensamos que tal vez había pasado mucho tiempo desde que alguien había puesto afectuosamente un brazo alrededor de nuestra visitante. Nos preguntamos qué mejor ilustración podríamos haber tenido de la parábola del buen samaritano que lo que acabábamos de contemplar, y recordamos las palabras del Salvador que precedieron al relato de la parábola: “Amarás … a tu prójimo como a ti mismo”.

Una segunda experiencia que tuvimos en la rama tuvo que ver con una mujer concienzuda y bondadosa, quien fielmente entregaba sobres que contenían unas pocas monedas para el pago de sus diezmos. Un día, cuando fue a la Iglesia, también llevaba en la mano una bolsa de plástico que tenía un trozo de pan seco. Ella nos dio la bolsa de plástico y dijo: “Si uno va a pertenecer a una Iglesia, tiene que contribuir. No puedo contribuir mucho, pero puedo contribuir con el pan de la Santa Cena”.

Al usar el pan que ella había proporcionado para la Santa Cena, aquel incidente llevó un significado especial ese día. Por mi mente pasó el versículo que dice: “Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.

“Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante.

“Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca;

“porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”1.

Una tercera experiencia en la rama ocurrió durante una charla que los miembros estaban teniendo en la Escuela Dominical concerniente a cuándo debemos dar a los que nos piden ayuda. Uno de los miembros que se encontraba ahí con su esposa, originarios de África, para continuar sus estudios, levantó la mano y nos contó la siguiente experiencia: al ir a casa caminando por el vecindario, se le acercó un hombre que le apuntó con una pistola en el pecho y le exigió que le entregara todo su dinero. Nuestro hermano tomó el dinero de SUS bolsillos, se lo dio al hombre y luego dijo: “Si tanto necesita el dinero, tengo más”. Entonces, abrió su maletín y le entregó más dinero al ladrón diciendo: “Entiéndalo: usted no me está quitando esto, yo se lo estoy dando en el nombre del Señor porque usted lo necesita”. Él dijo que el ladrón lo miró sorprendido, se puso la pistola en el cinto y dijo: “¿Dónde vive? Le acompañaré a su casa porque usted es un hombre demasiado bueno para andar por estas calles, y además no está seguro aquí”.

Al comenzar a caminar hacia el apartamento del hermano, de pronto fueron rodeados por autos de policía debido a que una mujer había visto lo ocurrido desde la ventana de SU apartamento y la había llamado. La policía arrestó al ladrón y se lo llevó. En calidad de víctima, más tarde se le pidió al hermano que fuera testigo en el juicio del ladrón. En el juicio, testificó que aunque el ladrón le había exigido que le entregara SU dinero, le había dicho que se lo daba en el nombre del Señor, y que si lo necesitaba tanto, quería dárselo.

Desde entonces, cuando escucho las palabras del Salvador: “al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues”4, mi mente no sólo se transporta a la Tierra Santa, sino también a las calles intranquilas de esa ciudad del este.

Estas son sólo unas cuantas pequeñas experiencias de nuestros días que no fueron presenciadas por muchos, pero, tal como lo demuestran, esas fueron personas ejemplares que vivían en condiciones difíciles. Uno de los miembros, señalando a mi Libro de Mormón de cuarenta años, de cubiertas de cuero que se encontraban casi totalmente desprendidas debido al uso y de bordes un tanto raídos que exponían el refuerzo de cartón, dijo: “Muchas de las personas de nuestra rama son como su Libro de Mormón … raídos y gastados por fuera, pero, por dentro, llevan cosas grandiosas e importantes”.

Por último, permítanme contarles sobre una niña hispanoamericana de nueve años que entrevisté en Texas una noche antes de su bautismo. Le pregunté si sabía quién era Jesús. Su respuesta fue: “Sí”. “¿Quién es Él?”, pregunté. Haciendo un movimiento con la mano por encima de su cabeza y señalando todo lo que veía, dijo: “¡El es el dueño de todo esto!”. ¿Podría cualquier otra persona de nueve años, o tal vez cualquiera de nosotros, haberlo resumido mejor? En siete palabras había descrito al Salvador con sencilla claridad: “¡Él es el dueño de todo esto!”. Cuando

finalizó la entrevista, dijo a su madre que no quería abandonar la capilla, sino que quería quedarse y dormir esa noche en la ‘casa de Jesús’. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”5.

El Salvador dijo a Sus discípulos del nuevo mundo: “… vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros.

“De modo que si hacéis estas cosas, benditos sois …”11.

En el meridiano de los tiempos, entre otras cosas, el Salvador dio un toque aquí, una palabra bondadosa allí, comida (tanto real como espiritual) al hambriento, asesoramiento y consejo a los necesitados. Ofreció oraciones con los atemorizados, bondad al desairado, respeto y afecto a los niños, cuidado amoroso a los agobiados. “Y así vemos que por pequeños medios el Señor puede realizar grandes cosas”7. “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes”8.

En esta época, cuando gran parte de nuestra experiencia diaria parece señalar a un mundo que se mueve en la dirección equivocada, ruego que obtengamos la valentía, la fe y el consuelo de los actos pequeños, tranquilos y tiernos que manifiestan los cuidadosos, amorosos, humildes y dedicados discípulos de Cristo. Que podamos duplicar de manera similar, en nuestra propia vida, las mismas lecciones que el Salvador enseñó hace casi 2000 años. Es mi oración, a la que agrego mi testimonio de que El vive, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas
  1. 1.

    Lucas 10:30-37.

  2. 2.

    Lucas 10:27.

  3. 3.

    Marcos 12:41 44.

  4. 4.

    Lucas 6:29.

  5. 5.

    Juan 17:3.

  6. 6.

    3 Nefi 27:21-22.

  7. 7.

    I Nefi 16:29.

  8. 8.

    D. y C. 64:33.

Show References

  1.  

    1.  Lucas 10:30-37.

  2.  

    2.  Lucas 10:27.

  3.  

    3.  Marcos 12:41 44.

  4.  

    4.  Lucas 6:29.

  5.  

    5.  Juan 17:3.

  6.  

    6. 3 Nefi 27:21-22.

  7.  

    7.  I Nefi 16:29.

  8.  

    8. D. y C. 64:33.