El poder espiritual de nuestro bautismo

Carol B. Thomas

Primera Consejera de la Presidencia General de los Mujeres Jóvenes


Carol B. Thomas
“¿Cómo podemos aplicar el poder espiritual de nuestro bautismo al principio de la modestia? Esperamos que una de las cosas que los haga diferentes del mundo sea la manera como se visten”.

Mis queridas jóvenes amigas: Cuánto las amamos. Qué bendición es estar aquí con ustedes esta noche. No hace mucho tiempo, el élder Robert D. Hales, uno de los miembros del Quórum de los Doce, hizo la pregunta: “¿Saben nuestras mujeres jóvenes lo que significan sus convenios bautismales?”. Y luego dijo: “Me gustaría que les enseñaran”. Recuerdo que me dije a mí misma: ¿Comprendo yo totalmente la importancia de mis propios convenios bautismales? Por eso, esta noche deseo que hablemos unos minutos acerca de lo que en realidad significa ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y cómo el bautismo puede ser una bendición en nuestra vida. El Salvador ha comparado el bautismo con el nacer de nuevo.

Piensen en dos de los momentos más grandiosos de su vida: el día en que nacieron y el día de su bautismo, dos nacimientos muy esenciales en esta vida. Ninguna de nosotras puede recordar el día en que nacimos. Sólo pueden imaginar que su madre las tomó en los brazos y soñó en lo que llegarían a ser.

Ahora bien, tal vez no sea tan difícil recordar el día de su bautismo: su segundo nacimiento. Escuchen lo que Lan-Ting, una abejita de las Filipinas, escribió acerca de su bautismo: “Sentí como que había vuelto a nacer. ¡Qué sentimiento tan extraordinario de limpieza y pureza! Las lágrimas de mi madre brotaban como una fuente de perlas, ¡y me pude dar cuenta de que ésas eran lágrimas de gozo! Mi madre me dijo con sinceridad: ‘Lan-Eng, el día de hoy me causa alivio decir que te puedo dejar en las manos del Señor. Confío en que Él te acompañará por los caminos de tu vida”’ (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

El bautismo es nuestro renacimiento espiritual. Nos limpia de pies a cabeza y permite que tengamos la compañía del Salvador por medio del don del Espíritu Santo. Nos acompañará a todas por el camino de la vida.

Cuando nos bautizamos y somos confirmadas, suceden cuatro cosas: (1) nos convertimos en miembros de la Iglesia de Cristo y nos comprometemos a seguirle; (2) nuestros pecados son perdonados; (3) se nos permite entrar al reino celestial; y (4) es la puerta hacia la santificación personal (véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, bajo “Bautismo”). Podríamos decir que nos “hace santas”.

Los primeros tres puntos son muy obvios. Esta noche prestemos atención al cuarto punto: ser santificados. ¿Qué significa ser santificados? Debido a que han recibido el Espíritu Santo, ustedes cambian. Son personas diferentes. Significa que ya no pueden ser parte del mundo; jamás pueden regresar a él. El élder Hales ha dicho: “Ayuden a las mujeres jóvenes a comprender que cuando se bautizan, son llevadas ‘fuera del mundo’ y ‘entran al reino’ “ (notas de la reunión de la Mesa Directiva General de las Mujeres Jóvenes, 5 de dic. de 1997). Se les saca de la oscuridad y entran a la luz de Cristo. Es el principio de toda una nueva vida.

El élder Henry B. Eyring, otro miembro del Quórum de los Doce, recuerda cuando se bautizó. En el camino a casa, lo único en lo que podía pensar era: “Ay, no, ahora ya soy responsable”. Y es verdad, después de nuestro bautismo, cada una de nosotras tiene la bendición de ser responsable de cada acción en nuestra vida.

Se cuenta una historia del hijo del Rey Luis XVI de Francia. De joven, lo raptaron unos hombres perversos después de que habían destronado al rey. Durante seis meses lo expusieron a todo lo sucio y vil que la vida podía ofrecer, pero él nunca cedió ante la presión. Esto desconcertó a los que lo tenían cautivo, y le preguntaron por qué tenía tanta fuerza moral. Su respuesta fue simple: “No puedo hacer lo que me piden, pues yo nací para ser rey” (véase Vaughn J. Featherstone, “The King’s Son”, New Era, nov. de 1975, pág. 35). Ustedes nacieron para ser hijas de un Rey. Al bautizarse, se les han prometido bendiciones de la realeza a medida que se santifiquen y vivan vidas sagradas.

¿Y cómo lo logramos? ¿Cómo podemos ser más santas para que podamos reclamar nuestra herencia real? Cristo dijo: “Seguidme … haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:12).

Me gustaría compartir con ustedes las historias de algunas mujeres jóvenes que están siguiendo la luz de Cristo:

Una Laurel del estado de Arizona, escribe: “Era octubre y el baile anual de la escuela estaba próximo, pero yo sólo tenía quince años y medio cuando un chico me invitó al baile. Pensé decirle que sí y que nos viéramos en el baile. Mis padres no lo sabrían, pero después me di cuenta de que no importaba que mis padres no supieran; nuestro Padre Celestial y Jesucristo siempre saben y ellos son los que en realidad cuentan. No fui al baile, y en vez de eso invité a mis amigas a mi casa. Me sentí tan feliz y libre, y llena de vida” (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

Una Abejita, cuyo nombre es Rebecca, compartió lo que escribió en su diario: “En ocasiones pienso que la escuela secundaria es muy difícil. Hay un muchacho en mi clase que dice muchas groserías, así que yo hago una pequeña oración para ayudarme a no ponerle atención y para que no se me queden grabadas esas palabras en la mente. Y sí da resultado. Si oras, pueden resolverse aun los problemas más pequeños” (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

Otra jovencita dijo: “Este año pasado no he tenido muchas amigas, pero no me he sentido deprimida, puesto que la paz del Espíritu ha llenado mi alma … Aun en esos momentos en que me siento sola o fuera de lugar entre otras personas, el Señor ha estado allí conmigo” (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

Una Damita del estado de Utah, escribió: “Este último año tuve algunos desafíos personales. Me olvidé del Espíritu y luego sucedió algo increíble. Fui a ver a mi obispo. No

recuerdo jamás haberme sentido tan nerviosa como en esa ocasión, pero el Señor estaba conmigo en esa oficina, tomando mi mano temblorosa. Yo sabía que se me podía perdonar. Ha sido un camino difícil: humillarme, arrepentirme y aprender a orar de nuevo. Pero Él estuvo allí; no me dejó ni un minuto. He estado en ambos lados, y el lado de la luz es definitivamente el lugar en el que quiero estar” (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

Gracias, gracias, jovencitas, por el deseo que tienen de seguir la luz del Salvador. Todas ustedes tienen situaciones difíciles en su vida, pero conocen la fuente de su fuerza espiritual. Cada vez que oran o comparten su testimonio o defienden el bien, eliminan los poderes del mal en su vida.

Cuando caminan por los pasillos de la escuela y ven a todos los demás alumnos, ¿piensan en su interior, yo soy diferente? No son mejores que los demás, pero el conocimiento que tienen del Salvador y su dedicación a El las hace diferentes, y esa diferencia puede ser una ventaja, una bendición.

Una de las cosas más difíciles para muchas de ustedes es la modestia. ¿Cómo podemos aplicar el poder espiritual de nuestro bautismo al principio de la modestia? Esperamos que una de las cosas que las haga diferentes del mundo sea la manera como se visten. Marcie Matthews, una Laurel de Chicago, Illinois, comparte su historia:

“1998 fue un año en el que pude ver los resultados de muchas lecciones, discursos y consejos de las Mujeres Jóvenes manifestarse en mi vida. Soy una joven mormona normal. El ser capaz de mantener mi vida con esta estabilidad y fuerza no ha sido fácil. Me fijo metas constantemente para que me ayuden a fortalecer mi testimonio y mis normas.

“Hace poco tuvimos una actividad de la Mutual sobre la importancia de la modestia. En todas las lecciones anteriores yo consideraba que me vestía modestamente, pero sabía que aún había algo que podía cambiar: mis pantalones cortos y el largo de las faldas. Era la debilidad que sabía que tenía pero que había estado dejando de lado. Todas usaban pantalones muy cortos, a veces extremadamente cortos, y minifaldas, y yo había comprado los míos con mi propio dinero. Fue entonces que escuché la lección en cuanto a la modestia. Me fui a casa con el deseo de ir directamente a mi armario y tirar todo lo que no fuera modesto para que no estuviera allí para tentarme. Luego se lo dije a mis padres, y creo que tenía la esperanza de que me dijeran que no había ningún problema con la

manera como vestía y que me dejarían continuar así.

“Más tarde, esa noche, mi papá me dijo que estaba orgulloso de mí y que le gustaría comprarme un par de vestidos para la capilla que me llegaran a la rodilla. El siguiente paso era revisar toda mi ropa y regalar todo. Fue difícil para mí deshacerme de mis faldas favoritas y de los pantalones que tanto me gustaban, pero lo hice. Nunca más me verán llevar pantalones cortos o faldas caras de nuevo.

“Nunca me he sentido mejor conmigo misma. Me encanta poder entrar al templo y al centro de reuniones y sentir que soy una hija de Dios y que lo estoy representando … por medio de la ropa que visto.

“Insto a cada mujer joven a que dé este paso. Les ayudará a saber quiénes son y lo que representan. Cuando tenemos que hacer a un lado algo que es parte de nosotras, se derramarán más bendiciones sobre nosotras de las que se puedan imaginar” (carta en posesión de la Oficina de las Mujeres Jóvenes).

El gran ejemplo de Marcie resume el lema de las Mujeres Jóvenes. Como ustedes saben, me refiero a la parte que dice: “Seremos testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas”-y en todo vestido de fiesta.

Hemos hablado en cuanto al poder espiritual de nuestro bautismo. Podemos renovar ese poder cada semana a medida que participemos dignamente de la Santa Cena. “No hay expresión más elocuente que las oraciones sacramentales. Les invitamos a que memoricen los convenios y las promesas de las oraciones del pan y del agua” (élder Dallin H. Oaks, notas en posesión de la autora). Mediten su significado para que sean una bendición en su vida.

Ruego que cuiden sus convenios bautismales. A medida que hagan sus oraciones, especialmente cada sábado por la noche, pidan a nuestro Padre Celestial que les ayude a estar preparadas para tomar la Santa Cena para que el poder espiritual de su bautismo pueda estar presente en su vida. En el nombre de Jesucristo. Amén.