Las manos de los padres

R. Holland

del Quórum de los Doce Apóstoles


R. Holland
“Seguramente, lo más grande de esas cosas [que se requerirá de los padres] será el haber hecho todo lo que pudieron para lograr la felicidad y la seguridad espiritual de los hijos que tienen que nutrir”.

En este fin de semana de Pascua, deseo agradecer no sólo al Señor Jesucristo resucitado, sino también a Su verdadero Padre, nuestro Padre espiritual y Dios, quien, por aceptar el sacrificio de Su Hijo primogénito y perfecto, bendijo a todos Sus hijos en aquellas horas de expiación y redención. Nunca como en la época de Pascua hay tanto significado en esa declaración de Juan el Amado, que elogia al Padre así como al Hijo:“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”1.

Soy padre, uno inadecuado por cierto, pero no puedo comprender la angustia que debió haber sido para Dios, en Su cielo, presenciar el profundo sufrimiento y crucifixión de Su amado Hijo en tal forma. Todo Su impulso e instinto deben haber querido evitarlo, enviar ángeles para intervenir; pero El no intervino. Él soportó lo que vio porque era la única manera que un pago salvador y vicario podría llevarse a cabo por los pecados de todos Sus otros hijos desde Adán y Eva hasta el fin del mundo. Estoy eternamente agradecido por un Padre perfecto y Su Hijo perfecto, ninguno de los cuales pasó la amarga copa ni abandonó al resto de nosotros que somos imperfectos, que nos quedamos cortos y tropezamos, y que con demasiada frecuencia no hacemos lo señalado.

Al considerar la belleza de lo ocurrido entre Cristo y Su Padre en esa primera temporada de Pascua, se nos recuerda que la relación entre Ellos es uno de los temas más dulces y más emotivos que se manifiestan a través del ministerio del Salvador. El ser entero de Jesús, Su propósito y deleite totales se centraban en complacer a Su Padre y en obedecer Su voluntad. Parecía estar siempre pensando en Él; parecía estar siempre orando a Él. A diferencia de nosotros, Él no necesitaba una crisis, ni cambios desalentadores en los acontecimientos para dirigir Sus esperanzas hacia el cielo. El ya estaba, instintiva y ansiosamente, mirando hacia allá.

En todo Su ministerio terrenal parece que Cristo nunca tuvo ni un solo momento de vanidad o de interés propio. Cuando un joven trató de llamarlo“bueno”, El desvió el cumplido diciendo que sólo uno merecía tal alabanza: Su padre.

En los comienzos de Su ministerio, dijo con humildad:“No puedo yo hacer nada por mí mismo … no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”’.

Luego de Sus enseñanzas, que asombraban a los que le escuchaban debido al poder y a la autoridad que encerraban, Él diría:“Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió… no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero”3. Más tarde, diría otra vez:“… yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar”4.

A aquellos que deseaban ver al Padre, que querían oír directamente del Padre que Jesús era lo que Él decía que era, Él respondió:“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais … El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”5. Cuando Jesús quiso preservar la unidad entre Sus discípulos, oró usando el ejemplo de la propia relación que tenía con Dios.“Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros [somos uno]”6.

Aun cuando se dirigía hacia la crucifixión, Él contuvo a Sus apóstoles que habrían intervenido diciendo:“… la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”7. Cuando esa terrible experiencia culminó, El pronunció las que debieron haber sido las palabras más pacíficas y bien merecidas de Su ministerio terrenal; al final de Su agonía, susurró:“Consumado es … Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”8. Finalmente, había culminado; finalmente, podía ir a casa.

Confieso que he reflexionado mucho en ese momento y en la resurrección, que pronto le seguiría. Me he preguntado cómo debió haber sido aquella reunión el Padre que tanto amaba a este Su Hijo; el Hijo que honraba y reverenciaba a Su Padre en cada palabra y acto. Para dos que eran uno, como ellos eran uno, ¿cómo debió haber sido aquel abrazo? ¿Cómo debe ser ese compañerismo divino ahora? Sólo podemos preguntarnos y maravillarnos. Y podemos, en un fin de semana de Pascua, anhelar nosotros mismos vivir dignos de una porción de esa relación.

Como padre, me pregunto si yo y todos los demás padres podríamos hacer más para edificar una relación más dulce y fuerte con nuestros hijos e hijas aquí en la tierra. Padres, ¿es esperar demasiado que nuestros hijos puedan sentir por nosotros una pequeña porción de los sentimientos que el Hijo Divino sintió por Su Padre? ¿Podríamos ganarnos más de ese amor al tratar de ser más de lo que Dios fue para Su hijo? En todo caso, sabemos que el concepto que un niño tenga en cuanto a Dios se centra en las características que se manifiesten en los padres terrenales de ese niño9.

Por esa y muchas otras razones, supongo que ningún otro libro de los que he leído recientemente me ha alarmado más que uno titulado Fatherless America (Estados Unidos sin padre). En este estudio, el autor se refiere a las“familias sin padre” como a“la tendencia demográfica más perjudicial de esta generación”, la causa principal del daño a los niños. Está convencido de que ésta es la causa primordial de nuestros problemas sociales más urgentes, desde la pobreza y el delito hasta el embarazo de las adolescentes, el abuso infantil y la violencia doméstica. Entre los temas principales sociales de nuestra época figura la ausencia de los padres de la vida de sus hijos10.

Más preocupante que la ausencia física de algunos padres, es el padre que está espiritual o emocionalmente ausente. Esos son pecados paternales de omisión, los que son probablemente más destructivos que los pecados de comisión. ¿Por qué no nos sorprende que cuando se les preguntó a dos mil niños de todas las edades y circunstancias qué era lo que más les gustaba con respecto a sus padres, que la respuesta universal fuera:“Él pasa tiempo conmigo”? 11.

Una joven Laurel que conocí en una asignación de conferencia no hace mucho me escribió después de haber conversado con ella, y dijo:“Me gustaría que papá supiera cuánto lo necesito espiritual y emocionalmente. Me muero por escuchar algún comentario amable o un cálido detalle personal. Creo que no se da cuenta de lo que significaría para mí si tomara un papel más activo en mi vida, si me ofreciera una bendición o pasáramos un momento juntos. Sé que le preocupa el que se equivoque en algo o el no decir las palabras adecuadas; pero si sólo lo intentara significaría mucho más de lo que él se imagina. No quiero que se me tome por desagradecida porque sé que me ama. Una vez me envió una nota en la que firmó:‘Te ama, Papá’. Atesoro esa nota y la considero una de mis más caras posesiones’’12.

Tal como esa joven, no quiero que este discurso dé la impresión de que soy desagradecido ni que haga sentir a los padres que han sido deficientes. La mayoría de los padres son maravillosos; la mayoría de los papás son increíbles. No sé quién escribió estos versitos de un libro de cuentos que recuerdo de mi juventud, pero dicen más o menos así:

“Sólo un papá, con el rostro ya cansado,
llega a casa al haber arduamente trabajado.
Con luchas y esfuerzos día tras día,
Lo que le depare la vida afrontaría.
La alegría de los suyos es digno de ver,
al verlo llegar y su voz escuchar.
Sólo un papá, que todo sabe dar,
A sus pequeños la vía ha de allanar.
Hace con determinación, valor y firmeza,
lo que por él su padre hizo con entereza.
Estos versos escribo con amor,
para ti papá, de los hombres,
el mejor.”

Y hermanos, aun cuando no seamos“de los hombres, el mejor”, aun con nuestras limitaciones e ineptitud, podemos seguir en la dirección correcta debido a las enseñanzas alentadoras establecidas por un

Padre Divino y manifestadas por un Hijo Divino. Con la ayuda del Padre Celestial podemos dejar un patrimonio paternal mucho mejor del que suponemos.

Un nuevo padre escribió:“Con frecuencia, al notar cómo mi hijo me observa, me acuerdo de mi propio padre, de cuánto quería ser como él. Recuerdo cuando tomé una afeitadora de plástico y mi propio envase de crema de afeitar y cada mañana me afeitaba cuando él se afeitaba. Recuerdo haber seguido sus pasos de acá para allá mientras él cortaba el césped en el verano.

“Ahora quiero que mi hijo siga mi dirección, pero me da pánico el pensar que probablemente lo hará. Al tener este niñito entre mis brazos, siento una añoranza celestial, el deseo de amar de la forma en que Dios ama, de consolar de la forma en que El consuela, de proteger de la forma en que Él protege. La respuesta a todos los temores de mi juventud siempre fue:‘¿Qué haría papá?’. Ahora que tengo un niño que criar, confío en un Padre Celestial que me diga exactamente eso”17.

Un amigo de mis días de estudiante universitario me escribió hace poco y dijo:“Gran parte de mi caótica niñez fue incierta, pero una cosa que sí sabía por seguro era que papá me amaba. Esa certidumbre fue el ancla de mi joven vida. Yo llegué a conocer y a amar al Señor porque mi padre lo amaba. Nunca le he dicho a nadie que es un tonto ni he tomado el nombre del Señor en vano porque él me dijo que la Biblia decía que no debía hacerlo. Siempre he pagado mis diezmos porque me enseñó que el hacerlo era un privilegio. He tratado siempre de ser responsable de mis errores porque mi padre así lo hacía. A pesar de que estuvo menos activo en la Iglesia por [un tiempo], al final de su vida sirvió en una misión y obró fielmente en el templo. En su testamento determinó que cualquier dinero que no se utilizara para el cuidado de su [familia] debía dedicarse a la Iglesia. Él amó la Iglesia con todo su corazón, y debido a él, yo la amo también”14.

Sin duda, eso debe ser la aplicación espiritual de estos versos de Lord Byron:“En mi rostro queda implícito / que de mi padre hijo soy”15.

En un momento vulnerable de la vida del joven Nefi, su futuro profético quedó determinado cuando dijo:“… creí todas las palabras que mi padre había hablado”16. En el momento crucial de la vida del profeta Enós, él dijo que fueron“las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar’’17 las que provocaron una de las grandes revelaciones registradas en el Libro de Mormón. Y el apesadumbrado y pecaminoso Alma, hijo, cuando se le confrontó con el insoportable recuerdo de sus pecados se“[acordó] de haber oído a [su] padre profetizar … concerniente a la venida de … Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo”18. Ese breve recuerdo, ese testimonio personal ofrecido por su padre en una época en la que el padre tal vez sintió que nada influía en su hijo, no sólo salvó la vida espiritual de ése, su hijo, sino que cambió para siempre la historia de la gente del Libro de Mormón.

De Abraham, el gran patriarca, Dios dijo:“Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová”19.

Testifico en este fin de semana de Pascua que“se [requerirán] grandes cosas de las manos de [los] padres” tal como el Señor declaró al profeta José Smith20. Seguramente, lo más grande de esas cosas será el haber hecho todo lo que pudieron para lograr la felicidad y la seguridad espiritual de los hijos que tienen que nutrir.

En el más oneroso momento de toda la historia de la humanidad, con sangre que le brotaba de cada poro y un clamor angustioso en Sus labios, Cristo buscó al que siempre había buscado: a Su Padre:“Abba”, exclamó,“Papá”, o lo que de los labios de un niño sería:“Papi”21.

Este es un momento tan personal que casi parece un sacrilegio el mencionarlo: un Hijo en pleno dolor, un Padre, Su única fuente verdadera de fortaleza, ambos perseverando hasta el fin, aguantando durante toda la noche, juntos.

Padres, que en este fin de semana de Pascua seamos renovados en nuestra tarea como padres, fortalecidos por las imágenes de este Padre y este Hijo al abrazar a nuestros hijos y permanecer con ellos para siempre, lo ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

NOTAS
  1. 1.

    Juan 3:16.

  2. 2.

    Juan 5:30.

  3. 3.

    Juan 7:16, 28.

  4. 4.

    Juan 12:49.

  5. 5.

    Juan 14:7, 9.

  6. 6.

    Juan 17:11.

  7. 7.

    Juan 18:11.

  8. 8.

    Juan 19:30; Lucas 23:46.

  9. 9.

    Véase“Parent-Child Relationships and Children’s Images of God”, Journal for the Scientific Study of Religion, marzo de 1997, págs. 25-43.

  10. 10.

    David Blankenhorn, Fatherless America: Confronting Our Most Urgent Social Problem, 1995, pág. 1.

  11. 11.

    Véase“Becoming a Better Father”, Ensign, enero de 1983, pág. 27.

  12. 12.

    Correspondencia personal.

  13. 13.

    Correspondencia personal.

  14. 14.

    Correspondencia personal de parte de Robert A. Rees.

  15. 15.

    ”Parisina”, en Byron: Poetical Works, 1970, pág. 333.

  16. 16.

    1 Nefi 2:16.

  17. 17.

    Enós 1:3.

  18. 18.

    Alma 36:17.

  19. 19.

    Génesis 18:19; cursiva agregada.

  20. 20.

    D. y C. 29:48.

  21. 21.

    Marcos 14:36.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Juan 3:16.

  2.  

    2. Juan 5:30.

  3.  

    3. Juan 7:16, 28.

  4.  

    4. Juan 12:49.

  5.  

    5. Juan 14:7, 9.

  6.  

    6. Juan 17:11.

  7.  

    7. Juan 18:11.

  8.  

    8. Juan 19:30; Lucas 23:46.

  9.  

    9. Véase“Parent-Child Relationships and Children’s Images of God”, Journal for the Scientific Study of Religion, marzo de 1997, págs. 25-43.

  10.  

    10. David Blankenhorn, Fatherless America: Confronting Our Most Urgent Social Problem, 1995, pág. 1.

  11.  

    11. Véase“Becoming a Better Father”, Ensign, enero de 1983, pág. 27.

  12.  

    12. Correspondencia personal.

  13.  

    13. Correspondencia personal.

  14.  

    14. Correspondencia personal de parte de Robert A. Rees.

  15.  

    15. ”Parisina”, en Byron: Poetical Works, 1970, pág. 333.

  16.  

    16. 1 Nefi 2:16.

  17.  

    17. Enós 1:3.

  18.  

    18.  Alma 36:17.

  19.  

    19. Génesis 18:19; cursiva agregada.

  20.  

    20. D. y C. 29:48.

  21.  

    21. Marcos 14:36.