1990–1999
Bienvenidos a casa
Abril 1999


Bienvenidos A Casa

“Tengan fe en Cristo, confíen en Él, vengan a Él, síganle … Paso a paso, el camino se irá desplegando ante ustedes hasta que … vuelvan al lugar donde deben estar”.

Mis queridos hermanos y hermanas, al acercarse esta conferencia a su fin, mis pensamientos se dirigen a los que se sienten solos, temerosos o que han perdido el camino. Si ustedes o alguien que conozcan “se encuentra entre las sombras” (Gordon B. Hinckley, “Los conversos y los hombres jóvenes”, Liahona, julio de 1997, pág. 55), ¡por favor, escuchen!

La vida terrenal se puede comparar al trayecto del viajero que se dirige de regreso a su casa. La distancia le parece larga, los minutos lentos y los sucesos del día prolongados y tediosos. Sin embargo, al fin comienzan a divisarse lugares conocidos. Pueden ser colinas o valles, paisajes campestres o elevados edificios, una atestada autopista o la tranquila calle de un vecindario. Sea cual sea ese lugar, el ambiente conocido hace acelerar el paso del viajero, vigoriza su cansada alma y le hace experimentar de nuevo agradables sentimientos de expectativa y de paz. Por fin ha vuelto a casa.

En nuestro ocupado y bullicioso mundo, el trayecto de regreso a casa se repite a diario en la vida de millones de personas. Si miramos con detención, podemos aprender mucho acerca de la vida terrenal de ese hecho cotidiano. Una cosa es segura: cometeremos un error colosal si emprendemos este viaje terrenal sin seriedad y si tomamos cualquier camino sin pensar adónde conducirá. Como dijo un amado Apóstol:

“En verdad, de todos los errores que los mortales podamos cometer, el más grande es el de no comprender o no seguir el plan de salvación de Dios. ¡No hay error más grande ni consecuencias más trascendentales!” (Neal A. Maxwell, “El gran plan del Dios eterno”, Liahona, julio de 1984, pág. 31).

El viajero que llegará a salvo a su destino comprende correctamente y acata cuatro cosas, a saber: la eternidad de la existencia, la naturaleza del pecado, la belleza del arrepentimiento y el poder de la Expiación.

La vida es más que materialismo. Antes de venir a esta tierra, vivimos en la presencia de Dios. Su cielo era nuestro hogar. Cada uno de nosotros es hijo o hija espiritual de Él y Él es nuestro Padre Celestial (véase Abraham 3:23-25; Job 38:4-7; Jeremías 1:5). Gracias a la restauración del Evangelio de Jesucristo, sabemos que el nacimiento ha sido señalado por Dios y que es un paso esencial de nuestra trayectoria eterna. Como dijo el Profeta del Señor, el presidente Gordon B. Hinckley:

“La realidad de toda vida es que es eterna. Esa es la gran y notable verdad. Hemos venido a este mundo por un propósito, bajo un plan divino; y cuando concluyamos esta vida, iremos a algo que será mejor, si vivimos dignos de ello” (Sesión de líderes del sacerdocio, conferencia regional de Charlotte, Carolina del Norte, 24 de febrero de 1996; cursiva agregada).

Sin embargo, la naturaleza del pecado hace de este viaje terrenal una tarea difícil. El apóstol Pablo escribió:

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.

“Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,

“sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,

“traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,

“que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5; cursiva agregada).

Por motivo de nuestras flaquezas y vulnerabilidad, el pecado viene a ser parte de la jornada de cada viajero. Es la consecuencia del estar en el crisol de la ley, de la oposición y del albedrío (véase Alma 42:17-24; 12:31-34; 2 Ne. 2:11, 15-16, 25-27). “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4: 17).

Además, no importa cuán buenas sean nuestras intenciones ni lo vigilantes que seamos, el viaje nos hará padecer tentaciones. Ni siquiera el Salvador se libró de ellas, y las tentaciones que él sufrió al comienzo de Su ministerio son representativas de las que nos acometen a nosotros. Refiriéndose a esas tentaciones-la de convertir las piedras en pan, la de echarse abajo desde el pináculo del templo y la de vender Su alma por los tesoros de la tierra (véase Mateo 4:2-10)-el presidente David O. McKay dijo:

“Clasifiquen esas tentaciones y verán que bajo una de esas tres casi todas las tentaciones que nos manchan a ustedes y a mí… nos acometen como (1) la tentación de los apetitos; (2) el ceder ante el orgullo, los estilos y la vanidad de los que se han alejado de las cosas de Dios, y (3) el satisfacer … el deseo de obtener las riquezas del mundo o el poder entre los hombres” (en Conference Report, octubre de 1911, pág. 59).

Cuando la tentación nos acosa, la conciencia nos acusa. Una conciencia sensible es evidencia de un espíritu saludable. El dolor o la culpa que sentimos es la reacción del espíritu ante la tentación, la imperfección o el pecado. La conciencia es la compañera de todo viajero (véase Moroni 7:16-19) y también puede hacer el viaje muy incómodo, por cuanto “todos pecaron” y el “Señor no puede considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” (Romanos 3:23; D. y C. 1:31). Gracias sean dadas a Dios por ese excelso don, porque nos lleva al arrepentimiento y a la paz de conciencia (véase Mosíah 4: 1-3).

Nuestro Padre Celestial conocía los graves peligros que enfrentaríamos en nuestro viaje por la vida, pero sigue resuelto en Su deseo de que todos y cada uno de Sus hijos regrese a Su presencia. Por lo tanto, Él nos ha dado tiempo, tiempo para enmendar nuestros errores, tiempo para vencer nuestros pecados, tiempo para prepararnos para reunirnos con El. “… se le concedió un tiempo al hombre en el cual pudiera arrepentirse; así que esta vida llegó a ser un estado de probación; un tiempo de preparación para presentarse ante Dios” (Alma 12:24).

Pero nuestro Padre Celestial sabía que, aun cuando pusiésemos todo de nuestra parte, no podríamos volver a Su presencia sin ayuda divina. Por consiguiente, prometió: “¡proporcionaremos un Salvador para ustedes!” (véase 1 Nefi 10:4; 13:40; Moisés 1:6; 2 Ne. 25:23).

En cumplimiento de esa promesa, vino Jesucristo en el meridiano de los tiempos, el Hijo Unigénito de Dios, el Eterno Padre, en la carne. Él conoció todos los rigores de la vida terrenal, de modo que “supo según la carne cómo socorrer a los de Su pueblo de acuerdo con las enfermedades de ellos” (véase Alma 7:11-12; Éter 12:27; D. y C. 20:22; 62:1). No hay tribulación, angustia ni padecimiento que Él no conozca. Aunque Él es sin pecado, Él conoce íntimamente nuestros pesares para saber cómo ayudarnos (véase Isaías 53:3-6).

Cristo cerró la brecha entre lo mortal y lo inmortal. La tumba ya no retiene a sus cautivos; la misericordia satisface las exigencias de la justicia; la maravillosa Expiación, infinita y eterna en su alcance, está en su lugar (véase Alma 34:8-10, 14-16). Cristo es el Señor resucitado,

nuestro Salvador y Redentor. Por lo tanto, no demoren más (véase Alma 13:27; 34:33-35).

Tengan fe en Cristo, confíen en El, vengan a Él, síganle (véase 3 Nefi 27: 13-16; Moroni 10:32-33). Háganse una lista mental de lo que saben que no deben estar haciendo. Hoy mismo dejen de hacer al menos una de esas cosas y reemplácenla con lo que deben hacer. Pídanle a nuestro Padre Celestial perdón y fortaleza para llegar al final de este viaje. Si vencen un obstáculo y pasan a otro, les prometo que, paso a paso, el camino se irá desplegando ante ustedes hasta que, como cansados viajeros, vuelvan al lugar donde deben estar.

Thomas (ése no es su verdadero nombre) era uno que había extraviado el camino. Nos conocimos en una charla fogonera especial a la que asistieron miembros que normalmente no vemos el domingo. Tenía entonces 35 años de edad y no había sido activo en la Iglesia desde hacía unos 20 años. El día anterior, el padre de Thomas lo había invitado a la charla. Thomas le dijo que lo pensaría. A continuación citaré parte de una carta que escribió su padre:

“Treinta minutos antes de la charla fogonera, [Thomas] me telefoneó para pedirme que lo fuera a buscar. No puedo explicar la esperanza que sentía al entrar en la sala [para reunirnos] con usted y las otras aproximadamente 40 personas. Hubo allí un sentimiento y un espíritu especiales que conmovieron el corazón de [Tom], y tanto, que se fue a casa resuelto a leer de nuevo los pasajes del Libro de Mormón que usted había mencionado.

“Eso lo llevó a leer todo el libro y a comenzar a pagar el diezmo. Comenzó a ver su vida con otros ojos … Dejó de consumir drogas y cafeína. Continuó leyendo, no sólo el Libro de Mormón, sino también Doctrina y Convenios. Empezó a asistir a la reunión sacramental y … literalmente principió a ser una persona diferente. De hecho, le preguntábamos en broma: ‘¿Qué has hecho de nuestro hijo?’.

“La gran bendición para nosotros tuvo lugar cuando el obispo lo entrevistó… para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Es to ha sido verdaderamente la respuesta a las oraciones que hemos ofrecido por él durante casi 20 años” (carta personal del 1° de agosto de 1997).

Ese relato nos trae a la memoria las palabras de otro padre: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:24).

El presidente Brigham Young dijo: “Todos los espíritus eran puros y santos cuando vinieron aquí desde el mundo celestial … Él es el Padre de nuestros espíritus; y si conociéramos, comprendiéramos e hiciéramos Su voluntad, toda alma estaría preparada para volver a Su presencia. Y cuando llegaran allí, verían que antes habían vivido allí desde hacía siglos, que ya conocían todos los rincones, los palacios, los senderos y los jardines; y abrazarían a Su Padre, y El los abrazaría a ellos y les diría: ‘Hijo mío, hija mía, otra vez estás conmigo’; y el hijo o hija le diría: ‘Padre mío, Padre mío, de nuevo estoy contigo”’ (en Journal of Discourses, 4:268).

Con todo el poder de que soy capaz, doy testimonio de la veracidad de estas cosas. ¡Salgan de entre las sombras! Entren de lleno a la luz del Evangelio. Disfruten de los dulces frutos del arrepentimiento, de la paz de conciencia y del consuelo del Espíritu Santo. Hagan que este viaje los lleve de nuevo al hogar donde deben estar. Haciendo eco a palabras conocidas, les dejo este testimonio:

“Oh mi Padre, tú que moras

en el celestial hogar,

¿cuándo volveré a verte

y tu santa faz mirar?”

Entonces yo, con amor y adoración,

ante mi Salvador me inclinaré

gracias les daré por Su gran Expiación

y con muchas lágrimas sus pies mojaré.

Y con el corazón de gratitud lleno

al ver que con amor nos abrazas,

mis hermanos y yo decir te oiremos

“¡Hijo mío, hija mía, bienvenidos a casa!”

En el nombre de Jesucristo. Amén.